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REVISTA Nº 15

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Revista FILOSOFÍA&CO | Número 15

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Sócrates y Diotima: sobre la memoria y el olvido

El olvido extingue una idea, una persona, una experiencia. Recuperarlas es hacerlas revivir. Debemos a Sócrates-Platón el recuerdo de Diotima de Mantinea en «El banquete». La transcripción del diálogo entre Sócrates y Diotima es una de las más poéticas de la literatura filosófica.

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La transcripción del diálogo entre Sócrates y Diotima de El banquete, de Platón, es una de las más poéticas de la literatura filosófica. Ilustración de primer plano de Diotima
Diotima en una ilustración de Lucía Gómez Montalvo, realizada para el número 3 de la revista FILOSOFÍA&CO.

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Por la mañana temprano, incluso algunos días al alba, tomo mi café con El banquete abierto al azar. Este ejercicio resulta estimulante. En las páginas de Platón encontramos siempre algo nuevo que estaba ahí, a cielo abierto, pero no habíamos visto en anteriores lecturas. Releer es leer desde cero cada vez, como si hubiéramos entrado en una especie de amnesia filosófica y de repente recuperáramos la memoria.

La memoria está hecha de muchos agujeros. Leteo, el río del olvido, nos llega hasta el cuello. A punto de sucumbir bajo sus aguas, levantamos la mirada al horizonte y salimos adelante. Dice Harald Weinrich en su maravilloso ensayo sobre el olvido:

«Leteo es ante todo el nombre de un río del infierno que otorga el olvido a las almas de los muertos. En esa imagen y en ese mundo de imágenes, el olvido se sumerge por completo en el elemento líquido agua. Hay un sentido profundo en el simbolismo de estas aguas mágicas. En su suave fluir se disuelven los duros contornos del recuerdo de la realidad, y son de esta manera liquidados».

En cierto modo el infierno es ese espacio sin identidad, sin hilo conductor, sin asociación de ideas y sobre todo sin sueños que descifrar. Un lugar que ha cancelado la memoria. Thomas Bernard habla de extinción de la memoria. El olvido extingue una idea, una persona, una experiencia. Palabra esta, extinción, que resuena en los oídos de la crisis planetaria, angustia fundamental para los habitantes de la Tierra en el presente. Pero dejemos la angustia del olvido y volvamos a la memoria.

El olvido extingue una idea, una persona, una experiencia. Palabra esta, extinción, que resuena en los oídos de la crisis planetaria, angustia fundamental para los habitantes de la Tierra en el presente

La ayuda memoria

Cuando Borges inventó el personaje de Funes el memorioso, describió una escena en vacaciones de verano del narrador en un lugar de la Argentina llamado Fray Bentos. Ahí conoció por vez primera a Ireneo Funes el memorioso. Dice Borges que, si no fuera por su primo Bernardo Haedo (¡esos míticos nombres tan propios de Borges!), no hubiera podido relatar su primer encuentro:

«Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.

Soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro».

Para recordar algo que hemos olvidado necesitamos a otro que lo recalque. En el caso de Borges, su primo actuó de ayuda memoria. En el mundo contemporáneo, hay un montón de cachivaches que sirven de ayuda memoria: los pósits de distintos tamaños y colores, los avisos del móvil y las notas del ordenador. Pero el sinnúmero de recursos tecnológicos e instrumentales no son lo mismo que «otro recordador», como el primo del narrador del cuento de Borges.

¡Cuántas veces la pareja, la amiga o la vecina, en una conversación desprovista de importancia, una charla al azar, nos ayuda a recordar el nombre de un lugar, una fecha o una persona! El auténtico impulsor del relato de Borges es Bernardo Haedo. Igual que para Hélène Cixous lo es su madre Ève, para Georges Perec su tía adoptiva, para Anne Carson la poetisa Sapho de la Grecia arcaica, para Freud su amigo Fliess, para Diotima Sócrates. El otro recordador dibuja un perfil que podemos tomar como propio.

La pregunta aquí es: ¿debemos mostrar gratitud? ¿Quién nos acompaña por «la estrecha y rota pared» (como Funes) del recuerdo extraviado?

En el cuento de Borges, el narrador agradece a su primo haberle ayudado a transcribir el primer diálogo con Ireneo Funes, ese personajillo repleto de memoria a punto de explotar. Ciertamente, los primeros encuentros son recordados con claridad cuando se trata del amor o de la amistad. Tal vez la intensidad de la experiencia vivida permita esquivar el chapoteo en el agua del río Leteo.

En El banquete, Sócrates cumple la función de Bernardo Haedo en el cuento de Borges: es el otro recordador de Diotima de Mantinea, el memorioso de la historia. Sin su ayuda memoria hoy no hubiéramos hablado aquí, en pleno siglo XXI, de la maga extranjera Diotima. Ni hubiéramos pensado que se puede ser feminista en el ámbito filosófico. O (tremendo escándalo) que un hombre y una mujer puedan ser amigos y hablar de las cosas intermedias del amor.

Diotima es presentada por Sócrates cuando le llega su turno de palabra en la casa de Agatón. Las lectoras pendientes de la trama aguantan la respiración. En ese momento, cuando empieza a hablar, Sócrates dice así: «Pero voy a dejarte por ahora y os contaré el discurso sobre Eros que oí un día de labios de una mujer de Mantinea» (201d). «Voy a dejarte por ahora», Agatón, deja de ser tan narcisista y autorreferencial. Ahora no va de ti esta historia. Va de Diotima, que pasa a ocupar el primer plano.

«Os contaré el discurso sobre Eros que oí un día», dice Sócrates. Y sigue: «Intentaré, pues, exponeros, yo mismo por mi cuenta, en la medida en que pueda […] el discurso que pronunció aquella mujer» (201e). Y después: «Lo más fácil es hacer la exposición como en aquella ocasión procedió la extranjera cuando iba interrogándome» (201e). Tal y como en aquella ocasión procedió la extranjera.

Sócrates intenta recordar la conversación que mantuvo con Diotima al pie de la letra, con una literalidad que atraviesa el contenido de los diálogos entre esos dos personajes, ella y él. Se trata de recuperar la memoria de lo que dijo «aquella mujer» (al principio Diotima no es más que «una mujer» y, a medida que avanza el diálogo, va subiendo puntos).

El primer esfuerzo importante de Sócrates es acordarse y con ello hacer existir la figura de Diotima en un diálogo de hombres pensado para hombres filósofos, ocupados del canon de lo que debe ser dicho, cómo y por qué. Diotima es presentada primero como una mujer. Después la consideración por parte de Sócrates aumenta: «Si pudiera […] no estaría admirándote, Diotima, por tu sabiduría ni hubiera venido una y otra vez a ti para aprender estas cosas».

Al acordarse, Sócrates hace existir la figura de Diotima en un diálogo de hombres pensado para hombres filósofos

Sócrates y Diotima. Portada del libro Cenar con Diotima
Cenar con Diotima. Filosofía y feminidad, de Anna Pagés (Herder Editorial).

Sócrates admira a Diotima por su sabiduría y manifiesta su dependencia intelectual, íntima, con el pensamiento de la maga. Es ella quien parece saber de qué habla en el diálogo que Sócrates trae a colación en la casa de Agatón.

Diotima transcurre en tres momentos de recuerdo: 1) Ella es una mujer primero. 2) Luego, una mujer sabia maga, capaz de conjurar el azote de los dioses. 3) El apodo de extranjera también aparece a menudo en el relato de memoria que hace Sócrates: «Lo más fácil es hacer la exposición como en aquella ocasión procedió la extranjera cuando iba interrogándome» (201e). Sócrates se sitúa en relación con Diotima como un niño ignorante que aprende de su maestra: «Todo eso, en efecto, me enseñaba siempre que hablaba conmigo sobre cosas del amor» (207a) «y una vez más le decía que no sabía» (207c).

Debemos a Sócrates-Platón el recuerdo de Diotima de Mantinea. La transcripción del diálogo entre Sócrates y Diotima es maravillosa y una de las más poéticas de la literatura filosófica. Diotima enseña a Sócrates, el memorioso, que el olvido es una salida, una fuga de conocimiento:

«El olvido es la salida de un conocimiento […]; la práctica (del conocer), por el contrario, al implantar un nuevo recuerdo en el lugar del que se marcha, mantiene el conocimiento hasta el punto de que parece que es el mismo» (208a).

Sócrates admira a Diotima por su sabiduría y manifiesta su dependencia intelectual, íntima, con el pensamiento de la maga

Más allá del olvido

Conocer es una forma de sustituir lo que no recordamos, por eso dice Diotima que se «implanta un nuevo recuerdo en el lugar del que se marcha». Los agujeros de la memoria no deben ser una fuente de angustia, en el sentido de la extinción de que hablaba Thomas Bernard cuando se cancela el recuerdo y solo queda un vacío. Al contrario, para Diotima, el deseo de saber hace de motor para implantar la novedad en lugar del vacío. Dice que «nunca somos los mismos ni siquiera en relación con los conocimientos» (207e).

Cuando escribí Sobre el olvido (2006) señalé esta cuestión creativa (pág. 146), a propósito de la novedad que surge en sustitución de un hueco:

«El verdadero olvido es una ruta que atravesó lo traumático pero fue más allá para introducir la novedad de lo que viene después. El problema es que lo que viene después no se sabe muy bien. No se sabe para todos, sí de manera aproximada para cada uno de nosotros».

Seguramente tomé, sin saberlo, esa idea del diálogo entre Sócrates y Diotima en El banquete: conocer es ir más allá del vacío para articular otras cosas buscadas, más allá de la parálisis del olvido. La tarea de saber, impulsada por el deseo, es un movimiento en cascada. Abre surcos, recubre grietas, resquebraja certezas, desenmascara supuestas verdades. Trabajan a la vez Ilitía, diosa de los alumbramientos, y las Moiras, en su desenfreno inspirador de destinos para el recién nacido.

El conocimiento está vivo en la voz de Diotima en El banquete. Sócrates el memorioso la recordó, pudo transcribir sus palabras tal como las había guardado en su corazón. Hay amor entre ellos, deseo de contar con el punto de vista del otro, de escuchar sus palabras y de hablar, hablar:

«-Bien, sapientísima Diotima. ¿Es esto así en verdad? (208b).
-Intenta seguirme, si puedes (210a).
-Sea así —dije yo [Sócrates].
-Por supuesto que es así [Diotima].
Lo que realmente quieres decir —dije yo— necesita adivinación, pues no lo entiendo Sócrates».

Conocer es una forma de sustituir lo que no recordamos; «se implanta un nuevo recuerdo en el lugar del que se marcha» dice Diotima

Este ir y venir de preguntas y respuestas, la ironía de ella y la desorientación docta de él, rescatan una experiencia filosófica perdida. Los diálogos de Platón recuerdan que el deseo de poseer lo Bello y lo Bueno no es arcaico; al contrario, nos cala los huesos como la lluvia en el asfalto, sin paraguas. El olvido nos pilla a la intemperie y nos obliga a correr para buscar un refugio hasta que pase la tormenta.

Diotima es para Sócrates ese resguardo, que abre horizontes al pensar. Sócrates no sabe si sigue bien lo que Diotima le está diciendo. Diotima es muy pilla, responde una pregunta sí y otra no. El impulso creador mueve el pensar, le da alas, lo empuja como una ráfaga de viento, hace rodar las balas de trigo en el campo.

Diotima es la energía de la filosofía, sus ganas de vivir, de prolongar la vitalidad que da a una madre alumbrar a sus hijos en todos los sentidos, corporales y simbólicos. Cuando Diotima cuenta a Sócrates el mito del nacimiento de Eros, el semidios, el demon, pone de relieve la naturaleza entremedia del saber, que nunca es la ignorancia que se ignora o el saber que se satisface. Es el recurso, el invento, la ocurrencia que pincha a las que se sientan cómodamente pensando que terminaron las tareas del día. ¡Qué va! Eros rebusca en la memoria con el propósito de reemplazar lo viejo y dar alas a lo nuevo.

Por boca de Sócrates el memorioso, Diotima cobra nuevas fuerzas para el mundo en el que vivimos y padecemos. Sócrates es pequeño, miedoso e ignorante frente a la osadía intelectual de la maga, que no se asusta, dice lo que piensa a pesar de la perplejidad de su interlocutor.

«-He venido a ti, consciente de que necesito maestros (Sócrates, 207c).
-¿Y piensas llegar a ser algún día experto en las cosas del amor, si no entiendes esto?» (Diotima, 207c).

En el olvido hay un fleco. Hubo una voz retumbando en el pasado. Nadie la rescató de las garras del tiempo que agoniza. Diotima, en cambio, fue rescatada por Sócrates. Formó parte de su identidad doctamente ignorante. Sin Diotima, Sócrates nunca sería el que ha sido y sin Sócrates no estaríamos hablando aquí de Diotima. Pero fue Platón quien trajo la experiencia del diálogo entre Sócrates y Diotima hasta nuestra puerta. Tocó el timbre y hemos abierto. ¿Quién es? Está por ver qué hacemos con las voces olvidadas.

*Este artículo se publicó originalmente en el número 3 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.

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Una respuesta

  1. Avatar de José ayuste
    José ayuste

    Fabuloso, el lenguaje no verbal nos da mucha información, de tal manera que nos quedamos un tanto perplejos La memoria profunda es la vase de la memoria reflexiones, si unimos graciosamente el cuerpo y la mente , entonces se abren las puertas de la sagrada memoria mística , los griegos en este sentido fueron muy sabios, pues ellos supieron unir lo racional con lo irracional , Apolo y Dionisos , que belleza!!!

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