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F+ Somos siempre ‘con’ el Otro

Dosier: El ser humano como animal social: la ética como morada compartida

Somos 'con' el otro. Nuestros átomos, la materia que configura nuestro cuerpo, el de los demás y el universo entero es la expansión material de las antiguas estrellas que han dado paso a la vida. La muerte de esos astros fue el inicio de la vida del cosmos. La vida del cosmos y cada una de esas vidas individuales son —como escribió Sagan— «remanentes de una inmensa explosión, el Big Bang» © Ana Yael

Somos ‘con’ el otro. Nuestros átomos, la materia que configura nuestro cuerpo, el de los demás y el universo entero es la expansión material de las antiguas estrellas que han dado paso a la vida. La muerte de esos astros fue el inicio de la vida del cosmos. La vida del cosmos y cada una de esas vidas individuales son —como escribió Sagan— «remanentes de una inmensa explosión, el Big Bang» © Ana Yael

Existe una unidad entre el cosmos y ser humano, entre uno mismo y los demás, con quien compartimos el mundo. Somos uno con el otro y el otro es uno con nosotros. Hablemos de una ética originaria, esa que, partiendo del cuestionamiento por entender qué es lo que originalmente nos vuelve iguales al prójimo, logre abrir la puerta al reconocimiento de las diferencias del otro. Julieta Lomelí lo analiza en este dosier.

«Somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas».
Carl Sagan

Cada vez que siento que el navío planetario cruza mareas mortales —incluyéndome también— en esa enorme barca habitada por humanos, por hombres y mujeres que en común tratamos de mantenerla a flote, recuerdo estas sabias palabras de Carl Sagan. Esta hermosa frase no sólo es una metáfora; expresa una verdad que el astrónomo y muchos filósofos del pasado han dicho desde múltiples maneras. Nuestros átomos, la materia que configura nuestro cuerpo, el de los demás y el universo entero es la expansión material de esas antiguas estrellas que han dado paso a la vida. La muerte de esos astros fue el inicio de la vida del cosmos. La vida del cosmos y cada una de esas vidas individuales son —como escribió Sagan— «remanentes de una inmensa explosión, el Big Bang» [1].

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Cosmos, de Sagan (Planeta).

La concepción de enfermedad y muerte únicamente existe para la mirada humana; ambas situaciones son inesquivables y no sólo consignan un dolor físico, sino que sobre todo implican un sentimiento devastador del cual ningún hombre o mujer escaparán. Son las causantes de un miedo común y universalmente humano: la angustia ante lo desconocido, el terror de olvidar nuestros nombres, de perder la consciencia para volver —quizá nuevamente— a ese inerte «universo en expansión, cuya vastedad y antigüedad están más allá de la comprensión humana ordinaria» [2].

Por eso, cuando el mundo está en crisis, cuando la enfermedad y el sufrimiento de miles acecha con tanta cercanía —como sucede justo en este tiempo—, miro al cielo y pienso en la eternidad de esas estrellas, en la huella que ellas han dejado en nuestros cielos a pesar de haber muerto «individualmente» hace miles de millones de años. Cuando la inminente amenaza de la muerte, el dolor y el sufrimiento en el rostro ajeno me tortura, pienso en esa signatura eterna que han dejado nuestros antepasados para ser vista en las noches con estrellas, pero también creo en nuestra trascendencia, en esa huella que nosotros dejaremos a los futuros —porque también somos parte de ellos—, atravesaremos sus cielos de manera intermitente al irnos de este mundo para viajar por todo el universo.

No somos más que polvo de estrellas y, como escribe Sagan en Cosmos, en comparación con la vida de millones de años de dichos soles, seríamos «algo efímero, como criaturas fugaces que viven toda su vida en el transcurso de un solo día (…), un diminuto relampagueo, uno de los miles de millones de breves vidas que parpadean tenuemente sobre la superficie de una esfera extrañamente fría, anómalamente sólida, exóticamente remota, hecha de silicato y de hierro» [3].

Y aunque frente a las estrellas parezcamos el instante de un sueño que termina en segundos, con ellas tenemos una interconexión material, una que humanamente comprendemos en términos espaciotemporales. De ahí que entre ese cosmos que se expande y el pequeño pedazo de tierra y circunstancia que nos ha tocado vivir —entre eso que se nos muestra como monstruoso y no del todo cognoscible, y nuestra finita vida— hay una estricta causalidad, lo cual significa que eso «que hagamos con nuestro mundo en esta época se propagará a través de los siglos y determinará de modo eficaz el destino de nuestros descendientes y su suerte, si llega, entre las estrellas» [4]. No sólo somos polvo de aquellos soles remotos, sino que en cada breve presente que nos ha tocado vivir, también somos uno con el otro, y el otro es uno con nosotros.

Cuando la amenaza de la muerte, el dolor y el sufrimiento en el rostro ajeno me tortura, pienso en esa signatura eterna que han dejado nuestros antepasados para ser vista en las noches con estrellas, pero también creo en nuestra trascendencia, en esa huella que nosotros dejaremos a los futuros

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El mundo como voluntad y representación, vol. 1, de Schopenhauer (Alianza).

Esta consciencia de unidad entre cosmos y ser humano, y por lo tanto entre el sí mismo y el prójimo con quien compartimos el mundo, ha existido desde tiempos inmemoriales. La cosmogonía hinduista de centurias antes del nacimiento de Cristo compartiría la tesis de Sagan, sólo que desde una terminología mítica. Schopenhauer (1788-1860) resumiría esta idea oriental hace un par de siglos de la siguiente manera: el individuo que forma parte de los millones de seres humanos, y esos millones que forman parte de la efímera naturaleza de un solo hombre, «es lo que los Upanishads de los Vedas enuncian repitiéndolo en diversas formulaciones, entre las que destacan esta sentencia: Yo soy todas estas criaturas en su totalidad, y fuera de mí no hay nada» [5].

Si nos tomáramos con profunda seriedad la teoría de Sagan y otros científicos actuales de que cada uno de nosotros es la expansión individual y en común de ese Big Bang que nos lanzó a la vida, o, por otro lado, prefiriéramos la hermenéutica más antigua, como la cosmogónica de los Upanishads, quizá entenderíamos que dichos planteamientos no son meras descripciones científicas, metafísicas u ontológicas de cómo se originó el mundo, y cuál es el mecanismo interno que lo constituye, sino que el propósito de estudiar tales hermenéuticas podría ser comprender la familiaridad que existe entre los unos y los otros, a la par de sentirnos habitantes del mismo mundo y parte común de las estrellas: de esa materia que se eterniza en cada consciencia particular de este planeta. Quizá entender esto nos orille a ser más humanos, o al menos más tolerantes con la diferencia. Pero, para entenderlo, trataré de explicar por qué es primordial, hoy más que nunca, volver y seguir tejiendo el gran manto de la ética originaria.  

Ética originaria

Pienso en una ética originaria como esa que, partiendo del cuestionamiento por entender qué es lo que originalmente nos vuelve iguales al prójimo —una preocupación que atraviesa desde los mitos más antiguos hasta la filosofía y la ciencia contemporánea—, logre abrir la puerta no sólo al reconocimiento de las diferencias, sino del respeto a la particularísima dignidad y enigma de lo que el otro es. Es así como, ante el reto de aceptar el misterio de la otredad, de sus imperceptibles pero múltiples tonalidades afectivas y conductuales que cada vida concreta irradia, al mismo tiempo sabremos, desde una ética originaria, que con el otro compartimos una conexión inextinguible que nos hace hermandarnos y pertenecer a esa gran familia humana.

Ese lazo que nos une a todo prójimo como iguales —a pesar de consideraciones artificiales que distinguen entre condición racial, geográfica, socioeconómica, o de género— es, como escribe Sagan en Cosmos, que «como ya sabían los antiguos creadores de mitos, somos hijos tanto del cielo como de la Tierra» [6]. Somos los descendientes de esa gran explosión cósmica que diseminó sus semillas por el universo, fecundando al planeta azul —y quizá otros mundos desconocidos—, sitio en el que la conciencia humana, cada vez más empoderada, cosecha frutos desde hace más de dos milenios.  

Una ética originaria es así el cimiento para develar el plano más común a todo ser humano, que devele la estancia más profunda de lo que él es: su propia existencia. Esta que —usando términos heideggerianos— tiene que ver con un desocultamiento de su propio ser, con desvelar la verdad originaria del ser: que escape a explicaciones sustancialistas tanto de la naturaleza como del ser humano. Una hermenéutica originaria que vuelva más ligera la existencia de hombres y mujeres en comunión con los espacios que habitan.

De ahí que lo originario de toda ética, y de todo posible planteamiento posterior a esta, dependa primero de comprender esa verdad (ἀλήθεια) «en su sentido más originario, como la aperturidad del [ser humano hacia lo otro], aperturidad a la que pertenece también el estar al descubierto de los entes intramundanos» [7].

Ante el reto de aceptar el misterio de la otredad, de sus imperceptibles pero múltiples tonalidades afectivas que cada vida irradia, al mismo tiempo sabremos, desde una ética originaria, que con el otro compartimos una conexión inextinguible que nos hace hermandarnos y pertenecer a esa gran familia humana

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Ser y tiempo, de Heidegger (Trotta).

De tal manera, la verdad originaria, que funda la pertinencia de una ética originaria, se entendería —desde una concepción contemporánea de la filosofía—, como la existencia individual en comparecencia con el mundo: el ser previo a cualquier uso mediático y utilitario del Otro y de lo otro, el ser comprendiendo de facto que somos junto a ese plexo de cosas y personas con quienes cohabitamos, y aunque Heidegger no lo reconociera de manera explícita, esta condición originaria del coestar (Mit-sein), que siempre nos hace o «ser uno para otro, estar uno contra otro, prescindir los unos de los otros, pasar el uno al lado del otro, no interesarse los unos por los otros, son los posibles modos de la solicitud». [8]

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7 respuestas a «F+ Somos siempre ‘con’ el Otro»

  1. Avatar de Julián Castagnet
    Julián Castagnet

    somos una gota de agua en el medio del oceano…
    me encanto leerlo, y me encanto mas la imagen que pusiste
    excelente
    gracias

  2. Avatar de Jorge
    Jorge

    Hol, como me puedo suscribir, soy de colombia

    1. Avatar de Filosofía&Co
      Filosofía&Co

      ¡Hola, Jorge! Aquí lo tienes todo: https://filco.es/suscripcion/
      Un abrazo.

  3. Avatar de Elizabeth
    Elizabeth

    Hola estoy muy interesada en suscribirme, pero soy de Argentina uas allá del cambio, no podría gozar de los beneficios que tienen, habrá otra posibilidad para vasos como el mío?
    PD: felicitarles por este contenido, actual y despertando interés todo el tiempo
    Gracias!!!

    1. Avatar de Filosofía&Co
      Filosofía&Co

      Hola, Elizabeth. Sí podrás beneficiarte de ser suscriptora viviendo en Argentina 🙂

  4. Avatar de Anatol
    Anatol

    Que cierto, que hermoso

    1. Avatar de Julieta Lomelí
      Julieta Lomelí

      Muchas gracias por tus comentarios!

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