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El título que el filósofo del derecho italiano Norberto Bobbio dio a una de las partes que componen su De senectute suena a canción del verano de una antiquísima normalidad. Sin embargo, Despacito describía para él una de las características de la nueva normalidad; de su nueva normalidad de ser viejo. «El viejo está destinado naturalmente a rezagarse mientras los demás avanzan. Se para (…). Los que iban detrás le dan alcance, lo adelantan. Quisiera apretar el paso pero no puede. Cuando habla buscando las palabras se le escucha acaso con respeto, mas con ciertas muestras de impaciencia», escribe Bobbio. El viejo es lento tanto en los movimientos de la mente como del cuerpo. Es el lento entre los rápidos y la conciencia de esta situación resulta penosa para él y para los demás.
La gráfica escena que describe Bobbio resultará familiar. Es posible que la hayamos presenciado o protagonizado. Y es terrible también. Denuncia sin mencionar la conspiración de silencio, cuando no de hipocresía o mentira, que acompaña al envejecimiento en las últimas décadas. No estamos preparados para oír lo que muchos de ellos sienten: que son un lastre, que molestan, que entorpecen la marcha, como en el ejemplo de Bobbio, o la conversación. Verbalizado esto se puede balbucear, negar y seguir como si nada, pero se debería poder negar con firmeza y argumentar con razones de peso. La realidad es que no estamos preparados para dar esa respuesta, porque no hemos entrenado la pregunta: ¿qué hacemos con los viejos? Es necesario y es urgente plantearlo, aunque duelan los oídos y no solo los oídos. De lo contrario —y mientras lo único que se le ocurra a la sociedad sea apartarlos, traerlos y llevarlos al ritmo de lo que sean capaces de gastar y consumir— seguiremos abocados a ver estragos tan devastadores como los que causan entre ellos epidemias literales como la del coronavirus u otras más silenciosas como la soledad, la pobreza o la enfermedad mental.













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