Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro. Este proverbio bien podría aparecer en Teoría del aforismo (Cátedra, 2021), el espléndido libro de Andrew Hui, profesor asociado en el Yale-NUS College de Singapur, sobre el más breve de los géneros literarios: el aforismo. Esta microforma ha recorrido diferentes épocas y culturas, desde Buda a Jesús y desde Heráclito hasta Nietzsche.
Cada aforismo es una unidad básica del pensamiento y está completo en sí mismo, pero también constituye un nodo dentro de una red. Esa red es la que traza Hui de una forma sintética en un entrecruzamiento asombroso entre literatura, filosofía y religión. Por ejemplo, los estudiosos de la Biblia creen que una recopilación de los dichos de Jesús fue la unidad oral básica de la tradición que sirvió de fuente a Mateo y Lucas. Por otra parte, filósofos como Schlegel, Schopenhauer y Nietzsche se valieron del aforismo para sortear toda la filosofía posterior a Kant.
«Mi ambición consiste en decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro», llega a escribir Nietzsche. A pesar de la ubicuidad del aforismo como medio de comunicación, Hui entiende que es un género que no ha recibido una atención crítica prolongada. Teoría del aforismo no es la última palabra sobre el asunto, porque entonces sería una traición al propio sentido abierto de los aforismos; valga, eso sí, como un estudio sutil que condensa mucho más de lo que aparenta contar.
Le tengo que decir que su libro me ha parecido tan ingenioso y audaz como Los orígenes trágicos de la erudición: breve tratado sobre la nota al pie de página (1998), de Anthony Grafton, y luego he visto que su nombre aparecía en la sección de agradecimientos. Entiendo, por tanto, que parte de una sensibilidad especial hacia la historia cultural y esta puede ser rastreada, al menos, hasta el concepto de topoi de Curtius. ¿Qué le hizo interesarse en los aforismos?
Advertí una presencia generalizada de aforismos cuando empecé a estudiar lenguas extranjeras. Cuando empecé a dar Griego, Latín, Francés, Chino clásico y Alemán, el libro de texto solía contener frases de Heráclito, Parménides, proverbios y sentencias latinas, dichos de La Rochefoucauld y de pensadores chinos como Confucio, Zhuang Zi, Lao-Tse, etcétera. Eso me hizo pensar en la capacidad que tiene una forma mínima de expresión para trasladar el máximo de ideas.
La verdad es que siempre quise escribir sobre la épica, las enciclopedias y otras formas grandilocuentes, pero el destino me llevó en la dirección opuesta, hacia lo mínimo y lo micro. No obstante, no creo que se pueda entender lo uno sin lo otro. Como dijo William Blake, «ver un mundo en un grano de arena […] abarcar el infinito en la palma de tu mano».
Tony Grafton fue mi profesor en Princeton cuando hacía mis estudios de doctorado allí, hace ya alrededor de veinte años. Él ha tenido una influencia duradera en mis obras. Es interesante que menciones a Curtius: leí Literatura europea y Edad Media latina junto con Mímesis de Auerbach, así como los ensayos de Leo Spitzer. Mis esfuerzos académicos aspiran a continuar esta tradición, que consiste en mirar los cambios estilísticos y las convenciones formales como una expresión cultural, y las expresiones culturales como manifestaciones del intelecto humano en su desarrollo histórico.
«William Blake dijo: ‘Ver un mundo en un grano de arena […] abarcar el infinito en la palma de tu mano’»
El aforismo es, como el erizo, un animal solitario, una especie de pensamiento atómico, y a la vez es hermenéuticamente inagotable. El libro distingue hábilmente entre proverbio, dicho, máxima, precepto, adagio, epigrama o apotegma. Yo entendía los aforismos y sus variantes como ideas encapsuladas o como mundos condensados, pero no se me había ocurrido lo que usted plantea, que ciertos aforismos trataban de socavar los sistemas filosóficos: Pascal sirve como ejemplo contra Descartes, o Platón y Aristóteles contra Heráclito. Este planteamiento me parece interesante e inquietante porque ese continuum que establece desde Confucio a Twitter también se puede entender como una guerra lingüístico-cultural desde Heráclito (la guerra es el padre de todas las cosas) al movimiento MAGA.
Sí, bueno, los aforismos son, al igual que el dinero, moralmente neutros. Puedes darles un uso grandioso o terrible. Por una parte, son pequeñas perlas de sabiduría que exigen ser saboreadas y analizadas con calma. Por otra parte, se pueden volver una propaganda muy dañina. Los memes de Internet se pueden transformar en un arma de distracción masiva y a la vez una máxima es capaz de funcionar como una ofrenda, como una especie de microepifanía. Siempre hemos tenido una escala de formas culturales, desde el epigrama a la épica, desde los bits al big data. Pienso en el aforismo como una forma condensada, como la flecha que corta el ruido y atraviesa la niebla de la información.
Escribí el libro de los aforismos cuando Twitter tenía el potencial de liberar un cambio político radical (todos pensábamos que para bien), pero ahora, con Elon Musk al frente de X, se ha convertido en una cloaca y en una cámara de resonancia para la extrema derecha. Así que sí, los aforismos, como en general pasa con el lenguaje, pueden usarse y corromperse, como nos ha enseñado la historia de la filosofía.
Con la llegada de la inteligencia artificial, la pregunta que deberíamos hacernos es cómo nuestras nociones tradicionales de género y forma literaria se transforman a través de los grandes modelos de lenguaje, ya que estos pueden imitar las peculiaridades del pensamiento humano.
«La pregunta que deberíamos hacernos es cómo nuestras nociones tradicionales de género y forma literaria se transforman a través de los grandes modelos de lenguaje»
Para Hegel, Confucio no era un verdadero filósofo, sino más bien un educador moral. Para el cristianismo, los aforismos fueron necesarios para la discusión y la transmisión de las verdades teológicas. Para Francis Bacon, los aforismos fueron una forma de moverse del Trivium al Quadrivium. Y para Nietzsche, los aforismos pueden ser, como él mismo, pura dinamita. En resumen, los aforismos son inagotables, como su propia obra. ¿Cómo casa su Teoría del aforismo con sus otras obras?
Mi primer libro fue The Poetics of Ruins in Renaissance Literature, donde me preguntaba por qué hay tantas ruinas y representaciones de las mismas en la cultura europea. En otras palabras, ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿Cómo es que las ruinas son tanto algo como nada, ausencia y presencia? Me desplacé desde los fragmentos arquitectónicos a los fragmentos literarios (ruinas, monumentos, fragmentos, aforismos, todo forma un espectro de expresiones culturales). Estos representan una matriz de significado que cruza la geografía y la historia.
En mi tercer libro, The Study: The Inner Life of Renaissance Libraries, intenté acercar la arquitectura a los textos: las bibliotecas coleccionan fragmentos del pasado y son un taller de producción de conocimiento para el futuro. Así que la biblioteca se vuelve el cronotopo de la tradición clásica, reúne fragmentos anclados a las ruinas culturales.
Acabo de terminar un libro breve sobre la novela china Viaje al oeste, una aventura desenfrenada sobre las vicisitudes de un mono, un monje y un grupo de peregrinos en busca de escrituras budistas en la India. Mientras que el libro sobre las bibliotecas es un viaje alrededor de mi habitación, por así decirlo, el otro es un viaje alrededor del mundo.
Y ahora estoy empezando con un nuevo proyecto sobre los jesuitas en China titulado The Emperor’s Maze, que trata sobre cómo los jesuitas trajeron las culturas del Renacimiento y la Ilustración a China, y cómo a cambio llevaron el confucianismo chino a Europa, lo que conlleva historias de traducción, transformación, conocimiento y tergiversación. Así que supongo que todos mis libros tratan sobre cómo viajan las ideas.
¿Algún comentario o aforismo final sobre nuestra entrevista?
Los antiguos pensaban que una carta es la mitad de un diálogo. Supongo que un aforismo también es la mitad de un diálogo entre el autor y el lector. Lo bueno de este tipo de entrevistas es que se trata de una conversación viva entre dos bibliófilos.

















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