La democracia al servicio del capitalismo
En su texto, Klaus Dörre ve la democracia con un optimismo prudente. Sin duda tiene sus defectos, pero las modernas democracias de masas, cuyos gobiernos salidos de elecciones justas garantizan tanto la pluralidad y los derechos políticos igualitarios como el respeto al derecho internacional público, son lo mejor que tenemos a este respecto.
¿Pero cuál es entonces el problema con la democracia? ¿Qué falla en ella? Dörre no piensa que las instituciones y los procedimientos democráticos ya no funcionen adecuadamente, sino que más bien constata que «la democracia como forma de gobierno se está sacrificando en el altar de un capitalismo expansionista que, con vistas a su propio aseguramiento, necesita recurrir cada vez más a prácticas autoritarias».1

Se pueden apreciar diversas versiones en las que se produce esta deriva por la vía errónea hacia el autoritarismo, y que se están convirtiendo en distintas modalidades de democracia desdemocratizada (como en el caso de Grecia, obligada a la austeridad) y de antidemocracias democráticas (como en Turquía, Rusia, Polonia y Hungría).
Para completar este panorama, como factores que devalúan aún más el valor de la democracia como forma de gobernanza colectiva, Dörre menciona algunos modos en que la democracia se inhabilita a sí misma (por ejemplo, con la proclamación del estado de excepción en Francia para combatir el terrorismo islámico), así como las prácticas comerciales de empresas de tecnología inteligente que eluden el control democrático (como se puso de manifiesto con el escándalo de Facebook en relación con las elecciones presidenciales estadounidenses en 2016).
La tesis de Dörre es clara: la tendencia a «abolir» derechos y a «eliminar» instituciones democráticas mediante procedimientos democráticos se puede explicar porque la democracia, «que inicialmente era una esfera distinta pero relativamente compatible con la ampliación del mercado y la acumulación de capital, se ha convertido en objeto de las apropiaciones del capitalismo financiero». De ahí se sigue que «a la larga, la democracia solo existirá si sus contenidos, procedimientos e instituciones se amplían a campos y sectores a los que hasta ahora no tenía acceso la voluntad democrática».
Dörre no se hace ilusiones sobre lo revolucionaria y exigente que resulta esta propuesta: salvar la democracia exige nada menos que romper con el capitalismo. En su artículo se centra en fundamentar y desarrollar esta tesis, para luego formular propuestas sobre cómo se podrían superar las dificultades que implica ese proyecto.












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