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La última lección de Jean-Luc Nancy: cómo relacionarnos con nosotros mismos

El filósofo francés Jean-Luc Nancy, fallecido en 2021, fue uno de los pensadores contemporáneos más influyentes. Profesor de la Universidad de Estrasburgo, fue alumno de Jacques Derrida. En su amplia obra filosófica reflexiona, entre otros muchos temas, sobre la extinción del sentido, el cuerpo, el concepto de comunidad o la alteridad. Ahora sale en castellano la última obra que escribió Nancy: Cruor. La crueldad y la crudeza.

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Jean-Luc Nancy fue profesor emérito de filosofía en la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo y colaborador de las de Berkeley y Berlín. Fotografía de Jean-Luc Nancy tomada en una conferencia titulada «El placer del arte y el arte del placer», en la Escuela Europea de Posgrado (Suiza, 11 de junio de 2006) (Licencia CC BY-SA 2.5).

Jean-Luc Nancy fue profesor emérito de Filosofía en la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo y colaborador de las de Berkeley y Berlín. Fotografía de Jean-Luc Nancy tomada en una conferencia titulada «El placer del arte y el arte del placer», en la Escuela Europea de Posgrado (Suiza, 11 de junio de 2006) (Licencia CC BY-SA 2.5).

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Cruor, el nuevo libro de Nancy

Cruor es la palabra latina para definir la sangre que se derrama en el exterior y que, a diferencia de la sangre que fluye (sanguinis), ya no circula y se coagula. Pero la sangre que fluye —y que no deja de fluir­— requiere de la pulsación del corazón que renueva su flujo. Si esta pulsación, si esta pujanza cesa, la vida se detiene. Si se interrumpe la pujanza, como dijo Nancy a propósito de la muerte de Derrida, la existencia se convierte en un factum negativum: no se aparece más en el mundo, no se nos aparece —a los que quedamos en el mundo— más. La vida, dice Jean-Luc Nancy, «recibe su propia pujanza o experimenta su propia pulsión».

Cruor
Cruor. La crueldad y la crudeza, de Jean-Luc Nancy (De Conatus).

La editorial De Conatus ha editado la última obra que escribió Nancy: Cruor. La crueldad y la crudeza. En este libro, publicado póstumamente, Nancy se hace cargo de algunas cuestiones que habían despuntado en sus obras anteriores. Como han señalado sus traductores, Cristina Rodríguez Marciel y Jordi Massó Castilla, Cruor puede considerarse como una continuación —o como una vuelta— a Corpus, su célebre trabajo de 1992. Así, treinta años después, Nancy retoma algunas de las intuiciones que formuló entonces, ocupándose de aquello que rechaza y niega cualquier mediación: lo crudo.

El sujeto absoluto

La pregunta por el sujeto resuena a lo largo del texto: contra «el espejismo del yo pienso», del sujeto absoluto que se basta y se sobra, que se enfrenta y se relaciona con el mundo, Nancy propone un sujeto descentrado. La cuestión que tenía pendiente Nancy y a la que dedica sus últimos pensamientos es la de pensar la relación entre «esa estructura lingüística que conocemos como un ‘yo’ o como un ‘sujeto’» y el antropocentrismo que consume y agota la Tierra.

En su libro anterior, La frágil piel del mundo, Nancy hizo hincapié sobre la necesidad de que su pensamiento actuara en el mundo, puesto que este no provenía de ninguna otra parte más que del propio mundo. En Cruor se evidencia esta preocupación por hacer una filosofía dirigida al mundo sin apropiarse de él, sino entendiendo las relaciones de inter y ecodependencia que constituyen al hombre. De lo que se trata, entonces, es de pensar cómo se puede hacer mundo sin considerarlo como un simple escenario del que apropiarnos y modificar a nuestro antojo.

Sin embargo, la visión triunfadora —expresada en la racionalidad tecnocientífica— tiende a presentar al sujeto como una voluntad absoluta que consigue hacer de la Tierra su escenario. Así, el sujeto aparece como un un individuo que no se ve —y, sobre todo, que no debe verse— alterado por la comunidad; un sujeto absoluto que simplemente se relaciona con los otros, pero que no depende de ellos. Contra este sujeto independiente y compacto escribe Nancy para recordarnos que, así como el fluir de la sangre solo puede entenderse por la presencia de la pujanza del corazón que envía la sangre, el sujeto ha estado siempre interrumpido por «lo otro», por una alteridad que lo antecede y lo constituye.

Para que la sangre fluya —y que no deje de fluir­— se necesita de la pulsación del corazón, que renueva su flujo. Así como el fluir de la sangre solo puede entenderse con la presencia de la pujanza del corazón que envía la sangre, el sujeto ha estado siempre interrumpido por «lo otro», por una alteridad que lo antecede y lo constituye

Lo crudo y las mediaciones

¿Qué le ocurre a cada una y cada uno consigo mismo? Se trata de un problema primero ontológico y después ético, nos explican sus traductores. Pensar la pujanza o la pulsión —es decir, la interrupción de lo continuo— es lo que nos puede ayudar a escapar de lo crudo. Nancy se interesa por esas interrupciones o pausas que pueden detener la crueldad de las acciones y del mundo.

Así, crudo es aquello que prescinde de la mediación.  La ocupación de los espacios del «entre», de lo que media, se constata en esa tríada que es lo crudo, la crudeza y lo cruel —de las acciones y del mundo—. Lo que está en juego en las mediaciones, entonces, no es nada más —ni nada menos— que la ternura del mundo.

La urgente tarea que se da Nancy en Cruor es pensar la distancia que media entre el pronombre personal reflexivo «sí» y la formación que expresamos cuando nos referimos a un sí mismo. En otras palabras, en qué sentido el pronombre personal reflexivo «sí» introduce la alteridad y descentra al sujeto que se enuncia como «sí mismo»; hasta qué punto, como defiende el autor, el «sí» difiere y se separa y es, a la vez, el motor y el efecto de la pujanza. La mediación del pronombre personal reflexivo «sí» permitiría, entonces, romper con esa pretendida unidad del sujeto moderno.

Su última enseñanza

Cruor incluye, también, su última lección. Una muy breve, de apenas dos páginas, en la que Nancy examina la tarea de aprender a compartir su soledad. No la soledad que enuncia, con una voz lastimera, «estoy solo, estoy sola», sino la soledad esencial de Blanchot, la soledad que nos constituye como sujetos.

Ya se ha dicho en infinitud de ocasiones que nadie puede ocupar el lugar de otro en el momento de su muerte y, en este sentido, el ser humano muere solo; pero la soledad por la que Nancy se pregunta es la que expresa no una ausencia de relación con los otros, «sino una ausencia de relación consigo». Así, lo último que nos ha dejado escrito aquel que tantos años de su vida dedicó a pensar la comunidad —«el pensador del ‘con’», dicen sus traductores— es la lección «más difícil de aprender»: cómo nos relacionamos con nosotros mismos.

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