
Después de Schlick, Otto Neurath falleció en 1945, Wittgenstein fallecería en 1951, Waismann en 1959, Carnap en 1970, Tarski en 1983, Ayer en 1989, Popper en 1994 y Hempel en 1997. Estos intelectuales lucharon por fortalecer las bases de la filosofía y clarificar los métodos científicos, por acotar y refutar los excesos metafísicos y por cimentar el empirismo lógico, también conocido como positivismo lógico.
El Círculo de Viena combinó la idea de que nuestro conocimiento se deriva del mundo natural con el uso de la lógica moderna. El objetivo, sostiene el filósofo David Edmons en El asesinato del profesor Schlick: auge y caída del Círculo de Viena (Cátedra, 2025), era construir nada más y nada menos que una nueva filosofía.
Aunque la ambición del empirismo lógico se ha perdido, su influencia aún se nota: la filosofía analítica no existiría sin el empuje del Círculo. Un objetivo más o menos compartido fue acabar con la metafísica (gracias a herramientas epistemológicas como diferenciar entre verdades analíticas y sintéticas, verdades a priori y a posteriori, etcétera). Alfred Jules Ayer, por ejemplo, descartó las afirmaciones sobre Dios porque carecen de sentido. No serían falsas, sino más bien absurdas, inverificables, infalsables.
Edmons retrata la diversidad y riqueza de esta república de eruditos dentro del contexto efervescente de Viena, de una auténtica revolución científica y del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El Círculo de Viena, al igual que el psicoanálisis (aunque en sus antípodas programáticas), está tan integrado en nuestra cultura que probablemente hemos sido incapaces de verlo. Hablamos con él.













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