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Revista FILOSOFÍA&CO | Número 16

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La antifilosofía de Eugene Thacker: «En filosofía, el silencio siempre es el gesto más apropiado»

Eugene Thacker no ofrece consuelo alguno solo fragmentos, aforismos y un descreimiento radical hacia toda arquitectura de sentido. En esta entrevista, el autor de Resignación infinita despliega su particular antifilosofía frente al optimismo cruel de nuestra época, cuestiona las etiquetas académicas y desmonta la fascinación contemporánea por los multiversos. Un pensamiento que no promete nada, salvo humildad ante lo impensable.

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Eugene Thacker. Fotografía cedida por el propio autor.
Eugene Thacker. Fotografía cedida por el propio autor.

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Eugene Thacker
Resignación infinita, de Tacker (Interferencias, de Adriana Hidalgo Editora).

Un fantasma recorre el mundo de la filosofía: el espectro del pesimismo. Vivimos en una época donde se mezcla el optimismo cruel (imperativos de felicidad que nos hacen infelices) con una sociedad cansada, exhausta, depresiva. El pesimismo no tiene ninguna meta, pero sí un efecto: produce humildad en el pensamiento. El libro Resignación infinita, del doctor en Literatura Eugene Thacker (que en castellano ha sido publicado por la editorial Adriana Hidalgo), es un libro denso, aforístico, necesariamente (o innecesariamente) pesimista, un modesto homenaje a figuras como Nietzsche, Schopenhauer o Cioran (u otras algo menos conocidas, como Philipp Mainländer o Nicolas Chamfort), cuyas ideas rebajan nuestro engreimiento.

El pesimismo de Thacker, como cualquier pesimismo, no defraudará al lector porque no promete absolutamente nada. Este pensador estadounidense, profesor de la New School for Social Research de Nueva York, ha publicado obras como Pesimismo cósmico (editado por Melusina) o la trilogía El horror de la filosofía, cuyo primer libro, En el polvo de este planeta (esta vez gracias a Materia Oscura), explora la relación entre la filosofía y el horror, un intento de pensar filosóficamente acerca de un mundo sin nosotros, un mundo de fluidos, excreciones, fango, niebla, un mundo en el que el horror no viene tanto del miedo como de los límites del conocimiento, de lo impensable.

Por eso entrevistar a Thacker es una tarea paradójica. Si el pesimismo no se sostiene como posición filosófica (ya que se enfrenta a sus propios límites y se intenta escabullir de su forma filosófica), tampoco el periodismo se sostiene como puente hacia la filosofía. Esta entrevista se cancela a sí misma porque los pensamientos del entrevistador, pesimistas o no, se autosabotean antes de lanzar la primera pregunta: ¿qué pueden obtener los lectores de esta entrevista? Y Thacker se descarga desde el principio:

«Lo único que realmente podemos ofrecer es la constatación de que, en filosofía, el silencio siempre es el gesto más apropiado. Cuando eso falle, y fallará, nos conformaremos con fragmentos, líneas inconclusas y pensamientos a medias vagamente intuitivos que quedan atrás. Encima vamos a tener el descaro de publicarla. Después, nada de eso habrá sucedido».

Venimos de la nada y vamos hacia la nada, así que poco se pierde en el camino. Aunque esa nada, en sentido cósmico, es enorme: el universo observable tiene casi cien mil millones de años luz de diámetro. Esa distancia parece absurda, si bien un Dios antropomórfico puede antojarse como un concepto no menos absurdo.

Preguntamos a Eugene Thacker qué significa la resignación infinita de la que habla en el libro del mismo nombre. La respuesta no podría ser más enigmática, o carente de sentido, ya que el sentido es en sí mismo una vanidad de la filosofía:

«La resignación infinita es el don de las lágrimas (certezas que conducen a epitafios); estrellas que brillan, ojos muertos que las contemplan; tumbas flotantes, dudas luminosas, un rocío oscuro que cae de unos ojos cansados, mantarrayas que resplandecen en la noche cósmica».

La misión Artemis II parece más un paso para un universo sin nosotros como el que describe Thacker que para la humanidad. Al fin y al cabo, supone expandir lo no humano, el gélido cosmos que nos rodea. El pensador estadounidense descree de la fascinación actual por las astrotopías:

«Nunca hubo ningún lugar allá fuera al que ir, pero dentro sí hay vacíos: vastos, impersonales, negativos y sublimes vacíos que habitan los más pequeños intersticios de una conmoción neuronal que fantasea con su lugar en el universo. Parece haber una charla interminable y entusiasta sobre universos, multiversos, universos paralelos, física cuántica y n-dimensiones, y el miedo que se requiere para acumular frenéticamente tales arquitecturas hipertécnicas de autoconfianza sería algo profundo si no fuera un fracaso consumado. Tal vez no haya más universos, sino menos. Tal vez ni siquiera exista este. Lo no humano se dilata a escalas que eclipsan sin esfuerzo lo humano y su propia tragicomedia de solipsismo propio de nuestra especie».

Esta respuesta, la más extensa de un filósofo deliberadamente lacónico, encierra una ontología del vacío que requiere una lectura lenta para asimilar la conmoción neuronal que fantasea con un lugar central en el universo.

«Tal vez no haya más universos, sino menos. Tal vez ni siquiera exista este. Lo no humano se dilata a escalas que eclipsan sin esfuerzo lo humano y su propia tragicomedia de solipsismo propio de nuestra especie»

Por otro lado, Eugene Thacker ha sido una de las figuras clave del realismo especulativo. Cuando se le pregunta por la utilidad actual de esa etiqueta, responde:

«Cuanto más leo sobre la historia de la filosofía (tanto oriental como occidental), más inútiles se revelan las etiquetas filosóficas. Hay momentos en que surge algo mínimamente interesante y entonces aparecen los adeptos, los seguidores, las escuelas, los cismas, las facciones y las grandes instituciones que alimentan lo grotesco y carnavalesco que luego se autoproclama cultura. No hay fundamentos. Todo es, en el mejor de los casos, sincrético, y quizás lo único que subsiste son prácticas de humildad planetaria que, a su vez, están constantemente sujetas a las exigencias del tiempo profundo».

Aquí tenemos a un antifundacionalista declarado, si bien no se trata de uno como Richard Rorty en busca de esperanza social. Ahí no acaba su diatriba contra la filosofía: «La filosofía académica me parece con frecuencia un simple juego de lógica egocéntrico en el que preferimos olvidar que las reglas nos las hemos inventado nosotros mismos». ¿Cómo sería el juego de la vida sin las reglas que hemos decidido inventar? Una filosofía no egocéntrica sería… una antifilosofía. ¿Y qué sería una antifilosofía? ¿Una resignación infinita?

El aforismo, sostiene Thacker, es como un abismo sin acantilados. Sus reflexiones están plagadas de abismos sin acantilados, abismos insondables que dejan una reminiscencia a misterio muerto, a neoplatonismo fracasado. Al fin y al cabo, los pesimistas son místicos fracasados. Thacker lanza aforismos a diestro y siniestro sin la intención de alcanzar la armonía, la completitud o el sentido de unidad orgánica. Estos son algunos ejemplos de esos detritos filosóficos esparcidos con desgana en sus libros: «Pesimismo: una revelación inútil», «La cultura humana me inspira odio», «Es preferible una hora de contemplación que toda una vida de ambición, aunque ninguna de las dos produzca resultados tangibles», «Toda fe debe tener como objetivo la incredulidad» o «Todos los filósofos son filósofos de pacotilla». En ese todos los filósofos, ¿se incluye él? Todo apunta a que sí. Y quizás podríamos reemplazar filósofos por periodistas para así incluir a un servidor.

Cabe preguntarse si se puede vivir en un pesimismo profundo sin ningún tipo de esperanza. El lector intuirá vagamente la respuesta de Thacker, una suerte de aforismo final que, poco después, se perderá para siempre en el olvido: «Quizás Kierkegaard se equivocó. No hay ningún salto [de fe], porque, para empezar, nunca hubo ningún precipicio».

Sobre el autor

Andrés Lomeña (Málaga) es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura y Literatura comparada (Universidad Autónoma de Barcelona), doctor en Sociología (por la Universidad Complutense de Madrid) y profesor de Filosofía en un instituto público. Coordina proyectos en la fundación internacional Common Action Forum, colaborando con universidades latinoamericanas como la UNAM (la Nacional Autónoma de México), la UBA (la de Buenos Aires) y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es autor de Narratofilia (Irrecuperables), Podio (Alianza), Filosofía en rebanadas (Arcopress), Python para filósofos (Marcombo) y Filosofía a sorbos (Arcopress), donde cruza pensamiento crítico, narrativa y divulgación filosófica.

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