Suscríbete
Nuevo

Revista FILOSOFÍA&CO | Número 15

Compra aquí

Christopher E. Forth: «Los occidentales han mantenido una gran desconfianza hacia la corporalidad»

Christopher E. Forth, profesor de la Universidad de Kansas, ha escrito una historia cultural de la grasa que va mucho más allá de la obesidad como fenómeno moderno. En «Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida», rastrea los prejuicios contra la corpulencia desde la Antigüedad clásica hasta el transhumanismo contemporáneo, pasando por el cristianismo medieval y los debates sobre raza y género. Una arqueología incómoda que desmonta mitos —entre ellos el de Rubens— y advierte de que Occidente lleva siglos en guerra con su propio cuerpo.

0 comentarios

Christopher E. Forth, autor de «Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida».
El historiador Christopher E. Forth, autor de «Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida».

0 comentarios

Christopher E. Forth
Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida, de Christopher E. Forth (Plasson e Bartleboom).

La grasa como sustancia ha tenido una importancia fundamental en los conceptos y prejuicios alrededor de la noción de gordura, corpulencia y obesidad. La grasa es una molécula vital, una sustancia que hace posible la vida, un nutriente entre lo sólido y lo líquido que simboliza tanto sensualidad como repugnancia. En el pasado, por ejemplo, hubo un vínculo tácito entre aceite y sudor: una de las funciones de untarse el cuerpo con aceite después del baño era alimentar a través de los poros la sustancia de la vida que parecía salirse en forma de sudor. La grasa está detrás del ciclo de generación y corrupción de la naturaleza.

Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida (Plasson e Bartleboom), de Christopher E. Forth, lleva a cabo una minuciosa arqueología de la lipofobia y el oleogusto [llamado, a veces, el sexto sabor básico]. La ciencia de la lipidómica no hace distinciones químicas entre las grasas y los aceites, y este ensayo tan «grueso» muestra el continuum de lo grasiento, lo aceitoso, lo pringoso o lo untuoso a lo largo de la historia, el poder y los cuerpos. Forth, profesor de la universidad de Kansas, en Estados Unidos, ha publicado un libro anterior sobre la masculinidad en Occidente y prepara otros dos sobre el auge de la extrema derecha.

Kate Manne citó hace poco un libro de Sabrina String para afirmar que los orígenes de la gordofobia hunden sus raíces en el racismo, por lo que la gordofobia se podría entender como un fenómeno más moderno que la misoginia. Usted ha abordado la cuestión explicando cómo la ambigüedad de lo graso (la grasa, lo grasiento) se transformó en asco o repugnancia hacia la grasa. Desde una perspectiva axiológica, estar gordo parece peor que ser feo o que tener muchos otros defectos. Esos rasgos no se eligen, mientras que el prejuicio hacia la gente con sobrepeso es que la ingesta de comida y el estilo de vida son más determinantes que el metabolismo de la persona. ¿Siempre se ha dado esta cruzada contra la grasa? 
En primer lugar, me gustaría comentar el problema de la periodización, ya que parece generar cierta confusión.

Como muchos análisis sobre la grasa y la gordura hechos desde el activismo se suelen centrar en el presente o en un pasado muy reciente, entiendo que quizás no consideren la historia como algo especialmente útil para sus objetivos. Desde luego, la idea de raza en sentido estricto se considera un concepto moderno, de manera que es lógico pensar que el racismo (en sentido estricto otra vez) es igualmente moderno en contraposición a lo antiguo (como parecen ser muchos prejuicios contra lo femenino). Al dar por sentado la modernidad del prejuicio contra la gordura, sin embargo, obviamos las raíces profundas del racismo y el sexismo y así dejamos estos procesos sin teorizar y extrañamente desvinculados de su contexto.

La racialización de la obesidad de la Edad Moderna, que String identifica acertadamente, representa no tanto un origen como una extensión y reelaboración de conceptos antiguos que vinculaban el tamaño y la forma del cuerpo con la posición en las jerarquías sociales, las percepciones de la masculinidad y la proximidad a la cultura propia, entre otras cosas.

Así, en la Antigüedad clásica, la gordura podía denotar lo socialmente inferior, así como lo femenino, lo animal y lo extranjero, y rara vez se refería a supuestos defectos de las mujeres (a quienes ya se consideraban naturalmente más gordas y húmedas que los hombres). Aún más importante es el hecho, a menudo pasado por alto, de que gran parte del prejuicio contra la gordura surge de la experiencia vivida con sustancias materiales ambiguas (por ejemplo, cosas grasientas, aceitosas, etcétera) que promueven, en lugar de simplemente reflejar, prejuicios culturales.

Evidentemente, nada de esto resulta de mucha utilidad para la investigación hecha desde el activismo, aunque me pregunto cuánta eficacia puede tener realmente dicho activismo cuando se basa en una comprensión parcial de lo que es la obesidad y de por qué se ha convertido en un problema tan grave. ¿Son, por lo tanto, los prejuicios contra la obesidad universales e intemporales? En absoluto. No podemos afirmar que sean universales, especialmente fuera de Occidente, donde la grasa y la obesidad pueden tener significados que a menudo desafían nuestras suposiciones. 

De hecho, desde la Antigüedad, el mundo fuera de Europa se ha invocado con frecuencia como contrapunto a los ideales morales y corporales occidentales, así que no es sorprendente que, con el tiempo, esto haya derivado en racismo manifiesto. Si bien el estudio del cambio a lo largo del tiempo es una labor propia de los historiadores, no podemos ignorar los intentos conscientes, durante siglos, de reproducir y llevar aspectos de nuestra herencia dual, grecorromana y judeocristiana (que no es del todo compatible, incluidos los susodichos ideales morales y corporales), al presente. Esta tendencia refleja menos lo atemporal que un esfuerzo deliberado e históricamente verificable de reimaginar e imponer modelos idealizados del pasado al presente y al futuro.

«El prejuicio contra la gordura tiene raíces antiguas que el activismo actual deja sin teorizar»

A Sócrates lo compararon con Sileno y ambos violarían el concepto griego de kalokagathia: la armonía entre la belleza, la salud y la moralidad. Por tanto, cabe preguntarse si Sócrates, además de ser el padre del intelectualismo moral, no es también un raro caso de idealismo, puesto que de alguna forma encarna a alguien cuyas ideas no están condicionadas ni determinadas por su belleza, como si el mens sana incorpore sano no fuera del todo válido para él: la mente puede volar y producir grandes ideas al margen de lo que dictaminen nuestros cuerpos.
Estoy de acuerdo. Platón algunas veces propone un dualismo cuerpo-mente, al menos epistemológicamente (una idea que los neoplatónicos desarrollaron aún más), mientras que en otras ocasiones promovía las virtudes morales de la diaita, la askesis y otras técnicas del yo para alcanzar la buena vida. Si tenemos en cuenta que los griegos solían asociar la gordura con la necedad, ¿quizás Sócrates fue la excepción que confirmaba la regla? En cualquier caso, sabemos que generaciones de filósofos desde la Antigüedad han manifestado su consternación por el aspecto físico de Sócrates.

SI TE ESTÁ GUSTAND0 ESTE ARTÍCULO, TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR…

El Inferno de Giovanni da Modena es impresionante. El cristianismo transformó la grasa y los cuerpos flácidos en algo completamente asqueroso. Usted sugiere que la cirugía estética es como una especie de intento a la desesperada de llegar al cielo porque los cristianos creían en una segunda vida sin gordura, fealdad o decrepitud. Es más, no recuerdo haber visto representado a Dios como alguien gordo, de manera que la perfección divina excluiría la grasa de sus atributos. ¿Se puede decir que el cristianismo, que es una religión compasiva, fue cruel con la gordura?
La preocupación de los primeros cristianos medievales por la gordura y la obesidad puso de relieve lo escatológico y lo repugnante de una forma que los paganos rara vez hacían.

Si en el libro comenté que los cirujanos estéticos actuales están, en cierto modo, haciendo la «obra de Dios», es porque los cristianos de entonces (y muchos de hoy día) sostenían que los cuerpos resucitados al final de los tiempos serían jóvenes y de proporciones perfectas. 

Quizás lo más importante es que quedarían liberados de aspectos decepcionantes y a menudo repugnantes de la existencia orgánica. Nunca he visto representaciones de Yahvé como gordo, y al margen de las provocadoras pinturas de Fernando Botero, tampoco he visto representaciones de un Jesús gordo. En todo el espectro del cristianismo, las críticas más duras provienen de los protestantes, algunos de los cuales insisten en que en el cielo no hay cabida para los gordos. Veo poca «vida» —tal como la conocemos— en la «vida eterna» a la que aspiran muchos cristianos.

«Sabemos que generaciones de filósofos desde la Antigüedad han manifestado su consternación por el aspecto físico de Sócrates»

A mí me enseñaron que las mujeres de Rubens eran el ideal de belleza de su época y no sé hasta qué punto eso es un mito. Por otra parte, me ha sorprendido el modo en que conecta la gordura de personajes como Judas Iscariote, Lutero o Enrique VIII. La corpulencia que se anuncia como grandeza y como símbolo del poder se pueden ver transformadas de forma involuntaria en crítica y sarcasmo. ¿Ha funcionado la gordofobia como una fuerza subversiva contra las aristocracias y las monarquías?
A mí también me enseñaron eso sobre Rubens. Desafortunadamente, la manida alusión al artista como reflejo de una época en la que se celebraba la gordura femenina parece algo más imaginativo que histórico, no muy distinto de la afirmación arqueológica, descartada hace mucho tiempo, de que un matriarcado prehistórico centrado en el culto a una diosa madre precedió a las estructuras de poder patriarcales.

Sin duda, los cánones de belleza de épocas anteriores siempre representaban figuras más voluptuosas que nuestros ideales de delgadez actuales, pero no he encontrado fuentes que demuestren que las figuras femeninas de Rubens reflejen fielmente los ideales corporales de su época. Insistir en esto sin pruebas distorsiona el registro histórico y perpetúa la idea errónea de que la mayoría de nuestros problemas con el cuerpo (no solo la obesidad) son construcciones modernas, en lugar de reflejar recelos más profundos sobre la propia corporalidad.

Además, ignora importantes pruebas que demuestran que Rubens arremetía contra la obesidad como prueba de la decadencia de los valores de su tiempo e incluso defendía métodos «espartanos» severos como correctivo. Por último, centrarse exclusivamente en Rubens revela la persistente suposición de que la aversión a la grasa es en gran medida una cuestión estética y que afecta principalmente a las mujeres.

Un estudio histórico más profundo muestra que, durante gran parte de la historia occidental, la carga social del exceso de peso ha recaído con mayor fuerza sobre los hombros de los hombres obesos. Aunque no carece de fundamento, la afirmación, aparentemente recurrente (lo que la fallecida Elspeth Probyn denominó un «mantra»), de que la obesidad es un problema feminista (con evidentes connotaciones raciales) oculta la manera en que la obesidad siempre ha estado vinculada a multitud de preocupaciones relacionadas, aunque no idénticas, que requieren un análisis filosófico más riguroso del que se ha ofrecido hasta ahora. Seguir fingiendo que estos problemas no existen, o que ya no son relevantes, me parece problemático y engañoso.

Por otro lado, se imaginaba a Judas Iscariote como alguien cuya supuesta gordura (según una leyenda) simbolizaba la arrogancia que lo había envanecido, por lo que su corpulencia tenía menos que ver con la dieta que con el orgullo y la corrupción. Al igual que con Jesús, desconocemos el aspecto real de Judas. Sin embargo, Martín Lutero y Enrique VIII son buenos ejemplos de cómo en la Edad Moderna la ambigüedad de la gordura podía generar impresiones tanto positivas como negativas.

Dependía mucho, como en la Antigüedad, de las acciones de esa persona. Entre los líderes obesos que triunfaron en campañas gubernamentales o militares, el tamaño pudo ser sinónimo de fuerza, competencia y notoriedad. Aquellos que demostraron debilidad o ineficacia vieron su obesidad resaltada como un síntoma, si es que no se identificaba con la causa, de sus fracasos. Un caso fascinante es el del emperador carolingio Carlos III (839-888), conocido como «Carlos el Gordo», un gobernante desafortunado que se ganó su sobrenombre siglos después de su muerte.

Resulta que Carlos solo engordó tras ser depuesto vergonzosamente por incompetencia y cobardía, así que fue como si la posteridad lo viera como un hombre gordo atrapado en el cuerpo de un hombre delgado. Al igual que en el caso de Sócrates, debemos tomarnos en serio la idea de Arlie Hochschild sobre cómo, antes y ahora, el estatus a veces puede proteger a alguien de críticas que podrían haber sido más dañinas para aquellos considerados de menor prestigio.

«La idea de que Rubens celebraba la gordura femenina es más imaginativa que histórica»

Como adolescente, recuerdo haber oído a gente de mi entorno decir: «Preferiría morirme a ser un gordo». ¿Podemos aliviar ese infinito desprecio hacia la grasa?
Por mucho que quiera terminar con un comentario positivo, veo pocos motivos para el optimismo. Si mi investigación sobre la historia de la gordura me ha enseñado algo es que los occidentales han mantenido una gran desconfianza hacia la corporalidad y eso es algo que se puede ver en sus persistentes recelos sobre la gordura y la obesidad… Y esa desconfianza se ha intensificado exponencialmente desde principios del siglo XX. En aquel entonces, la gordura se presentó de forma explícita como lo que siempre había sido: una cuestión existencial enfrentada a un conjunto de paradojas ineludibles sobre la corporalidad que se ven influidas por discursos más amplios relacionados con la edad, la capacidad, la animalidad, el estatus y la pureza, así como el género, la raza, la clase y la nación/cultura.

Ahora que la tecnología nos hace soñar con la posibilidad de materializar nuestros sueños perennes de eterna juventud, belleza perfecta, rendimiento mejorado y longevidad indefinida, el transhumanismo está a punto de ofrecer lo que Foucault llamó una vez «la primera utopía, la más profundamente arraigada en el corazón de los hombres… la utopía de un cuerpo incorpóreo». Aunque esto esté fuera de nuestro alcance o encuentre bastante resistencia, parece ser la dirección que estamos tomando. Espero equivocarme.

Sobre el autor

Andrés Lomeña (Málaga, 1982) es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura y Literatura comparada (Universidad Autónoma de Barcelona), doctor en Sociología (por la Universidad Complutense de Madrid) y profesor de Filosofía en un instituto público. Coordina proyectos en la fundación internacional Common Action Forum, colaborando con universidades latinoamericanas como la UNAM (la Nacional Autónoma de México), la UBA (la de Buenos Aires) y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es autor de Narratofilia (Irrecuperables, 2025), Podio (Alianza, 2022), Filosofía en rebanadas (Arcopress, 2022), Python para filósofos (Marcombo, 2022) y Filosofía a sorbos (Arcopress, 2020), donde cruza pensamiento crítico, narrativa y divulgación filosófica.

Otros artículos que te pueden interesar

Deja un comentario