Un fantasma recorre el mundo: el colapso ecológico. Desde hace dos siglos, la humanidad —o, para ser más precisos, Occidente— ha cabalgado a lomos de una industrialización que ha esquilmado la naturaleza y ha abierto una brecha en el futuro. Animados por una filosofía antropocéntrica, que concibe la naturaleza como un simple medio para satisfacer nuestras necesidades, el mundo entero se ha deslizado cuesta abajo y sin frenos hacia la mayor crisis ecológica de nuestra especie.
«Vine a salvarte de tu espantoso destino», le dice Doraemon a Nobita Nobi en la serie de anime homónima (1973-2005). Nobita es un adolescente japonés pusilánime, mediocre en todos sus aspectos y llorón, muy llorón. «Sé que no eres bueno ni en los estudios ni en los deportes y ni siquiera tienes suerte en los juegos de manos», le espeta Doraemon cuando se conocen.
Y es que, antes de la llegada de Doraemon, el destino de Nobita era desolador: no conseguirá terminar sus estudios, emprenderá su propio negocio, pero sus malos hábitos y su pésima capacidad lo harán endeudarse tanto que sus nietos pagarán las consecuencias durante generaciones. «Lamento haberles causado a mis descendientes tantos problemas», lamenta Nobita cuando Doraemon le enseña su futuro.
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«Puedes cambiar tu destino»
Para evitar tal desastre, los descendientes de Nobita (como pasa hoy con las generaciones más jóvenes) deciden viajar a nuestra época desde el siglo XXII para, así, evitar su particular colapso y destino fatal. «Puedes cambiar tu destino —le dicen sus nietos a un Nobita adolescente—. Por eso estamos aquí». La solución, ahora que están a tiempo, consiste en que un pequeño robot del siglo XXII, Doraemon, que trae consigo todos los inventos y adelantos del futuro, viva con Nobita para evitar su descarrilamiento: «a partir de ahora no importa cuáles sean tus problemas, Doraemon está aquí para ayudarte en todo lo que necesites; así que no te preocupes, abuelo, todo te saldrá bien a partir de este momento».
Visto de esta forma, la filosofía detrás de la serie es evidente: el marco teórico en el que se mueve Doraemon es el de la confianza ciega hacia la tecnología. Una tecnología que, con sus aparentes capacidades ilimitadas, puede resolvernos los problemas que hemos creado por nuestra torpeza humana.
Doraemon encarna nuestra mayor fantasía: que la tecnología pueda resolver todos nuestros problemas
Porque en el futuro, vemos en Doraemon, la tecnología habrá conseguido resolver todos los problemas: el teletransporte (con la puerta mágica), el espacio (con un bolsillo de «cuatro dimensiones» donde cabe todo) e, incluso, la moral (con un ángel de la guarda que predica el futuro y te ayuda a tomar las mejores decisiones). Cabe entonces preguntarnos: ¿podemos nosotros, la humanidad, los Nobita Nobi de carne y hueso, confiar en Doraemon ante nuestro incipiente colapso civilizatorio?
En pleno comienzo de la industrialización, Marx señaló un fenómeno clave en el desarrollo del capitalismo: la fetichización de la mercancía. Según el autor alemán, en el capitalismo la mercancía se convierte en un fetiche porque, por un lado, se convierte en ente «metafísicamente superior». Es decir, cuando vemos un iPhone, no vemos un trozo de metal con microchips, sino que vemos un determinado estatus social, una serie de oportunidades; en fin, algo más de lo que realmente es. Pero, por otro lado, escribió Marx, la mercancía se convierte en un fetiche porque oculta sus propios procesos de producción: vemos un iPhone y no vemos a los niños semiesclavizados que lo han producido.
¿Podemos confiar en que más tecnología sea la solución?
Al igual que Nobita, vemos la tecnología como productos acabados en sí mismos y no como productos fabricados por alguien. Los doraemons de nuestro tiempo nos ofrecen inventos y soluciones tecnológicas a los problemas del planeta (¡coches eléctricos!, ¡bolsas de tela!) sin decir, u ocultando, su procedencia. ¿De dónde salen todos esos inventos? ¿Quién los ha hecho? ¿Su materia prima se extrae de la misma naturaleza que nos implora agónicamente que paremos de asfixiarla? ¿Cómo podemos confiar en que producir más tecnología sea la solución cuando, precisamente, estamos aquí por nuestros modelos de producción? Nosotros, o eso parece, al igual que Nobita, nunca le preguntamos a Doraemon de dónde salen sus inventos. ¿No deberíamos?
Pero sobre la tecnología no debería preocuparnos únicamente su procedencia, sino también las dinámicas en las que nos inserta. Nuestra cultura comparte con Nobita una ingenua —aunque instalada durante siglos— creencia filosófica en que la tecnología es algo neutral, un instrumento cuyo potencial depende de quién y cómo se use (el cuchillo, se dice, no es ni bueno ni malo). Fue Heidegger quien nos avisó, en La pregunta por la técnica (Herder), de los peligros de esta concepción filosófica. Según este filósofo, la tecnología no es algo neutral, sino que impone siempre una visión del mundo y supone no cualquier posibilidad dependiendo de quién la use, sino unas posibilidades muy particulares.
Cuando, ante unos exámenes, Doraemon le da a Nobita la comida de la memoria (un invento que fotocopia los libros y, al comerlos, quedan impresos en tu memoria), es una ingenuidad no sospechar de los efectos que ese invento tiene en Nobita. La comida de la memoria, como toda tecnología, lejos de la neutralidad, nos arrastra a una determinada forma de estar en el mundo. En este caso, favorece la dependencia tecnológica de Nobita y, además, le refuerza una visión del aprendizaje basada únicamente en la memoria.
Para Heidegger, la tecnología no es algo neutral, sino que impone siempre una visión del mundo y supone no cualquier posibilidad dependiendo de quién la use, sino unas posibilidades muy particulares
Esperamos y esperamos…
Quizá, como humanidad, hemos pecado de esperar un Doraemon que nunca llega. «El señor Godot me manda deciros que no vendrá esta noche, pero que mañana seguramente lo hará», leemos en un momento de Esperando a Godot. Y esperamos y esperamos… Y mientras arden los bosques, se secan los pantanos y los polos se derriten.
¿Y si —jugamos a fantasear en la espera de Doraemon, nuestro particular Godot— inventáramos una máquina que absorbiera todo el CO₂? ¡Eso sería genial! ¡Podríamos vivir como ahora, sin cambiar nada, y todos los problemas se solucionarían! Pero… ¿y si no sale? ¡No pasa nada —siguen—, haremos habitable otro planeta y empezaremos de nuevo! ¡Ya inventaremos algo! Pero no llega… Ese invento no llega. ¿Vendrá Doraemon hoy, señor? Me temo que no, pero no desesperes, que quizá venga mañana y traerá inventos y solucionará todo. ¡Pero esta espera es insufrible!
«Vladimir: ¿Qué? ¿Nos vamos?
Estragon: Vamos.
(No se mueven).»
*Este artículo se publicó originalmente en el número 4 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.
Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.


















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