En 1984, millones de espectadores vieron por primera vez a Arnold Schwarzenegger interpretar a un organismo cibernético en Terminator. La imagen del cíborg quedaba así ligada a la de un cuerpo masculino hipertrofiado que actuaba como máquina de guerra cubierta de carne humana. Un año después, en 1985, Donna Haraway publicó por primera vez su Manifiesto cíborg, un texto que tomaba esa figura de la ciencia ficción y la desplazaba hacia un lugar muy diferente: hacia el de la criatura híbrida capaz de romper fronteras entre ser humano y máquina y servir como mito político para un nuevo feminismo socialista.
Haraway escoge esta figura o imagen porque no es limpia ni inocente. El cíborg nació del laboratorio militar y la biomedicina. Responde a las nuevas necesidades de las tecnologías de comunicación y la reorganización capitalista del trabajo, que necesitaba maximizar la rentabilidad. Fue el hijo de aquello que hay que combatir. Pero es un hijo pródigo, bastardo. Para Haraway, ahí es donde reside su fuerza.
La pregunta clave sigue siendo, para ella, cómo pensar la emancipación. El avance del neoliberalismo no garantizó derechos para todos y mucho menos igualdad de oportunidades. En concreto, para las mujeres, la incorporación masiva al mercado de trabajo provocó una doble jornada que perpetuó sus condiciones de opresión.
La política emancipadora no puede, según Haraway, refugiarse en una naturaleza pura, una femeninidad originaria o en una retrotopía donde cualquier pasado fue mejor, porque no lo fue. Además, la historia no permite dar marcha atrás; ya somos cuerpos mediados por máquinas, fármacos y pantallas. Por eso, el objetivo del cíborg no es revertir la historia, sino disputarla dentro de las condiciones de producción de las nuevas formas de vida.














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