Dieciséis años y siete meses es el tiempo que Alejandro Cencerrado lleva midiendo —en el momento en el que escribe el libro En defensa de la infelicidad— día a día su felicidad y haciendo anotaciones en un diario.
De estas anotaciones Cencerrado ha podido sacar algunas conclusiones: la relación entre la felicidad y la cantidad de horas de luz solar, su lugar de residencia o el hecho de tener pareja. Esta labor diaria el autor la combina con otra muy diferente: la que realiza como analista jefe en el Instituto de la Felicidad de Copenhague, comparando datos de felicidad entre poblaciones y relacionándolos con factores como el nivel de renta y educativo.
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