¿Es posible medir la felicidad?

¿Se puede medir la felicidad? En su libro 'En defensa de la infelicidad' Alejandro Cencerrado analiza algunos de los mecanismos por los que somos infelices a través de las anotaciones que lleva diecisiete años realizando en su diario. Imagen a partir de las ilustraciones de mohammed hasan, waldryano y Kody McDonald, extraídas de Pixabay (licencia CC 0 1.0).
En su libro «En defensa de la infelicidad», Alejandro Cencerrado analiza algunos de los mecanismos por los que somos infelices a través de las anotaciones que lleva años realizando en su diario. Imagen a partir de las ilustraciones de mohammed hasan, waldryano y Kody McDonald, extraídas de Pixabay (licencia CC 0 1.0).

Medir la felicidad. En el Instituto de la Felicidad de Copenhague lo hacen desde hace décadas. Su analista jefe, Alejandro Cencerrado, publica En defensa de la infelicidad, un libro en el que narra los años en que ha medido su felicidad día a día. ¿La conclusión? Que toda vida, por muy feliz que sea, conlleva necesariamente grandes dosis de infelicidad.

Por Irene Gómez-Olano

Dieciséis años y siete meses es el tiempo que Alejandro Cencerrado lleva midiendo —en el momento en el que escribe el libro En defensa de la infelicidad— día a día su felicidad y haciendo anotaciones en un diario.

De estas anotaciones Cencerrado ha podido sacar algunas conclusiones: la relación entre la felicidad y la cantidad de horas de luz solar, su lugar de residencia o el hecho de tener pareja. Esta labor diaria el autor la combina con otra muy diferente: la que realiza como analista jefe en el Instituto de la Felicidad de Copenhague, comparando datos de felicidad entre poblaciones y relacionándolos con factores como el nivel de renta y educativo.

Mientras que las anotaciones de su diario le ofrecen un relato detallado de su felicidad individual de la que extraer datos para hacer un balance general de su vida, su actividad laboral le ofrece el panorama general, del que extraer conclusiones que pretenden tener validez más o menos universal. En su libro, Cencerrado se centra en el análisis de las mediciones diarias de su felicidad, que, según él, pueden aportar valiosa información general para orientarnos en el futuro.

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El día en que fuimos felices

Para medir su felicidad diaria, el autor se basa en la que es la hipótesis de su libro: un día feliz será aquel que querría repetir al día siguiente y un día infeliz sería aquel que no querría repetir. Se trata de un sistema de medida que nos recuerda a aquel eterno retorno que definía Nietzsche, con el que el filósofo nos invitaba a preguntarnos si querríamos repetir nuestra vida tal y como ha transcurrido hasta el momento, para instarnos a acabar con las constricciones teológico-morales imperantes.

Medir la felicidad
En defensa de la infelicidad, de Alejandro Cencerrado (Destino).

La diferencia entre ese principio nietzscheano y la hipótesis de Cencerrado es que, mientras que el eterno retorno refiere a toda una vida, la puntuación que el autor le da a su felicidad se establece de forma diaria. Es decir, que la «unidad de felicidad mínima», por decirlo de alguna manera, es de 24 horas.

Pero ¿por qué medir la felicidad un solo día? ¿Por qué no puntuar mejor una semana, un mes, o el tiempo lectivo cuando se es estudiante frente al verano, y establecer así dos puntuaciones al año? Con un sistema de medición de la felicidad diario se confunden la felicidad con el bienestar casi inmediato: satisfacción diaria. Sin embargo, las definiciones clásicas de la felicidad han tendido a considerar, más bien, que la felicidad se parecía más a una carrera de fondo que a un sprint.

Por tanto, esta hipótesis de que medir la felicidad es una tarea del día a día es una presunción arriesgada. Y como el autor no define estrictamente qué es eso de la felicidad, podemos aventurarnos a dar un par de hipótesis y ver si así entendida la felicidad puede ser medida diariamente.

La felicidad entendida como eudaimonía, por ejemplo, al estilo de Aristóteles, es una felicidad que tiene que ver con el florecimiento, con la consecución de los propios objetivos vitales, y no con el bienestar inmediato. Supongamos, por ejemplo, que el objetivo de un ser humano sea el ver publicado un libro suyo. Si la felicidad se puede medir día a día, la puntuación del día en que vea publicado su libro será de 10. Tal vez, como señala el propio Alejandro Cencerrado, esa felicidad producida por un evento tan notable se mantenga unos días, supongamos que dos semanas. Pero, después de ese tiempo, quizá le suceda a esa persona una desgracia que le haga tener días puntuados con un 3.

Sin embargo, ¿es ese 3 una nota equiparable a la de un mal día previo a ver cumplido el sueño de su vida? ¿No deberíamos considerar algún tipo de valor el hecho de que su existencia ahora esté atravesada por el triunfo de un objetivo que para este sujeto tenía tanta importancia?

La felicidad entendida como eudaimonía, por ejemplo, al estilo de Aristóteles, es una felicidad que tiene que ver con el florecimiento, con la consecución de los propios objetivos vitales, y no con el bienestar inmediato

Desde la óptica contraria, 24 horas pueden ser un tiempo eterno cuando se trata de medir nuestra felicidad con el objetivo de llegar a conclusiones relevantes. Uno de los objetivos de Cencerrado es afirmar que, mediante la medición diaria, se puede establecer qué cosas le hacen a uno feliz aunque no sé dé cuenta de ellas en el momento de vivirlas.

Un ejemplo que se encuentra en el libro es el de los amigos que critican a otras personas. En el momento en que un amigo critica a otro por, digamos, su físico, el impacto sobre nuestra felicidad puede ser mínimo. Pero, a la larga, tal vez sintamos que cada vez que quedemos con ese amigo vamos a ser juzgados por nuestro físico. El autor señala que este era un motivo de infelicidad en su vida del que no se percató hasta que no hizo mediciones diarias de su bienestar.

Sin embargo, supongamos que tenemos una vida muy ajetreada, con varios trabajos, o familiares a los que cuidar o muchas tareas que se salen diariamente de la rutina. Eso puede hacer que, a la hora de medir nuestra felicidad diaria, hagamos una especie de media aritmética entre lo que hemos sentido durante el día, pero tal vez sin acordarnos muy bien de los eventos de la mañana.

Para Alejandro Cencerrado, uno de los motivos principales que nos deberían hacer considerar el medir la felicidad propia es que la memoria y la intuición están sesgadas. Por eso, cuando miramos retrospectivamente largas temporadas de nuestra vida, tendemos a sesgar la medición de nuestra felicidad, porque hemos olvidado multitud de detalles que nos hacían felices e infelices diariamente. Es por ese motivo que él apuesta por medir cada día el bienestar. Pero ¿qué sucede si las 24 horas de un día fueran un periodo demasiado largo? ¿Por qué no medir la felicidad cada vez que se cambia de acompañantes, o de entorno en un día?

Evidentemente, si lo hiciéramos así, pasaríamos más tiempo midiendo la propia felicidad que viviendo. Esto haría que los resultados obtenidos también estuvieran sesgados y que, hasta cierto punto, la propia medición de la felicidad fuera un evento susceptible de ser medido en términos de felicidad. Algo así genera una paradoja interesante, pero es poco útil a nivel práctico.

Supongamos una visión de la felicidad no eudaimónica, sino hedonista; es decir, basada en el bienestar y en el placer. Desde este punto de vista, podríamos considerar que la felicidad tiene que ver con aquello que nos conmueve, nos emociona y nos cambia el estado de ánimo momentáneo. Es evidente que la felicidad así entendida no puede medirse, pues eso requeriría sacar una libreta cada vez que nuestro estado de ánimo se hallara embargado por sentimientos nuevos.

Para Alejandro Cencerrado, uno de los motivos principales que nos deberían hacer considerar el medir la felicidad propia es que la memoria y la intuición están sesgadas

Medir la felicidad: ¿una cuestión de contrapesos?

Como hemos dicho, la hipótesis en que se basa el libro es que un día feliz es aquel que queremos que se repita al día siguiente. Supongamos —que, como se ha visto, es mucho suponer— que, efectivamente, podemos medir el bienestar de un día y que eso podría darnos buena cuenta, a la larga, de qué dinámicas tiene aquello que llamamos felicidad.

Nos encontramos ahora con un segundo problema, relativo al término «compensar». Y es si acaso la felicidad tiene algo que ver con un juego de suma cero donde el término «compensación» juega algún papel.

Escribe Cencerrado que ahora «puedo relacionar mi felicidad con el amor, la familia, los amigos o el trabajo; puedo calcular lo feliz que he sido, en general, los días que estuve con personas concretas o si la infelicidad de estar de resaca se compensa con la euforia de la noche de fiesta anterior, etc.».

Esto querría decir que, por poner sus mismos ejemplos, si la puntuación de un día de fiesta fuera un 7 y la puntuación del día posterior de resaca fuera un 2, entonces no habría compensado la fiesta, porque la media entre ambos es menor que 5. Lo que no tiene en consideración esta forma de ver las cosas es que tal vez en aquella fiesta podamos conocer a alguien que acabe siendo esencial en nuestras vidas, o que estar de resaca aquel día y no hacer nada nos sirvió para acabar de recuperarnos de un catarro que, en caso contrario, nos habría tenido días en cama.

Por tanto, tal vez a la larga, los eventos que determinaron que un día fuera considerado feliz o infeliz para nosotros acaben teniendo un carácter distinto. La felicidad no tendría mucho que ver así con la compensación.

Pero hay otro argumento que nos ayuda a pensar por qué la felicidad no tiene nada que ver con el modelo que propone Cencerrado, y es que podemos pensar en un día enormemente feliz que preferimos que no se repita. El bienestar y la alegría tienen mucho que ver, como señala Cencerrado, por los contrastes que establecemos entre emociones.

Si venimos de un mal día, una buena noticia nos alegrará aún más que si venimos de uno bueno. Y viceversa. Por tanto, si se repite un mismo patrón día a día, es poco probable que eso nos dé mayor felicidad.

Para ser justos, Cencerrado llega a esta misma conclusión. Es por eso que señala que la infelicidad es una de las claves de la felicidad. Necesitamos malos momentos, malas noticias y malas compañías, para disfrutar mejor de las buenas. Sin embargo, cabe preguntarse si esta conclusión no denosta la hipótesis en que se basa su medición de la felicidad.

Escribe Cencerrado: «Ahora puedo relacionar mi felicidad con el amor, la familia, los amigos o el trabajo; puedo calcular lo feliz que he sido, en general, los días que estuve con personas concretas o si la infelicidad de estar de resaca se compensa con la euforia de la noche de fiesta anterior, etc.»

Cálculo cuantitativo para medir la felicidad

Para Cencerrado, la felicidad no solo puede ser medida de forma diaria. También lo puede ser mediante una puntuación numérica a la que añade, por si acaso, un margen de error por arriba y otro por abajo. Esto quiere decir que expresa la puntuación de un día dándole una nota a la que añade y quita un cierto valor que representa el margen de error. Un ejemplo de puntuación podría ser 7 + 1 – 0, lo cual quiere decir que la puntuación del día podría haber sido de 8 porque hubo momentos felices de más de un 7, pero en ningún caso de 6, porque no hubo ningún momento que podamos medir con menos de un 7.

Incluir un margen de error en la medición es un elemento que ayuda a paliar algunas de las críticas que aquí se han hecho de su forma de medir la felicidad. Por ejemplo, si en 24 h pasaron demasiadas cosas, tal vez incluir un margen de error pueda evitar, hasta cierto punto, sesgos relativos a que ya no nos acordemos bien de los eventos de la mañana.

Sin embargo, una puntuación numérica implica que los sentimientos diferentes se pueden comparar entre sí de forma cuantitativa. Es decir, que se puede establecer si fue mejor el placer que sentimos por una buena comida a la alegría de ver a un amigo que vive en el extranjero. O la tristeza de suspender un examen y la angustia por estar esperando la nota.

Parece poco probable que seamos capaces en todo tiempo y lugar de comparar así las emociones y sentimientos. De manera general, podríamos responder a la pregunta: ¿el día de hoy fue bueno?, pero no tan claramente a la pregunta de si fue un día de 6 o de 8 puntos.

Lo que parece haber tras los cálculos del autor es una búsqueda excesiva de rigor científico en un ámbito que no puede ser considerado desde el punto de vista del rigor, como es la felicidad. Se trata, además, de una visión excesivamente economicista: «Anotar los días que uno ha sido feliz o infeliz, y las razones por las cuales lo ha sido, es como llevar una cuenta de los ingresos y los gastos».

Un momento particularmente surrealista es cuando en el libro comienzan a sucederse gráficas con nombres como los días que tardé en aborrecer la canción de moda. Se emplean en él expresiones tales como «ahorrar puntos de felicidad», como si de un supermercado se tratase. Los intentos del autor por determinar qué nos hace felices a la larga le hace hablar en términos de «felicidad acumulada» que dudosamente refieren al estado real de bienestar de nadie.

¿O acaso es determinante para nuestra felicidad actual que hace quince años tuviéramos un gran día por algo que no recordamos? ¿Es la felicidad «acumulada» de ese día igual de importante que la acumulada el día que nació nuestro primer hijo?

El propio autor reconoce que la «ciencia de la felicidad» no deriva de la psicología, sino de la economía. En concreto, de la disciplina denominada «economía del bienestar». Es por este motivo que se trata de una disciplina contaminada por un cierto tipo de vocabulario utilizado para el propósito final de generar plusvalía.

El objetivo de la economía del bienestar no es el propio bienestar, sino cómo ponerlo al servicio de producir más y mejor, minimizando el malestar que produce la explotación del trabajo o trasladando sus peores efectos a etapas no productivas de la vida, como la vejez.

La «ciencia de la felicidad» no deriva de la psicología, sino de la economía. En concreto, de la disciplina denominada «economía del bienestar». se trata de una disciplina contaminada por un cierto tipo de vocabulario utilizado para el propósito final de generar plusvalía

El problema de «los otros»

Nos encontramos con otra complicación más derivada de esta forma de concebir la felicidad, y es la falta total de perspectiva colectiva, y no hablemos de política. Cencerrado afirma, al referirse a su trabajo en el Instituto de la Felicidad de Copenhague, que «los que nos dedicamos a la ciencia de la felicidad proponemos utilizar el bienestar como medida de progreso».

Pero ¿por qué no utilizar como medida de progreso el índice de desnutrición infantil o el acceso a los servicios públicos como educación o sanidad? Probablemente, porque toda la reflexión en torno a la felicidad del libro se hace desde el punto de vista individual.

El autor llega a afirmar que cuestiones como tener pareja y ser feliz con ella se convierten en el centro de la vida de uno. Pero nunca habla de la situación económica del país, de si hay o no perspectivas de guerra, del cambio climático o de la tasa de desempleo.

Sin embargo, la felicidad en cualquiera de sus concepciones tiene que ver con los otros. Primero, porque somos animales sociales, como decía Aristóteles, y eso nos lleva a ser-con-otros en todos los sentidos. Y segundo, porque somos criaturas empáticas, incapaces de ser felices rodeados de sufrimiento.

Alejandro Cencerrado le da mil vueltas al problema del auge de la infelicidad en los últimos tiempos, que se traduce en problemas de ansiedad, depresión y suicidios. Pero nunca habla de, por ejemplo, cómo la productividad del trabajo se ha duplicado en un siglo (es decir, se produce lo mismo en la mitad de tiempo gracias a los avances tecnológicos), pero las jornadas laborales siguen intactas.

O de cómo el género de ficción favorito de las plataformas cinematográficas es la distopía. Y de cómo esa distopía es una forma más de desarticular socialmente cualquier esperanza de organización política colectiva para cambiar las cosas. O de cómo fueron desvirtuados y aplastados todos los proyectos revolucionarios del siglo XX. Sin embargo, sí señala que vivimos en una época sin hambre ni guerras que no nos hace felices. Pero en pleno 2022 cabría preguntarse si esa descripción que hace del mundo se corresponde efectivamente con él.

Cencerrado también apunta a que los países ricos son cada vez más ricos, pero menos felices. Lo que no señala es que en esos mismos países los ricos son cada vez más ricos y hay mayor desigualdad.

Y es que somos hijos de nuestro tiempo y nuestra historia, y la felicidad es parte de todo eso. No solo depende de dónde decidimos vivir, qué carrera decidimos estudiar o si queremos o no tener hijos. Requiere un análisis menos superficial y más político.

La felicidad en cualquiera de sus concepciones tiene que ver con los otros. Primero, porque somos animales sociales, como decía Aristóteles, y eso nos lleva a ser-con-otros en todos los sentidos. Y segundo porque somos criaturas empáticas, incapaces de ser felices rodeados de sufrimiento

La vida humana no tiene un solo objetivo

La motivación que llevó al autor a medir la felicidad diaria que sentía era que quería descubrir los secretos que hacen que una vida sea feliz para aplicarlos a la suya propia: «(…) si lo que quería en esta vida era ser feliz, debía tomármelo en serio. Pensé: ‘Debo escribir cuándo he sido feliz e intentar averiguar por qué lo fui para continuar siéndolo’».

Se trata así de desmontar mitos de lo que se supone que es la buena vida, para centrarse en cosas que, aunque no parecen muy importantes, lo son en el largo plazo. Por eso, este libro tiene enseñanzas valiosas que nos sirven de consejos generales para relativizar un poco aquello que en un determinado momento nos nubla totalmente la vista.

Llevar un diario, señala Cencerrado, es como hacer una mirada aérea de la propia vida. Es tener una herramienta de comprensión de la vida sin juicios de valor, siendo mero observador de ella.

El diario le permitió darse cuenta de que siempre estaba pensando que en otro lugar o con otra pareja sería más feliz, cuando muchos problemas en su vida tenían que ver con cuestiones que pasaban inconscientemente por ella y que no tenían nada que ver con su hogar o su pareja.

Su conclusión es que es imposible ser feliz porque siempre pensamos que la felicidad está en otra parte, y además, porque nos acostumbramos rápidamente a las situaciones buenas y empezamos a encontrar pequeños detalles que no nos gustan y nos generan insatisfacción. Pero es que tal vez, como señala, el objetivo del ser humano no sea la felicidad, sino la supervivencia, en lo que él denomina la «hipótesis biológica».

Según esta hipótesis, el habituarnos a la felicidad y dejar de percibirla como tal no es un defecto de nuestra especie, sino fruto de un sistema biológico que evita que nos estanquemos y muramos: «Eliminar la insatisfacción de nuestras vidas sería por tanto muy peligroso para nuestra supervivencia como especie». Quienes fueron crónicamente felices, seguramente no buscaron descendencia, ni la tuvieron, de manera que se seleccionaron los genes más predispuestos al inconformismo y la infelicidad.

Felicidad(es)

La otra conclusión del libro es que no puede haber un solo tipo de felicidad, aunque no termina de describir hasta el final ninguna. Por ejemplo, existe un cierto tipo de felicidad que se da cuando no se da algo negativo que pensábamos que iba a ocurrir. Una felicidad extraña que consiste en quedarnos igual que estábamos y alegrarnos por lo que no sucede, en lugar de por lo que sucede.

Cencerrado nos advierte de que no debemos orientar toda la vida buscando el felices para siempre: «A fin de cuentas, la falsa sensación de que seremos felices para siempre al lograr nuestros sueños guía la mayoría de los esfuerzos de cualquiera en la vida, y nos hace perder a veces demasiado tiempo sacrificándonos por lograr cosas que al final pueden acabar decepcionándonos».

Y añade que el hecho de no alcanzar la felicidad no es motivo para desesperarse: «(…) existen varios tipos de felicidad, y a algunos de ellos la gente nunca se adapta. Si la felicidad es estar bien los 365 días del año, quizá debamos empezar a aceptar ya que ser feliz es imposible, a causa de los procesos que hemos visto hasta ahora. Pero tal vez haya otras formas de estar satisfecho con la vida aunque uno no pueda estar bien todo el rato».

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