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Kant: el espíritu filosófico de la Ilustración

Dosier: Vida, pensamiento y obra de Immanuel Kant

Kant tiene fama de autor difícil. Sus extensas y sistemáticas obras en las que lleva a cabo una enjundiosa crítica a la metafísica se consideran producto de un sesudo trabajo intelectual que no está al alcance de cualquier lector. Sin embargo, es también poco conocida la faceta kantiana de presentar sus ideas en bocetos de escasa extensión, en los que expone sus ideas con un grado de precisión y de concisión poco usuales en filosofía. © Ana Yael

Kant tiene fama de autor difícil. Sus extensas y sistemáticas obras en las que lleva a cabo una enjundiosa crítica a la metafísica se consideran producto de un sesudo trabajo intelectual que no está al alcance de cualquier lector. Sin embargo, es también poco conocida la faceta kantiana de presentar sus ideas en bocetos de escasa extensión, en los que expone sus ideas con un grado de precisión y de concisión poco usuales en filosofía. © Ana Yael

Entre los siglos XVI y XVIII tuvo lugar en Europa un auge del racionalismo (Descartes, Leibniz, Spinoza), mediante el cual se intentó explicar la realidad histórica a través de la que se desarrollaría el espíritu humano, así como desentrañar el movimiento causal del mundo a través de leyes (newtonianas) incólumes. Con Immanuel Kant (1724-1804) se inaugura una nueva vía antropológica, política y filosófica que resituará al ser humano ante las más urgentes cuestiones: ¿quiénes somos, qué podemos hacer y hacia dónde debemos encaminarnos?

Immanuel Kant, uno de los pensadores más universales de la historia de la filosofía, nació en Königsberg el 12 de abril de 1724, y moriría en la misma ciudad en 1804. Pasó en aquella región toda su vida, sin apenas atravesar las fronteras del lugar que le vio nacer. Se dice que una de las contadas excepciones a este respecto se la debemos a la publicación del Emilio de Jean-Jacques Rousseau, obra que Kant fue a recoger fuera de Königsberg. El pensador alemán llamaba a Rousseau «el Newton del mundo moral».

La desatendida biografía de un filósofo universal

Su carácter metódico y sedentario hizo, pues, que nunca traspasara los límites de lo que entonces se conocía como Prusia oriental. Llegó al mundo en el seno de una modesta familia que profesaba un hondo pietismo, coyuntura que marcaría muy profundamente tanto su biografía como su pensamiento teológico-metafísico. Fue el cuarto hijo del matrimonio formado por un maestro guarnicionero, Johann Georg Kant, y Reginna Anna Reuter.

Tras sus estudios universitarios en su misma ciudad, y tras ejercer durante algún tiempo como docente privado (era remunerado por sus propios alumnos), es en 1770 cuando le nombran profesor ordinario de Lógica y Metafísica en la Universidad de Königsberg. Años antes, en junio de 1755, se había doctorado con la disertación, escrita en latín, Sucinto esbozo de las meditaciones habidas sobre el fuego. Jamás abandonaría este puesto de trabajo, y permaneció firme en su cátedra hasta 1797, cuando sus fuerzas vitales ya flojeaban (si bien nunca gozó de una salud exuberante). Al decir de Julián Marías, «su vida entera fue una callada pasión por la verdad». El mismísimo Johann Gottfried von Herder asistió a sus clases y de ellas dijo: «Tuve la suerte de tener como profesor a un gran filósofo al que considero un auténtico maestro de la humanidad; sus alumnos no recibían otra consigna salvo la de pensar por cuenta propia».

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Crítica de la razón pura, de Kant (Gredos).

La vida y obra de Kant suelen dividirse en dos periodos bien diferenciados: el llamado periodo precrítico y el periodo o época crítica. El punto de inflexión fue la publicación de su gran obra, la que le ha valido la fama inmortal y una de las más relevantes de la historia del pensamiento: la Crítica de la razón pura (Kritik der reinen Vernunft), editada en 1781; en 1787 apareció una segunda y definitiva edición. Junto a este libro, dos son las obras que completan el «ciclo crítico» kantiano: la Crítica de la razón práctica (1788) y la Crítica del juicio (1790). Otras obras que merece la pena resaltar son la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), los Prolegómenos a toda metafísica futura que quiera presentarse como ciencia (1783), La religión dentro de los límites de la mera razón (1793) y la Antropología en sentido pragmático, editada en 1800.

Es conveniente resaltar el carácter meditativo de Kant, que incluso permaneció sin escribir nada en la llamada «década del silencio», iniciada en 1771, hasta que, al fin, apareció su más afamada obra, la ya mencionada Crítica de la razón pura. Comenzó así a forjarse la historia de una leyenda viva…, hasta que, tras el declive de sus fuerzas físicas y mentales, fallece el 12 de febrero de 1804 tras haber dado a la humanidad un conjunto de textos que cambiarían el destino de la forma de pensar posterior.

Kant nació y murió en la misma ciudad. Pasó en aquella región toda su vida, sin apenas atravesar las fronteras del lugar que le vio nacer

Kant: un buen ejemplo es un buen comienzo

Es conocida la proverbial puntualidad kantiana: se cuenta que las gentes de Königsberg ponían el reloj en hora cuando el filósofo paseaba por sus calles. Tal era su obsesión por y con el tiempo, por emplearlo de la mejor manera posible y, por supuesto, por no desperdiciarlo jamás. Todo, siempre, al amparo de una meta, de un deseo: ayudar al ser humano a acoger y poner en práctica la luz del pensamiento racional.

Kant sabía, como él mismo escribió, que la Ilustración es algo sencillo en la teoría, pero que «resulta muy arduo y lento de poner en práctica». Por eso, el ejemplo (como ya argumentara muchos siglos antes Aristóteles) es una potente arma para poner sobre la pista al resto de los seres humanos sobre aquello que ha de hacerse. No basta albergar una fuerte fe en las potencias racionales: hay que ponerlas en práctica en el foro público.

Todo, incluso lo más nimio y superficial, tiene que ser sometido al dictamen último de la razón humana, nuestro más fiable tribunal, y condenar todo aquello que intenta liberarse de esta sana y necesaria crítica. Por tanto, una sociedad sana es aquella cuyos individuos tienen el valor de someterse al juicio de su propia conciencia y, después, al examen público y libre de sus semejantes. Solo así se pondrán las bases adecuadas para comenzar a erigir el edificio de una época ilustrada.

Kant antes de las críticas: luchar contra fantasmas

Kant suele ser considerado uno de los autores más complejos de la historia de la filosofía. Dado el momento del todo fundamental en que su pensamiento se desarrolla, amén de sus extensas y sistemáticas obras en las que lleva a cabo una enjundiosa crítica a la metafísica, sin parangón en el devenir de la historia del pensamiento hasta sus días, la figura del egregio regiomontano es tenida por los legos en la materia como producto de un sesudo trabajo intelectual que no está al alcance de cualquier lector. Sin embargo, es también poco conocida la faceta kantiana de presentar sus ideas en bocetos de escasa extensión, en los que expone sus ideas con un grado de precisión y de concisión poco usuales en filosofía.

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Crítica de la razón pura, de Kant, versión manga (La otra H).

Fruto de esta necesidad de pulcritud y brevedad, Kant redacta en 1770 la conocida como Dissertatio, cuyo título completo, De mundi sensibilis atque intelligibilis forma et principiis, compone un texto en el que nuestro protagonista anticipa su teoría del espacio y del tiempo como formas a priori de la sensibilidad, aquí esbozada, y desarrollada por completo en la Estética trascendental, recogida en el más famoso texto kantiano, la Crítica de la razón pura. La obra se escribió originalmente, como era costumbre, en latín. Como apunta el propio Kant en el último epígrafe de este pequeño tratado, un único propósito fundamental encierra esta obra que, en general, ha de funcionar como norma de todo aquel que se toma en serio el pensamiento como acción genuinamente humana: «La predilección por la unidad, propia del espíritu filosófico, y de la cual ha dimanado este canon tan difundido: no se han de multiplicar los principios sin necesidad; al cual nos adherimos, no porque conozcamos por razón o por experiencia la unidad causal del mundo, sino que inquirimos esta misma por el impulso del intelecto, al cual le parece haber progresado en la explicación tanto cuanto le es dado descender a muchas cosas fundadas a partir de un principio único».

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