Más allá del dualismo entre mente y cuerpo
La filosofía occidental ha consolidado desde la Antigüedad un dualismo entre mente y cuerpo, considerando el primero superior y relegando la experiencia sensorial y corporal como inferior. Esta división ha marginado tradicionalmente la contribución femenina al conocimiento, asociando a las mujeres con lo corporal y lo emocional. También a la naturaleza, en contraposición al mundo de lo humano, que se interpreta como lugar de dominio masculino.
El pensamiento feminista rompió este esquema radicalmente. Los feminismos de la diferencia pusieron de relieve que, si existen diferencias en los modos de conocimiento entre hombres y mujeres, estos deben ser, en cualquier caso, igualmente valorables. Y el feminismo de la igualdad, que sostiene que las capacidades innatas de hombres y mujeres son equiparables y que si las mujeres los han construido de formas diferentes se debe más bien a convencionalismos sociales, planteó, directamente, disolver esta dicotomía mente-cuerpo donde el primer polo domina al segundo.
Por eso, no deja de tener algo de contradictorio volver al pensamiento de Hildegarda de Bingen (1098-1179), que reproduce de algún modo un esquema anterior. La recuperación de las místicas, tan popular hoy, como analizamos en las otras partes de este dosier, tiene algo de recuperación de lo femenino por lo femenino, como si en sí eso encerrara un conocimiento superior epistemológica o moralmente.
«Pensar desde el cuerpo», el título que lleva este artículo, es, esencialmente, como podríamos resumir pensamiento de Hildegarda de Bingen, aunque ella misma reconocía que ese «cuerpo» estaba a medio camino del alma. ¿Pero por qué se recupera hoy a las místicas (así, en femenino) desde su «pensar desde el cuerpo». Hay mucho de operación ideológica y sesgada en ello. De nuevo, como si el pensamiento de las mujeres pudiera resumirse en su experiencia corporal.
Hildegarda de Bingen desarrolló un vasto pensamiento y producción artística, condensada en su Libro de las obras divinas, donde la percepción y el sentimiento interior emergen como fuentes legítimas de conocimiento, para ella. Desde su infancia, Hildegarda de Bingen experimentó visiones y estados de percepción intensa, que describió como experiencias que no recibía ni por los sentidos ni por el intelecto, sino a través de los «ojos y oídos interiores» del alma.














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