La reflexión en torno a la utilidad de las lenguas clásicas genera permanentes discusiones entre quienes opinan que deben seguir teniendo un papel en la educación de los y las jóvenes y quienes piensan que deben dar paso a saberes más aplicados al mundo contemporáneo. Tras esta discusión se esconden algunas de las reflexiones más importantes que siguen suscitando las lenguas de la Antigüedad.
Un primer tópico que encontramos en la discusión es la defensa de los saberes por el hecho de serlo, al margen de su utilidad. El profesor italiano Nuccio Ordine, autor de La utilidad de lo inútil, defendió en una entrevista que el ataque al latín y al griego en la enseñanza «es una locura cometida por los que no entienden que hay saberes inútiles sin los que la humanidad no avanza». Por tanto, si bien el estudio de las lenguas no puede ser considerado como «útil», tiene un valor en sí mismo, en tanto que aporta algo esencial a la vida.
El filósofo mexicano Mauricio Beuchot, en esta línea, añadió: «Estoy convencido de que los filósofos debemos superar el imperativo de la utilidad y reclamar el valor de la vida contemplativa. Hannah Arendt fue muy clara al señalarla como una necesidad propia del ser humano. […] requerimos de las humanidades, precisamente para tener una vida verdaderamente humana, digna de ser vivida».
Se repite, por tanto, la idea de que defender lo inútil tiene relación con defender algo que es esencial para la vida. Desde la otra trinchera, se dice —no sin cierta razón— que, en un mundo de crisis ecológica, injusticia global y polarización política, nos debemos una reflexión «útil» en el sentido de que trate de afrontar los dramas y padecimientos humanos.












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