Por qué las lenguas clásicas ayudan a entender el presente

Las lenguas clásicas no solo nos permiten entender la genealogía por la que nuestro mundo ha llegado a ser el que es, también abren una reflexión sobre quiénes somos hoy. Imágenes de Lehuaman y Gordon Johnson en Pixabay, de licencia Creative Commons (CC0 1.0).
Las lenguas clásicas no solo nos permiten entender la genealogía por la que nuestro mundo ha llegado a ser el que es, también abren una reflexión sobre quiénes somos hoy. Imágenes de Lehuaman y Gordon Johnson en Pixabay, de licencia Creative Commons (CC0 1.0).

¿Qué tienen que aportarnos en el mundo actual las lenguas de la Antigüedad como el griego clásico, el hebreo, el árabe clásico, el latín o el sánscrito? ¿Y qué vinculación tienen con la filosofía? Estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos hoy cuando pensamos en las lenguas clásicas, que no solamente nos permiten entender los textos de los que beben nuestras filosóficas y culturales actuales, sino que nos siguen dando claves para entender quiénes somos.

Por Irene Gómez-Olano

La reflexión en torno a la utilidad de las lenguas clásicas genera permanentes discusiones entre quienes opinan que deben seguir teniendo un papel en la educación de los y las jóvenes y quienes piensan que deben dar paso a saberes más aplicados al mundo contemporáneo. Tras esta discusión se esconden algunas de las reflexiones más importantes que siguen suscitando las lenguas de la Antigüedad.

Un primer tópico que encontramos en la discusión es la defensa de los saberes por el hecho de serlo, al margen de su utilidad. El profesor italiano Nuccio Ordine, autor de La utilidad de lo inútil, defendió en una entrevista que el ataque al latín y al griego en la enseñanza «es una locura cometida por los que no entienden que hay saberes inútiles sin los que la humanidad no avanza». Por tanto, si bien el estudio de las lenguas no puede ser considerado como «útil», tiene un valor en sí mismo, en tanto que aporta algo esencial a la vida.

El filósofo mexicano Mauricio Beuchot, en esta línea, añadió: «Estoy convencido de que los filósofos debemos superar el imperativo de la utilidad y reclamar el valor de la vida contemplativa. Hannah Arendt fue muy clara al señalarla como una necesidad propia del ser humano. […] requerimos de las humanidades, precisamente para tener una vida verdaderamente humana, digna de ser vivida».

Se repite, por tanto, la idea de que defender lo inútil tiene relación con defender algo que es esencial para la vida. Desde la otra trinchera, se dice —no sin cierta razón— que, en un mundo de crisis ecológica, injusticia global y polarización política, nos debemos una reflexión «útil» en el sentido de que trate de afrontar los dramas y padecimientos humanos.

En los términos del debate se esconde, sin embargo, una trampa. Mientras que nociones como la de lo «útil» y lo «inútil» se confunden permanentemente con lo «servil» o no a un cierto estado de cosas, lo cierto es que se utiliza a las lenguas clásicas, la filosofía y, más en general, las humanidades, como la cabeza de turco sobre la que hacer caer el peso de los problemas del presente.

No podemos eludir nuestra responsabilidad: ni Heródoto ni Cicerón son los culpables de nuestros errores. Sin embargo, en un ejercicio de generosidad, sí son los garantes de que no partamos de cero cada vez que nos interroguemos sobre ellos. Nos permiten apoyarnos sobre armazones teóricos ya construidos y de experiencia previa. Encontramos en los textos antiguos sorprendentes paralelismos que nos invitan a pensar que, más allá de las especificidades de cada época, existe un hilo de continuidad en las preocupaciones humanas.

El profesor italiano Nuccio Ordine defendió en una entrevista que el ataque al latín y al griego en la enseñanza «es una locura cometida por los que no entienden que hay saberes inútiles sin los que la humanidad no avanza»

Las lenguas clásicas nos aproximan a otros mundos

En todo aquello en que no encontramos similitudes con el pasado, el estudio de las lenguas clásicas nos permite aproximarnos a otros mundos. Son lenguas en las que se establecieron las bases del pensamiento actual, pero en contextos que a menudo nos son lejanos. Tal y como dejó escrito Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus hace poco más de un siglo, «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» y ampliar ese lenguaje implica, necesariamente, hacer lo mismo con el mundo.

Aproximarse a las lenguas clásicas es una forma de alimentar el espíritu y enriquecerlo. Por tanto, defenderlas no tiene necesariamente que ver con defender lo «inútil», sino con defender aquello que no es servil a unos intereses ajenos inmediatos, y que encuentra su utilidad de otra manera, en las grandes preguntas y el largo plazo.

Pero, además, satisfacer la curiosidad conociendo algo que no tiene un para qué inmediato es también un pequeño ejercicio de rebeldía. Igual que Marco Aurelio escribía en sus Meditaciones que cuando haya distracciones del exterior lo que debemos hacer es «robar tiempo para aprender algo bueno», hoy cabe rescatar esa visión de lo bueno frente a lo que nos distrae, nos aliena y nos embota, sin darnos posibilidad de respuesta.

El estudio de las lenguas clásicas ha sido, a menudo, el punto de partida para aproximarse a la filosofía. Es un requisito básico para que hoy podamos dialogar con autores como Parménides, Platón, Cicerón o Iagñavalkia, algunos de los primeros filósofos de los que tenemos noticias y que siguen interpelándonos con los problemas que trataron de abordar.

Mientras que nuestro tiempo y atención son bienes de mercado, robar un pedacito de ellos para «aprender algo bueno» es parte de lo que quiere decir dedicarse a las humanidades en la actualidad. La filosofía es una forma de robo al actual estado de cosas para poner a funcionar la creatividad humana bajo un criterio que busque la profundidad de pensamiento y de análisis.

Entender que muchas de las inquietudes expresadas en estas lenguas son todavía las nuestras es esencial para entender que la defensa de las lenguas clásicas nada tiene que ver con la conservación acrítica de un fósil lingüístico, sino que dice mucho de cómo pretendemos relacionarnos con el presente y con los otros mundos que hoy habitan en él. Sobre una lengua como el sánscrito, explicaba el filósofo y filólogo español Òscar Pujol Riembau que «es una lengua minoritaria, pero que se cultiva en el mundo entero».

Las lenguas clásicas son herramientas con el enorme potencial de interpelarnos y abrir nuevas interpretaciones del presente, porque nos permiten identificarnos con un otro que ya fue y al que ahora comprendemos

Semillas del presente

Por tanto, si las lenguas clásicas se estudian en un ejercicio de embalsamiento intelectual de lo dado, casi es mejor que no se estudien. Se trata, no obstante, de herramientas con el enorme potencial de interpelarnos y abrir nuevas interpretaciones del presente, porque nos permiten identificarnos con un otro que ya fue y al que ahora, además, comprendemos. Escribe la filóloga clásica y ensayista Irene Vallejo que la lectura de los clásicos tiene que ver con un reconocimiento con aquel que escribe: «Cuando leemos a los griegos y a los romanos nos reconocemos, decimos ‘esos somos nosotros’».

Y es que las lenguas clásicas son las semillas del presente. Una herencia que nos llega de forma gratuita, y que solo nos pide a cambio que las sigamos cultivando en la actualidad. Y que, además, nos dan motivos para ello. En torno a lo clásico, escribe en Ser quien eres, Emilio Lledó que «un autor clásico lo es por ser capaz de alimentar, inagotablemente, continuas interpretaciones y de provocar un diálogo con sus lectores para enriquecer su clausurada y, tantas veces, monótona soledad».

El estudio de las lenguas clásicas es un ejercicio interpretativo del pasado a la luz del presente que no puede ni debe obviar el paso de tiempo entre el momento de la escritura y el de la lectura. Las lenguas vehiculan las culturas y ellas ya son un testimonio clave para su comprensión. Son parte de tradiciones que no solo han reflexionado sobre las inquietudes y naturaleza humana, sino que lo han hecho a través de una ciencia, filosofía y religión que no podemos entender si no es en sus propios términos.

No está previamente dado el grado de similitud con el presente que queremos que tenga nuestro futuro, pero sí que las antiguas ideas, seamos conscientes o no, van a tener una injerencia en cualquier proyecto que nos propongamos. Estudiar las lenguas clásicas no es, por tanto, conservar necesariamente formas de pensar antiguas, sino poder decidir conscientemente de qué prescindir y qué preservar: qué conceptos son un lastre y cuáles siguen siendo valiosos; qué mundo queremos construir y qué papel queremos que el pasado tenga en él.

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