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Número especial - HANNAH ARENDT

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Hannah Arendt y la época de las catástrofes

Totalitarismo, democracia y libertad

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Revista Especial HANNAH ARENDT

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Lo que el lenguaje esconde

«Lo que el lenguaje esconde», de Libros de FILOSOFÍA&CO, nos habla del poder transformador y creador del lenguaje. Cada capítulo, escrito por un autor o autora diferente, aborda qué implicaciones concretas tiene esto, cómo se conjuga el poder del lenguaje en los distintos ámbitos de la vida, si es posible nombrar en su totalidad el dolor o por qué el lenguaje de la extrema derecha se esparce con tanta facilidad. Se trata de un puente entre dos orillas: lo que existe y las palabras que tenemos. Y en medio, todo lo que se esconde, todo lo que no podemos decir (pero quizá sí intuir).

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Fragmento de la portada del libro «Lo que el lenguaje esconde», de Libros de FILOSOFÍA&CO. Diseño del estudio de Laia Guarro.
Fragmento de la portada del libro «Lo que el lenguaje esconde», de Libros de FILOSOFÍA&CO. Diseño del estudio de Laia Guarro.

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FILOSOFÍA&CO - Lo que el lenguaje esconde
Lo que el lenguaje esconde, de varios autores (Libros de FILOSOFÍA&CO).

Pocos libros han influido más en la historia de la filosofía que el Tractatus, de Ludwig Wittgenstein. El libro fue escrito en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y aspiraba, nada más ni nada menos, que a resolver todas las preguntas filosóficas. Según las tesis del propio libro, todos los problemas filosóficos (o casi todos) son en realidad malentendidos lingüísticos.

Los filósofos piensan que discuten, pero todos sus malentendidos vienen de no usar correctamente las palabras. Para el Wittgenstein del Tractatus, si tenemos un análisis claro y certero del lenguaje, entonces nos daremos cuenta de que todas las discusiones sobre el ser, Dios o la causalidad del mundo son pseudodiscusiones. Si aprendemos a hablar, todos los problemas (o casi todos) se resuelven.

El problema con el que se topó Wittgenstein a medida que avanza el libro es que es difícil hablar del propio lenguaje. Lo que se defiende en el Tractatus es que las palabras son vectores de señalización, es decir, una herramienta que utilizamos para indicar un más allá: el mundo.

Sin embargo, y este es el gran problema del libro, si el lenguaje habla siempre del mundo («perro» refiere al perro que vemos), ¿cómo hablar del propio lenguaje? Si las palabras designan cosas, ¿qué palabras usar para hablar de las palabras? ¿Cómo hacer que la flecha que señala al mundo se señale a sí misma? La solución de Wittgenstein fue categórica: no se puede, el lenguaje no puede hablar de sí mismo sin incurrir en aporías y contradicciones. De ahí el famoso cierre del libro: «De lo que no se puede hablar es mejor callar».

El problema con el que se topó Wittgenstein es que es difícil hablar del propio lenguaje. Lo que se defiende en el Tractatus es que las palabras son vectores de señalización, es decir, una herramienta que utilizamos para indicar un más allá: el mundo

Pero ¿cómo callar ante el misterio del lenguaje? ¿Cómo resistirnos a no hablar sobre aquello que nos atraviesa y nos conforma? ¿Cómo renunciar a escribir sobre lo único que puede dar salida a lo que tenemos dentro? ¿Es que acaso podemos resistir la tentación de revolver el lenguaje contra sí mismo para hacerle hablar y así ver lo que esconde?

Este es el objetivo del libro Lo que el lenguaje esconde: asediar a aquello de lo que no se puede hablar, usar las palabras contra las palabras para ver qué esconden, para ver a qué juegan cuando nadie las mira, pensar qué le ocurre al lenguaje cuando lo vestimos de una manera o de otra. Examinar el lenguaje en sus límites, examinar el lenguaje cuando lo retorcemos hasta lo más bruto, como el grito que pega una persona enferma y que rompe la habitación diciendo: «Amiga, ven, corre, que me arde el pecho y se me abren las tripas».

Sin duda, el dolor es uno de los límites del lenguaje. Es la realidad más descarnada y el lenguaje no siempre puede capturarlo porque, de una forma u otra, parece que ninguna frase capta la crudeza con la que nos punza el dolor. ¿Cuánto tenemos que retorcer el lenguaje para poder decir lo que no cabe en él? Resuenan las palabras de Pizarnik: «Explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome».

¿Cómo puede el lenguaje decir todo aquello para lo que parece que no hay palabras? ¿Acaso hay palabras que pueden sostener el dolor sin edulcorarlo, sin minimizarlo? Estas preguntas las acuerpa, nunca mejor dicho, Laura Rodríguez Díaz, editora de la revista Caracol nocturno y reciente premio El Ojo Crítico de Poesía de Radio Nacional de España por su libro anuncio. En su capítulo de este libro, «Lenguajes enfermos», nos dice:

«En el año 2019, cuando comencé un tratamiento inmunológico para la enfermedad de Crohn, me propuse escribir un poemario sobre el cuerpo. […] Estar enfermo es decir me he comido una herida como una fruta y tengo abejas en el intestino grueso y en mis manos reposa el estómago. […] En voz alta o por escrito, siempre imperfectamente. Del cuerpo a los cuerpos, una apertura: este lenguaje enfermo».

El objetivo del libro Lo que el lenguaje esconde es asediar a aquello de lo que no se puede hablar, usar las palabras contra las palabras para ver qué esconden, para ver a qué juegan cuando nadie las mira, pensar qué le ocurre al lenguaje cuando lo vestimos de una manera o de otra

Lo que se pretende, entonces, es desplazar la pregunta de Wittgenstein: no tanto de qué no podemos hablar nosotros (para él, ya sabemos: el lenguaje), sino de qué no puede hablar el lenguaje. ¿Podemos decir completamente el dolor en su complejidad?

¿Alguna vez podremos mirar un texto y decir: «¿Sí, estas palabras representan exactamente el dolor que sentí cuando vi a mi madre muerta»? Parece difícil, pero ¿qué nos queda si no? Aunque el pus del pecho y la sangre que lloramos no quepa dentro de la palabra «duelo», ¿podemos renunciar a intentar decir algo? ¿O, en cambio, solo nos queda gritar? Con razón decía la poeta Berta García Faet: «Lo que quiero decir es que todo decir lucha por decirse». Luchar por decir el dolor, lo consigamos o no.

Lo que pasa es que no solo enfermamos de bacterias y virus, sino que a veces también enfermamos de lenguaje. El lenguaje nos atraviesa y nos puebla y forma parte de nuestra intimidad, como lo hacen las células o los pensamientos. Por este motivo, Heidegger decía que no hablamos el lenguaje, sino que el lenguaje nos habla a nosotros. ¿Cómo no enfermar de algo que tenemos hasta en nuestro tuétano? Esta es la pregunta que en articula el capítulo «Lenguajes virales», de Luciana Wisky, filósofa de la Universidad de Buenos Aires y experta en discursos de odio. Su objetivo: pensar el lenguaje como un virus que nos infecta, que nos enferma, que se replica en nuestro interior:

«Ahora bien, ¿qué quiere decir que algo sea como un virus? Entre otras cosas, que tiene una capacidad de propagación rápida y expansiva. Una propagación que afecta a ideas, comportamientos y fenómenos, de manera similar a como el virus afecta a los cuerpos. También quiere decir que nos invade y nos transforma, impregnando nuestra mente y vida cotidiana, alterando percepciones y experiencias.

Al mismo tiempo, la metáfora del virus nos ayuda a entender cómo las ideas se transmiten y adoptan, lo que desafía la idea del ser humano como un ser puramente racional. La metáfora del lenguaje como un virus sugiere que no siempre son la racionalidad y la voluntad humana las que permiten la adopción y transmisión de ideas, sino que existen condiciones humanas y sociales que nos hacen vulnerables al ‘contagio’ del lenguaje».

No solo enfermamos de bacterias y virus, sino que a veces también enfermamos de lenguaje. El lenguaje nos atraviesa y nos puebla y forma parte de nuestra intimidad, como lo hacen las células o los pensamientos. ¿Cómo no enfermar de algo que tenemos hasta en nuestro tuétano?

Esto explicaría la frase de Heidegger: es el lenguaje el que nos habla, el que nos contagia. Cuando aparecen nuevas palabras, estas se propagan por nuestro interior y, de repente, todos usamos las mismas expresiones, las nuevas palabras desplazan a las viejas… Esto cambia nuestro cuerpo, claro. Nos altera, nos hace distintos. A veces para mejor, otras para peor. Así, lenguajes más ricos crean mundos interiores más complejos, pero también viceversa. Entender el lenguaje como un virus no es un experimento mental sin más, sino que nos sirve para entender parte de lo que está ocurriendo en nuestras sociedades:

«Vivimos en tiempos de cambios profundos. El mundo tal y como lo conocíamos está dando paso a nuevas realidades, con sociedades cada vez más fragmentadas y opiniones más polarizadas. En este contexto, varios pensadores están utilizando la noción del lenguaje como un virus para analizar los cambios significativos de nuestra época».

Pero el lenguaje no crea solo cuerpos individuales (el nuestro, el tuyo), sino también cuerpos sociales. Las palabras conforman nuestra vida, nuestros recuerdos, pero también la ciudad que habitamos y la cultura que respiramos. Esto abre un nuevo campo de preguntas. Por ejemplo, ¿en qué medida la extrema derecha inocula un lenguaje reaccionario que está contagiando nuestras sociedades y modificando la mirada que tenemos? ¿Cómo ha conseguido expandirse tan rápido y uniformizar así los discursos?

Saltamos de la visión del lenguaje como algo que usamos para hablar a la visión del lenguaje como un producto social. Saltamos, pues, de lo personal a lo político: de las palabras que no pueden encarnar el dolor de un duelo a las palabras que crean un muro entre nosotros y los de fuera.

El lenguaje no crea solo cuerpos individuales (el nuestro, el tuyo), sino también cuerpos sociales. Las palabras conforman nuestra vida, nuestros recuerdos, pero también la ciudad que habitamos y la cultura que respiramos. Esto abre un nuevo campo de preguntas

Este relevo que va de lo personal a lo político lo coge en este libro Lola del Gallego Noval, militante del movimiento de vivienda en Madrid y autora del libro Resistencias locas y resistencias queer: un encuentro en la subjetividad para la práctica política. Del Gallego Noval analiza en su capítulo («Lenguajes políticos») el componente inevitablemente político de las palabras:

«El lenguaje es político porque en sí mismo construye realidades políticas, porque produce y reproduce verdades sociales y porque cataliza los usos particulares del poder de su tiempo. Y es que los sistemas de dominación —capitalismo, patriarcado…— no se reproducen solo materialmente (por ejemplo, a través de instituciones o mediante la desposesión), sino que también se reproducen porque consiguen que nos comportemos como ellos dictan. De esta manera, somos nosotras mismas las que los reproducimos a través de nuestra subjetividad. El lenguaje, como no podría ser de otra manera, es uno de esos vehículos de transmisión».

El lenguaje es político porque sostiene todo un régimen de visibilidad: alumbra unas personas, unas determinadas formas de hablar, unos cuerpos… y oculta otros. Cómo nombramos el mundo importa porque hay infinitas realidades que se quedan en la sombra. De la mano de Judith Butler, Del Gallego Noval estudia la importancia del lenguaje a la hora de permitir (o impedir) que ciertas disidencias salgan de los espacios periféricos a los que han sido históricamente condenadas.

Además, y como señala también la autora, el lenguaje es político porque es fundamental para construir las narrativas de los grupos marginalizados, unas narrativas necesarias para que estos grupos recuperen su pasado y sean capaces de imaginar un futuro distinto. Y es que, ¿cómo vamos a imaginar la utopía si no tenemos palabras para narrarnos en ella? ¿Cómo vamos a reconocernos como grupo político si hemos sido borrados del pasado mítico que se cuenta en nuestro país (en el caso de España: un pasado ligado a la religión, al territorio y al varón)?

Como dice Del Gallego Noval, los grupos dominantes han privado del lenguaje a los grupos marginalizados tratando sus formas de expresarse de ilógicas, de irracionales y tachando su habla de mero balbuceo infantiles. Si el lenguaje son nuestros huesos y nuestros ladrillos, construir otros cuerpos y otras sociedades implica necesariamente construir otro lenguaje.

El lenguaje es político porque sostiene todo un régimen de visibilidad: alumbra unas personas, unas determinadas formas de hablar, unos cuerpos… y oculta otros. Cómo nombramos el mundo importa porque hay infinitas realidades que se quedan en la sombra

Esta mirada política supone examinar críticamente lo considerado hasta ahora como la «buena escritura» o el «buen habla». En este sentido, mucha de la crítica reciente (especialmente feminista) ha señalado que la así considerada forma correcta de escribir (ensayística, pulcra con las normas de la RAE) es en realidad una forma particular de hablar que ha sido elevada a norma universal.

En otras palabras, la clase dominante (que habla como un varón blanco de clase alta) ha impuesto su habla y sus formas académicas al resto de la población para denigrarles y quitarles la propia posibilidad de considerarse «buenos hablantes» de su propio idioma. Hablamos bien cuando hablamos como los varones blancos de la RAE, cuando hablamos como la élite cultural.

Eso, parece ser, es «hablar bien». Sin embargo, uno no puede hablar mal su propia lengua porque las normas de la lengua son convenciones de las que todos participamos. Convenciones, además, móviles, que están todo el rato cambiando. De ahí que muchos de los libros de los últimos años hayan venido a poner en cuestión la farsa de la «buena escritura» y hayan apostado por una escritura más oralizada, más cercana a la experiencia diaria de la lengua.

Sobre esto escribe aquí Luis Díaz, ganador del IV Premio Irreconciliables con Hombres con un diente de leche (Cántico, 2020) y autor de Los bloques naranjas (Caballo de Troya, 2023), editado por Sabina Urraca y seleccionado como una de las mejores novelas debut del 2023 por ffl Cultural. En el capítulo que escribe en este libro, «Lenguajes orales», un señor busca desesperado en Internet cómo hacer buenos diálogos porque es incapaz de escribir como la gente habla realmente:

«Cuando relee estos diálogos en la pantalla de su ordenador, a Salvador Santillana le parece ingeniosa cada una de las intervenciones. Tiene la sensación de que han sido diseñadas antes de que él las pusiese allí, como caídas de un árbol, el árbol de los diálogos perfectos.

Pero cuando las lee en voz alta, ante sus compañeras de taller, se da cuenta de lo ridículo que es lo que ha hecho, que sus diálogos no imitan la oralidad ni son realistas, que la gente no habla así, como en su novela, que ha cometido un error tras otro, que no sabe cómo solucionarlos y que si no para de leer seguirá inmerso en esa espiral de diálogos prefabricados y signos ortográficos».

La clase dominante (que habla como un varón blanco de clase alta) ha impuesto su habla y sus formas académicas al resto de la población para denigrarles y quitarles la propia posibilidad de considerarse «buenos hablantes» de su propio idioma

La tesis que propone Díaz en su capítulo da una vuelta de tuerca al debate sobre la «buena escritura», la escritura formal y la escritura oralizada: no solo es que la «buena escritura» sea una ficción (burguesa), sino que incluso los nuevos intentos de destronar esta supuesta buena escritura con lenguajes oralizados y más cercanos al habla común son también una ficción:

«Te sorprenderá la de veces que, después, al transcribir sus palabras, pensarás que la gente habla de manera incoherente y absurda. […] Pero sí, así es, hay propuestas literarias que la buscan, buscan la oralidad, y esto no es algo que me parezca mal, EN ABSOLUTO. LO ABRAZO. BUSCO LIBROS ASÍ, SI CONOCÉIS LIBROS ASÍ ME LOS PODÉIS DE- CIR Y YO LOS LEERÉ. LOS LEERÉ TODOS. Pero creo que el problema, si es que hay un problema, no es que alguien escriba así, lo que llama mi atención es que tanto el público como la crítica se sorprendan de que alguien escriba así».

También es importante enmarcar esto en el momento tecnológico en el que estamos. Quizá la búsqueda de la oralidad en la escritura no sea solo un camino hacia el destronamiento del habla burguesa, que también, sino que quizá sea un intento de cristalizar nuestro habla cotidiano. Y por «nuestro» quiero decir «humano». ¿Qué caracteriza nuestra formas de hablar en contraposición a los mensajes generados por inteligencia artificial, por ejemplo?

La inteligencia artificial y los nuevos generadores de lenguaje, donde el más famoso es ChatGPT, han puesto a la filosofía frente a una pregunta crucial: ¿podrá algún día la inteligencia artificial hablar como hablamos nosotros? ¿O le pasará como a Santiago Santillana, el protagonista del texto de Luis Díaz, que, por más que lo intentó, nunca conseguía escribir como verdaderamente se habla? Esta es la pregunta que articula el capítulo «Lenguajes artificiales», escrito por Ulises Rodríguez Jordá, doctorando en la Universidad del País Vasco en este tema.

La inteligencia artificial y los nuevos generadores de lenguaje, donde el más famoso es ChatGPT, han puesto a la filosofía frente a una pregunta crucial: ¿podrá algún día la inteligencia artificial hablar como hablamos nosotros?

El texto de Rodríguez Jordá va más allá de la preocupación de que las máquinas y los ordenadores algún día nos imiten. De hecho, lo que defiende es que lo interesante para la filosofía es explorar en qué medida los conceptos usados para hablar de ChatGPT pueden explicar comportamientos humanos, como el concepto de temperatura, por ejemplo.

En estos generadores de lenguaje, se habla de temperatura para controlar la aleatoriedad de las respuestas. Con temperaturas bajas, cercanas a cero, las respuestas tienden a ser bastante coherentes, pero también extremadamente previsibles. Con temperaturas altas, las repuestas son mucho más creativas, pero también más incoherentes. Lo interesante, quizá, es pensar cuál es la temperatura de nuestro habla habitual.

¿No andamos siempre con un inevitable peso de incoherencia que nos permite la originalidad? ¿Es este el secreto que esconde nuestro lenguaje? Si seguimos todas las migas que hemos ido tirando en este prólogo (no hay escritura perfecta, todo habla es balbuceante, siempre tenemos incoherencias…), llegamos de la idea de que nuestro lenguaje es un lenguaje semipoético, un lenguaje donde las cosas nunca tienen un significado cerrado, sino que este es siempre «flotante», como cuando decimos que tenemos «el corazón roto» o que «me va a estallar la cabeza».

¿No es todo lenguaje humano una poesía más o menos sólida, más o menos convencional? Si las palabras nunca tienen un significado cerrado y siempre tienen un componente de apertura, ¿no es la poesía el estado natural del lenguaje? Así hablaba el Nietzsche de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral:

«¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal».

¿No es todo lenguaje humano una poesía más o menos sólida, más o menos convencional? Si las palabras nunca tienen un significado cerrado y siempre tienen un componente de apertura, ¿no es la poesía el estado natural del lenguaje?

Quizá sea la poesía la que nos salve (perdonad mi opinión, pero, ya que hemos rechazado la pretendida neutralidad del habla, pensé que…). Pero ¿de qué nos puede salvar la poesía? Probablemente del reto imposible de agarrar el dolor con las palabras, como decíamos al principio. En «Lenguajes poéticos», Pol Ribas Domènech, fundador y editor de la revista literaria Granos de Polen, nos dice que «las palabras no pueden curar la herida. Sin embargo, el lenguaje poético puede hacer de esa herida algo reconocible».

Desde luego que un poema no puede quitarnos el pus del duelo, pero sí puede hacerlo más visible, sacarlo de lo oscuro y de lo innombrable. Nos da alas y palabras para nombrar lo que pensábamos que quedaba fuera del lenguaje. Por otro lado, la poesía también nos cura el miedo a las inteligencias artificiales, como ChatGPT, porque estas no pueden partir de la tirita mojada del corazón para escribir un poema que llore sangre. También, la poesía es el medio perfecto para estimular nuestra imaginación política y salir del bloqueo del presente.

Toda utopía es, de una forma u otra, la metáfora de un anhelo. Y, siguiendo con los capítulos de este libro, ¿qué es pensar el lenguaje como virus si no una metáfora? Como vemos, en todo el libro repta silenciosa la idea de que todo lenguaje es, al final, una forma de poesía, un intento desesperado por comunicar con metáforas lo que está más allá del lenguaje. Es por eso por lo que Ribas Domènech afirma:

«La tarea del poeta es comunicar todo lo que parece posible dentro de lo imposible. Aunque algunos poetas han caído en el silencio, agotados, con impotencia o con resiliencia, ante la angustia de la incomunicación, otros miles han seguido, verso a verso, dando una forma catedralicia a esa intimidad imposible, ya sea mediante el recuerdo, el artificio o el salto de fe. Porque a pesar de lo inabarcable, como expresa Paul Celan, aún hay canciones que cantar más allá de lo humano».

En fin, quizá sea una insensatez filosófica (que no lo creo) hablar de aquello de lo que Wittgenstein quiso callar. Quizá usar las palabras para hablar de palabras es dar vueltas en círculos. Pero ¿cómo resistirnos a esta idea?

Como hemos visto, el lenguaje tiene multitud de esquinas (en el libro que estamos presentando abordamos seis) donde se esconden las facetas más importantes de nuestra vida: el grito en el llanto, la narración de otros pasados, las metáforas que nos dan forma, la era digital… ¿Cómo quedarnos en la orilla sin atrever a bañarnos? El lenguaje es un mar lleno de corrientes por explorar, ¿cómo no adentrarnos? ¿Cómo no hablar? Es imposible no hacerlo porque el gesto puramente humano siempre ha sido este: saltar al abismo.

Este libro es, pues, un salto. Una carrera alegre. El intento radicalmente humano de hacer realidad aquel verso de la poeta Rosa Chacel que decía que «si oyes jazmines, corre a través de ellos». Corred por aquí, lectores. Corred con todas las consecuencias. En este libro tendréis buena compañía y uno o dos jazmines para oler. Será tarea vuestra averiguar lo que esconde su olor. Probablemente sea una buena pista para saber lo que el lenguaje esconde.

Número 14 - Revista FILOSOFÍA&CO

HANNAH ARENDT

Una pensadora imprescindible para el siglo XXI

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3 respuestas

  1. Avatar de JORGE SALEJ
    JORGE SALEJ

    Al fin de cuentas no somos sino lenguaje y memoria

  2. Avatar de ANGEL ALAVEZ HERNANDEZ
    ANGEL ALAVEZ HERNANDEZ

    Como entiendo el contenido del libro LO QUE EL LENGUAJE ESCONDE en sus diversos capítulos, resulta que el lenguaje es la llave maestra para expresar los pensamientos, los sentimientos y la imaginación. Acceder al contenido de esas tres cajas maravillosas que en su conjunto constituyen la fuente de vida del humano, resulta una tarea titánica, en tanto que el contenido de ellas se hace evidente al mundo exterior en cuanto la conciencia se da cuenta de su existencia, se apresura a nombrarlas y usa el lenguaje como medio cuando existe la palabra para tal efecto. En caso contrario la conciencia, que se considera autónoma, hará uso de la imaginación para crear un concepto a partir de pensamientos y sentimientos más elementales y de esta manera el lenguaje se creará y recreará como un acto de la conciencia.

    1. Avatar de Yebel
      Yebel

      ¡Inteligencia! dame el nombre exacto de las cosas.

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