La vocación filosófica y su destino político
Siento una enorme responsabilidad a la hora de redactar estas páginas dedicadas al emperador filósofo, Marco Aurelio Antonino, que ha dejado una huella indeleble en la historia de la cultura y del pensamiento. Contrariamente a lo que él creía, al fin pudo pasar a la historia de la filosofía como uno de los más conspicuos representantes del estoicismo de la época romana. Elegido para desempeñar la más alta magistratura del Principado romano, sus sueños de juventud de convertirse en un filósofo ajeno a los entresijos de la corte se desvanecieron pronto. Y por sus Meditaciones sabemos que siempre lo lamentó.
La escisión entre su vocación y su misión nace justo cuando fue elegido por el emperador Adriano para ser adoptado por Antonino Pío y, a la postre, sucederle en la jefatura del Estado romano. Cuentan nuestras fuentes que, la noche antes de su designación, tuvo un curioso sueño, que ha hecho las delicias de los psicoanalistas y otros intérpretes de sueños, en la estela de Artemidoro y Sinesio. No me resisto a transcribir lo que dice Dión Casio en su Historia romana (en los puntos 72.35.3 al 72.36):
«… siendo aún un niño, agradó tanto a todos sus parientes, que eran numerosos, influyentes y ricos, que era amado por todos ellos. Así que cuando Adriano, principalmente por esta razón, lo adoptó, no se ensoberbeció, sino que, aunque joven y césar, sirvió a Antonino con la mayor lealtad durante todo el reinado de este y, sin ofender a nadie, honró a las demás autoridades […]. Antes de ser nombrado césar tuvo un sueño en el que parecía tener los hombros y los brazos de marfil, y usarlos en todo como los demás miembros».
En efecto, parece que soñó que tenía los brazos hechos de marfil y aún se nos dice que sentía que no podía cumplir la misión para la que estaba destinado, aunque, finalmente, en el plano onírico, sí que lo lograba. El inquieto muchacho procedente de Hispania que iba a poner punto final a la lista de los grandes emperadores de entre los siglos I y II que llevaron a su cúspide la civilización de la Roma clásica, se despertaría pronto del sueño de ser un estoico más y entrenarse para una ascesis personal y filosófica para darse de bruces con su misión política, a la que le destinaba su familia y las circunstancias de la corte.
Pero ahora la responsabilidad es mía: he de escribir sobre Marco Aurelio, su vida, su pensamiento… No sé si seré capaz. Debo redactar unas páginas que den cuenta cabal de lo que significa Marco Aurelio para la historia de la filosofía. Pero, aunque estoy tentado de hacerlo de la manera académica tradicional, con aparato de citas y la consabida erudición clásica, algo me lo impide. Una especie de sueño como el del joven Marco Aurelio me impulsa a hacer algo diferente.
Un acercamiento no académico
Sobre todo, me ha inspirado el modelo de estos estoicos de línea clara, como el propio Marco, pero también su maestro precursor Epicteto, por lo que prefiero dirigirme al lector —y que conste que con este impersonal masculino me refiero sobre todo a las lectoras, mayoritarias en inteligencia y número— confiando en que me permitan un trato algo más personal y directo que la prosa académica o filosófica tradicional. Incluso con una segunda persona del singular que le hubiera gustado mucho más quizá no solo al emperador filósofo de las Meditaciones, sino también al esclavo del Manual, es decir, a Epicteto.
Me lo aconseja la libertad de ser un extraño a la filosofía. Así que, de forma preliminar, ruego indulgencia y también excuso mi impericia al transmitir algunas de las ideas que intentaré resumir. Al fin y al cabo, ya nunca llegaré a ser filósofo. A lo sumo se me recordará como traductor y profesor de griego. Trataré, no obstante, de trasladar algunas de las ideas que hicieron grande el estoicismo de Marco y que hacen enormemente relevante para nosotros su pensamiento en este siglo XXI que ha acogido gozoso, de nuevo, el eco de la voz del gobernante filósofo de la vieja Roma (como dijo alguien: la más cercana realización del sueño de la República de Platón que se ha dado en la historia).
La vida de Marco Aurelio, marcada por la tensión entre vocación filosófica y deber político, lo convierte en una figura clave para entender tanto el estoicismo como la transición entre la Antigüedad clásica y la tardía.
Contexto, vida, mito
Marco Aurelio fue —y quizá habría que decir también «es», en presente, pues sigue muy presente entre nosotros— uno de los grandes emperadores romanos, quizá el mejor emperador romano, pero igualmente uno de los filósofos más singulares. De obra única, no se consideraba un pensador, pero ha influido más que muchos otros.
Si hiciéramos una encuesta entre el público, no solo entre los expertos historiadores, filólogos y filósofos, sino entre el público en general, para que dijeran un emperador romano, la mayor parte mencionaría a Marco Aurelio. Igualmente, hoy día, no pocos dirían que es su filósofo de referencia.
Él es uno de los llamados «óptimos emperadores» (optimi príncipes), los cuales reinaron casi todos en torno al siglo I-II de nuestra era en lo que podría ser el auge de la Roma clásica. Marco Aurelio fue de familia hispana; su familia provenía de la Bética, la actual Andalucía, como otros emperadores de estos buenos emperadores que llevaron a Roma a su máxima expansión cultural, política.
La suya es una personalidad muy destacada porque, aparte de su faceta de emperador —y, como digo, fue un buen emperador, sus biografías históricas, como la de Birley, así lo muestran y hay casi unanimidad en las fuentes primarias y secundarias en elogiar su desempeño—, se dedicó también, al menos en privado, a la filosofía. Curiosamente para un emperador, Marco Aurelio tuvo una formación filosófica: parece que desde muy joven quería ser filósofo, dedicarse a la filosofía, pero la vida le llevó por otros derroteros, y no precisamente a uno cualquiera, sino a ser emperador de Roma.
Guerras fronterizas, peste, tensiones internas y crisis económica definen un reinado exigente que obliga al emperador a encarnar el estoicismo no como teoría, sino como práctica cotidiana
El ejercicio del poder
Repasamos brevemente algunos datos de su biografía. Marco Elio Aurelio Antonino nació en Roma el 26 de abril de 121, hijo de Marco Annio Vero y Domicia Lucila, de familia hispana. Adoptado por Antonino Pío, Marco Aurelio ascendió al trono en el año 161 cerrando el ciclo de los grandes emperadores del siglo de oro de Roma, procedentes de las provincias hispanas, como Trajano y Adriano. Murió en el transcurso de una campaña contra los pueblos que atacaban el imperio desde el Danubio, el 17 de marzo de 180, momento que, de alguna manera, marca el comienzo del declive de Roma. Esos datos nos interesan sobre todo en cuanto permiten comprender mejor la personalidad y el pensamiento del autor de las Meditaciones.
Marco tuvo una educación exquisita y destacó ya desde pequeño por sus dotes y sagacidad portentosas. Perdió a su padre muy pronto, cuando tenía diez años de edad, y fue adoptado por su abuelo, el extraordinario personaje bajo cuya égida se forjó su carácter. Marco Annio Vero, abuelo de Marco Aurelio, del orden ecuestre, procedía de la colonia de Ucubi, cerca de Córdoba, y llegó a ser prefecto de Roma y cónsul en tres ocasiones.
Su carismático abuelo le marcó enormemente y financió su educación desde las primeras letras con maestros privados hasta sus estudios superiores, siguiendo el cursus pedagógico habitual en Roma. Primero, en retórica con profesores como Marco Cornelio Frontón, con el que mantuvo una correspondencia de la que se conservan bastantes muestras; posteriormente, en filosofía, primero con Junio Rústico, figura cortesana con inclinaciones filosóficas y profundamente relacionado con el estoicismo, y luego con el magisterio de otros pensadores a los que recuerda con afecto al comienzo de las Meditaciones.
Se movió en la vida cortesana de la época de Adriano, el emperador filoheleno, de manera muy particular, cultivando una fama de reservado y erudito. Pero se hizo querer por este emperador y por su sucesor Antonino Pío, gracias a su carácter reservado y confiable. Conserva Marco un recuerdo excelente de este último, que lo adoptó siguiendo la tradición política romana, y de toda su familia, como recuerda asimismo en el libro primero de las Meditaciones. Finalmente, habrá de esperar heredar el trono de su nuevo padre adoptivo, Antonino Pío, en el año 161.
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El desempeño de Marco Aurelio como emperador sigue considerándose aún hoy bastante positivo, salvo acaso en los aspectos económicos, en una época de marcada inestabilidad. Supo lidiar en política interior con el Senado, con nobles poderosos y aduladores que fingían interesarse por lo que a él le interesaba. Recuerda de pasada que la corte es tremenda:
«Si tuvieras madrastra y madre, a aquella la cuidarías y, sin embargo, estarías continuamente de regreso a tu madre. Pues bien, esto son para ti ahora la corte y la filosofía. Vuelve muchas veces y descansa en esta, porque gracias a ella las cosas de aquella te parecen soportables y tú mismo entre los cortesanos también lo pareces» (Meditaciones, libro VI, epígrafe 12).
También se enfrentó a numerosos problemas en las fronteras, con pueblos belicosos, como los marcomanos y los cuados, en un mundo cada vez más complicado en la política exterior romana, así como a una terrible epidemia de peste en el interior del imperio. Casado en 145 con Faustina la menor, hija pequeña del emperador Antonino Pío y Faustina la Mayor, tuvo trece hijos con ella, de los cuales solo los mellizos, Cómodo, que sería emperador, y Galeria Lucila, con otras tres niñas, sobrevivieron a su padre. Los otros ocho murieron siendo aún niños, a diversas edades.
A Faustina, que lo acompañó a las campañas más duras en tierras bárbaras, como la de 170, la amó y elogió sobremanera. Ella, pese a ciertas tradiciones adversas sobre sus costumbres, fue seguramente su compañera ideal. Su matrimonio duró treinta años y se sobrepuso a distintas calamidades. En resumen, Marco tuvo, en lo personal, fama de marido y padre ejemplar, pese al calamitoso desempeño de su hijo Cómodo en el gobierno. Quiere la tradición, como quiere una famosa cita de Ausonio, que solo fracasara «en procrear»; pues siendo uno de los pocos emperadores de Roma que pudo legar el trono a su hijo, este se caracterizó, según todas las fuentes, por su maldad.
Acaso como la mejor muestra de su coraje, Marco tuvo que hacer frente a la continua presión de los pueblos bárbaros allende las fronteras, teniendo que acudir personalmente a varias campañas contra ellos. Tanto en el lejano Oriente, contra los partos y los armenios, al comenzar su reinado, como en Germania y, posteriormente, hacia el final de su vida, contra los pueblos que presionaban en el Danubio. Su muerte en las fronteras, en el año 180, seguramente por causa de la peste que asolaba por entonces el imperio, pone punto final a la edad de oro de los buenos emperadores. Marco Aurelio y su «libro de oro» vienen a simbolizar un cambio de época muy señalado.
Escritas sin intención de publicación, las Meditaciones revelan a un hombre que no se considera filósofo y que escribe para corregirse, no para enseñar ni dejar legado
Crisis de época y transición histórica
Con él acaba algo importante, pero comienza otro periodo de transición que ayuda a entender lo que vendrá: es el final de la edad de oro, de una edad muy expansiva de Roma, que empieza a mostrar signos de crisis. Por ejemplo, invasiones de pueblos extranjeros con los que él tiene que lidiar; una gran epidemia, la «peste antonina», que también se extiende en esta época; un problema económico muy importante que empieza a surgir; disensos internos entre facciones del Senado (hay una usurpación en su reinado), y, por último, pero no menos importante, también la irrupción cada vez con más fuerza de los cristianos en la escena pública de Roma.
A Marco Aurelio, entre sus críticos —que también los hay—, hay quien le reprocha haber organizado alguna represión o matanza de cristianos, por ejemplo, en Lyon. El cristianismo se expande de una manera muy veloz en esta época (en general desde Nerón). La época de Marco Aurelio es una época de expansión del cristianismo, especialmente desde los años 50, es decir, desde mediados del siglo I hasta finales del II.
Cada vez el cristianismo está más presente y, ciertamente, va a llegar para quedarse, como sabemos, y para cambiar el mundo antiguo. Sean o no auténticas las posibles pero muy dudosas referencias a los cristianos en su obra, el tono de sus reflexiones nos acerca mucho a ese mundo del primer cristianismo, que nos habla de un ambiente ya muy diferente al de la época clásica.
Se habla, a partir del siglo III, tras la muerte de Marco, de una época de crisis constantes en todos los órdenes: la económica, la política (la anarquía militar y las usurpaciones), las migraciones de los pueblos extranjeros, las epidemias y cambios climáticos, el ascenso del monoteísmo cristiano…
Comenzaba entonces, parafraseando un título de E. R. Dodds, una época de angustia. En realidad, su muerte se sitúa en un punto de inflexión entre la Antigüedad clásica y la posterior, marcado por el creciente interés en la huida del mundo, en el repliegue sobre uno mismo, que tan a menudo aconseja nuestro emperador filósofo. La cosmópolis romana entraba en crisis: el mundo de la Antigüedad tardía (entre Marco Aurelio y Mahoma, como quiere Peter Brown) y la prolongada decadencia de Roma (el decline and fall de Gibbon, que se cierra con la toma de Constantinopla en 1453) son procesos íntimamente relacionados en lo histórico, lo cultural y lo filosófico-espiritual con lo que está escrito en este libro. No en vano sigue siendo indispensable para comprender mejor al ser humano ante cualquier encrucijada existencial.
Tenemos, en suma, en tiempos de Marco Aurelio los inicios del cambio de época que es el final de la Antigüedad o Antigüedad tardía: hay pueblos germanos —los llamaban bárbaros— que invaden el Imperio desde el Oriente y el Norte; hay una crisis económica, un cambio climático, hambrunas, peste —enfermedades que van a venir cada vez más a menudo—, y, por supuesto, la cuestión cristiana. Va a haber un cambio ideológico total en el Imperio, y esto lo vive y lo personifica muy bien Marco Aurelio.
La muerte de Marco Aurelio simboliza el tránsito hacia la Antigüedad tardía: crisis estructurales, avance del cristianismo y transformación radical del horizonte cultural romano
Recepción y apropiaciones posteriores
Entonces, es una figura que ha tenido una recepción impresionante, porque al ser un emperador que ha visto todo esto y que además ha dejado un libro. Encarna muy bien lo que podemos aprender de la época clásica. Por eso, es un emperador clave. No olvidemos, además, que combina varios aspectos únicos: es un emperador intelectual y un emperador que fue bueno para su pueblo, que intentó hacer cosas interesantes en un momento muy problemático.
A Marco Aurelio la vida le llevó a un destino no deseado y tuvo que asumir no el manto del filósofo, como prefería, sino las insignias del mando supremo del imperio. A cada uno nos lleva la vida a un lugar y, a él fue al trono de Roma. Pero también la posteridad le ha llevado mucho más allá, a lugares y posiciones que seguramente le habrían resultado inimaginables, a convertirse en un ídolo de gobernantes y potentados de la posteridad (¡y casi de las masas!). No deja de ser paradójico en alguien que, filosóficamente, no creía en la posteridad.
Ya se ha dicho que para el gran público Marco sigue siendo el gran emperador del siglo II —la época digamos de esplendor y decadencia a la vez de Roma—, lo que ha sido enfatizado también por las ficciones sobre él: pienso en la novela y el cine. Y es que Marco Aurelio no es solo historia, sino también leyenda.
Largo es el camino que recorre la recepción de su figura desde la Antigüedad hasta su revival actual: lo ha estudiado espléndidamente en los últimos tiempos Ignacio Pajón. Como le sucede a Séneca, también será cristianizado y llegará a la Edad Media una corriente de simpatía por el estoicismo que se extiende hasta el Renacimiento, cuando tiene lugar la primera edición de las Meditaciones.
Pero quizá lo más curioso es que llegó a convertirse en una figura casi novelesca. Curiosamente, puede que esto empezara en España, en la ficción política pedagógica de los «espejos de príncipes»: es curioso el caso de Antonio de Guevara con su Libro áureo de Marco Aurelio en la corte del emperador Carlos V, en el que proponía a Marco como modelo de gobernante prudente para la educación del joven príncipe Felipe, que sería el sucesor de la gran monarquía hispánica. Pero su Marco Aurelio era una completa invención ficticia. Con todo, es punto de partida, con el enorme éxito que tendrá, para la recepción de Marco Aurelio desde el Renacimiento y para su paso por la ficción según los intereses de cada época.
Los grandes monarcas de la era moderna lo tomarán como ejemplo crucial de cómo el modelo literario de «espejos de príncipes» puede trascender el género y convertirse en filosofía. También la Ilustración europea, desde Francia hasta la Prusia de Federico II y la Rusia de Catalina la Grande, mostraron devoción por la figura de Marco Aurelio, gobernante absoluto pero ilustrado, que velaba por el bien común y porque se cumpliera para su pueblo el designio de la gran diosa de la razón (algo adaptada con respecto al viejo ideal estoico, claro).
El legado de Marco Aurelio trasciende la historia para convertirse en leyenda, inspirando desde la Ilustración hasta la cultura popular contemporánea
A partir de ahí, desde su reutilización política en la Edad Moderna, Marco Aurelio ha pasado a la categoría de personaje emblemático. Pronto pasará a la novela, al cine e incluso al cómic. Recordemos las novelas Mario, el epicúreo de Walter Pater (1885), La primera muerte de Marco Aurelio de Gilbert Haefs (2001) o Marco Aurelio de Max Gallo (2006). O también las películas La caída del imperio romano (Anthonny Mann, 1964), con Alec Guinness encarnando al emperador, o Gladiator (de Ridley Scott 2000), con Richard Harris. Incluso se ha hecho alguna incursión en el cómic, como en Verissimus (2022), novela gráfica sobre su vida y pensamiento. Por no hablar de su paso al mundo de la psicología, la empresa y la autoayuda, que han catapultado a Marco Aurelio en la era pospandémica con apoyo entusiasta de millonarios de Silicon Valley y de todo tipo de personajes de la empresa o de canales de internet que quieren ser como ellos.
Se suele ver a Marco Aurelio como una persona con éxito, porque se considera un buen emperador, el mejor de los que hubo. Pero no deja de ser sorprendente que se vea como un modelo de triunfador, cuando él realmente, y a tenor de lo que escribe en sus Meditaciones, creía haber fracasado en su vocación vital —la filosofía—. «Esto te lleva —nos dice— a despreciar la vanagloria, el que ya no puedas haber vivido la vida entera […] como filósofo. […]. Te has arrastrado hasta tal punto que ya no será fácil adquirir la fama de filósofo» (Meditaciones V 1).
Es toda una paradoja, que hace más atractiva aún su obra y su figura. No creía haber alcanzado el estatus de un filósofo y, sin embargo, hoy es un estandarte de la filosofía estoica. Ahí está el esplendor y la miseria no solo de una época, sino de un ser humano. Marco Aurelio lo encarna muy bien: como dice Pierre Hadot, no nos vende ninguna receta mágica, es solo «un hombre ejercitándose a sí mismo para vivir y pensar como un hombre», un ser humano tratando de hacerlo lo mejor posible.
Por eso seguramente sea una buena voz autorizada del pasado para interpelarnos directamente como personas y, también, al tener el cargo que tuvo, para interpelar al mundo de hoy desde el pasado, con una problemática semejante. Ya sabemos que Cicerón decía que la historia es maestra; es maestra de vida, es maestra de las generaciones. Podemos aprender de lo que han hecho nuestros predecesores y, en el mundo clásico griego y romano, tenemos básicamente unos ejemplos muy claros de los orígenes de la ciencia, de la filosofía, de la democracia. Podemos aprender de sus aciertos y de sus errores, de sus contradicciones. Pero, en el caso de Marco Aurelio, podemos aprender simplemente de un ser humano.

David Hernández de la Fuente es doctor en Filología Clásica e Historia Social de la Antigüedad, es escritor, traductor y profesor universitario. Actualmente enseña Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado varios libros, como El despertar del alma y El hilo de oro y, más recientemente, 100 fragmentos del mundo clásico y El estoicismo romano, este con Carlos García Gual y Javier Gomá. Ha recibido, entre otros, el Premio Valencia de narrativa en castellano de la Institución Alfons el Magnànim y el Premio Acción Cívica por las Humanidades.




















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