Al menos en España, 1972 fue un año lleno de tensiones y contradicciones. Por un lado, el viejo mundo, anclado en la dictadura y su represión, gozaba todavía de buena salud, pero, al mismo tiempo, empezaban a nacer los brotes de otros futuros posibles. Lo viejo no daba síntomas de perecer, pero lo nuevo crecía con fervor en los silencios de todo un país.
Ese mismo año, en 1972, en Pamplona (Navarra, España), los brotes artísticos e intelectuales de ese mundo nuevo que todavía no llegaba se organizaron, entre el 26 de junio y el 2 de julio, unos encuentros multidisciplinares: los Encuentros de Pamplona.
Estos encuentros fueron un éxito tanto cultural e intelectualmente como de asistencia (e incluso de proyección, lo que hizo que el régimen —ahogado cada vez más por su reputación internacional— lo viera con buenos ojos). Ideados por los propios artistas, estos encuentros supusieron «el punto de inflexión en el devenir artístico nacional en los últimos años del franquismo […] [y pusieron] de manifiesto la existencia de una regenerada vanguardia nacional que mantenía estrechos vínculos y compartía intereses estéticos y estilísticos con las nuevas corrientes internacionales», dice el Museo Reina Sofía.
Cincuenta años después, con la dictadura enterrada en el baúl de las pesadillas y con los brotes habiendo germinado, la ciudad de Pamplona decidió organizar unos nuevos encuentros, que tuvieron lugar en septiembre de 2022. El escenario es otro, huelga decirlo, pero la urgencia del encuentro no es menos apremiante. Los encuentros no se concibieron esta vez como una ventana que airease la anquilosada atmósfera del fascismo patrio, sino más bien como un «manual de urgencia» que invitase a un debate riguroso sobre los temas centrales de la contemporaneidad, tales como los posibles devenires del siglo XXI, la deriva de Europa, los feminismos, etc.













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