Hace tiempo que el origen y la naturaleza de las emociones y sentimientos han sido desmontados: a partir de la filosofía (desde el mito del carro alado de Platón hasta nuestros días), de la religión (la lucha entre Dios y el diablo en el corazón de los mortales); a través del psicoanálisis freudiano (las fuerzas del inconsciente desencadenando las pasiones), o desde las neurociencias cognitivas (que han arrojado luz sobre los mecanismos neurobiológicos de las pulsiones emocionales del ser humano). De hecho, hasta hoy, las emociones continúan siendo materia de investigación para diferentes disciplinas científicas.
Se nos dice que las ideas pueden cambiar, pero los sentimientos parecen tener «la tenacidad de un pozo oscuro e irreductible. ¿De dónde provienen el amor, el odio, el asco y el fanatismo?», escribe Evelyne Pieiller, coordinadora del número. Estamos convencidos de que lo que sentimos expresa nuestra verdad, incluso nuestra identidad. «Como la libertad suprema y paradójica que seguiría siendo exclusivamente mía», apunta la escritora.
Es paradójica, y quizás incluso parcialmente engañosa, porque en realidad las emociones son manipulables, aunque tendamos a creer que «solo nuestros adversarios y los muchos representantes de posiciones hostiles tienen probabilidades de ver influenciadas sus pasiones».
Casi a diario, atestiguamos cómo algunos movimientos populistas apelan a los sentimientos de injusticia para conseguir votos, adeptos y simpatizantes. Basta recordar cómo, en otros tiempos no tan lejanos, el fascismo y el nazismo amasaron los resentimientos, los miedos, la inclinación a someterse a un líder. Sin embargo, agrega, «independientemente del poder que haya tenido la propaganda, lo cierto es que, si tuvo algún efecto, fue precisamente porque existían esos sentimientos».
Por otra parte, como señala el historiador Philippe Videlier en su artículo en este número, no hizo falta una doctrina coherente «sino todo lo contrario, para que el fascismo echara raíces en Europa, empezando por la península italiana, a partir de la década de 1920. Bastaba con adular el descontento, incitar al odio, obtener el apoyo de los grandes industriales y contar con la complicidad del aparato estatal». Fue un movimiento impulsado y alimentado por fuerzas oscuras, «dentro de una dialéctica de terror y fascinación».













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