Todos los libros enuncian desde un lugar concreto, hablan desde una determinada posición. La filosofía es situada porque su boca tiene acento y porque lo que mira le atraviesa. Escribir es siempre articular nuestro cuerpo con el mundo y, por eso, siempre es una cartografía. Ahora bien, ¿no hay muchas veces cierta deshonestidad intelectual en blanquear o silenciar ese lugar desde el que uno habla? O también: ¿no hay a veces falta de valentía en no atreverse a entrar en el mundo que uno quiere mirar?
Piedad Solans es escritora y doctora en Historia del arte y ha publicado recientemente Ojos como cenizas. Memoria y fuga de la catástrofe en Temporal Casa Editora (2025). Un libro cuyo lugar de enunciación es precisamente el silencio de la Historia (y sus mayúsculas atronadoras). ¿Cómo pensar, cómo nombrar, cómo representar aquello que la violencia extrema dejó en silencio? Solans recibió en 2007 la residencia en la Stiftung Starke de Berlín. Ese viaje fue el punto de partida de una investigación de casi dos décadas que culmina ahora en este libro. Un libro que se pregunta (desde allí, desde donde pasó) por el horror y la barbarie, por el silencio cómplice. Y sostiene las preguntas atreviéndose a responder lo que las preguntas nos devuelven: ¿sabíamos lo que pasaba?, ¿éramos conscientes del horror?, ¿fue todo un absurdo desvío de nuestra historia o la necesaria culminación de nuestra neurótica sociedad colonial?
Ojos como cenizas está lleno de testimonios, de rastros encontrados y perseguidos, de calles, de dudas y comentarios. Un libro rasgado por la historia, donde el ensayo no está alejado de los testimonios recogidos ni de los sucesos analizados. Un libro que recorre las salas de tortura, las violaciones, los monumentos banalizados, las justificaciones, la ciudad que continúa su camino por la historia y que a veces no mira atrás lo suficiente (o mira solo a un lado). Y sobre esto hemos querido conversar en FILOSOFÍA&CO con la autora, sobre la dificultad de representar el horror, sobre el eje de género que atraviesa toda barbarie y sobre nuestra (como españoles) propia relación con la desmemoria y el olvido.
El Holocausto es uno de los temas más recurrentes y obsesivos de nuestra cultura. Nuestro propio trauma, nuestra herida más profunda. Una especie de obsesión narcisista que parece preguntarse «¿Cómo es posible que eso nos ocurriera precisamente a nosotros, los civilizados?». Su libro es un análisis completo y tremendamente bien documentado sobre todo lo que pasó en esos años (y no solo). ¿Por qué se acercó usted al tema? Si el Holocausto es casi un trauma cultural, ¿cuál fue su motivo para escribir sobre él?
El Holocausto supone una grieta sin cerrar en la psique colectiva. La impotencia y el fracaso de una sociedad incapaz de detener y resistir al terror, la violencia del nazismo y el exterminio programado de millones de personas, así como a la destrucción que supuso la Segunda Guerra Mundial de sí misma en tanto sociedad y del «viejo mundo». Como diría el escrito húngaro Imré Kertész, Auschwitz no se disolvió desde dentro. Si Hitler no hubiera atacado Rusia y hubiera declarado la guerra a Estados Unidos, el Holocausto habría continuado. Al nazismo no lo venció la cultura, sino el poder de las armas.
Esta pregunta (¿cómo es posible?) se la planteó una parte de la civilización, pues el crimen y el trauma no significaron lo mismo para las víctimas que para los perpetradores. A pesar de los informes, hubo quienes no lo creyeron porque no entraba en su marco sociocognitivo o cultural. La propia Hannah Arendt declaró en una entrevista en 1964: «No lo creíamos». Esa fue la la herida: el estupor ante la magnitud y monstruosidad de un crimen no reconocible por los valores humanistas de la cultura ilustrada. Líderes comunistas como Ernst Thälmann, sin embargo, intentaron detener al nazismo. Se exiliaron, fueron ejecutados. En cuanto a la población, la negación a reconocer las atrocidades cometidas fue formulada por los psicólogos alemanes Alexander y Margarete Mitscherlich en 1967 como «la incapacidad de sentir el duelo» por una pérdida. Por parte de los perpetradores, hubo un «olvido consciente» y una «falsificación de la memoria» para evitar el castigo de los vencedores.














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