Silvia Federici: otra lectura de la historia

«Calibán y la bruja» es la obra de Silvia Federici donde demuestra que dar una perspectiva feminista a la Historia es posible e iluminador. Montaje realizado desde dos imágenes de Wikimedia Commons (foto de Federice, bajo licencia CC BY-SA 3.0; ilustración, bajo licencia CC BY 2.0).
«Calibán y la bruja» es la obra de Silvia Federici donde quiere demostrar que dar una perspectiva feminista a la historia es posible. Montaje realizado desde dos imágenes distribuidas por Wikimedia Commons (foto de Federici, bajo licencia CC BY-SA 3.0; ilustración, bajo licencia CC BY 2.0).

Silvia Federici, la autora de Calibán y la bruja, es una de las filósofas principales en la actualidad en cuestión de teoría feminista anticapitalista. Las puertas que abre Federici permiten ver un marxismo más allá del obrero masculino como sujeto único y entender así el resto de opresiones a las que el trabajo asalariado hace sombra.

Por Mercedes López Mateo

Filosofía & co. - Caliban
Calibán y la bruja, de Federici (Traficantes de sueños).

Aquello de que «la historia la escriben los vencedores» es ya prácticamente una consigna que resuena —quizás con más eco que voz propia— en nuestra sociedad sin pararse a pensar demasiado en las consecuencias que esta afirmación tan contundente tiene. Que la historia —única y universal como la que estudiábamos de niños en las escuelas— sea escrita por los que ganan siempre implica necesariamente que hay quienes pierden siempre y, sobre todo, quienes siempre son olvidados. Al contrario que el término «historia», que pretende ser absoluto, el concepto de «vencedor» necesita de su opuesto, el perdedor.

De esto se da cuenta Silvia Federici: que para haber sido posible la edificación del sistema capitalista eran necesarios muchos perdedores —muchas perdedoras, concretamente— y la elaboración de una historia mayúscula para cubrir un manto sobre esas realidades. Por ello, decide escribir Calibán y la bruja y «repensar el desarrollo del capitalismo desde un punto de vista feminista, evitando las limitaciones de una ‘historia de las mujeres’ separada del sector masculino de la clase trabajadora».

La acumulación primitiva del capital

Así, Federici busca desvelar la historia no escrita de las mujeres y de cómo se las marginó en el relato universal. En concreto, centra su relectura en el paso del feudalismo al capitalismo. La razón para elegir ese momento de la historia se encuentra en el concepto de «acumulación primitiva» que Marx presenta en El capital y contra el cual ella escribe y debate. En Marx, la acumulación originaria o primitiva hace referencia al proceso histórico en el que se produjeron los cambios en las estructuras económicas que permitieron el desarrollo de las relaciones de producción capitalistas que hoy conocemos. Es decir, fue el primer divorcio entre los productores y los medios de producción que emplean. Si no hubiera existido la acumulación originaria, no habría capitalismo hoy.

Silvia Federici decide «repensar el desarrollo del capitalismo desde un punto de vista feminista, evitando las limitaciones de una ‘historia de las mujeres’ separada del sector masculino de la clase trabajadora»

En este caso, se trata de los cercamientos de las tierras comunales de las que se sirvieron los campesinos europeos hasta el siglo XV, cuando los lores y los campesinos ricos comenzaron a, literalmente, cercar aquellos campos abiertos que permitían sobrevivir a los miembros más empobrecidos de las comunidades rurales. Aunque este proceso como tal se extendió hasta el siglo XVIII, Federici explica que estas expropiaciones se siguen produciendo en el mundo actual debido a las relaciones —a veces sutiles— coloniales entre países. Ella lo vive especialmente de cerca durante su estancia en Nigeria durante los años 80.

«La creencia de que el capitalismo ‘evolucionó’ a partir del feudalismo y de que representa una forma más elevada de vida social aún no se ha desvanecido». Federici nos enseña otro lado de la historia: los modelos alternativos de vida comunal que fueron principalmente dirigidos por mujeres y que retaban al orden social establecido. Además, contribuyó mucho el cambio de mentalidad provocado por la peste negra del siglo XIV. Al ver la muerte de cerca, el campesinado dejó de preocuparse por la disciplina de trabajo mientras ansiaba cada vez más vivir como los nobles. Fue la época de la popular máxima latina memento mori (recuerda que vas a morir). En esta crisis del sistema feudal encontraremos las bases de la caza de brujas.

Lo que Marx no recordó (o no sufrió)

Para Federici, Marx pasa por alto tres ideas clave de ese proceso tan decisivo para la acumulación capitalista:

1. La nueva división sexual del trabajo. Como fenómeno simultáneo a la acumulación originaria, el trabajo comenzó a dividirse por géneros, lo cual dejaba a las mujeres en la peor posición posible. El sometimiento del trabajo femenino las relegó a la función reproductiva de nueva fuerza de trabajo. O, dicho de otra forma, empezaron a ser vistas solo como criadoras de futuros trabajadores. El problema de esto se encuentra no solo en reducir a la mujer a un cuerpo, sino en que este trabajo es invisible: ni se aprecia ni se retribuye económicamente.

El sometimiento del trabajo femenino relegó a las mujeres a la función reproductiva de nueva fuerza de trabajo. O, dicho de otra forma, empezaron a ser vistas solo como criadoras de futuros trabajadores

2. El nuevo orden patriarcal. Esta división que excluía a las mujeres de los trabajos asalariados reforzó la construcción de un nuevo orden patriarcal. Sin acceso a un sueldo, dependían completamente de sus padres y de sus maridos. Esto abría otro nuevo nivel de dominación: igual que el dueño de los medios de producción subordinaba al trabajador, este a su vez hacía lo mismo con su esposa.

Esto es lo que Federici llama el «patriarcado del salario», expresión que dará nombre a otro de sus libros donde desarrolla más en profundidad estas desigualdades que se producen dentro del proletariado. El lado más oscuro que esto esconde es que, hasta que una mujer no fuera «privatizada» a través del matrimonio, tenía el mismo valor que el aire o que el agua, es decir, era como un recurso natural del que cualquiera podía hacer uso. «Pues en la Europa precapitalista la subordinación de las mujeres a los hombres había estado atenuada por el hecho de que tenían acceso a las tierras comunes y otros bienes comunales, mientras que en el nuevo régimen capitalista las mujeres mismas se convirtieron en bienes comunes».

3. La mecanización del cuerpo del obrero. Es decir, transformarlo en una mera máquina de producción para facilitar así los mecanismos de control desde el Estado. A esto dedica el capítulo más filosófico del libro, ya que explica desde Descartes y Hobbes cómo el mecanicismo sirve para homogeneizar el comportamiento social. Por ejemplo, tanto el Estado francés como el inglés, ya en el siglo XV, trataron de legislar con vistas a la disciplina del cuerpo y a que la población interiorizara juicios de valor negativos sobre ciertos comportamientos no productivos para el capital. De este modo, coincide con los análisis de Foucault cuando dice que se trataba de un «disciplinamiento del cuerpo»: se atacaba a este por todos los medios por ser origen de todos los males.

Así, lo que era un proyecto enfocado a maximizar la productividad del trabajador desde la represión de sus pasiones sirvió también para castigar a la mujer por ser esa supuesta fuente de deseo y provocadora de la tentación a pecar. «Se prohibieron los juegos, en particular aquellos que, además de ser inútiles, debilitaban el sentido de responsabilidad del individuo y la ‘ética del trabajo’. Se cerraron tabernas y baños públicos. Se establecieron castigos para la desnudez y también para otras formas ‘improductivas’ de sexualidad y sociabilidad».

La caza de brujas

«La caza de brujas rara vez aparece en la historia del proletariado». Federici escribe este libro desde la sorpresa que nos golpea a muchas cuando entendemos el olvido sistemático de las mujeres en los libros de historia (pero también en los de filosofía, ciencia o literatura entre muchos otros ámbitos). Explica que la misoginia ha llegado hasta el relato histórico, ya que siempre se ha retratado a la bruja como una mujer fracasada, vieja e, incluso, loca. ¿Nos suena familiar esta tendencia a culpabilizar a las víctimas? Es por ello que el símbolo de la bruja ha sido recuperado en estos últimos años por las revueltas feministas.

Una de las principales razones por las que en el siglo XV comenzó esta campaña de terror y persecución hacia las mujeres fue su determinación a la hora de decidir sobre su propio cuerpo —algunas luchas no han evolucionado demasiado— y sobre su función reproductiva. «Las feministas reconocieron rápidamente que cientos de miles de mujeres no podrían haber sido masacradas y sometidas a las torturas más crueles de no haber sido porque planteaban un desafío a la estructura de poder». Como hemos explicado antes, con la división sexual del trabajo se comenzó a ver a las mujeres como máquinas de beneficio generadoras de pequeños futuros trabajadores. El pensamiento capitalista de entonces es sencillo: cuanta más población, más riqueza tendremos.

«Las feministas reconocieron rápidamente que cientos de miles de mujeres no podrían haber sido masacradas y sometidas a las torturas más crueles de no haber sido porque plateaban un desafío a la estructura de poder». Silvia Federici

Se criminalizó cualquier método de control de la natalidad. No solo el aborto, también los métodos anticonceptivos y las prácticas sexuales que no tuvieran como finalidad la procreación. Además, a pesar de lo que podríamos imaginar en un principio, estos mecanismos no vinieron marcados tanto por la Iglesia, sino por el Estado. Por supuesto, el clero animaba a sus fieles a que denunciaran a sus vecinas de brujería, pero las leyes, la propaganda y sobre todo los altísimos gastos corrían por cuenta del Estado.

Así, la caza de brujas fue la contrarrevolución por parte de las Naciones-Estado europeas frente a la negativa de las mujeres a ser consideradas una máquina reproductora andante. «Del mismo modo que los cercamientos expropiaron las tierras comunales al campesinado, la caza de brujas expropió los cuerpos de las mujeres, los cuales fueron así ‘liberados’ de cualquier obstáculo que les impidiera funcionar como máquinas para producir mano de obra».

La bruja Sycorax, madre de Calibán

El último capítulo está dedicado a la colonización del «Nuevo Mundo» que estaba teniendo lugar a la vez que la caza de brujas. Federici ve una equivalencia entre la dominación de los cuerpos femeninos en Europa y la dominación de las poblaciones americanas: la privatización de tierras comunales, el empobrecimiento de muchos a costa de la riqueza de unos pocos, la penalización de las pasiones y el cuerpo e, incluso, la misma caza de brujas. La lógica que guiaba al capitalismo en Europa fue exportada al resto del mundo para perpetuar su expolio y acumulación.

Federici ve una equivalencia entre la dominación de los cuerpos femeninos en Europa y la dominación de las poblaciones americanas

Las relaciones de dominación se reproducen constantemente: entre el empleador y su obrero, entre el obrero y su mujer, pero también entre los blancos y los colonizados en cuanto les fue posible. «Ellas también se convirtieron en dueñas de esclavos, generalmente mujeres, empleadas para realizar el trabajo doméstico». De este modo, el machismo y el racismo se instauran como justificación que permite cualquier tipo de opresión capitalista. Federici explica esta concatenación de jerarquías de dominación desde los personajes de la obra de teatro del siglo XVII La Tempestad de Shakespeare. Uno de ellos, Calibán, es un esclavo salvaje que representa en América Latina la resistencia y rebeldía de las masas nativas que lucharon contra el colonialismo. Por otro lado se encuentra el personaje de Sycorax, que, como toda mujer, además de «ser madre de» Calibán es mucho más.

Sycorax es una poderosa bruja que domina los «tesoros de la naturaleza», es decir, es capaz de proteger su tierra desde lo que esta le ofrece, y no desde las «herramientas del amo» como hará Calibán. De alguna manera, Calibán se rebela contra los europeos con la misma violencia que ellos habían empleado allí en el Nuevo Mundo, y eso implica caer en la trampa de la cadena de dominaciones de la que hablábamos.

Nos despedimos con la misma pregunta que nos lanza Federici: «¿Y si los rebeldes no hubieran sido Calibán, sino Sycorax?» ¿Hubiera sido la historia diferente si no hubiéramos relegado siempre a las mujeres a un segundo plano, al personaje secundario? Y, también, con el compromiso que nos exige: «Preservar esta memoria es crucial si hemos de encontrar una alternativa al capitalismo. Esta posibilidad dependerá de nuestra capacidad de oír las voces de aquellos que han recorrido caminos similares». Sycorax, toda bruja y toda mujer son la personificación del potencial oculto en la historia que siempre nos han contado y de la que nunca hemos dudado.

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