Orbitando en torno a los esfuerzos de una unidad policial por desmantelar distintas redes de narcotráfico, la serie retrata los barrios bajos de Baltimore (Estados Unidos) y sus instituciones disfuncionales a través de los personajes que los habitan. Desde policías mal pagos hasta preadolescentes haciendo sus primeras armas en el mundo del delito, pasando por burócratas aburridos, delegaciones sindicales con más trabajadores que turnos y gángsters universitarios. Estas son algunas de las historias contadas en The Wire, y tienen algo en común: nadie es solo bueno, nadie es solo malo, nadie es 100 % libre, pero nadie tampoco tiene las manos absolutamente atadas.
Deteniéndose en mostrar las dinámicas internas de distintos contextos institucionales a través de la mirada de los personajes insertos en ellos, la serie explora la tensión entre libre albedrío y determinismo y nos ayuda a pensar posibles respuestas a las preguntas esbozadas.
El debate sobre libre albedrío y responsabilidad moral
Podemos plantear el problema filosófico del libre albedrío como una incompatibilidad entre tres creencias intuitivas:
1. Que el universo es regido por leyes naturales que son deterministas: si algo se mueve es a causa de que algo produjo ese movimiento.
2. Que el libre albedrío consiste en la capacidad de actuar con autonomía de esas leyes.
3. Que el libre albedrío existe.
Si la creencia 1 es cierta, entonces ¿cómo sabemos que no es esa misma causalidad lo que explica en última instancia nuestro comportamiento? Y si las ideas 2 y 3 son ciertos, ¿de dónde sale esta libertad? Esta incompatibilidad nos obliga a asumir que o bien las leyes naturales que rigen el mundo no son deterministas, o bien no somos libres, o bien la libertad es algo más complejo que simplemente romper con nuestros condicionamientos. La implicancia ética de este debate es que tendemos a creer que es el hecho de que obramos libremente lo que nos hace moralmente responsable de nuestras acciones.
No diríamos con total seguridad que alguien con alzhéimer avanzado o alguien obrando con una pistola apuntada a la cabeza es moralmente responsable de sus actos, porque no creemos que esté en condiciones de elegir propiamente dichas. Decimos que obramos libremente cuando la sede de la responsabilidad está en aquellas cosas que podemos controlar, pero no cuando está en otro lado que excede a nuestro control. Sin embargo, trazar la línea entre las causas externas, que exceden a nuestro control, y lo que ocurre en el interior de nuestra conciencia es difícil y nos obliga a entrar en un terreno gris. ¿Podemos acaso estar seguros de que nuestra voluntad, que es la fuente de nuestro comportamiento, es ella misma incondicionada?
Nadie es solo bueno, nadie es solo malo, nadie es 100 % libre, pero nadie tampoco tiene las manos absolutamente atadas
«The Wire»: ¿el juego está arreglado?
La serie The Wire se para precisamente en este terreno gris entre lo que ocurre afuera y adentro de la esfera de control de los sujetos. A través de las trayectorias de distintos personajes, narra cómo se produce subjetividad en contextos de colapso institucional y qué lugar queda para la agencia humana. Se trate de departamentos de policía sobreburocratizados, desfinanciados y corruptos, escuelas públicas derruidas y concurridas por los sectores sociales más vulnerables o sindicatos que reparten cada vez más escasos turnos laborales entre sus afiliados, las vidas de la mayoría de los personajes transcurren en contextos institucionales con fallas estructurales tan infranqueables que prácticamente les imposibilitan salir adelante. Según la caracterización del propio David Simon, «The Wire es una tragedia griega donde las instituciones posmodernas son las fuerzas del Olimpo».
Simon describe las trayectorias individuales de los personajes que surfean esas instituciones muchas veces apelando a la simetría: un periodista se ve enfrentado a dinámicas, presiones y dilemas análogos a los de un policía o un narcotraficante. A pesar de sus características individuales, sus trayectorias tienden a los mismos destinos, a ocupar roles predeterminados en un espacio social con una estructura rígida. Es por eso que varios personajes caracterizan al mundo en el que se mueven como un «juego arreglado». En los juegos, los movimientos que uno puede hacer son acotados, y los resultados, también. Las fuerzas del tablero atan de manos a las piezas que lo recorren. Pero en un juego arreglado no es posible ganar, inclusive si uno ejecuta correctamente el recorrido de jugadas que el juego mismo dispone.
Un amigo sociólogo suele decir que si queréis explicarle a alguien qué es la sociología, debes mostrarle The Wire. Sin embargo, la serie, a la vez que explica el funcionamiento de este condicionamiento, lo pone en cuestión mostrando sus límites. Si bien todos los personajes tienen luces y sombras, son los que ejercen la libertad desafiando el curso de acción que les impone su entorno —su pandilla, su departamento de policía— aquellos con los que más nos encariñamos. Algunos lo hacen inclusive a costa de su trabajo o su propia vida. Como se le advierte en alguna ocasión al coronel Cedric Daniels, el árbol que no se dobla, se rompe. Daniels responde a esa interpelación señalando que si te doblas demasiado, ya estás roto. Es en estas situaciones donde lo correcto choca con lo permitido, donde lo justo choca con lo legal, en las que la serie muestra esta negociación constante que hay entre el sujeto y el ambiente que lo rodea.
The Wire concede que de muchas maneras somos un producto de nuestra circunstancia y nuestros cursos de acción están predefinidos por una acotada oferta de alternativas, pero echando luz sobre los momentos de libertad donde en vez de jugar al peón dentro del tablero los personajes eligen patearlo. Podemos pensar que no exista realmente tal cosa como el libre albedrío. Y aun así, nos sentimos libres y nos cuesta evitar sentirnos moralmente responsables de nuestros actos. Probablemente porque necesitamos asumir que los otros se sienten moralmente responsables de sus actos y saber que los demás esperan lo mismo de nosotros para poder vivir con otros, en sociedad.
Y valoramos la responsabilidad moral como dispositivo cultural porque creemos que tiene efectos deseables. Quizás lo que nos dice The Wire es que la discusión ontológica acerca de la existencia del libre albedrío es secundaria. Es indistinto que el libre albedrío exista o no, es indistinto que el contexto nos condicione absolutamente o no, porque aunque el libre albedrío no existiera no tendríamos otra alternativa que inventarlo. Necesitamos creer que somos libres de elegir cómo obrar a pesar de las constricciones que enfrentamos porque es esa creencia la que nos hace moralmente responsables de nuestras acciones ante los demás y la que hace a los demás moralmente responsables ante nosotros.
*Nota: este artículo se publicó originalmente en el número 5 de la revista impresa.
















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