Este debate sacudió la filosofía de la mente del siglo XX. Patricia Churchland y Mario Bunge dan dos respuestas a esta discusión.
Patricia Churchland: no, mente y cuerpo no están completamente separados
Para la filósofa canadiense Patricia Churchland (1943), mente y cuerpo no son algo independiente. De hecho, para Churchland, no está claro que exista algo así como una «mente» o lo que los antiguos llamaban «alma». Churchland es una de las defensoras más conocidas del reduccionismo fisicalista (también llamado materialismo eliminativo), una corriente que postula que todos los estados mentales (el deseo de ver a una hermana, el amor a una pareja, la amistad con mi vecino, los pensamientos sobre mi examen) pueden reducirse a comportamientos neuronales.
Según esta filósofa, estos términos populares tales como «deseo», «creencia» o «sentimiento» (supuestos ladrillos de nuestro edificio mental) son en realidad términos de la psicología popular (folk psicology). Dado que a lo largo de nuestra historia los humanos no hemos tenido un conocimiento neurocientífico preciso, la humanidad ha postulado entidades mentales (como las arriba mencionadas) para entender el porqué de su comportamiento.
Sin embargo, Churchland cree, como leemos en su libro Neurophilosophy, que un conocimiento más avanzado de nuestro cerebro nos mostrará las verdaderas causas de nuestro comportamiento y veremos que, en realidad, lo que hoy llamamos «mente» o «alma» no son más que estados corporales de nuestro cerebro.
Podemos ver esto mejor con un ejemplo. Un estado mental que todos hemos experimentado alguna vez es el amor. A lo largo de los siglos, el amor ha sido considerado muchas veces el núcleo de la humanidad. Pensado así, el amor escapa a cualquier materialidad, es decir, ningún físico podría medir o fotografiar el amor. Sin embargo, hoy sabemos que los procesos amorosos no son más que (o esto postula el reduccionismo de Churchland) circuitos neuronales basados en la transmisión de oxitocina.
Según el reduccionismo de filósofos como Churchland, los estados mentales no son otra cosa que estados corporales que desconocemos y a los que atribuimos erróneamente otra naturaleza (como pensar que amar es cosa de Dios o cosa de dos almas). En resumen, la mente para estos autores es como una nube: parece algo distinto, algo único, algo propio, algo incluso a lo que hemos dedicado miles de poemas; pero, en el fondo, la nube no es más que un objeto físico, no es más que agua condensada, por mucho que queramos ver figuras y mensajes y soñar con ellas cuando las miramos.













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