El ladino, también conocido como judeoespañol, es la lengua heredada por las comunidades judías sefardíes expulsadas de la península ibérica a finales del siglo XV. A lo largo de los siglos, viajó con ellas por el Mediterráneo, los Balcanes, el norte de África y el Imperio Otomano, conservando rasgos del castellano antiguo y mezclándose con palabras del hebreo, el turco, el griego, el árabe o el francés.
Más que un idioma, el ladino es una memoria viva, como sostiene Marcel Cohen: guarda canciones, refranes, relatos familiares, formas de rezar y maneras de nombrar el mundo. En obras como Carta a Antonio Saura, de Cohen, esta lengua aparece como un puente entre la historia íntima y la historia colectiva de un pueblo marcado por el exilio, la convivencia cultural y la resistencia frente al olvido.
El ladino, un vehículo literario e histórico
Hablar de Marcel Cohen y su libro Carta a Antonio Saura plantea la emergencia de toda una «morfología del saber histórico», que, como afirma Foucault en el curso de 1975 a 1976 del Collège de France, publicado bajo el título: Defender a la sociedad. Prefigura un «nuevo sujeto de la historia, que es al mismo tiempo quien habla en el relato histórico y aquello de lo que este habla». De ahí la importancia en la descripción «espacio-temporal» que nos da Cohen por medio de la composición lingüística del ladino o judeoespañol, lengua en la que se encuentra escrita originalmente esta obra, única en su tipo.
En esta Carta se narra magistralmente cómo vivían las comunidades sefardíes en Salónica y Estambul durante la primera mitad del siglo XX. Dichas comunidades habían resguardado la tradición hispanohebrea, en el seno familiar, social y cultural después de la expulsión de España en 1492, por el Decreto de la Alhambra. Este tesoro viajó posteriormente con ellos cuando:
«… emigraron hacia el Imperio Otomano, en los actuales territorios de Turquía, Grecia, Serbia, Croacia, Bosnia, Macedonia, Rumania, Bulgaria, Argelia, Túnez, Egipto, Israel, Líbano y Siria. Otros emigraron al norte de Marruecos (Tánger y Tetúan) y a ciudades de la Península Itálica (Nápoles, Roma, Ferrara y Venecia) y de los Países Bajos (en particular Ámsterdam)».
Fue ahí que se conservó a lo largo de los siglos una lengua propia como el ladino y una tradición religiosa como la judía, que continuamente rememoraba la época de Jafudà Bonsenyor y su Libro de palabras y dichos de sabios y filósofos, como una forma de resistencia ante la tempestad que representaba el siglo XX. Es por eso que el relato de Marcel Cohen funciona aquí como la proyección y expresión de una «sociedad compuesta por cierta cantidad de individuos, que tiene sus costumbres, sus usos e incluso su ley particular», tal como afirmó Foucault.
Se trata de un hecho que nos permite rastrear a partir de la tradición, una serie de relaciones políticas e históricas, las cuales se establecieron entre los distintos grupos confesionales (musulmanes, católicos, ortodoxos y judíos), alrededor del poder hegemónico que reproducía el Imperio otomano y los Estados nación que de él partieron. Esto derivó así en un relato que se constituyó firmemente de cara a la pluriculturalidad, posicionándose dentro de una estructura social que parecía moverse a ratos entre la influencia de Oriente y la imagen de Occidente, entre la tragedia y aquello que Ernesto Kavi llamó: «La dulzura acallada por la historia». Un ejemplo de lo anterior, lo encontramos en la Carta a Antonio Saura cuando menciona:
«Con Shabtai Tzvi, el mesías falso, que removió a todas las juderías antes de hacerse turco en las prisiones del sultán Murad IV. Con rabinos santos que escribían en hebreo y siempre velaban por el más puro castellano de sus padres. Con clarividentes. Con caraítas que no reconocían el Talmud y niños chiquitos que lo aprendían con la leche de la madre siempre en la boca».
Es una escena que sin duda también nos recuerda a la trama de la novela de Gordana Kuić El olor de la lluvia en los Balcanes, la cual se plantea desde una topología literaria y discursiva, la descripción de una familia sefardí como las hermanas Salom y su relación con las sociedades multiconfesionales de Serbia, Croacia y Bosnia.
Carta a Antonio Saura, de Marcel Cohen, es una obra única en su tipo: plantea la emergencia de toda una «morfología del saber histórico» por medio de la composición lingüística del ladino o judeoespañol
La palabra, una región de encuentros
Ahora bien, Carta a Antonio Saura se escribió en 1981 y tenía como propósito conversar y al mismo tiempo mostrar el lazo que unía a Marcel Cohen con su familia y, sobre todo, con su amigo Saura (el pintor español), a quien había conocido una década anterior.
Por tanto, este libro es también un puente que nos permite ver a través de la palabra un «momento histórico, político y social» que, como afirma la escritora mexicana Angelina Muñiz-Huberman, emerge en todo su esplendor gracias a la configuración cultural que se articuló en la diáspora sefardí.
Marcel Cohen nos muestra así que es posible estudiar la emergencia de las cuestiones sociales que rodearon al relato y que configuraron el contexto de una narrativa que se constituyó, desde una región lingüística íntima en la que aparecen unificadas, tanto la estructura semántica como la función lógica, dentro de la estructura literaria; allí donde una amistad nos brinda también el recuerdo del pasado.
Un testimonio de Estambul
La codificación ladina mediante la cual confluyen en la memoria la expresión, el sentido y la lógica de un discurso proyecta al mismo tiempo el principio desde donde se desarrolla lo público como lo privado, lo histórico y lo íntimo, todo lo que acontece, de la misma manera que en el texto de Marcel Cohen, como una voz que fluye desde la infancia.
Lo anterior encuentra su punto más alto en el momento en que miramos lo que el autor de Carta a Antonio Saura nos dice, ya no sobre Salónica, sino acerca de la configuración cultural de Estambul, cuando describe los olores, los momentos, las expresiones y la gastronomía que tienen lugar en las calles de la ciudad, la cual tiempo después el Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk comenzaría a pintar a los quince años.
Allí Marcel Cohen le cuenta a su amigo Antonio Saura sobre la asociación que resulta de la «mermelada de rosa» con la épica ciudad o cómo era común la expresión: «La inteligencia no se mide con cucharaditas» dentro de la comunidad sefardí. Retratan así un escenario alrededor de una esfera popular donde la sociedad turca sociabilizaba a la par que la comunidad de hablantes de ladino, con la influencia de Oriente y los nuevos vientos que venían de Europa.
Por otra parte, podemos rastrear a lo largo del texto una sutil interpretación filosófica que completa la descripción histórica y política que va tejiendo Marcel Cohen desde las palabras. Aquí la estrategia discursiva cambia, parece que la lengua es también un vehículo para comunicarse con los extranjeros, con los «otros» que no son hablantes, ante la inminencia de la muerte. O al menos se puede afirmar aquí que el ladino se concibe como una figura lingüística donde confluyen la voz de la cultura hispanohebrea con la voz del exilio.
Los verbos son figuras de comunión con la diferencia. Por eso afirma: «Y ahora, muriéndome en mi lengua, estoy dejando hablar a los extranjeros por mi boca y escribir con mi mano». Frase donde también resuena el poeta francés Edmond Jabès, cuando menciona que «la lengua es hospitalaria».
En otras palabras, las estructuras semánticas son abiertas, no hay sistemas gramaticales absolutamente cerrados. He ahí que nombrar es también conocer al «otro», tender puentes y «escuchar lo que se dice en esta partecita del mundo».
El ladino se concibe como una figura lingüística donde confluyen la voz de la cultura hispanohebrea con la voz del exilio
La intersubjetividad, ese puente
Por último, si algo resulta evidente cuando uno lee Carta a Antonio Saura es que la memoria de Marcel Cohen palpita entre la luz y la tragedia. Devela de esta forma la estructura interna de una complexión sintáctica, que nos brinda el análisis de un sentido propio, donde la intersubjetividad nos muestra la capacidad de convivir que tenía el pueblo sefardí con otras formas y estructuras religiosas.
Es posible, pues, afirmar que el sueño del Al-Ándalus permanece en cada fragmento en ladino donde Marcel Cohen nos habla de su historia y, por tanto, la de su propia comunidad, en la que la cotidianidad le solía abrir la puerta a la pluralidad.
















Deja un comentario