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Revista FILOSOFÍA&CO | Número 15

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Sor Juana Inés de la Cruz: un espacio propio de conocimiento

Sor Juana Inés de la Cruz fue una escritora fundamental del Barroco hispano. Reconstruimos aquí su vida desde una perspectiva actual, analizando su infancia autodidacta, su decisión estratégica de entrar en un convento para poder estudiar y la naturaleza de sus intensos vínculos afectivos con otras mujeres. Un viaje por la biografía de una intelectual total que convirtió su celda en un espacio de libertad y conocimiento.

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Diseño realizado a partir del retrato de Sor Juana Inés de la Cruz (aprox 1750) realizado por Miguel Cabrera (licencia CC).
Diseño realizado a partir del retrato de Sor Juana Inés de la Cruz (aprox. 1750) realizado por Miguel Cabrera (licencia CC).

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Su nombre completo fue Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana y, aunque no se sabe con certeza cuándo nació, sí se sabe que fue en una fecha entre el año 1648 y 1651, en San Miguel Nepantla, una localidad al pie del volcán Popocatépetl, en el interior del actual México. Juana Inés de Asbaje era ilegítima, es decir, era hija de una pareja no casada por el matrimonio cristiano. Su madre, cuyo nombre era Isabel Ramírez de Santillana, era una criolla nacida en la Nueva España que tuvo seis hijos con dos hombres distintos, pero sin casarse con ninguno. De esos dos hombres, el padre de Juana fue Pedro Manuel de Asbaje, un capitán vasco del que apenas tenemos hoy información y que, por lo que quedó, parece que desapareció muy pronto del horizonte familiar.

Es curioso (o poético, si queremos) que la palabra Nepantla que da nombre a su lugar de nacimiento signifique en náhuatl literalmente «en medio de», «en el entre». Y quizá sea una metáfora demasiado cómoda, pero podemos leer la biografía de Sor Juana marcada por esa etimología de su lugar de nacimiento: en un lugar intermedio entre la legitimidad y la bastardía, entre la norma y su afuera, entre el mundo letrado (al que no tenía acceso formal) y una capacidad y una inteligencia desbordante.

La infancia en Panoaya

Nació, pues, en ese «entre», en Napantla, pero su familia se mudó a los pocos años, cuando era ella todavía muy pequeña, a la hacienda de Panoaya, en el actual municipio de Amecameca de Juárez. Esa hacienda era propiedad de su abuelo materno, Pedro Ramírez. Esta mudanza es crucial en la historia de Juana Inés de Asbaje porque Pedro tenía una biblioteca en su hogar, algo raro en aquella época. Sor Juana tuvo acceso a esos libros, y ese acceso, literalmente, le cambió la vida.

A partir de ahí, aprendió por voluntad propia, no porque fuera a la escuela o la obligasen. De hecho, en su célebre Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (que escribió a los cuarenta años, en el año 1691) cuenta que aprendió a leer siguiendo a su hermana mayor a la «amiga», que es como se llamaba a la escuela de primeras letras para las niñas entonces. Lo hizo sin que su madre lo supiera, engañando a la maestra para que la enseñara. Esto fue, según cuenta ella (idealizaciones retrospectivas aparte), cuando tenía tres años.

En esa misma Respuesta leemos que a los seis o siete años se enteró que en la Ciudad de México había una universidad, y también escuelas, y que entonces pidió a su madre que la vistiera de hombre para poder ir a estudiar allí. Su madre no lo permitió. Pues bien, podemos leer esa negativa estructural —es decir, pensar esto no como una decisión individual de su madre, sino como la declinación del patriarcado en la decisión de su madre— como una decisión que Juana Inés de Asbaje va a interrogar, a rodear y a subvertir durante toda su vida. La lectura feminista ha señalado que este episodio no es solo una anécdota sobre el acceso al saber, es también el primer momento documentado en que Sor Juana imagina una identidad de género alternativa: vestirse de hombre como condición de posibilidad para existir intelectualmente en el mundo.

De pequeña era una niña que se escondía para aprender a leer, que engañaba a la maestra y que le pedía a su madre que la vistiera de hombre para poder estudiar

La llegada a la corte

Hacia 1664, con aproximadamente dieciséis años, fue llevada a la Ciudad de México para vivir en casa de unos parientes, los Mata. Allí la protegió su tía materna y pronto llegó a la atención de la marquesa de Mancera, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Fue entonces admitida en la corte virreinal como dama de honor de la marquesa, con quien desarrolló una relación de amor que quedó registrada en varios poemas. Por aquellos tiempos, la corte virreinal novohispana era un espacio de representación del poder, pero también era, en sus márgenes, un espacio de cultura. Dentro había poesía, música, teatro, discusión intelectual. Juana Inés de Asbaje encontró ahí un ambiente que alimentó su formación, aunque es cierto que siempre desde una posición subordinada. Ella era brillante, pero no era noble; la admiraban, sí, pero no era libre.

El episodio más citado de este período es el llamado examen de los cuarenta letrados. El virrey, impresionado por la inteligencia de esta mujer, organizó una especie de certamen en el que cuarenta hombres expertos (es difícil contar la escena sin que aterre ese examen), como teólogos, filósofos, humanistas o matemáticos, la interrogaron durante horas en distintas disciplinas. Según el relato posterior del propio virrey, Juana Inés de Asbaje respondió a todo con una capacidad que él comparó con la de un galeón real resistiendo los embates de pequeñas canoas. El episodio puede tener algo de anécdota admirativa reconstruida a posteriori, pero refleja una realidad documentada: antes de entrar a monja era ya una intelectual reconocida.

La decisión del convento

En 1667, ingresó brevemente en el convento de las Carmelitas Descalzas de San José. Sin embargo, la dureza de la regla carmelita —la más severa del mundo conventual femenino de la época— la obligó a salir al cabo de unos meses por razones de salud. En 1669, con aproximadamente veinte años, profesó definitivamente en el convento de San Jerónimo, de la orden de San Jerónimo, cuya regla era considerablemente más suave y permitía una vida intelectual activa.

La pregunta que los biógrafos se han hecho durante siglos, y que nosotros nos podemos hacer ahora, es ¿por qué el convento? La propia Sor Juana ofrece una respuesta en la Respuesta a Sor Filotea, donde dice que no tenía vocación religiosa en el sentido convencional del término, sino que entró al convento porque era la única condición de vida que le permitía dedicarse al estudio sin las obligaciones del matrimonio. En la Respuesta escribe una palabra que es importante señalar: «repugnancia». Ella dice que tenía «repugnancia» al matrimonio, y más que porque despreciara el amor —sus poemas desmienten eso con fuerza—, porque el matrimonio suponía la disolución de la vida intelectual que para ella era la única vida posible. El convento, en este sentido, fue una solución estructural a un problema estructural. En la Nueva España del siglo XVII, una mujer sin apellido noble y sin fortuna tenía exactamente dos opciones: casarse o profesar.

La lectura queer, sin embargo, ha propuesto que la palabra «repugnancia» merece una lectura más detenida. Estudiosas como Alicia Gaspar de Alba sugieren que esa «repugnancia» no apuntaba únicamente a las obligaciones domésticas e intelectuales del matrimonio, sino también —o quizás primariamente— al deseo heterosexual como tal. Según esta lectura, el convento fue el espacio donde el deseo hacia las mujeres podía existir (velado, pero no inexistente), dentro de una comunidad exclusivamente femenina.

En la corte encontró un espacio de cultura, sí, pero también aprendió pronto que la admiración no es lo mismo que la libertad. Era brillante, pero seguía siendo una mujer sin linaje en un mundo de hombres con poder

Sor Juana escritora

La celda de Sor Juana en San Jerónimo no era la celda austera que imaginamos. Era un espacio de varios cuartos donde acumuló una biblioteca de más de cuatro mil volúmenes, una de las más grandes de la Nueva España en su época, y donde instaló instrumentos científicos, como astrolabios o cuadrantes. Entre los trabajos que no han llegado hasta nosotros destaca un tratado de teoría musical que ella misma menciona en la Respuesta, conocido como El Caracol, cuya pérdida es uno de los lamentos de la historia intelectual novohispana.

De ahí que sea importante reclamar que Sor Juana no era solo poeta. Era una intelectual total en el sentido renacentista del término. Estudió música y teoría musical, escribió sobre acústica. Estudió astronomía. Escribió el Neptuno alegórico (1680), un programa iconográfico para el arco triunfal erigido en honor del nuevo virrey, la marquesa de la Laguna y el conde de Paredes (un texto que muestra un dominio de la mitología clásica, la emblemática y la filosofía neoplatónica).

La celda de Sor Juana era un taller intelectual: cuatro mil volúmenes, instrumentos científicos, partituras, cuadernos…

María Luisa: la amistad, el amor, el deseo

Cuando el conde de Paredes llegó como virrey en 1680, su esposa, María Luisa Manrique de Lara, entró de lleno en la vida de Sor Juana. Le dedicó decenas de poemas bajo el nombre poético de Lysi o Filis. Poemas de amor que expresan adoración, deseo de presencia, dolor de ausencia y una conciencia muy lúcida de la asimetría de la relación.

La crítica ha debatido largamente la naturaleza de ese vínculo. Octavio Paz, en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), la interpreta como un amor platónico-cortés dentro de los códigos de la poesía neoplatónica del siglo XVII, en los que la declaración amorosa a una mujer no implicaba necesariamente un deseo corporal, más bien era una forma de reconocimiento espiritual. Esta lectura ha sido la dominante durante décadas y ancla los poemas en su contexto retórico e histórico. Y es que la poesía áulica del Barroco hispánico tenía convenciones de exaltación femenina que no debían leerse automáticamente como expresión de deseo erótico.

Sin embargo, la historiografía feminista y queer de los últimos treinta años ha cuestionado con rigor que esa contextualización retórica sea suficiente, o que su función no sea precisamente la de neutralizar lo que los poemas dicen cuando se leen sin esa mediación. Electa Arenal, por ejemplo, señaló en los años 80 que la intensidad afectiva de los poemas a María Luisa excede con mucho las convenciones del género. Alicia Gaspar de Alba, en la novela histórica El segundo sueño (1999) y sus ensayos académicos, argumenta que reducir esos poemas al convencionalismo cortés es un gesto evasivo y que la intensidad emocional que los atraviesa desborda cualquier código retórico.

La investigadora Stephanie Merrim, en su influyente trabajo Feminist Perspectives on Sor Juana Inés de la Cruz (1991), propone leer la obra completa de Sor Juana desde una perspectiva de género que atienda a lo que se construye formalmente: la voz lírica de Sor Juana adopta con frecuencia posiciones de deseo activo hacia figuras femeninas que no encuentran equivalente en ninguna poeta contemporánea suya en el mundo hispánico. Para ello, conviene detenerse en algunos poemas concretos para que el argumento no quede en abstracto. El romance que comienza «Yo adoro a Lysi, pero no pretendo…» articula un deseo que no se presenta como otra que como deseo en sí mismo:

«Yo adoro a Lisi, pero no pretendo
que Lisi corresponda mi fineza;
pues si juzgo posible su belleza,
a su decoro y mi aprehensión ofendo.

No emprender, solamente, es lo que emprendo:
pues sé que a merecer tanta grandeza
ningún mérito basta, y es simpleza
obrar contra lo mismo que yo entiendo.

Como cosa concibo tan sagrada
su beldad que ni quiere mi osadía
a la esperanza dar ni aun leve entrada:

pues cediendo a la suya mi alegría,
por no llegarla a ver mal empleada,
aun pienso que sintiera verla mía
».

La voz poética habla de adoración, de dependencia afectiva, de la imposibilidad de vivir sin la presencia de la amada. Así, los sonetos dirigidos a Lysi utilizan el código petrarquista —la dama hermosa que produce sufrimiento en quien la ama—, pero con una inversión significativa porque la voz que sufre y desea no es masculina, y esa no-masculinidad no es neutralizada en ningún momento del poema. El efecto es el de una lírica amorosa que desplaza el género (en todos sus sentidos). Antonio Alatorre, filólogo, señaló en sus estudios sobre la lírica sorjuaniana que en varios poemas la voz que ama y la figura amada son ambas gramaticalmente femeninas, sin que haya ningún mecanismo textual que permita leer esa feminidad como convención o como disfraz.

Aparte de su amor, María Luisa fue su mecenas y protectora. Fue ella quien, al regresar a España en 1688, se llevó los manuscritos de Sor Juana y los publicó en Madrid: primero el Inundación castálida (1689) y luego el segundo volumen de sus obras (1692). Sin esa intervención, una parte significativa de la obra de Sor Juana podría haber desaparecido.

Es importante añadir que los poemas dirigidos a María Luisa no son los únicos en la obra de Sor Juana donde el deseo femenino hacia lo femenino es legible. Hay poemas dirigidos a otras mujeres —a la condesa de Galve, a diversas destinatarias anónimas— que exhiben una retórica de adoración similar. La recurrencia del patrón ha llevado a la crítica queer a argumentar que no se trata de convenciones aisladas. Es una orientación consistente del deseo en la obra lírica de Sor Juana, que atraviesa distintos vínculos y distintos momentos de su vida.

La crítica feminista lleva décadas peleando lo que tantos quisieron edulcorar: los poemas a Lysi no son solo convención barroca. Hay deseo ahí, y es femenino

Una relectura del convento

La historiografía feminista ha propuesto en las últimas décadas una relectura del espacio conventual que es relevante para entender la vida de Sor Juana. Los conventos del siglo XVII novohispano no eran espacios de represión exclusivamente. Eran también, paradójicamente, uno de los pocos ámbitos donde las relaciones entre mujeres podían desarrollarse con cierta intensidad afectiva sin ser totalmente vigiladas por el orden patriarcal. La vida en comunidad, la cercanía física, los vínculos de amistad y devoción entre monjas son un terreno que la historia de la sexualidad ha comenzado a explorar con mayor atención.

En sus estudios sobre las monjas novohispanas, Asunción Lavrin ha documentado la riqueza de los vínculos afectivos dentro de los conventos, sin hacer necesariamente una lectura erótica de todos ellos. Su trabajo establece, sin embargo, que el espacio conventual era un mundo relacionalmente complejo, donde el afecto entre mujeres tenía expresiones que el mundo exterior no permitía con la misma libertad. Leer la elección conventual de Sor Juana únicamente como estrategia intelectual es, desde esta perspectiva, una simplificación que ignora la dimensión relacional y afectiva de esa elección (además de ser una lectura demasiado heteronormativa).

El convento de San Jerónimo tenía, además, una característica que la crítica ha señalado: era un convento relativamente permeable, donde las monjas recibían visitas, mantenían correspondencia y desarrollaban redes de sociabilidad con el exterior. Sor Juana recibía en su celda a intelectuales, poetas y figuras de la corte. Ese espacio semipúblico dentro de una institución femenina cerrada es el contexto en el que hay que leer sus relaciones con las virreinas: no eran visitas excepcionales, era parte de una vida social activa centrada en vínculos con mujeres de poder.

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Su silencio

En 1690, el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó sin el conocimiento previo de Sor Juana una carta que ella había escrito privadamente criticando un sermón del jesuita portugués António Vieira sobre las finezas de Cristo. El argumento de Sor Juana era teológicamente sólido y mostraba una gran erudición. Fernández de Santa Cruz la publicó con el título Carta atenagórica (esto es, «digna de Atenea»), pero la acompañó de una carta propia firmada con el pseudónimo Sor Filotea de la Cruz, en la que, bajo el disfraz del elogio, le reprochaba que una mujer dedicara su inteligencia a la teología especulativa en lugar de a la devoción.

Pero si tenemos que ser honestos, el contexto en que se produjo el silencio de Sor Juana fue más amplio que una disputa teológica personal. El 8 de junio de 1692, un motín sacudió la Ciudad de México. La población, azotada por una grave crisis de hambre, atacó el palacio virreinal y el ayuntamiento. Los sectores eclesiásticos más conservadores leyeron estos disturbios como señales de castigo divino, lo que intensificó las presiones sobre las comunidades religiosas para un mayor recogimiento y penitencia. Sor Juana quedó en ese clima sin sus protectores laicos y sometida a la hostilidad documentada del arzobispo Francisco Aguiar y Seijas.

Gaspar de Alba ha añadido a este análisis una dimensión que la crítica más convencional ha soslayado: la posibilidad de que la hostilidad de Aguiar y Seijas hacia Sor Juana no fuera solo misoginia genérica, que fuera también una respuesta, consciente o no, a la visibilidad de sus vínculos afectivos con mujeres de poder. La relación con María Luisa era pública, estaba registrada en poemas publicados y circulaba en la corte virreinal. En un contexto en que las relaciones homosexuales eran delito perseguido por la Inquisición, la visibilidad del afecto intenso entre Sor Juana y las virreinas no era un asunto neutral.

La Respuesta que Sor Juana escribió en 1691 es su defensa más extensa y lúcida. En ella reconstruye su autobiografía intelectual, defiende el derecho de las mujeres al estudio citando autoridades bíblicas e históricas, y articula una epistemología implícita: todo conocimiento está conectado, no hay saber inferior que no lleve al superior, el estudio de la naturaleza es también conocimiento de Dios. Pero la defensa no fue suficiente. El proceso culminó el 8 de febrero de 1694, cuando Sor Juana firmó una renovación de sus votos religiosos, añadiendo un quinto voto de defensa de la Inmaculada Concepción. El documento lo firmó con su propia sangre.

Entre 1690 y 1694, todo se precipita. La publicación no autorizada de una carta suya, la reprimenda del obispo, el motín de 1692, la hostilidad del arzobispo…

Su muerte

En 1695, una epidemia arrasó el convento de San Jerónimo. Los estudios históricos apuntan al tifus como causa más probable —posiblemente tifus exantemático epidémico, enfermedad transmitida por piojos que causó estragos en la Ciudad de México en períodos de crisis e insalubridad—, aunque el diagnóstico retroactivo exacto es una aproximación histórica, no un dato documental incontrovertible, claro.

Sor Juana murió el 17 de abril de 1695 mientras cuidaba a sus hermanas enfermas. Tenía entre cuarenta y cuatro y cuarenta y siete años, según la fecha de nacimiento que se adopte. La priora del convento escribió en el libro de difuntas que había muerto como la que era: una frase que los biógrafos han leído de formas muy distintas, y que quizás sea precisamente por su ambigüedad el epitafio más honesto que se le pudo escribir.

Sobre el autor
FILOSOFÍA&CO - lkgjlkhjkknhjk e1706605633724
Sobre el autor

Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.

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