Adelanto_en exclusiva_Ignacio Ellacuria

En exclusiva para los suscriptores Filco+, la Introducción del libro Ignacio Ellacuría, de Marcela Brito, dentro de la nueva colección Rostros de la Filosofía Iberoamericana y del Caribe (próxima publicación Herder 2022).

Introducción

El siglo XX fue «el siglo de las guerras» y el XXI, que apenas comienza, nos auguraba la promesa de dejar atrás un pasado lleno de destrucción y muerte. Sin embargo, vemos que las guerras siguen, que la insolidaridad no cesa y que las pandemias han vuelto a ponerse a la orden del día. En un mundo cada día más rápido, la pregunta por hacia dónde nos dirigimos vuelve a estar presente. A lo largo de la historia de la filosofía se han hecho enormes esfuerzos por explicar el mundo para que podamos vivir en él y con él, sin embargo, cada vez son más evidentes sus límites e insuficiencia. Poco a poco el pensamiento utópico se ha ido borrando, dando paso al pragmatismo y la conformidad con un orden global que, en apariencia, no podemos cambiar. En un país diminuto y asediado por la pobreza como El Salvador, el filósofo Ignacio Ellacuría se dio a la tarea de repensar la filosofía, su objeto y propósito, porque creyó que con la fuerza de la razón que atiende al lamento de la realidad de los desposeídos, esta era capaz de convertirse en motor y conciencia de la necesidad de diversos cambios estructurales que no solo erradicaran el mal en este país centroamericano, sino también en el mundo. Su pensamiento y praxis se convirtieron en voluntad de verdad, voluntad de liberación y voluntad de salvación para su pueblo y para todos los pobres del planeta: los que padecen violencia, persecución y terror. Con todo y el testimonio vivo que representa su muerte violenta, su legado continúa, por lo que tenemos el honor de traerles este libro que pretende ser una introducción a su pensamiento.

Para entender mejor el porqué de la muerte de Ignacio Ellacuría —¿por qué los mataron? suele ser la primera pregunta cuando se habla sobre él y sus compañeros—, consideramos pertinente compartir algunos aspectos de este filósofo fascinante, tarea nada sencilla, dada la complejidad de su carácter, de sus pronunciamientos, de sus escritos y su obra. No es fácil, especialmente para quienes no lo conocimos en vida. Diversos escritos dan cuenta de algunos aspectos de su personalidad, de anécdotas y actividades, así como de su intenso ritmo de trabajo e incansable espíritu de servicio. Sin embargo, tales escritos también nos dicen que Ignacio Ellacuría se mostraba siempre reservado frente a su vida privada, que podíamos saber más sobre sus ideas, sentimientos, preocupaciones y esperanzas a través de su trabajo como rector y docente en la uca, su papel como mediador en el diálogo entre la guerrilla y el Gobierno durante la guerra civil salvadoreña, sus escritos de análisis político, sus rigurosos artículos de filosofía y teología, así como en el trato que tenía con la gente más sencilla.

En cualquier caso, si algo podemos saber sobre Ignacio Ellacuría, es que fue movido por la fe, la esperanza y la entrega sin medida a quienes consideró los protagonistas de la historia y los sujetos de la salvación en nuestro mundo: las grandes mayorías empobrecidas, oprimidas, angustiadas, torturadas, violadas y asesinadas por los poderes maléficos del capital. Los negados por las grandes gestas históricas y tecnológicas de la civilización occidental fueron y siguen siendo, según el legado ellacuriano, quienes mejor descubren el rostro manchado de sangre, mentira e injusticia que los artificios del consumismo o las políticas económicas y culturales que imponen las grandes potencias en todos los países del mundo pretenden maquillar. A ese pueblo crucificado sirvió, y por su causa fue martirizado la madrugada del 16 de noviembre de 1989, junto con sus compañeros Segundo Montes, Joaquín López y López, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Elba Ramos y su joven hija Celina, por miembros del Batallón Atlacátl, que procedió por orden del Estado Mayor del Ejército salvadoreño.1

Ignacio Ellacuría fue movido por la fe, la esperanza y la entrega sin medida a las grandes mayorías empobrecidas, oprimidas, angustiadas, torturadas, violadas y asesinadas por los poderes maléficos del capital.

Hubo un esfuerzo por ocultar los motivos y a los perpetradores de la muerte de los jesuitas, manteniendo una historia oficial que oscurece, silencia y distorsiona la realidad para hacer «calzar» los hechos con la racionalidad y la justificación de la forma en que opera el poder establecido. La muerte de Ellacuría, de sus compañeros jesuitas y sus ayudantes, fue el resultado de la incomodidad que supuso la razonabilidad del diálogo como vía de salida al conflicto armado, del desenmascaramiento de la brutalidad disfrazada de seguridad nacional, así como la corrupción del doble discurso sostenido tanto por el Gobierno salvadoreño como por Estados Unidos.2

Aunque la ofensiva guerrillera les proporcionó la ocasión para un último impulso y un pretexto conveniente, los «duros» del ejército ya hacía tiempo que habían decidido llevar a la práctica su deseo, que tenían desde hacía diez años, de silenciar al P. Ellacuría. La decisión de matar al P. Ellacuría formaba parte de una ya larga práctica de ataques contra los jesuitas. En este contexto, el P. Ellacuría, que hablaba claramente abogando por la paz, se había convertido en una obsesión. […] Hubo algunas personas en El Salvador que tomaron la llegada al poder del partido ultraderechista arena como una especie de luz verde para incrementar la violencia. Aumentaron los intentos de relacionar a los jesuitas con la violencia del FMLN y presentar a los sacerdotes como apologetas de las acciones de la guerrilla.3

El problema, según expone Doggett, radicó en que el carácter pacífico de la protesta y la denuncia le impedía al ejército y a las fuerzas de seguridad actuar con alguna justificación contra los jesuitas de la UCA, puesto que cualquier acción para acallar la crítica y la denuncia repercutiría en el retiro del apoyo al ejército y el Gobierno por parte de la población salvadoreña. Sin embargo, esto no impidió que la masacre se llevara a cabo, por lo que este hecho constituye un caso paradigmático: aunque ya desde la década de 1970 el asesinato de sacerdotes, seminaristas, monjas y laicos colaboradores era sistemático, el de los jesuitas de la uca sentó el precedente de que las fuerzas militares podían entrar con plena libertad en un recinto universitario, sacar de la cama a figuras de reconocimiento mundial y matarlos. Entonces todo era posible; nadie estaba libre de quedar a merced de tales fuerzas siniestras.

Junto a ellos, ya habían sido torturados y crucificados miles de salvadoreños anónimos, sacerdotes, monjas, seminaristas y activistas de todos los credos, y fueron perseguidos durante años hasta la firma de los acuerdos de paz en 1992. En cierta forma, los mártires del pueblo salvadoreño siguen siendo perseguidos, también los jesuitas de la uca, porque aún predominan condiciones socioeconómicas, políticas, culturales y de género que de modo sistemático oprimen la vida de millones de salvadoreñas y salvadoreños; en ese sentido, las estructuras de pecado no han sido erradicadas pese al fin del conflicto y la democratización de El Salvador. Hoy en día, el nombre de Ignacio Ellacuría sigue causando recelo en ciertos sectores de la sociedad salvadoreña que no comulgan con el proyecto que él, sus compañeros jesuitas y miles de salvadoreños anónimos lucharon por echar a andar.

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