¿Somos lo que hacemos?

La apuesta del conductismo consiste en intentar explicar el comportamiento del ser humano y sus leyes sin recurrir a entidades no observables. Imagen de Andrey_Kuzmin extraída de Getty Images (CanvaPro).
La apuesta del conductismo consiste en intentar explicar el comportamiento del ser humano y sus leyes sin recurrir a entidades no observables. Imagen de Andrey_Kuzmin de Getty Images (CanvaPro).

El conductismo comenzó como una rama de la psicología, pero sus postulados y reflexiones abarcan ámbitos filosóficos muy diversos, como la teoría de la mente o la antropología. Sorprendentemente polémico, el conductismo ha sido, por un lado, denostado con críticas superficiales que caen en lugares comunes, mientras que desde otros sectores se ha defendido a ultranza. En este artículo, examinamos uno de los paradigmas más importantes de nuestro siglo: la psicología conductual.

Por Javier Correa Román

Antecedentes

Toda filosofía, decía Kant, se puede resumir en una única pregunta: ¿qué es el hombre? El resto de las preguntas (como, por ejemplo, ¿qué podemos conocer?, ¿qué nos cabe esperar? o ¿qué debo hacer?) son solo parcelas más pequeñas de la pregunta genérica y fundamental que se cuestiona por el ser humano. ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra naturaleza? Este es el fin de cualquier reflexión filosófica.

Desde la Antigüedad, la respuesta que se ha dado a esta pregunta se ha movido en un esquema dualista. Desde este esquema, en nuestra tradición se ha afirmado que el ser humano se compone principalmente de dos tipos de materia, de dos planos ontológicos o de dos esferas irremediablemente diferentes: el alma (y que hoy llamaríamos mente) y el cuerpo.

Este esquema sigue presente hoy en día, como podemos ver por la abultada separación entre las ciencias biológicas y la psicología o por la popularidad de algunas formas extremadamente dualistas de estudiar al ser humano (como el psicoanálisis). De hecho, incluso en nuestros debates populares y cotidianos hacemos una separación entre la salud genérica (material, del cuerpo, de los órganos) y la salud mental (del alma, de nuestra mente).

Sin embargo, ¿cuáles son las consecuencias de esta forma binaria de estudiar la realidad del ser humano? En primer lugar, nos condenamos —ya de inicio— a la fragmentación de nuestro estudio al dividir nuestra investigación en dos planos (materia y alma) fuertemente antagónicos. Si empezamos este camino, y sea cual sea nuestra investigación, al final de ella nos quedará por responder la tediosa y compleja pregunta sobre la relación entre ambas partes. Una pregunta que históricamente ha sido contestada de la forma más diversa (y a veces disparatada; recuérdese la célebre «glándula pineal» de Descartes).

Además, dicen los críticos de este esquema, la pregunta por la mente o el alma humana ha sido contestada tradicionalmente sin ningún tipo de rigor y se ha basado en las elucubraciones más diversas. Antes de la revolución científica, aducen estos críticos, qué se le va a hacer, todo era así; pero después del avance de la ciencia y del perfeccionamiento del método científico, ¿cómo podemos seguir divagando sobre conceptos sin ninguna base científica como la «mente» o el «inconsciente»?

Durante siglos se ha comprendido al ser humano desde un esquema dualista, dividiéndolo en alma (o mente) y cuerpo. Las divagaciones sobre la mente han sido, las más de las veces, elucubraciones sin ninguna base científica

Los comienzos del conductismo

A raíz de todos estos problemas y desde todas estas críticas nace la rama de la psicología que hoy conocemos como conductismo. Una revolución epistemológica en los estudios sobre el ser humano cuyas reflexiones tienen consecuencias no solo en la práctica clínica, sino (y sobre todo) en los ámbitos de la filosofía de la ciencia, de la filosofía de la mente y de la antropología.

El rasgo principal del conductismo (o psicología conductual o, si uno quiere referirse al paradigma epistémico, filosofía conductual) es reconocer únicamente como objeto de estudio a la conducta del ser humano. Frente a las terapias o métodos que se basan en la (libre) interpretación de lo que dice el paciente (como el psicoanálisis), la terapia conductual propone un suelo epistémico firme: la conducta humana es lo único que como terapeutas podemos observar y que como investigadores podemos medir o analizar.

Entre los orígenes del paradigma conductual es obligado citar a John B. Watson (1878-1958). Este psicólogo norteamericano pronunció en la Universidad de Columbia una conferencia titulada «Psychology as ‘The Behaviorist Views It’» [«La psicología tal como ‘la ve el conductista’»], que fue publicada en 1913 en Psychological Review. Este es el que puede considerarse, y así lo hacen los historiadores, como el manifiesto o el punto de arranque del conductismo como paradigma epistemológico.

«La psicología como la ve el conductista es una rama de las ciencias naturales, objetiva y experimental. Sus metas teóricas son la predicción y el control de la conducta», afirmó Watson en aquella conferencia. Es decir, la psicología conductual nace con una verdadera pretensión científica y, para eso, delimita claramente lo que puede ser estudiado (y analizado, y medido) y lo que no. De esta manera, en vez de detenerse en fenómenos no demostrados como los «estados mentales» o el «inconsciente» (terriblemente dependientes de la libre interpretación del terapeuta), los psicólogos del conductismo van a analizar y partir del único fenómeno objetivo, del único fenómeno medible: la conducta.

Y es que, ¿cómo medir el inconsciente? ¿Cómo estar seguros de que ese ataque de ansiedad deriva de un trauma infantil y no, por ejemplo, de un mal día en el trabajo? ¿No es todo demasiado aleatorio? ¿Por qué no fijarse únicamente en los parámetros humanos que pueden medirse, objetivarse y discutirse racionalmente independientemente de las diversas interpretaciones? Este es el camino fijado por este nuevo paradigma.

Así todo, y de forma un poco simplificada, para los conductistas somos lo que hacemos, no hay nada más allá de la conducta. El ejemplo paradigmático para entenderlo son los perros de Pavlov. Según la historia ya popular, el célebre investigador Pavlov hacía sonar una campanita (en realidad era un metrónomo) antes de darles la comida a sus perros. Con el tiempo, Pavlov consiguió condicionar a los perros, y estos terminaron asociando ambos estímulos (el metrónomo y la comida). Como consecuencia, los perros empezaban a salivar nada más escuchar el primer estímulo sin ni siquiera ver la comida.

«La psicología como la ve el conductista es una rama de las ciencias naturales, objetiva y experimental. Sus metas teóricas son la predicción y el control de la conducta», afirmó Watson, el fundador de la escuela conductista

Burrhus Frederic Skinner

B. F. Skinner ha sido probablemente el teórico más importante de la rama conductista de la psicología. Fue él el que edificó la teoría, hasta entonces relativamente dispersa, o con flecos en algunos puntos, y dotó al conductismo del estatus de paradigma epistemológico. Sus aportes rebasan las investigaciones de Watson, que había dado quizá demasiada importancia a los reflejos comportamentales y a los condicionamientos clásicos (como los perros de Pavlov).

La teoría de Skinner es bastante más compleja e introduce como novedad la idea del «condicionamiento operante»: nos comportamos como lo hacemos porque este mismo comportamiento ha tenido ciertas consecuencias en el pasado (positivas o negativas). Son estas consecuencias las que marcan nuestro comportamiento presente y, probablemente, también futuro. Así, una regañina por mostrar un sentimiento demasiado fuerte en público puede provocar un encerramiento en uno mismo para futuras ocasiones, o una alabanza por ser sumiso puede aumentar nuestra docilidad en el futuro.

Como puede observarse, la teoría de Skinner es capaz de explicar nuestro comportamiento sin tener que recurrir a entidades de dudoso carácter científico (como miedos, traumas, inconsciente, mente, personalidad, etc.). Para Skinner son los reforzamientos (positivos o negativos) los que moldean nuestra conducta, entendiendo como reforzamiento todo aquello que varía la probabilidad de una conducta determinada en el futuro. Y ambos, comportamiento y reforzamiento —y esto es crucial para el propósito de Skinner—, son medibles y observables y pueden someterse al método científico.

Huelga decir que las personas somos diferentes en nuestras respuestas y que en ningún caso el conductismo supone una igual naturaleza humana (ningún término más alejado que este de sus pretensiones epistemológicas). También es importante no incurrir en el error común de decir que «una persona es reforzada», pues lo único que se refuerza es la conducta, en ningún caso la persona o su personalidad.

Es importante señalar, además, el carácter funcional de las respuestas a la hora de estudiarlas o agruparlas en grupos. A veces se ha criticado que el número de conductas son infinitas y que, por tanto, es imposible trabajar con tanta variabilidad. ¿O no es distinto la forma en que cogemos la taza del café cada mañana? Pero para Skinner las respuestas son respuestas funcionales, es decir, que podemos considerar que dos respuestas son iguales cuando funcionan de la misma forma en un contexto similar.

Así, no son dos conductas distintas activar una palanca en un ángulo de 90 grados y activarlo en un ángulo de 91, sino que ambas son la misma respuesta porque tienen la misma función: activar la palanca. De esta forma, las clases de comportamiento, con el fin de ser ordenadas por el terapeuta o investigador, se definen por el efecto que generan. No se definen por su apariencia (pues, siendo precisos, cada comportamiento es único), sino en términos de efectos, de respuesta, de función.

En fin, esto ha sido solo una pequeña pincelada del gran paradigma que dibujó Skinner con sus textos. Este paradigma conductista le sirvió al pensador norteamericano para tratar de describir las leyes generales del comportamiento humano. Entre otros descubrimientos, con el conductismo Skinner pudo demostrar que la conducta voluntaria, aparentemente libre, la mayoría de las veces no es tal, sino que en realidad es un manojo de respuestas conectadas a distintos estímulos. O, en otras palabras, no hacemos lo que queremos, sino que meramente reaccionamos a nuestro entorno y vamos modificando esta conducta dependiendo de los efectos que generan en el propio contexto.

Para Skinner, nos comportamos como lo hacemos porque este mismo comportamiento ha tenido ciertas consecuencias en el pasado (positivas o negativas). Son estas consecuencias las que marcan nuestro comportamiento presente y, probablemente, también futuro

Consecuencias del paradigma y debates filosóficos

Como el lector habrá podido observar, filosóficamente hablando, el conductismo es una teoría fuertemente materialista que rechaza postular cualquier entidad «ideal» que no pueda ser medible u observable. Se sitúa, así, en las antípodas de otras ramas de la psicología, como el psicoanálisis, cuyas teorías están plagadas de estos términos (Skinner dijo que la «mente» y los «procesos mentales» son metáforas y ficciones). En el conductismo, las categorías epistemológicas básicas tienen un fuerte componente material: tanto las condiciones materiales (entorno) en la que se mueve un individuo como el comportamiento visible (respuesta) del sujeto.

Las consecuencias filosóficas de este paradigma son muchas y potentes, y para algunas corrientes son también polémicas. En primer lugar, de algunas interpretaciones del conductismo se deduce que no somos nosotros, los seres humanos, los que con nuestra libertad y agencia nos adaptamos al medio en el que vivimos, sino todo lo contrario: es el medio el que nos moldea y nosotros vamos, bajo unas determinadas leyes del comportamiento, reaccionando (y modelando esta respuesta para futuras ocasiones).

Una consecuencia deseable que destacan sus seguidores es que el paradigma conductista elimina todo rastro de culpa del individuo al no sostener una «teoría fuerte» del sujeto. En muchas teorías y paradigmas, es el sujeto el que tiene que emplear su libertad para cambiar y, por tanto, de no hacerlo podemos deducir su responsabilidad. En el conductismo, el sujeto es un sujeto que reacciona ante estímulos, en ningún caso un sujeto completamente libre, y por eso sus males o dolencias se estudian más desde el entorno que desde su capacidad de actuar

Algunos críticos de este paradigma han señalado que el conductismo cae en un problema metafísico grave al colocar la causa temporalmente después del efecto. Cuando un psicólogo conductista defiende que la causa de que una paloma dé a un botón rojo es la comida que el investigador le da después, entonces está defendiendo (según los críticos) que la causa de las acciones se sitúa en el futuro, algo que es cuanto menos problemático. Sin embargo, muchos conductistas se defienden negando la existencia de causas finales dentro del conductismo. La paloma no da al botón porque luego el investigador le dé comida, sino porque en anteriores experimentos ha sido así.

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Sin embargo, de algunas otras críticas el conductismo no ha conseguido salir tan bien parado. Un ejemplo es la crítica que aduce que el conductismo defiende un ambientalismo a ultranza, es decir, que defiende un determinismo casi total del individuo por parte del ambiente. Desde el paradigma del conductismo, parece que el ser humano es una mera máquina de reacción ante estímulos externos y que son estos, y no ninguna otra cosa, lo que condiciona al ser humano. Esto lo observamos ya en Watson cuando dice:

«Dadme una docena de niños sanos, bien formados y con mi ambiente específico para educarlos en él, y garantizo poder tomar cualquiera de ellos al azar y entrenarlo para que sea especialista en lo que yo seleccione —médico, abogado, artista, mercader, e incluso pedigüeño o ladrón— sin importar sus talentos, inclinaciones, tendencias, habilidades, vocación o quiénes fueron sus antepasados».

Es aquí donde tiene sentido la crítica de Chomsky: el perro, por mucho que se le enseñe durante milenios, no va a aprender a hablar, y un niño lo consigue en apenas unos meses. ¿Por qué esta diferencia? ¿Cómo explicarla? Según la crítica de Chomsky, el conductismo no puede explicar esta diferencia porque es fuertemente reacio a no postular ningún tipo de estructura innata o lógica de la mente.

Otro de los problemas del conductismo es su deriva fisicalista en el clásico debate mente-cuerpo. Los fisicalistas, entre los que se encuentran la mayoría de los conductistas, defienden que en realidad no existe la mente en el ser humano y que todo cuanto somos es materia, es decir, que los procesos mentales (como el amor) en realidad no existen, sino que tan solo existen sus correlatos físicos (neurotransmisores, impulsos nerviosos…).

Pero ¿es esto realmente así? ¿Pueden reducirse los estados mentales a sus correlatos físicos? ¿Podemos afirmar sin más que el cubismo (como fenómeno) es lo mismo que su descripción física o geométrica? ¿Es la nube, en tanto experiencia de la nube, lo mismo que una mera agrupación de partículas de agua? En fin, ¿son iguales nuestros recuerdos que la cadena de sinapsis neuronales que los componen?

Otra crítica que se suele hacer, y precisamente por el rechazo del conductismo a postular ninguna entidad metafísica no observable (como la mente o la libertad), es que sus defensores tienen problemas para explicar los mecanismos que describen en sus investigaciones. Así, el conductismo puede responder acertadamente a la pregunta por los efectos que produce una regañina en un niño que no quiere comer, pero no puede responder tan airosamente a la pregunta de por qué funciona así y no de otra manera, por qué produce ese efecto y no otro.

En fin, sea como fuere, el conductismo es una de las ramas más consolidadas dentro de la psicología y uno de los paradigmas actuales con mayor vitalidad. Sus objetivos terapéuticos, muchas veces intencionadamente encubiertos por sus críticos, siempre han sido claros y honestos: entender el comportamiento humano para mejorar el bienestar de los individuos, y quizá sea importante tener esto en cuenta a la hora de acercarnos a sus investigaciones. En palabras de Skinner: «Una ciencia debe conseguir algo más que una descripción de la conducta como un hecho consumado. Debe ser capaz de predecir el curso futuro de la acción».

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