La religión: una respuesta al sinsentido y al sufrimiento
Antes de ser homo sapiens, homo faber o homo politicus, el ser humano ha sido siempre el homo religiosus. Como señala Mircea Eliade en Tratado de historia de las religiones, esta afirmación no pretende añadir una definición más al largo catálogo de intentos por apresar lo humano, sino señalar su núcleo más persistente. Allí donde hay humanidad, hay también ritos, símbolos, relatos fundadores y una relación con lo invisible que estructura la vida individual y colectiva. Esta dimensión no es accidental ni secundaria, sino constitutiva; comprenderla resulta indispensable para comprendernos.
Tradicionalmente, estas definiciones se apoyaban en la identificación de una cualidad considerada exclusiva del ser humano: la razón, el lenguaje, la técnica o la vida social. Sin embargo, estas caracterizaciones han ido perdiendo fuerza a la luz de los avances contemporáneos en etología y ciencias cognitivas. Hoy sabemos que los animales piensan, que poseen procesos mentales y son capaces de elaborar estrategias; sabemos también que sienten, que tienen emociones complejas, que utilizan herramientas, juegan y socializan. Ninguna de estas capacidades puede sostenerse ya como criterio absoluto de distinción entre lo humano y el resto de los animales.
A diferencia de estas capacidades, la creación de dioses y sistemas religiosos responde a una necesidad específicamente humana: dotar de sentido a la muerte, al sufrimiento y a la amenaza constante de la naturaleza. Como afirma el filósofo rumano Mircea Eliade en Lo sagrado y lo profano, «el hombre arcaico se esfuerza por vivir en un mundo sacralizado porque solo así puede soportar la fragilidad de su existencia». La religión no surge únicamente de un error intelectual, sino también de una necesidad existencial profunda: dar sentido a la vida frente a la muerte, el peligro y la contingencia. Por ello, puede afirmarse que el ser humano es, en un sentido profundo, homo religiosus.
En una línea cercana, el historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari sostiene en Sapiens que la característica fundamental del Homo sapiens es su capacidad para crear ficciones compartidas: entidades que no existen en sentido material, como dioses, derechos humanos o leyes. Estas ficciones han permitido la cooperación a gran escala entre grupos humanos.
Pero ¿a qué necesidad responde la creación de las múltiples religiones que han surgido a lo largo de la historia? El ser humano ha buscado siempre una explicación ante lo absurdo y el sinsentido: ¿por qué la enfermedad?, ¿por qué la muerte?, ¿por qué sufrimos? Como escribió Miguel Hernández en «Umbrío por la pena»: «¿Tanto penar para morirse uno?».













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