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La portada muestra una mano introduciendo una papeleta en una urna, como en unas elecciones democráticas. Bajo la imagen, el título del dosier: "DEMOCRACIAS. Grietas y rutas de una idea irrenunciable, por Carmen Madorrán". El fondo es de un azul verdoso, de textura como si fuera una moqueta. La "urna" es una construcción de tablas de colores azul oscuro, amarillo y rojo. Hay personas a su alrededor, entre las tablas y empujando las tablas, construyendo la urna y caminando sobre ella. La mano que introduce la papeleta es de color negro, con una manga blanca.

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NÚMERO 9

Dosier

Democracias

Grietas y rutas de una idea irrenunciable

El duelo según Barthes

Cuando hablamos del duelo tenemos una imagen instalada que se ha ido forjando a lo largo de los años: la del trabajo del duelo. Como consecuencia de ella, tenemos la impresión de que el duelo desaparecerá con el paso del tiempo. Así, admitimos que la pérdida es parte fundamental del ser humano y tendemos a normalizarla. En el imaginario colectivo, el duelo es abordado como una experiencia más de la vida y su importancia pierde peso. Mi intención es proponer que todo trauma genera un duelo que no tiene fin.

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La acción de la muerte no es algo repentino, sino que sus efectos duran toda la vida. El duelo no se pasa; es la sombra de una calavera que nos acompaña ya siempre. Imagen de Pexels (Pixabay, licencia CanvaPro)

La acción de la muerte no es algo repentino, sino que sus efectos duran toda la vida. El duelo no se pasa; es la sombra de una calavera que nos acompaña ya siempre. Imagen de Pexels (Pixabay, licencia CanvaPro).

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El duelo como evento traumático

«Escribo mi curso y vengo a escribir mi novela. Pienso entonces con desgarro en una de las últimas frases de mamá: mi Roland, mi Roland, tengo ganas de llorar».
Roland Barthes, Diario de duelo

Para probar que el duelo no tiene fin, analizaremos algunos pasajes del Diario de duelo, del filósofo francés Roland Barthes. Ahí podremos leer cómo, al pasar de los días, el autor da testimonio de un evento traumático que lo conduce a un duelo sin fin. A lo largo de las páginas del Diario, Barthes descubre cosas de las que no era consciente antes de la muerte de su madre. En este trabajo de duelo constante, Barthes encontró una forma de vivir y habitar el duelo.

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Diario de duelo, de Roland Barthes (Paidós).

En primer lugar, comencemos por entender el evento traumático o trauma. Para el médico y psicoanalista húngaro Sandor Ferenczi, una trauma es la consecuencia de un evento inesperado que provoca angustia: «La consecuencia inmediata de cada trauma es la angustia. Consiste en un sentimiento de incapacidad de adaptarse a la situación que genera displacer». Y es que después de una pérdida, la angustia aparece incluso si la muerte de la persona era ya esperada. Es esa angustia provocada por la muerte de alguien la que genera un trauma.

El trauma se hace visible cuando al sujeto le es complicado adaptarse a la situación de displacer, cuando el sujeto no puede adaptarse al estallido provocado por el trauma. El trauma se convierte así en duelo, que será constante. Podrá disminuir en intensidad con el tiempo, pero nunca desaparecerá. En estos casos el sujeto aprende a vivir en el duelo.

Dicho esto, podemos decir con Freud (en su libro Duelo y melancolía) que «el duelo es regularmente la reacción a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que toma su lugar». El duelo es la reacción a la pérdida y, como hemos dicho, es siempre traumatizante. Así, el duelo —y la reacción de cada sujeto— tiene que ver con la manera en que se relacionaba el sujeto con la persona perdida o con la abstracción de esa persona. Es importante remarcar que, cuanto más alejada sea la relación con el ser perdido, el impacto del duelo será menor. En el caso de Barthes, su relación con su madre era muy estrecha.

En este sentido, el también psicoanalista francés Jean Allouch escribió en Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca: «Si pierdo a un padre, a una madre, a una mujer, a un hombre, a un hijo, a un amigo, ¿voy a poder remplazar ese objeto? ¿No se relaciona mi duelo con él en cuanto irremplazable?». La teoría del duelo de Allouch es tal vez la aproximación más profunda sobre la teoría del duelo en psicoanálisis. En su cualidad de irreemplazable, el objeto perdido provoca un duelo que no tiene fin: el sujeto debe encontrar entonces formas de relacionarse con la ausencia.

La relación con la madre

En Le traumatisme, Ferenczi escribe que «la primera relación de persona a persona es la que se establece entre el pequeño infante y su madre». Entonces, si la primera relación que establecemos con alguien es la de la madre con el hijo (o hija), podemos también decir que la primera separación es entre el hijo y la madre. La primera pérdida es la de la madre y, por tanto, es también el primer duelo.

Es el duelo por la madre el que nos acompañará toda la vida. Por eso, ante la muerte de su madre, Barthes vive la experiencia de un duelo que se convierte en sufrimiento, un duelo que le envía imágenes constantes de su madre y de su infancia. En Diario de duelo, leemos: «Conocí el cuerpo enfermo de mi madre, después su cuerpo muerto».

La muerte de su madre le supone a Barthes un nuevo duelo que debe llevar. Es un nuevo trauma que se suma al trauma de la primera separación materna (de hecho, el trauma de la muerte materna es, de alguna forma, la continuación de la primera separación). Al verse confrontando ambos traumas, ambos duelos, Barthes se da cuenta de que debe encontrar alguna forma de expresarlo. Esta será, como veremos más adelante, la escritura.

El trauma es la consecuencia de un evento inesperado que provoca angustia. El trauma se hace visible cuando al sujeto le es complicado adaptarse a la situación de displacer, cuando el sujeto no puede adaptarse al estallido provocado por el trauma. El trauma se convierte así en duelo

La presencia de una ausencia

Es importante notar que la ausencia en el duelo deviene presencia, pues la ausencia del cuerpo físico se convierte en la presencia de un nuevo cuerpo, pero un cuerpo que no es físico, sino un cuerpo insertado en la psique del sujeto. Por eso, la persona en duelo debe encontrar formas de relacionarse con la ausencia. Jean Allouch escribió a este respecto en Erótica del duelo:

«Quien está en duelo se relaciona con un muerto que va llevándose con él un trozo de sí. Y quién está de duelo corre detrás, los brazos tendidos hacia delante, para tratar de atraparlos a ambos, al muerto y al trozo de sí mismo, sin ignorar en absoluto que no tiene ninguna posibilidad de lograrlo».

El muerto se lleva un trozo del sujeto que está en duelo, un trozo del cual también habló Freud en Duelo y melancolía, un trozo que constituye el trabajo del duelo. Si el muerto se lleva un trozo del sujeto en duelo, es comprensible que él intente recuperarlo. ¿Puede ser la melancolía la forma que adopta ese duelo traumático y que se convierte en trabajo constante para el sujeto? ¿Es posible dejar de pensar al duelo y a la melancolía como dos fenómenos distintos?

La teoría sobre el duelo hecha por Freud no fue desarrollada profundamente por él. Fue después de la muerte de su hija —en una carta escrita a un amigo— cuando Freud se dio cuenta de que la continuidad (infinitud) del duelo es una forma de perpetuar un amor al cual no queremos renunciar: «Sabemos que el dolor agudo causado por una pérdida así llegará a su fin, pero que seguiremos inconsolables, sin encontrar nunca un sustituto […] Y en verdad, así es. Es la única forma de perpetuar un amor al que no queremos renunciar».

¿Quién podría encontrar un sustituto de la madre o incluso dejar de amarla después de la muerte? Aun encontrando sustitutos a lo largo de la vida, la muerte de la madre no puede significar una renuncia a ese amor, incluso en la ausencia que significa la muerte. Y aquí está: la presencia constante de una ausencia. ¿Cómo explicar la presencia de lo ausente? Escribe Barthes: «En la frase ‘ella ya no sufre’, ¿A qué, a quién reenvía ese ‘ella’? ¿Qué quiere decir esa articulación en tiempo presente?».

Para entender las palabras de Freud, es necesario tener presente que en el duelo interiorizamos al otro. El otro externo deviene interno; el otro idealizado, amado, encuentra un lugar en la psique del sujeto. Así todo, el duelo provocado por el trauma de la pérdida exige una forma de actuar, una forma de vivir diferente, pues después de la pérdida la vida continúa. Esta forma de conjugar la pérdida en el presente es también una forma de trabajar el duelo. Esta conjugación en el presente es justamente la presencia de una ausencia. Veamos ahora más precisamente la forma en la cual Barthes trabajó su duelo.

El muerto se lleva un trozo de nosotros, una parte de nuestra intimidad. En palabras del psicoanalista Jean Allouch: «Quien está en duelo se relaciona con un muerto que va llevándose con él un trozo de sí. Y quien está de duelo corre detrás, los brazos tendidos hacia delante, para tratar de atraparlos a ambos, al muerto y al trozo de sí mismo, sin ignorar en absoluto que no tiene ninguna posibilidad de lograrlo»

El duelo y la escritura

Hemos dicho que el duelo es un trauma y que, además, el duelo es constante. La persona en duelo debe encontrar formas de vivir con el duelo, pero el duelo no desaparece, aprendemos a vivir con él. A partir de esta premisa, cada sujeto vive de manera particular la pérdida y encuentra distintas formas de llevar a cabo el trabajo constante del duelo, el trabajo constante de habitar la pérdida. Barthes lo encontró en la escritura de un diario sobre su sufrimiento. Una forma, su forma, la forma de muchos, de expresar el duelo y de poner en palabras la pérdida.

Ante la pérdida de su madre, aparecerá en Barthes un sentimiento de chagrin (sufrimiento, disgusto, desazón) constante. Su reacción ante este sentimiento fue la escritura, es decir, fueron el sufrimiento y el duelo constante ante la pérdida de su madre los que llevaron a Barthes a dejar escrito su duelo. De hecho, él mismo habla sobre cómo la escritura le permitió a trabajar el duelo:

«Transformo el trabajo’, en sentido analítico (trabajo del duelo, del sueño) en trabajoreal, de escritura. El motivo: el trabajopor el cual (digamos) salimos de las grandes crisis (amor, duelo), no debe ser liquidado precipitadamente; para mí no es realizable, sino a través de la escritura».

Para Barthes, la única forma de trabajar el duelo es a través de la escritura. La escritura, según Barthes, es la forma de ligarse a los otros y de hablarles. Es también la forma de hacer hablar algo de él mismo. Es por esto que Barthes encontró en la escritura, en las páginas de su Diario, la forma de expresar su relación con la ausencia de su madre, la forma de expresar su duelo. A este respecto escribe: «Mi duelo es por la relación amorosa, no por la forma en que está organizada mi vida. Me llega a través de las palabras (de amor) que me vienen a la cabeza».

Para Freud, la creación literaria es también una forma de expresión del inconsciente. En El poeta y la fantasía escribe que es de «una fuerte experiencia previa, casi siempre de la infancia, de la que emana ahora el deseo de crear su realización en la obra poética». Esto lo podemos ver a lo largo del Diario de duelo de Barthes. Y es que existen muchos ejemplos en los que expresa, en forma de asociación libre, su duelo: «Desde que murió mamá, no he tenido ningún deseo de construir nada, excepto escribir. ¿Por qué no? Literatura = la única región de la nobleza (como era mamá)».

Curiosamente, la escritura es lo que permite esa relación entre la nobleza de la literatura y la nobleza de su madre, un espacio en el que Barthes puede expresar su duelo a lo largo de los meses. A pesar de todo, los meses pasan y el sufrimiento de Barthes no disminuye. En el Diario, él se cuestiona este hecho y se pregunta por qué el dolor no disminuye. Incluso un año después de la muerte de su madre, la presencia constante del sufrimiento vuelve a ser su cuestión prioritaria: «Comprendo que tendré que acostumbrarme a estar naturalmente en esta soledad, actuando, trabajando, acompañado, pegado, por la ‘presencia de la ausencia’».

Los síntomas del duelo

¿Qué síntomas provoca el trauma de la pérdida? Barthes habla de un sufrimiento constante que le impide realizar sus actividades diarias, salvo la escritura. Pero podemos también leer en sus páginas una serie de síntomas histéricos (corporales) que Barthes relaciona directamente con su madre: «Desde la muerte de mamá, [padezco] una especie de fragilidad digestiva, como si me hubiera afectado donde ella más me cuidaba: la comida (aunque hacía meses que no la preparaba ella misma)».

Madre, alimento y fragilidad digestiva. Es frecuente que los eventos traumáticos se expresen en el cuerpo. El cuerpo se convierte en el campo a través del cual —por asociación inconsciente— el trauma se expresa: el cuerpo nunca dejará de estar ligado al trauma.

El duelo a Barthes le impide realizar multitud de tareas —como decíamos—, excepto escribir. La forma de relacionarse con su madre (o mejor: con su ausencia) será a través de la escritura, pero no solo en su Diario, sino también en sus escritos futuros. Dice Allouch a este respecto:

«No se trata de recobrar un objeto o una relación con un objeto, no se trata de restaurar el goce de un objeto en su factura particular, se trata de un trastorno en la relación de objeto, de la producción de una nueva figura de relación de objeto».

La relación con la escritura estará siempre marcada por un antes y un después de la muerte de su madre, es decir, su trabajo de escritor será también su trabajo de duelo. Barthes lo sabía, en él había una tristeza continua, pero que resulta soportable. Soportable, eso sí, gracias a la escritura, pues sin la escritura no hubiera podido sobrellevar la pérdida. Barthes encontró en la escritura la forma de continuar su vida, de sobrellevar el trauma, de habitar la ausencia: «La depresión llegará cuando, desde lo más profundo del dolor, ni siquiera sea capaz de aferrarme a lo que escribo».

Es frecuente que los eventos traumáticos se expresen en el cuerpo. El cuerpo se convierte en el campo a través del cual —por asociación inconsciente— el trauma se expresa: el cuerpo nunca dejará de estar ligado al trauma

Una última palabra: Derrida sobre Barthes

«No puedo recordar cuándo fue que leí o escuché su nombre por primera vez, y cómo él se convirtió en uno para mí».
Jacques Derrida, Cada vez única, el fin del mundo

Puede ser que la forma en que Barthes se convirtió en uno para Derrida se escape por temas del inconsciente. Derrida sabía que no es posible amar al otro como amigo sin la posibilidad de seguir amándolo una vez ausente. En Políticas de la amistad, leemos: «No podría amar la amistad sin comprometerme, sin sentirme comprometido de antemano a amar al otro más allá de la muerte. Más allá de la vida. Me siento —de antemano, antes de cualquier contrato— inclinado a amar al otro muerto».

¿Qué provoca que un escritor como Derrida escriba un libro entero sobre el duelo ante la pérdida de sus amigos? Derrida ofrece más de 50 páginas a su amigo Barthes, pero no solamente a él, sino también a los muertos de Barthes, a la madre de Barthes: «Me gusta pensar en Roland Barthes ahora, mientras atravieso la tristeza, la mía de hoy y la que siempre creí percibir en él». Con estas palabras, Derrida escribe y demuestra que se identifica con aquel sufrimiento de su amigo Barthes.

Derrida habló de los muertos de Barthes, de su madre, que habita su escritura: «Lo que he perdido no es una figura (Madre), sino un ser; y no un ser, sino una cualidad (un alma): no lo indispensable, sino lo insustituible». No es el ser lo que se pierde, sino su cualidad, ese imaginario que habita el pensamiento, esa alma en calidad de imaginario que estará siempre presente.

El cuerpo está ausente, pero la cualidad, el alma o el imaginario se quedan. La persona en duelo —no solamente Barthes con su Diario o Derrida en su libro, sino todos nosotros— debemos cohabitar con nuestros muertos, con la forma que toman sus ausencias.

Aunque Derrida escribiese algunos libros para abordar el tema de la muerte, nunca pensó en escribir sobre su propio duelo, sobre la muerte de sus amigos:

«Pero lo que me parecía imposible, indecente, injustificable, lo que durante mucho tiempo, de forma más o menos secreta y resuelta, me había prometido no hacer nunca (por una cuestión de rigor, de fidelidad, si se quiere, y porque esta vez es demasiado grave), era escribir sobre la muerte, con ocasión de la muerte, a modo de celebración, de homenaje, escritos en memoria de los que habrían sido mis amigos en vida».

En esta ocasión de la muerte, de la muerte de su amigo, Derrida no hace sino escribir de una forma diferente sobre el duelo, una forma de dar testimonio del dolor y la tristeza, testimonio de su propio duelo. Con esto, Derrida confirma que la escritura es una forma de elaborar el duelo.

Sobre el autor

Osmar Uriel Ramírez Gómez nació el 14 de septiembre de 1992 en Irapuato, México. Estudió Psicología en el instituto Irapuato. Realizó un máster en Filosofía en la Universidad de París 8, también llamada Université de Vincennes à Saint-Denis. Actualmente realiza el doctorado en Filosofía en la misma universidad.

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