«Gozad de la vida, que es poca cosa, esperando la muerte, que es nada»
Voltaire, Carta a Madame du Deffand
Terapia de choque
Platón incluyó el valor o andreía entre las cuatro virtudes cardinales; Epicuro y Lucrecio concibieron su filosofía como un combate contra la potencia anhedónica de la ansiedad y el temor; Diógenes, Crates e Hiparquia basaron el acceso a la libertad, entendida como magna virtus, en la superación del miedo al deshonor y a la pobreza; Erasmo, príncipe de los humanistas, luchó tanto contra la industria del miedo instituida por la Iglesia medieval, como contra las fantasías dogmáticas de la teología, que crean monstruos; Spinoza lo consideró como la más tristes de las pasiones tristes; los Ilustrados fundaron su proyecto de emancipación en la capacidad iluminadora del conocimiento y la razón para calmar los terrores provocados por nuestra minoría de edad autoculpable; Nietzsche consideró, en La ciencia jovial, que, para vivir una existencia gozosa, es necesario «vivir peligrosamente»; Heidegger estableció que el requisito fundamental para acceder a una existencia auténtica era aprender a lidiar con la angustia (como la que debía sentir su maestro Husserl en aquellos momentos); Hannah Arendt prefirió hablar del coraje de la creación, o natalidad; y más recientemente Nussbaum se las ha visto con La monarquía del miedo, algunos de cuyos tentáculos son la vergüenza, el asco o la ira. Y aun así, los historiadores de la filosofía apenas se han ocupado de esta cuestión.
Según Jean Delumeau, autor de un libro ya clásico, titulado El miedo en Occidente (1978), la razón oculta de dicha desatención podría ser ideológica. Al fin y al cabo, la idea de que los hombres, los nobles y los europeos eran más valientes que las mujeres, los plebeyos y los no europeos funcionó, durante varios siglos, como una de las justificaciones fundamentales del supuesto derecho de los primeros a mandar sobre los segundos.
Primero, uno de los pilares del poder patriarcal será el tópico misógino de que las mujeres son cobardes, de modo que necesitaban ser protegidas y controladas, siempre «por su bien». Fray Luis de León dirá, en La perfecta casada: «Son pusilánimes las mujeres de su cosecha, y poco inclinadas a las cosas que son de valor, si no las alientan a ellas». Segundo, el poder nobiliario se basa en el prejuicio aristocrático de que, como dice Virgilio en la Eneida, «el miedo es la prueba de un bajo nacimiento».
«Necio y villano temor», repetirá mil quinientos años después Tirso de Molina en su Don Juan. De hecho, muchos explican la eclosión de la novela caballeresca, en pleno siglo XVI, como la estrategia, desesperada o nostálgica, que halló la clase nobiliaria para justificar su importancia social, en un momento en el que se veía amenazada por la invención de las armas de fuego y el auge de la burguesía. Además, desde los primeros compases del colonialismo moderno, los no-europeos fueron representados como seres ingenuos y asustadizos, fáciles de conquistar y de civilizar, esto es, de someter. «Cobardes a maravilla», llama Colón a los indios taínos en su Carta a Luis de Santángel, de 1493.
Por todo ello, tratar el miedo como una experiencia universal y presentar el valor como una virtud accesible para todos resultaba un ataque en la línea de flotación del poder aristocrático, patriarcal y colonial. Y comprensible que la historia oficial y el pensamiento dominante no quisiesen tratar dicho tema de una forma seria y sistemática, e intentasen, a su vez, invisibilizar las escuelas de pensamiento que trataban de luchar contra él.
En Una filosofía del miedo (Anagrama, 2022) traté de presentar los cuatro grandes frentes de esta guerra contra el miedo:
- El del conocimiento, donde el estudio de la naturaleza, el uso de la razón y la aceptación tranquila de nuestra ignorancia deberían revertir las ansiedades y fantasías que el miedo nos inflige.
- El de la ontología, donde la asunción de un enfoque realista y la frecuentación gozosa de la variedad del mundo contrarrestarían las tentaciones del idealismo y el nihilismo.
- El de la ética, donde el hedonismo epicúreo o la alegría spinoziana se opondrían a la anhedonia impotente y egoísta del terror.
- Y el de la política, donde la restauración de un lazo social democrático bloquearía las fantasías compensatorias que nos inoculan los mercaderes del miedo.
Todo ello con el objetivo de crear un valor común que haga a todos los ciudadanos dignos de gobernar y de gobernarse. Pero el objetivo de estas páginas no es volver a tratar esas cuestiones, sino esbozar una historia de esta lucha.
Los historiadores de la filosofía apenas se han ocupado del tema del miedo. Según Jean Delumeau, autor de un libro clásico titulado El miedo en Occidente, la razón oculta de dicha desatención podría ser ideológica
Lucharemos a la sombra
En el imaginario clásico, los espartanos constituían el arquetipo del valor militar. Plutarco celebró su coraje al menos en tres de sus Moralia. En Antiguas costumbres de los espartanos se recoge la célebre anécdota según la cual, antes de la batalla de Salamina, Leónidas exhortó a sus soldados a desayunar como si fueran a cenar en el Hades. Y cuando alguien afirmó que durante la batalla las flechas de los persas serían tan abundantes que ocultarían el sol, él mismo exclamó: «Será, ciertamente, agradable, si luchamos a la sombra contra ellos». Por su parte, Agis decía que «los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde están», y que solo se podía permanecer libre «despreciando a la muerte». Y cuando alguien preguntó por qué los espartanos luchaban con espadas cortas, Antálcidas respondió: «Porque luchamos cerca de los enemigos».














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