Durante las últimas décadas, con Internet como caldo de cultivo, han aparecido multitud de grupúsculos digitales, sectas o movimientos negacionistas que tienen en común el rechazo a la ciencia hegemónica. La respuesta típica a tales maremotos digitales consiste en inundar de descrédito sus pensamientos, etiquetándolos como irracionales, afirmando que constituyen pensamientos que ni siquiera resultan aptos para un debate medianamente serio.
Pero ¿y si los negacionistas de la ciencia mostraran un colapso de la propia ciencia? ¿Qué pueden decirnos de nuestra sociedad científica?
Este es el punto de partida del libro de Daniel Innerarity La sociedad del desconocimiento, editado por Galaxia Gutenberg. Bajo un marco profundamente hegeliano, Innerarity parte de la premisa de que los negacionistas no son un afuera de la racionalidad (¿o acaso no argumentan?, ¿o acaso no sospechan?, ¿o acaso no deducen?), sino la antítesis del pleno desarrollo (todopoderoso y mesiánico, a veces mareantemente ubicuo) de la racionalidad científica en nuestra época.
El ansia de verdad
El libro es la búsqueda de una resolución dialéctica a una sociedad del desconocimiento, una sociedad que elimine el ansia de verdad que detectó Nietzsche hace casi doscientos años, pero sin caer en el escepticismo científico. Una sociedad que deje de rezar a una verdad transparente, clara, que todo lo puede y todo lo sabe, mientras sucumbe a la neurosis de una ciencia que, cada vez más, incorpora la incertidumbre como parte fundamental de su saber. Los negacionistas señalan, precisamente, esta argumentación esquizoide.
El rigor y profundidad de la síntesis dialéctica de Innerarity, que se desinfla a partir de la segunda mitad del libro, se centra en mostrar la cara oculta de la ciencia para, de esta manera, superar la tensión entre los negacionistas y el cientifismo. La ciencia no es exactitud, no es pronóstico seguro. No podemos aferrarnos a ella como sostén de nuestra incertidumbre. La ciencia cartografía, dibuja futuros posibles, y es, sin duda alguna, el mejor elemento de navegación. Sin embargo, no podemos evitar nuestra libertad entregándonos arrodillados al apóstol probeta, pues por muchos caminos que dibuje la ciencia, siempre nos quedará, bien lo sabía Machado, andar a nosotros el camino.
La ciencia no es exactitud, no es pronóstico seguro. No podemos aferrarnos a ella como sostén de nuestra incertidumbre
La ciencia ha ocupado el trono de Dios
Por este mismo motivo, el libro también es un aviso para navegantes de las agitadas aguas del parlamento. La ciencia ha ocupado el trono de Dios, y de aquellos barros estos lodos. El medieval sueño teocrático de un poder legitimado por obra y gracia de Dios ha devenido epistemocracia, nos dice Innerarity.
En la epistemocracia, la política se entiende como un estado subdesarrollado de la ciencia. Habrá algún día, clama esta nueva esperanza, en que los datos y la ciencia sepan decirnos qué hacer, y entonces no hará falta discutir. Pero esto, sostiene el autor, es una fantasía neurótica heredada del más rancio cientifismo.
La ciencia no es solo luz, la verdad no es solo predicción. No siempre hay claridad, no siempre hay exactitud. Y no porque la ciencia se encuentre aún en un estado demasiado embrionario, sino porque, cuando excavamos en el corazón de la ciencia, vemos que la sangre de la ciencia siempre arrastra, y no podría ser de otra forma, un porcentaje de incertidumbre.
Así todo, y por resumir la tesis del autor, el objetivo de nuestra sociedad no debe ser aumentar el conocimiento, sino aprender a gestionar la incertidumbre inherente a todo conocer. No excluir a los terraplanistas como irracionales; más bien examinar qué de irracional hay en nuestra creencia de que la ciencia todo lo puede conocer.
*Este artículo se publicó originalmente en el número 2 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.
Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.

















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