«El capital», la obra más influyente de filosofía económica

«El capital» es la obra en la que Karl Marx refutó la economía política del momento, además de proponer un nuevo modelo económico y de transformación social con influencia hasta nuestros días. Imagen extraída de Free SVG, de dominio público (CC 0 1.0).
«El capital» es la obra en la que Karl Marx refutó la economía política del momento, además de proponer un nuevo modelo económico y de transformación social con influencia hasta nuestros días. Diseño hecho a partir de imagen de Marx de Free SVG, de dominio público (CC 0 1.0).

El capital es una de las grandes obras de la historia de la filosofía y uno de los más importantes libros de economía de los últimos siglos. Publicado en 1867 (casi veinte años más tarde que El manifiesto comunista) por Karl Marx, en sus tres tomos sintetiza algunas de las conclusiones del filósofo entorno al funcionamiento del sistema económico capitalista y, sobre todo, anticipa algunas de las dinámicas que se convirtieron en predominantes en él.

Por Irene Gómez-Olano

¿Podemos decir que la actualidad de El capital está fuera de discusión? Se trata de una obra que, precisamente por su capacidad de anticipar las dinámicas del capitalismo, es ahora más actual que cuando fue escrita, porque las tendencias y categorizaciones establecidas por Marx no hicieron más que profundizarse y agudizarse.

Si, como defendía el filósofo, el laboratorio de las ciencias sociales es la realidad, El capital es una obra científica, una que ha pasado la prueba de la historia. Es una obra científica en el sentido de que sus categorías no tratan de erguirse por encima de lo real, imponiéndose sobre el mundo de manera artificial, sino que pueden ser contrastadas mediante el análisis económico. Y ha pasado la prueba de la historia precisamente por su actualidad, aunque eso no quiere decir que todos sus análisis sirvan hoy todavía, ni que algunos de sus planteamientos deban ser revisados a la luz del presente.

Problemas como el del imperialismo, la crisis ecológica en la magnitud que ha acabado alcanzando (aunque ya habló en El capital de que existía una «fractura metabólica» entre la naturaleza y la economía), la financiarización de la economía o el auge de las políticas keynesianas fueron determinantes en el desarrollo económico de los años siguientes y no llegaron a ser analizadas por Marx en esta obra.

Sin embargo, en su análisis de las categorías básicas de valor y mercancía y su predicción de cómo un determinado sistema de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo convertida en mercancía se convertiría en el sistema económico imperante, Marx se anticipó a la economía de nuestros tiempos. También ofrece claves sobre cómo combatir la dinámica de explotación que se da en él, convirtiéndose en una obra muy política.

Si, como defendía Marx, el laboratorio de las ciencias sociales es la realidad, El capital es una obra científica, una que ha pasado la prueba de la historia

Crítica de la economía política

El subtítulo de la obra (Crítica de la economía política) muestra uno de los principales objetivos de Marx con El capital: superar la disciplina de la economía política, surgida con el capitalismo. Esta disciplina, desarrollada por autores como Adam Smith, William Petty o David Ricardo, es un aporte explicativo científico sobre el origen del capitalismo que lo caracterizaban como un estadio superior de la economía y la historia humana, por encajar con la «verdadera naturaleza del hombre».

Uno de los aportes fundamentales de la obra de Marx es que desnaturaliza el capital y lo trata como una forma histórica de organización económica. En el capítulo que dedica a la acumulación originaria, Marx explica que los procesos por los cuales se da el surgimiento del capitalismo nada tienen que ver con haber alcanzado una mayor comprensión de la naturaleza humana, sino que tienen que ver con fenómenos como la expansión colonial de españoles y portugueses o los avances científicos en la Inglaterra del siglo XVII.

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Si bien la obra es una crítica a esta economía política, no por ello considera el filósofo que nada tiene que aportar esta disciplina a la reflexión en torno al capitalismo. Por ejemplo, y frente a lo que acusan visiones interesadas de la obra marxista, el autor considera que la oferta y la demanda son un factor que interviene en la economía, aunque no sea el fundamental para explicar el mercado. La visión que da Marx de la economía no es, por tanto, dogmática ni determinista.

El principal motivo que llevó a Marx a criticar la economía política fue la convicción de que la nueva clase social emergente que impugnaba el dominio de la burguesía (la clase obrera) eliminaba las condiciones en que la economía política podía ser conocimiento desprejuiciado. Ya no era la ciencia de una clase social subalterna que luchaba por emanciparse de la opresión en el feudalismo, sino una nueva clase que mediante su economía política justificaba ideológicamente su dominio.

Es decir, la primera crítica que hace Marx a la economía política podemos resumirla así: se trata de una imposición de la burguesía para justificar un nuevo orden económico en el que ella pasa de ser la clase revolucionaria a la clase contra la que es preciso hacer la revolución. La crítica a la economía política sería una forma de tratar de dar cuenta de la sociedad de forma científica.

La segunda crítica que realiza Marx a la economía política es la que se refiere a que el capitalismo es un punto de llegada de la historia. Para el autor, la historia no es una curva ascendente de progreso que haya llegado a un cénit, sino que todos los sistemas son transitorios, e igual que tienen un comienzo pueden tener un fin. Este fin puede ser progresivo, en el sentido de que se establezca un orden social mejor, o regresivo. Pero, de todas formas, todos los sistemas económicos están condenados a perecer.

En tercer lugar, para la economía política, el «fracaso» que sufren algunos individuos y naciones en el capitalismo es considerado como un defecto de ellos, porque no saben adaptarse a la lógica del nuevo sistema económico. Marx muestra cómo ese supuesto fracaso tiene que ver con que el sistema económico excluye por sistema a una parte de la población y de los pueblos mediante la explotación, necesitando que haya ganadores y perdedores.

Uno de los aportes fundamentales de la obra de Marx es que desnaturaliza el capital y lo trata como una forma histórica de organización económica

El capital es un nuevo ejercicio metodológico

Su contenido no solo supuso una revolución en el pensamiento económico. La obra es también un nuevo ejercicio metodológico en economía que se basa en la dialéctica de Hegel.

En un texto que vio la luz fallecido Marx, pero cuya redacción es previa a la de El capital, el filósofo planteó que su método era el ascenso de lo abstracto a lo concreto. En este texto, titulado Elementos para la crítica de la economía política, defendió que el capitalismo es una totalidad; un sistema de capas interconectadas unas con otras, que hace que los análisis no puedan ser entendidos si no se reconstruyen por sus elementos, previamente descompuestos en el análisis.

Marx señala que «lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones». Esto hace que las definiciones que hace Marx no son ladrillos con los que hacer una casa, sino categorías que se construyen a medida que lo hacen las demás. Las definiciones que da no son de diccionario, sino dialécticas; crecen y se construyen en interconexión con el resto.

La idea de fondo es la distinción entre la esencia y la apariencia. No solo trata el autor de ir más allá de lo que las cosas parecen a simple vista para encontrar algo así como su «ser», sino que también se trata de descubrir por qué las cosas aparecen como lo hacen, desvelando así la trampa que conllevan.

Veamos algunas de las ideas clave que planteó Marx para la comprensión de este nuevo sistema económico. Ideas que podían estar presentes en menor medida en las economías anteriores, pero que se vuelven onmipresentes en el modelo actual.

La mercancía como categoría clave

Sin duda, uno de los conceptos clave de El capital es la noción de mercancía. Para acercarse a ella, Marx comienza considerando que, en el modo de producción específicamente capitalista, lo novedoso es que la riqueza aparezca como un cúmulo de mercancías. Pero esto encierra una contradicción, porque la naturaleza misma de la mercancía no es la de ser acumulada, sino la de ser intercambiada. Mercancía es, por tanto, aquello que está en un mercado para ser intercambiado. Aquel que tiene una mercancía no tiene intención de usarla, sino de cambiarla por otra cosa.

La mercancía, dice Marx, es aquello que satisface una cierta necesidad, se presenta en una cierta cantidad y tiene unas ciertas propiedades. Todo ello hace que tenga valor de uso, que es otra de las categorías claves de Marx. Pero también tiene un valor de cambio que viene dado por el trabajo que ha sido necesario para producirla. Es algo así, defiende el autor, como una materialización del trabajo social y se da necesariamente en un intercambio de compra-venta.

La idea de fondo es la distinción entre la esencia y la apariencia. No solo trata el autor de ir más allá de lo que las cosas parecen a simple vista para encontrar algo así como su «ser», sino que también se trata de descubrir por qué las cosas aparecen como lo hacen, desvelando así la trampa que conllevan

Valor, valor de uso y valor de cambio

Una de las primeras preguntas que se hace Marx en el capítulo 1 del Tomo I de El capital tiene que ver con el origen y la naturaleza del valor. Por ello, el autor distingue entre dos tipos de valor que pasa a analizar por separado: valor de uso y valor de cambio.

Toda mercancía satisface una determinada necesidad (por ejemplo, el alimento, o la ropa, o los muebles son mercancías en ese sentido). El valor de uso es precisamente el que le damos a la mercancía por la utilización que pretendemos darle. Puede ser que el valor de uso de una mercancía sea su utilización para una producción posterior, si se trata de una pieza mecánica que formará parte de un automóvil, por ejemplo.

Sin embargo, hay otro tipo de valor y es aquel que tiene relación con la equivalencia que tiene una mercancía con otras en el mercado. Para analizar esto, Marx imagina un mercado en el que todavía no ha aparecido el dinero. En este caso, una mercancía en una cierta cantidad se intercambia por otras en otra cantidad para satisfacer las necesidades de ambos productores de mercancía.

La equivalencia entre mercancías (que diez tomates equivalgan a un pollo, por ejemplo) no es arbitraria, sino que se establece con una sorprendente regularidad, solo alterada en casos excepcionales. Este elemento es fundamental, porque si el motivo de que intercambiáramos en mayor o menor medida las mercancías fuera solamente la ley de oferta y la demanda la relación sería mucho más inestable. La pregunta que se hace Marx es cuál es el contenido de esa relación de equivalencia y por qué se expresa, en resumen, en esa forma equivalente.

Marx alcanza la conclusión de que el valor de cambio es la expresión del propio valor. Es decir, que al uso que le damos a las cosas no solemos considerarlo «valor», pero sí a la relación de equivalencia que esta establece con otras en el mercado.

Sin embargo, mientras que está claro qué determina el valor de uso (la cantidad, propiedades y utilidad de los objetos para las personas), no es tan evidente qué determina el valor de cambio. Desde luego, el valor de cambio no se puede tocar, oler ni ver a simple vista. No está en el cuerpo de la mercancía.

Debemos abstraernos a un nivel anterior. Es mediante esta abstracción que Marx se da cuenta de que lo que tienen en común las mercancías es que todas son fruto del trabajo social. Independientemente de qué tipo de trabajo sea, si es fácil, difícil, físico o intelectual, todos los objetos que entran al mercado son fruto de algún trabajo humano.

Aquí llegamos al corazón de la teoría del valor: cuando determinamos que dos mercancías tienen el mismo valor es porque requieren un tiempo de trabajo medio similar. Es un tiempo medio: el productor no puede «cobrar» el tiempo exacto de horas que ha llevado la producción de un objeto, puede cobrar el tiempo medio que se tarda en hacer una mercancía semejante. Si él tarda más, obtendrá menos beneficio. Y si tarda menos, obtendrá más.

Esto se opone a todas las teorías que surgen de la economía política en torno al valor, que lo consideran un fruto del deseo subjetivo. El valor no es, dice Marx, lo que «valoramos» o deseamos subjetivamente algo, o habría objetos como los móviles, que costarían mucho más dinero del que cuestan. Sin embargo, ese deseo subjetivo puede jugar puntual o regularmente algún papel en el valor, sin ser su clave. La clave es el trabajo socialmente necesario inserto en el producto.

Agrega Marx que todo el razonamiento en torno al valor tiene excepciones, como que la naturaleza tiene valor de uso pero no ser valor porque no está producida por nadie. Esto es así porque se produce una apropiación de la tierra generando un valor ilusorio.

Marx alcanza la conclusión de que el valor de cambio es la expresión del propio valor. Es decir, que al uso que le damos a las cosas no solemos considerarlo «valor», pero sí a la relación de equivalencia que esta establece con otras en el mercado

Las fuerzas productivas y su desarrollo

Si el valor viene determinado por la cantidad de tiempo que se tarda de promedio en una sociedad en producir una mercancía, entonces algo clave para el productor es tender siempre a producir más en menos tiempo, para estar por debajo de ese promedio y tener mayores beneficios. A la capacidad de producir algo en más o menos tiempo es a lo que Marx denomina fuerza productiva del trabajo social.

Un aumento de la fuerza productiva será aquella disminución del tiempo medio necesario para producir algo. En general, las fuerzas productivas tienden a desarrollarse, pero hay momentos en que se producen retrocesos (porque todo un país entre en crisis y no haya acceso a maquinaria más moderna, por ejemplo).

La fuerza productiva depende de muchas cosas: la destreza de los trabajadores, el nivel de desarrollo de la tecnología, la coordinación social de la producción, las condiciones naturales… Esto es así porque el trabajo social produce la mercancía y genera valor en base a algo material: las posibilidades humanas y naturales.

La naturaleza, en este esquema, no es algo «externo» a la economía, como sí lo es para la economía política, sino la base del proceso económico. Por este motivo, autores como John Bellamy Foster consideran que Marx es un pensador profundamente ecológico. Otros, como el filósofo Manuel Sacristán consideran que, si bien su pensamiento no era tan profundo, sí encontramos atisbos ecológicos en El capital.

El valor requiere de clases sociales

Marx señala que es el mismo proceso de ir generando valores de uso lo que va produciendo, mediante el gasto de trabajo, valor de cambio. Esto supone que ha de haber una división social del trabajo concreta y distinta a la que se daba en el feudalismo. La división de clases se da entre productores independientes que se relacionan entre sí solamente mediante las mercancías.

Por poner un ejemplo, si un productor hace queso y necesita frutas, en principio le da lo mismo que el productor de frutas sea su amigo o que si quiera le caiga bien. Tampoco es necesario que se conozcan siquiera, porque la relación entre ellos se dará meramente en el mercado, en el que intercambiarán queso por frutas.

El trabajo se vuelve invisible en la mercancía (forma parte de su esencia, pero no de su apariencia), porque cuando la mercancía está en el mercado, el trabajo necesario para producirla ya ha acabado. Además, Marx señala que el valor no existe en el vacío. De hecho, no existe en ningún sitio que no sea en la materialización de la compra-venta. Uno puede suponer que una mercancía vale tanto, pero esa mercancía no vale, efectivamente, esa cierta cantidad, hasta que no se efectúa su intercambio.

Y surge el dinero

Sin embargo, sabemos que el intercambio de mercancías no se da en el mercado en forma de trueque, sino mediante el dinero. Esto es así porque, en la relación de equivalencias de la mercancía, una parte del proceso sucede a espaldas de los productores y consumidores. Es decir, yo no sé cuántas horas de trabajo lleva la mercancía que estoy comprando, solo sé que vale tanto y que eso equivale a tantas mercancías de las que yo vendo.

Marx extiende el análisis hacia la cuestión del dinero, que es el garante de que se establezca un sistema consolidado de relaciones entre mercancías. Y es que todas las mercancías expresan su valor entre sí como múltiples equivalentes que a la vez equivalen a una cierta mercancía que sirve de medida de todas ellas.

Esta mercancía se toma como medida de las demás por sus características concretas: la facilidad o no de su producción, su escasez, su fácil transportabilidad… Es así como los metales preciosos acaban siendo la mercancía en que todo lo demás puede hacer equivaler su valor. Estas mercancías son lo que Marx llamaba el equivalente general.

La mercancía que se ha convertido en equivalente general deriva en el precio de las mercancías y da lugar a lo que Marx llamaba forma general del valor. Se da el caso de que el valor de uso de la mercancía que se utiliza como dinero es solamente ese: servir como dinero. Y ese dinero, a su vez, expresa el valor de cambio de todas las mercancías; es decir, el trabajo invisible en ellas que cuesta producirlas.

Marx señala que es el mismo proceso de ir generando valores de uso lo que va produciendo, mediante el gasto de trabajo, valor de cambio. Esto supone que ha de haber una división social del trabajo concreta y distinta a la que se daba en el feudalismo. La división de clases se da entre productores independientes que se relacionan entre sí solamente mediante las mercancías

El fetichismo de la mercancía

La tendencia, señalaba el autor, era a una sociedad dominada cada vez más por la relación entre mercancías sobre otras posibles formas de organización social. Hoy vemos que Marx acertó de lleno: hay unos 2 700 millones de trabajadores en el mundo, lo que supone más de un 30 % de la población mundial, una cifra enorme. En tiempos de Marx, el proletariado era una clase emergente y marginal en términos porcentuales.

En esta sociedad dominada por la relación mercantil, las relaciones entre las personas se parecen a relaciones entre objetos intercambiables entre sí (la idea de que ningún trabajador es imprescindible porque el trabajo no consiste en una cierta subjetividad, sino en la repetición de unos ciertos patrones continuamente).

Esto es así porque las personas se relacionan, principalmente, mediante el mercado. Se trata de algo que tenemos completamente naturalizado, pero pensémoslo un momento: ¿qué sentido tiene que yo le compre el pan a diario a alguien cuyo nombre no conozco? ¿En base a qué establecemos las relaciones entre las miles de personas con las que compartimos a diario el trabajo, el ocio y el transporte público si no es por una relación mercantil donde algunos nos ofrecen valor de uso que necesitamos para vivir?

Se genera un cierto carácter místico de las mercancías, que sirven de vehículo para relacionarnos con los demás sin saber muy bien en base a qué lo hacen (el trabajo socialmente incorporado que tienen). Esto es lo que Marx denomina fetichismo de la mercancía. La relación de valor borra este trabajo y la economía política burguesa se encarga de obviar esa dimensión social fundamental para ocultar el carácter de clase de las relaciones sociales.

Cuando se introduce la dimensión del precio, el fetichismo alcanza su máximo punto porque se considera que la mercancía dineraria (el oro o la plata) es la que baña de valor al resto de las mercancías, y no el trabajo que cuesta producirlas. Además, se oculta que el oro es una mercancía más, pero cuyo valor de uso es el de servir de referencia en el intercambio.

El capital está irrevocablemente encaminado a generar crisis

Tal y como Marx explica, el papel social del dinero es múltiple. Esto hace que no solo sirva como mercancía dineraria, para efectuar los intercambios, sino que se produzca eventualmente un atesoramiento. Desde el punto de vista global, carece de sentido acumular una mercancía que existe para servir al intercambio, pero en tanto mercancía que puede transformarse en cualquier cosa, genera un cierto tipo de poder entre quienes la poseen que hace que los propietarios tiendan a acumularla.

Acumular dinero es sacar dinero del mercado. Y, por tanto, afectar a su disponibilidad. Esto aumenta la posibilidad de crisis en el sistema económico. Si a esto sumamos la función del dinero que Marx denomina «dinero como medio de pago», es decir, la que genera una relación jurídica entre el deudor de una cierta cantidad y su acreedor porque primero se concreta la operación de compra y venta y, más tarde, el pago, las posibilidades de crisis crecen.

La relación entre deudores y acreedores precede al capitalismo (Marx señala que fue clave en la Roma Imperial), pero sobre la base de la circulación de mercancías adquiere una dimensión fundamental, apareciendo el dinero de crédito y todo un sistema de compensación de pagos y deudas que complejiza el fenómeno del dinero y que es clave en la creación de un crédito como forma de creación del dinero desvinculada de la mercancía.

Se producen así crisis de liquidez periódicas, cuando no pueden compensarse cobros y pagos y se rompen la cadena de pagos y la solvencia empresarial. Para Marx, estas crisis no son una excepción al sistema, sino que se producen continuamente debido a sus contradicciones internas.

Se genera un cierto carácter místico de las mercancías, que sirven de vehículo para relacionarnos con los demás sin saber muy bien en base a qué lo hacen (el trabajo socialmente incorporado que tienen). Esto es lo que Marx denomina fetichismo de la mercancía

El secreto está en la explotación

Si bien el mercado funciona de forma que se introduce una mercancía en él, se cambia por dinero y ese dinero, eventualmente, es intercambiado por otra mercancía, existe otro proceso posible. Es aquel en el que no se parte de una mercancía sino del propio dinero, que es invertido en mercancías para que estas generen más dinero.

Este es el caso de un empresario que compre determinados productos que manufacturará de algún modo para devolverlos al mercado, pero con un valor aumentado y recibiendo más dinero del que pagó por ellos. Marx se pregunta cómo es posible aumentar así el valor de la mercancía si se sigue la ley de intercambio de equivalentes (porque el valor de la mercancía viene dado por el trabajo integrado en su producción).

Marx cuestiona el planteamiento de la economía política tradicional, que achaca este incremento a la pericia empresarial de comprar barato y vender caro. Pero no puede surgir este tipo de defraudación colectiva, porque al defraudar al vender acaba uno encontrándose con fraude en la compra, ya que se afecta el valor promedio de las mercancías en el mercado.

Lo que Marx desvela (y de aquí la originalidad de su planteamiento) es que hay una mercancía especial, que actúa generando valor y esa es la fuerza de trabajo. Es decir, no solo es la base del valor de las mercancías, sino que también es la clave del beneficio empresarial que genera el beneficio capitalista.

El secreto del beneficio de los capitalistas es que el trabajador acude al mercado dispuesto a vender su fuerza de trabajo como una mercancía más, para sobrevivir. Al ponerla al servicio de otro, se genera una plusvalía en la mercancía que produce, de la que surge el beneficio capitalista. Esto es así porque el trabajador no percibe el la riqueza que produce, solo una mínima parte, que es la que necesita para volver a estar disponible para trabajar al día siguiente en unas condiciones medianamente aceptables (habiendo comido, dormido, y habiéndose vestido, más otras necesidades propias de cada momento o época).

A esto es a lo que denomina Marx explotación. No es un término moral que refiera a las condiciones específicas en las que se da el trabajo, sino que refiere al trabajo mismo entendido como proceso por el cual el capitalista le roba la plusvalía a los trabajadores que la generan.

Es por eso, defiende, que no se puede acabar con el sistema capitalista a través de pequeñas reformas y de mejoras en las condiciones laborales, aunque la lucha por estas mejoras sea importante. La única manera de acabar con un sistema que genera explotación y miseria es, para el autor, acabar con la misma relación de clases entre trabajadores y capitalistas expropiando los medios con los que cuentan (conocidos como medios de producción) para ponerlos a funcionar bajo control obrero.

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