Ese número, 800.000, no refleja, sin embargo, la verdadera dimensión del problema, simplemente porque no puede dar cuenta fehaciente de los intentos fracasados que se ocultan tras cada realización efectiva y se estiman en 20. Tampoco es capaz de recoger esos suicidios certificados como defunciones naturales, silenciados por las familias y los allegados debido a los prejuicios sociales y religiosos que rodean la destrucción de la propia vida, o incluso debido a su penalización en las legislaciones vigentes en varios países. A esto se agrega que muchas muertes, aparentemente por razones físicas externas a la voluntad de la persona (accidentes e infartos cardíacos o cerebrales), son resultado de lentos pero inveterados procesos de autodestrucción, como ciertas drogodependencias, conectadas con el deseo de ponerse más allá de una realidad que abruma y sobrepasa. Ante semejante situación crítica, la OMS incluyó dentro de su Primer Plan de Salud Mental un documento de “Prevención del suicidio”, con el convencimiento de que la mayoría de esta clase de defunciones son evitables porque están ligadas a episodios psicóticos, depresiones severas, trastornos bipolares, esquizofrenias o al uso y abuso de drogas o alcohol.
Pero además de estos casos, cuyo tratamiento y estudio solo incumbe a la psiquiatría o a la psicología, existen otros tipos de suicidio, que no se producen empastados de subjetividad, en mentes presas de la alucinación, afectadas por su dificultad para gestionar las propias emociones y su relación con una sociedad perversa, o avergonzadas hasta el terror ante la posibilidad de afrontar el repudio o el desenlace material de un fracaso o de un fraude, atribuible solo al ejecutor, y para las cuales el recurso a la muerte, más que un autocastigo, es una reacción de huida, esta vez, ante la justicia mundana.
Asumir la responsabilidad con la propia existencia
Existen suicidios decididos desde la lucidez y la plena conciencia de la repercusión que la muerte podría causar en el ámbito familiar y social. No han de considerarse, por tanto, fruto de la alienación o del egoísmo. Tampoco implican una fuga de la vida, ya que no se ejecutan por cobardía, sino desde la serenidad y la sabiduría de quien opta –como dijo Séneca– no por escapar sino por “salir” voluntariamente de un escenario al que uno se ha visto obligado a subir sin que se le solicitara su consentimiento. Semejantes suicidios se plantean desde la asunción de la responsabilidad con la propia existencia y del compromiso con los demás, resultan coherentes con la historia de vida de quien decide realizarlos y constituyen un acto de libertad, razón por la cual muchos se vuelven heroicos y ejemplares a los ojos de quienes comparten las mismas ideas. Entre ellos pueden incluirse la eutanasia (practicada con la belleza del gesto poético que devuelve al agua primordial lo creado por dos grandes escritoras: Virginia Woolf y Alfonsina Storni), el suicidio ritual (por ejemplo, el harakiri) o el suicidio reivindicativo, que es una forma de denuncia de la represión, la esclavitud y la violencia sufrida por los más débiles (como la autoinmolación de los bonzos o de Mohamed Bouazizi, detonante de la revolución de los Jazmines en Túnez).













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