Cómo hay que vivir: la figura del referente

Un referente es aquella persona que tomamos como modelo o como ejemplo a seguir en nuestro propio camino. En la psicología popular, hay varias suposiciones erróneas en torno a esta figura. Imagen creada a partir del vector de Leremy Gan (Canva Pro).

La filosofía se caracteriza más por hacer preguntas que por encontrar respuestas, pero es posible que en la cuestión más importante de todas, la de cómo hay que vivir, hayamos puesto nuestras fuerzas más en encontrar una respuesta universal que en valorar la importancia de saber hacernos la pregunta a nosotros mismos. Hay preguntas que pueden surgir en diálogo con otros y, en el caso de la buena vida, ese otro es el referente.

Por Lucía Márquez

A lo largo de la historia, han sido numerosos los pensadores que se han dedicado a estudiar, juzgar o valorar hacia qué tiende el sujeto en la vida, a qué fin o bien es al que pretende llegar. Si este fuera el mero objetivo de todo pensador o filósofo, bastaría con señalar la figura de Aristóteles como el filósofo que dio respuesta a la incógnita de la vida del sujeto, puesto que fue él quien afirmó en Ética a Nicómaco que todas las cosas tienden hacia un bien llamado felicidad y que ser feliz es básicamente vivir bien y obrar bien.

La pregunta que reside en el fondo de ese bien hacia el que todo tiende, y que Aristóteles llamó eudaimonía, es la pregunta sobre cómo hay que vivir. Pero, como afirma Emilio Lledó en su antología En torno al «bienser», esta es una pregunta a la que no solo nos cuesta encontrar respuesta, sino que, además, no siempre sabemos hacérnosla.

Hacernos bien la pregunta sobre cómo hay que vivir

Cuando los individuos cuestionan no tanto cómo deben, sino cómo quieren vivir, necesitan la presencia de un referente que les guíe —no necesariamente a través de respuestas— para que el sujeto aprenda a hacerse cada vez mejor la pregunta, puesto que el referente posee la experiencia que al sujeto le falta y de la que se puede beneficiar para tomar sus propias decisiones. Un referente es aquella persona que tomamos como modelo o como ejemplo a seguir en nuestro propio camino.

En la psicología popular, hay varias suposiciones erróneas en torno a esta figura. La primera es que estas personas que hacen de referentes no las eligen como modelos los sujetos, sino que meramente aparecen en sus caminos siendo unos desdichados aquellos que no tienen la suerte de contar con tal aparición. Otra es que esta es una figura temporal de la que el sujeto debe desprenderse para lo que comúnmente se conoce como «volar solo», es decir, hacer su propio camino sin contar ya con dicha persona, siendo catalogado este incluso como un acto de madurez por parte del sujeto.

Sin embargo, ninguna de estas suposiciones es del todo cierta. Respecto al primer supuesto, aunque es evidente que nadie controla las personas que aparecen en el camino de su vida, lo cierto es que es tarea del sujeto valorar si quiere mantenerlas en su camino y es él quien toma la decisión de tomar a alguna de ellas como modelo a seguir. Respecto a la segunda suposición, es preciso atender a dos nociones fundamentales, la memoria y el olvido, para sostener que nunca volamos solos, porque estamos hechos de recuerdos.

La pregunta que reside en el fondo del bien hacia el que todo tiende es la cuestión de cómo hay que vivir. para el filósofo Emilio Lledó, esta es una pregunta a la que no solo nos cuesta encontrar respuesta, sino que, además, no siempre sabemos hacérnosla

Cómo hay que vivir
Ética a Nicómaco, de Aristóteles (Gredos).

El novelista Samuel Butler dijo que «la memoria y el olvido son como la vida y la muerte. Vivir es recordar y recordar es vivir. Morir es olvidar y olvidar es morir». Si somos tan siquiera capaces de volar, es decir, de hacer un camino propio atendiendo a la cuestión sobre cómo hay que vivir, es porque, como expresó Cassandra Clare en uno de los libros de su saga Cazadores de sombras, «somos todos los trozos de lo que recordamos», es decir, estamos hechos del aprendizaje de los recuerdos que hemos vivido con otras personas y la figura del referente vuela con nosotros.

En 1719, el filósofo francés Jean-Baptiste Du Bos escribió su obra Reflexiones críticas sobre la poesía y la pintura. Al inicio de la primera parte, Du Bos expone que «no se tarda mucho en rechazar como infiel un espejo en el que uno no se reconoce». Elegir un referente es elegir un espejo en el que mirarte y, además, reconocerte. Cuando el sujeto toma esa decisión, está dando el paso para conocer algo nuevo de sí mismo en el reflejo de otra persona. ¿El qué? Algo peculiar e intrapersonal que solo conoce quien lo vive.

No obstante, no se trata de un proceso mimético entre sujetos, no consiste en llegar a ser una copia del referente (como algunas personas confunden cuando toman como modelo a un miembro familiar con el único objetivo de intentar clonar su vida), sino de ver reflejado en su figura el potencial creador de uno mismo, de encontrar un sentido propio en el significado de su presencia en la vida del sujeto, de transformar una experiencia conjunta en una vivencia única.

¿Puede, además, residir en la figura del referente una prueba de que somos seres prácticos que atendemos no solo a cómo queremos vivir, sino también a nuestra praxis vital? Aristóteles sostuvo en su Ética a Nicómaco que «parece propio del hombre prudente el ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo […] para vivir bien en general». Aunque el sujeto se cuestione cómo hay que vivir en el sentido de cómo quiere realmente vivir, no puede escapar del carácter normativo que posee la vida, puesto que, si todo el mundo viviese meramente como quiere, podríamos vernos condenados al caos.

Ahora bien, ¿puede el sujeto aprender a deliberar rectamente? ¿Qué papel juega el referente en ese posible proceso de aprendizaje? Si nos preguntamos por la razón práctica del sujeto, hay que tener en cuenta que la idea de razonamiento práctico no puede separarse de la idea de virtud ni de la idea de vida buena porque están interconectadas.

Deliberar bien, obrar bien

Detrás de la razón práctica está la idea clásica de eudaimonía, porque la deliberación práctica tiene que ver con aquello que da significado a la vida y hace que esta sea valiosa, buena, que merezca la pena. Aunque suele haber divergencias con las traducciones, lo más apropiado es traducir el concepto clásico de eudaimonía por «vida buena» en lugar de por «felicidad», porque el término felicidad está cargado de connotaciones heredadas por el utilitarismo.

Asimismo, otro concepto que es necesario introducir es el de frónesis. Este suele ser traducido por prudencia, pero esto puede provocar malas interpretaciones respecto al viejo sentido clásico del término. Para Aristóteles, la frónesis es la virtud de quien sabe deliberar bien y, como sabe deliberar bien, sabrá obrar bien. Así pues, cuando hablamos de obrar bien, hay que tener en cuenta que el proceso del razonamiento práctico está relacionado con la búsqueda de la vida buena, porque es una deliberación sobre los fines que vale la pena perseguir y los medios que hay que usar para tales fines, por ende, estamos ante la urdimbre de la vida buena.

Elegir un referente es elegir un espejo en el que mirarte y, además, reconocerte. Cuando el sujeto toma esa decisión está dando el paso para conocer algo nuevo de sí mismo en el reflejo de otra persona. ¿El qué? Algo peculiar e intrapersonal que solo conoce quien lo vive

Cómo hay que vivir
Estética y teoría de las artes, de Nietzsche (Tecnos).

Ahora bien, ¿cualquiera puede deliberar bien? ¿Cuál es la clave de la deliberación? El secreto de la deliberación, de la frónesis, está en la percepción, es decir, en la aisthesis, en esa capacidad de ver qué hay en determinadas situaciones. El filósofo inglés David Wiggins, en su texto ‘La deliberación y la razón práctica’ recogido como capítulo en la obra Razonamiento práctico de Joseph Raz, dilucidó de qué se trata cuando deliberamos en la vida, exponiendo así que este es un proceso que el sujeto hace tanto en la vida cotidiana como en su trabajo si, por ejemplo, se dedica a gobernar.

La situación deliberativa es siempre la de un agente que, ante una situación concreta, se plantea qué tiene que hacer, qué debe o debería hacer para actuar bien. Pero lo realmente importante es determinar qué importa en cada situación en particular. Para ello, hay que reconocer la fisonomía de la situación, cuáles son sus rasgos característicos y qué hay de bueno o de valioso en esa situación. A veces, en este proceso también es necesaria la involucración de la imaginación o incluso de los sentimientos.

Por este motivo, Wiggins considera que la clave está en la percepción o la apreciación situacional y con ello no se refiere simplemente al hecho de que nuestros sentidos recorran la situación, sino a un proceso más complejo que nos involucra por completo, compromete nuestra percepción, nuestras emociones y nuestra reflexión, es decir, la clave está en la aisthesis.

Sin embargo, este no fue el secreto de la frónesis solo para Wiggins, sino también para Aristóteles. Quien posee la frónesis es considerado un fronimos, es decir, alguien que es capaz de reconocer en cada situación qué es lo que importa, ver en qué proporciones importan las cosas, verlas en perspectiva. Pero esto tiene un problema: si la aisthesis es el secreto de la frónesis, esta opera sin reglas y, por ende, no se puede enseñar. La frónesis aristotélica es lo que Kant llamó «juicio reflexionante», la capacidad de ver el caso que se nos presenta sin reglas previas.

En lugar de subsumir un caso bajo reglas de antemano, se trata de ver qué es lo que importa operando sin reglas. Ahora bien, hay un problema en el que Kant y Aristóteles coincidieron: la frónesis o el juicio no se puede enseñar dando reglas. La solución fue propuesta por David Ross, quien mostró que, aunque la frónesis no se puede enseñar, sí que se puede aprender tomando como ejemplo a quien es prudente a través de la experiencia. A diferencia del lenguaje, con la facultad de juzgar nos encontramos con que no todo el mundo la desarrolla o no lo hace tan bien.

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Saber elegir al referente

¿Cómo se le da a alguien la receta para ver lo más importante en cada caso? No hay forma de hacerlo. He aquí el valor de la figura del referente en la vida cotidiana y la importancia de elegir bien a quién tomar como ejemplo a seguir puesto que está en juego nuestro desarrollo como fronimos, es decir, como agentes racionales que saben deliberar bien. La figura del referente en la vida cotidiana tiene más que ver con el êthos griego que con el pathos, pero ambos son necesarios en la relación que se forja entre el sujeto y el referente.

Cómo hay que vivir
Iliada y Odisea, de Homer (La otra h).

El êthos representa la forma de ser de una persona, los rasgos personales que le caracterizan, su carácter y su comportamiento. Mientras que el pathos se asocia a las emociones, pero no solo las que el sujeto que las experimenta pueda sentir, sino también las que puede suscitar a los demás. Precisamente en este último sentido acoge el arte la relevancia del pathos como aquella emoción más íntima que contiene la obra y que es capaz de hacer nacer otra similar en quien la contempla.

Ambos términos tienen su origen en la antigua Grecia, donde eran valorados por su suma importancia en el espacio de la moral en la sociedad griega. En la vida social tuvo más repercusión el êthos en tanto que atendía a las costumbres y la predisposición para hacer el bien. El propio Aristóteles consideraba como êthos el hábito al que se llega desde la costumbre.

No obstante, el êthos ya tuvo un papel crucial en la figura del héroe de Homero en textos como la Ilíada o la Odisea, porque, aunque todavía no existía la ética como tal, en ellos ya se alumbraban los temas de mayor relevancia acerca del bien, el mal, la justicia… Podríamos decir que la primera educación moral la ofreció Homero a través del êthos en sus textos.

Si analizamos la necesidad de la figura del referente como modelo a seguir para que el sujeto pueda convertirse en un fronimos, es decir, un sujeto prudente que sepa deliberar bien en la vida, es menester prestar atención al êthos de dicha persona, no solo a su comportamiento o a su carácter, sino a su manera de atender a la fisonomía de la realidad en cada situación concreta desde su propia forma de ser, puesto que no todos los agentes racionales deliberan de igual forma.

Precisamente por esto, la relación entre un sujeto y un referente no se basa solo en el êthos, porque hay una gran cantidad de sujetos capaces de hacer el bien. Aquí entra en valor la importancia del pathos como esa emoción que se transmite del referente al sujeto y por la que este lo toma como modelo a seguir. Cuando un sujeto elige a un referente, no solo lo hace para aprender a cuestionarse cómo hay que vivir o cómo deliberar bien, sino también porque en el proceso de cuestionarse cómo quiere vivir hay algo que comparten más allá de lo normativo y que tiene que ver precisamente con una emoción que también podemos denominar pasión.

Así como las emociones se pueden transmitir a través del arte, las pasiones también circulan de unas personas a otras, llegando a interconectarlas. Es aquí donde cobra sentido el reflejo reconocedor del sujeto en el espejo creándose a sí mismo a través de la figura de su referente, conectados por una pasión nacida de una emoción que comparten internamente.

Cuando un sujeto elige a un referente, no solo lo hace para aprender a cuestionarse cómo hay que vivir o cómo deliberar bien, sino también porque hay algo que comparten más allá de lo normativo y que tiene que ver con una emoción que también podemos denominar pasión

En la selección de textos de Nietzsche, extraídos en su mayor parte de sus escritos póstumos, que reúne Agustín Izquierdo en Estética y teoría de las artes, el filósofo expone que «crear significa expulsar algo fuera de nosotros, vaciarnos algo (…) y hacernos más amantes», puesto que «crear un ser superior a lo que somos nosotros mismos es nuestra esencia. ¡Crear más allá de nosotros! Ese es el instinto de la producción, ese es el instinto de la acción y de la obra». Pero el sujeto no se crea sobre la nada, sino sobre el potencial autopoiético que posee en su interior y que puede llegar a ver a través del reflejo de la figura de su referente.

Sobre la autora

Lucía Márquez es estudiante de último curso del grado de Filosofía en la Universidad de Málaga. Escritora de microrrelatos y amante de la literatura, sus inquietudes actuales versan sobre el estudio de la figura del espectador como sujeto contemplador y como sujeto autor de manera independiente, así como el análisis de la figura del referente en la vida cotidiana.

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