Es de uso común decir que todo es un «espectáculo», que la llegada de los móviles todo lo ha desbaratado, que ya no disfrutamos nada, que antes se vivía mejor, o al menos que antes se disfrutaban las experiencias porque no estabas grabando el concierto en tu móvil para tus stories de Instagram, sino que simplemente estabas y eras, y no aparentabas. Evidentemente, algo de esta crítica es cierto, claro. Es innegable que construimos parte de nuestra identidad a través del compendio de imágenes que hay en nuestro Instagram, como también es innegable que nuestra mirada al mundo es la mirada del ojo que quiere capturar algo para subirlo después. También es cierto que todos nuestros códigos sociales (al menos los de los más jóvenes) están atravesados por lo virtual: tiempos de contestar en Whatsapp, si te meten o no en «mejores amigos», formas de compartir reels.
Ocurre que, muchas veces, esta crítica liga esta nueva realidad virtual a la crítica del espectáculo, que tiene en su hito más importante el libro La sociedad del espectáculo de Guy Debord. Pasa, sin embargo, que esta crítica es demasiado simplona para captar la radicalidad de la crítica de Debord, que desde luego no se reduce a que estamos demasiado tiempo con las pantallas, sobre todo porque en sus años esto no era un problema (no había pantallas y, aun así, había espectáculo). Y es que pocos libros de teoría crítica han sido tan citados y tan poco leídos como La sociedad del espectáculo.
Publicado en noviembre de 1967 por Buchet-Chastel, apenas medio año antes de que las asambleas de mayo tomaran las calles de París, el libro de Debord ha terminado funcionando como una especie de contraseña cultural: se invoca para denunciar la telebasura, el postureo de Instagram, la política convertida en show o el enganche masivo a TikTok, y casi siempre bajo una premisa que el propio libro se dedica a demoler en sus primeras veinte tesis.














Deja un comentario