María Lugones es conocida por haber sido una importante filósofa feminista y decolonial argentina. A propósito de la reedición de sus obras, analizamos algunos aspectos fundamentales de su pensamiento. Imagen de Mototsa, extraída de Wikimedia Commons, licencia Creative Commons (CC BY-SA 4.0).
María Lugones es conocida por haber sido una importante filósofa feminista y decolonial argentina. A propósito de la reedición de sus obras, analizamos algunos aspectos fundamentales de su pensamiento. Imagen de Mototsa, extraída de Wikimedia Commons, licencia Creative Commons (CC BY-SA 4.0).

María Lugones (1944-2020) fue una filósofa, maestra, educadora popular y pensadora feminista. Gracias a Ediciones del signo contamos con la traducción de su libro Peregrinajes: teorizar una coalición contra múltiples opresiones, un libro que reúne la mayor parte de sus ensayos.

Por Melina Alexia Varnavoglou

«Mi nombre es María Cristina —en EE. UU., simplemente María— y soy filósofa, activista ‘negra’ y lesbiana».
María Lugones

Nacida en Argentina, María Lugones se trasladó a Estados Unidos en los años 60. Dirigió el Centro de Estudios Transdisciplinarios en Filosofía, Interpretación y Cultura (CPIC), uno de los nodos de la investigación decolonial. Trazando puentes entre la academia y el activismo, fundó la Escuela Popular Norteña, una experiencia de educación comunitaria y espacio de resistencia ambiental en Valdez (Nuevo México). Su partida dejó una hendidura indeleble para la filosofía latinoamericana y los feminismos antirracistas.

La contratrama de la historia: el código colonial

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Peregrinajes: teorizar una coalición contra múltiples opresiones, de María Lugones (Ediciones del signo).

El peregrinaje de María Lugones no es fácil de seguir. Su itinerario intelectual no esconde las marcas que su propia vida de resistencia y opresión le dejaron, sino que, al contrario, se entrelazan con su manera de hacer teoría.

María Lugones nació en Los Toldos el 24 de enero de 1944. Esta pequeña localidad en plena pampa argentina debe su nombre a una toldería mapuche instalada por el jefe Ignacio Coliqueo en la segunda mitad del siglo XIX.

Cuando María Lugones era niña, esta comunidad aún era activa y muy poblada: constaba aproximadamente de 4000 habitantes. De las 16.000 hectáreas de territorio con las que contaba hoy solo quedan 900, habitadas por una veintena de familias que resistieron al destierro.

En la entrada de Wikipedia de Los Toldos, se pasan por alto estos hechos y en cambio se informa de que actualmente la comunidad se haya en proceso de «transculturación», que ya no se realizan rogativas (ritos y ceremonias) y que, tras la Conquista del Desierto, el levantamiento de los malones (tácticas militares defensivas utilizadas por los mapuches y charrúas) en defensa de sus territorios «sustrajo la posibilidad de integración entre las culturas».

Esos términos y esta forma de contar la historia de dominación de las comunidades originarias en su pueblo natal sin duda enojarían a María Lugones. Su pensamiento decolonial se erige precisamente contra esto.

Entre sus antecedentes, uno es sin duda la obra del sociólogo peruano Aníbal Quijano. En su texto Decolonialidad y poder, publicado en los 2000, este autor señaló que en Latinoamérica se había iniciado un proceso global que dividió a la población en razas: «La idea de raza, en su sentido moderno, no tiene historia conocida antes de América», afirma con una contundencia que se sustenta con un estudio etnográfico minucioso.

Para Quijano, la raza es ante todo un código. Habla mucho más de quienes lo instituyen y el uso que le dan de que qué o quiénes caen dentro de él.

«Con el tiempo, los colonizadores codificaron como color los rasgos fenotípicos de los colonizados y lo asumieron como la característica emblemática de la categoría racial. Esa codificación fue inicialmente establecida, probablemente, en el área britano-americana. Los negros eran allí no solamente los explotados más importantes, pues la parte principal de la economía reposaba en su trabajo. Eran, sobre todo, la raza colonizada más importante, ya que los indios no formaban parte de esa sociedad colonial. En consecuencia, los dominantes se llamaron a sí mismos blancos».

Es precisamente contra el colonialismo y la historia de dominación de las comunidades originarias contra los que se erige el pensamiento de María Lugones

Descodificar el género

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Género y descolonialidad, de María Lugones, Isabel Jiménez-Lucena y Madina Tlostanova (Ediciones del Signo).

María Lugones se esforzará en mostrar que a este análisis le falta la dimensión del género. A los 23 años viaja a los Estados Unidos a estudiar filosofía en la Universidad de California (UCLA). Años más tarde, se doctora en Ciencias políticas y comienza a trabajar como docente en el campo naciente de los primeros «estudios de las mujeres» (Women Studies).

Pero, como analiza María Luisa Femenías en su In memorian, rápidamente Lugones se encontrará con la necesidad profundizar en diferentes ejes ―racismo, opción sexual, clase―, lo que la llevó a diseñar un nuevo plan de estudios feministas para la universidad de Binghamton, donde continuó su carrera.

Allí conoce a Quijano. «Fue él quien se interesó en sus clases y comenzó a frecuentarlas, atraído por la diversidad de estudiantes que María cobijaba y el clima de debate permanente que ella criaba», cuenta su amiga Claudia Acuña en una entrevista1.

Fruto de sus intercambios con él, en 2006 María Lugones publica Colonialidad y género, compilado por Ediciones del signo en un libro colectivo llamado Género y descolonialidad. En este artículo, María Lugones muestra que el plan de dominación colonial no solo produce un sistema racial, sino también uno de género, de forma que las opresiones de género y raciales no «derivan» del poder colonial, sino que al contrario lo constituyen desde la base.

Según Acuña, la novedad de este texto de María Lugones es que señala que el proceso de clasificación que se inició con la brutal invasión del Norte, además de catalogar a la población mundial por raza, la dividió por sexo. Dice: «Antes no existía esa diferenciación poblacional. Ni hombres, ni mujeres: el genocidio no nos dejó siquiera palabras para nombrar qué éramos».

María Lugones defiende que el plan de dominación colonial no solo produce un sistema racial, sino también uno de género, de forma que las opresiones de género y raciales no «derivan» del poder colonial, sino que al contrario lo constituyen desde la base

Metodología de la resistencia

De una filosofía que rescate, recupere, invente nuevas palabras se tratará entonces la poiética que mueve el pensamiento de María Lugones. También el motivo que guio la idea de traducirla y publicarla. «Presentamos a nuestras filósofas, aquellas que, al igual que a nosotros y nosotras, la geopolítica del conocimiento no contempla como productoras de conocimiento», dice Gabriela Veronelli, sobrina de María, junto a los editores de este libro.

Entre los sistemas de opresión que Peregrinajes identifica se encuentran la esclavitud, la violencia sexual y el racismo. Será muy cautelosa a la hora de mostrar que incluso en estas experiencias en las que podríamos pensar que el margen de acción de quienes están siendo dominados es mínimo, la opresión no es total. O mejor dicho: no es lo único que hay.

Sostiene que entre la opresión hay resistencia; que, si estamos siendo oprimidas, en ese mismo momento estamos creando nuestras posibilidades de resistir. Utiliza la metáfora del tejido: «Si la resistencia la pensás como oposición, es un caso. Pero si la pensás como tejido, es otro. Y se teje con lo que hay».

Acompañado de los dibujos de Mildred Beltré que van hilando los capítulos, todo el libro de María Lugones se cimienta en este pequeño pero efectivo «giro epistémico» de utilizar el gerundio, atendiendo a ambos lados de la flecha en la relación tensa «resistir-oprimir». Escribe: «Si pensamos en las personas que están oprimidas como no consumadas o agotadas por la opresión y además las pensamos resistiendo o saboteando un sistema destinado a moldearlas, reducirlas, vulnerarlas o borrarlas, entonces vemos además al menos dos realidades: una tiene la lógica de la resistencia y la transformación; la otra tiene la lógica de la opresión».

Lugones sostiene que entre la opresión hay resistencia, que si estamos siendo oprimidas en ese mismo momento estamos creando nuestras posibilidades de resistir

Preguntas al marxismo

Una de las teorías de la opresión en las que se detiene es el marxismo. Sostiene que el trabajador alienado, tal como lo definen Marx y Engels, sin ningún control sobre los medios de producción, es «un ejemplo de persona sistemáticamente oprimida que no puede escapar a su opresión a través de su agencia».

Pero si esto fuera así, si solo se concibiera en su condición de alienado y desposeído, ¿qué lo animaría a tomar conciencia de su opresión y organizarse en pos de su emancipación? En resumen, ¿qué lo haría creer que eso es posible? María Lugones sostiene: «La conciencia de clase, en tanto parcialmente producida por la subjetividad proletaria, resulta misteriosa para mí. El proletario agrupándose con otros proletarios en la lucha de clases es inadmisible dentro de la lógica de la opresión de clase. No entiendo cuáles son los mecanismos subjetivos por los que se produce ese agrupamiento».

Si queremos pensar las posibilidades de liberación de un proletario, como la de cualquier oprimido, para Lugones su subjetividad no puede pensarse como determinada en un único sentido. Para ella, es absolutamente importante desde qué modelo subjetivo nos paramos para pensar la opresión, porque allí florecen o se clausuran las posibilidades efectivas de una acción emancipadora.

Escribe Lugones: «La conciencia de clase, en tanto parcialmente producida por la subjetividad proletaria, resulta misteriosa para mí. El proletario agrupándose con otros proletarios en la lucha de clases es inadmisible dentro de la lógica de la opresión de clase. No entiendo cuáles son los mecanismos subjetivos por los que se produce ese agrupamiento»

Recuperar el silogismo

Lugones retornará a Aristóteles, a quien le dedicó su tesis doctoral sobre el concepto de amistad en Ética a Nicómaco. Hará uso de sus «silogismos prácticos», definidos como «aquellos razonamientos que terminan en acción y no en otras proposiciones».

Según la definición aristotélica de esclavo, este puede obedecer o seguir órdenes, nunca producir su propio silogismo. «El amo razona, el esclavo hace», apropiándose y determinando, así, no solo lo que el esclavo produce con su acción, sino su subjetividad misma. Enriqueciéndolo con teoría feminista, María llamará a este mecanismo «percepción arrogante».

Este término vital para ella que adopta de Marilyn Frye, define el escenario donde ocurre «la arrogación de la sustancia de alguien más en función de sus propios proyectos». Para la feminista radical, el perceptor arrogante es indefectiblemente un varón. Pero María Lugones lo usará para mostrar que esta dinámica puede darse en toda relación donde el fin es «la adquisición del servicio de otros».

«Me críe en Argentina viendo varones y mujeres de sectores sociales ricos y medios acaparar la sustancia de sus sirvientes. También aprendí a acaparar la sustancia de mi madre por mi cuenta. Estaba claro para mí que tanto varones como mujeres eran víctimas de percepción arrogante, y que la percepción arrogante estaba sistemáticamente organizada para quebrar el espíritu de todas las mujeres y la mayoría de los varones».

Cuando su ejercicio es sistemático, la opresión se instala subjetivamente, minando nuestra capacidad de pensarnos como sujetos capaces de actuar diferente, según las posibilidades que no estén medidas por la voluntad e interés del perceptor arrogante.    

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Por eso, el primer paso para que esto deje de ser así es la tarea de dejar de pensarnos solo en sus términos. La base de la resistencia se tratará de recuperar nuestros silogismos, es decir, la capacidad de volver a pensarnos como fines, reconquistando un sentido de «subjetividad activa».

«Me interesa el silogismo práctico porque explica la acción o el fallo para actuar en el caso de las personas oprimidas. Me interesa la generación de intenciones, el bloqueo entre intención y acción y la producción de lo que llamaré silogismos «subordinados» o «serviles». También estoy interesada en las finalidades abiertas de las personas oprimidas que actúan en términos de silogismos prácticos adecuados según el contexto y bagaje o los contextos y bagajes con los que actúan».

Nuestras agencias pueden ser muy limitantes, o incluso, destructivas y aniquilantes, pero eso no define la totalidad de nuestro mundo. Agrega que «las finalidades de las personas oprimidas son abiertas, porque el ser no está unificado, sino que es plural».

Por esto, la teoría de la opresión de María Lugones hay que comprenderla de la mano el pluralismo ontológico, que es el paradigma de admitir que «todos los diferentes niveles de realidad se mantienen reales». Que podemos reír llorando, resistir estando oprimidos, o como ya lo definía Aristóteles, que «el ser se dice de muchas maneras».

La base de la resistencia se tratará de recuperar nuestros silogismos, es decir, la capacidad de volver a pensarnos como fines, reconquistando un sentido de «subjetividad activa»

La táctica, la estratega: una teorización callejera

Hoy por hoy tenemos más herramientas que antes para identificar cuándo una mujer está bajo una situación de violencia de género. Hay índices de feminicidios y los gobiernos dedican —si bien escasamente— cada vez más parte del presupuesto a armar dispositivos para prevenir la violencia machista. Pero ¿la opresión se trata solamente de violencia? ¿Y cuando la violencia no se ve? ¿Cómo identificamos y seguimos combatiendo la opresión?

Prestemos atención a las resistencias, nos recuerda María Lugones, quién antes de poder estudiar, antes de poder trabajar, antes de ser lesbiana, sufrió abusos y fue sometida a electroshocks.

Así como la violencia no siempre es visible, la resistencia tampoco. Aún cuando una mujer está en silencio, si no puede hacer o decir aparentemente «nada» para defenderse, ahí está. Esa puede ser su forma de estar resistiendo, sus «apenas gestos» como dice también Marie Bardet. Con eso se puede armarse una «táctica callejera», dirá María Lugones, refiriéndose a los refugios y las guaridas a los que llegan quienes escapan de los lugares en que los violentan.

«Guaridas del andar por ahí» las llama. En el caso de María Lugones, una fue en la internación psiquiátrica que ordenó a sus 17 años su padre, entonces decano de la Facultad de Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, luego de contarle que había tenido relaciones sexuales por primera vez.

«En el manicomio aprendí a leer la resistencia. Creo que todo el mundo resiste. A veces así, con el movimiento de las manos. No todo es palabra y en la resistencia, menos. Por ejemplo, si a una mujer la están violando y ella sigue los movimientos del violador con su cuerpo, yo lo veo como una resistencia para que termine y se vaya».

Este ejemplo, brutal, nos sirve para pensar modelos de acción frente a toda lógica de opresión: «Como la comprensión de nuestra propia resistencia está densamente velada por los planes del estratega, y por el despliegue de su poder y autoridad, es importante despejar el aire para comprender el espacio donde estamos resistiendo activamente como un espacio mundano en un sentido emancipatorio, una voz complejamente articulada, de lo público, y para ser capaces de asumir sus posibilidades».

Con este planteamiento no se trata de relativizar ni tampoco de individualizar las acciones de quienes oprimen, sino de realzar las potencias de quienes están resistiendo. Si no las vemos, al pensar por ejemplo que una mujer bajo violencia de género es solamente una víctima, estamos peligrosamente solo poniendo el foco en el poder del agresor, como si este operara sin resistencias.

Allí donde una población originaria está siendo despojada de sus territorios, es preciso que la violencia de la conquista no borre las estrategias que colectivamente tienen las comunidades para resistir y seguir manteniendo en pie su cultura comunal. Si no, dice María Lugones, estaríamos «conociendo al esclavo solo a través del amo», reforzando así la lógica y, por lo tanto, la idea del mundo del estratega colonial. Su razonamiento siempre es dicotómico; su violencia funda, crea una única realidad. Antes de él no hubo nada antes ni habrá nada más que lo que él instaure después: es pensamiento del exterminio.

Así como la violencia no siempre es visible, la resistencia tampoco. Aún cuando una mujer está en silencio, si no puede hacer o decir aparentemente «nada» para defenderse, ahí está

¿Qué quieres decir con «nosotras», niña blanca?

Para María Lugones, las opresiones son múltiples. Interviene en un debate fundamental que recorre el pensamiento feminista de la segunda ola: el problema de la diferencia. Reavivado al calor de las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos, Lugones rápidamente se inscribirá en él, bajo la estela furiosa de los feminismos negros.

Leyendo a autoras y activistas afroamericanas como Audre Lorde, bell hooks o Angela Davis, dando discusiones en el seno de la academia y viviendo ella misma la discriminación de sus colegas, es como, al igual que estas autoras, encontrará diferencias insalvables con las feministas anglosajonas.

Lo que las feministas de color vieron es que, a medida que sus ideas comienzan a cobrar mayor fuerza al interior del movimiento feminista, estas intentan ser asimiladas por el feminismo anglosajón. Justo cuando empieza a hacerse visible la muy diferente realidad que viven las mujeres negras en Estados Unidos es cuando las feministas blancas buscan restituir la idea de que la opresión de género es común a todas las mujeres.

Un buen texto para ubicar este debate es La mística de la femineidad, de Betty Friedman. Publicado en 1963, este libro analiza el extraño fenómeno que se da luego de la Segunda Guerra Mundial, en que, masivamente, mujeres estadounidenses que llegaron a ser trabajadoras y universitarias deciden regresar masivamente al hogar a ser «amas de casa».

Para la afroamericana bell hooks, quien también falleció recientemente, el problema fundamental de este texto es que habla en nombre de todas las mujeres estadounidenses, queriendo con esto «dar forma» a un único feminismo, cuando en realidad se analiza un fenómeno muy parcial: el de las mujeres blancas de clase media.

En respuesta a este libro escribirá un ensayo en el que señala que «el énfasis en la ‘opresión común’ en Estados Unidos era menos una estrategia de politización que una apropiación por parte de las mujeres conservadoras y liberales de un vocabulario político radical que enmascaraba hasta qué punto habían dado forma al movimiento de manera que se adecuara y defendiera sus intereses de clase».

Así como María Lugones planteó que el poder colonial no es la opresión común a varones y mujeres de color bajo la cual se subsumirían sus desigualdades con respecto al género, sostendrá que tampoco el género oprime de igual manera a mujeres blancas y negras, a anglas y latinas, de distintas clases y territorios.

Aunque sean mujeres, no están oprimidas ni resisten lo mismo una mujer negra que una blanca, una campesina, que un ama de casa urbana, una campesina negra y una blanca, una mujer heterosexual y una lesbiana. Por lo tanto, también ocurre que unas mujeres pueden estar oprimiendo a otras.

Entre compañeras feministas solemos llamar a esto «interseccionalidad», que es para Lugones aquello que no se ve cuando «categorías como género y raza se conceptualizan como separadas unas de otra». En Colonialidad y género, María Lugones explica: «Las feministas de color nos hemos movido conceptualmente hacia un análisis que enfatiza la intersección de las categorías de raza y género porque las categorías invisibilizan a quienes somos dominadas y victimizadas bajo la categoría ‘mujer’ y bajo las categorías raciales ‘black‘, ‘hispanic‘, ‘asian‘, ‘native american‘, ‘chicana’ a la vez, es decir a las mujeres de color».

Retomando como emblema la pregunta de la poeta negra Lorraine Bethel «¿Qué quieres decir con ‘nosotras’, niña blanca?», mostrará que el problema de las feministas blancas no es solo que no reconozcan la diferencia como un problema teórico, sino que no están dispuestas a interactuar con él en sus prácticas concretas, en sus modos de hacer teoría.

La intervención de María Lugones no seguirá el camino del «separatismo», tal como muchas comunidades lésbicas y negras adoptaron. Si bien reconoce su potencia, seguirá primando el pluralismo. Por eso, se preocupará en ver qué posibilidades se abren en las muy diferentes maneras de estar oprimidas y resistiendo de las mujeres blancas y las de color con el proyecto de caminar hacia «diferencias no-dominantes» (Audre Lorde) entre ellas.

«(…) Esto también implica comprender que esas mujeres blancas y burguesas habían sufrido una forma de opresión que reside en el aislamiento, al estar encerradas en una casa con los hijos, mientras que las mujeres de color nunca tuvieron ese ámbito de opresión: la prisión fue muy distinta. Es decir, al mismo tiempo que la mujer blanca y burguesa tenía acceso a suficiente comida, ropa, albergue, también lo que le garantizaba todo eso era una especie de cárcel y padecía condiciones que enfatizaban su infantilización. En tanto, las negras o indígenas padecieron condiciones miserables, pero en términos que nunca les hicieron perder su sentido de pertenecer a una comunidad».

Retomando como emblema la pregunta de la poeta negra Lorraine Bethel «Qué quieres decir con ‘nosotras’, ¿niña blanca?», María Lugones mostrará que el problema de las feministas blancas no es solo que no reconozcan la diferencia como un problema teórico, sino que no están dispuestas a interactuar con él en sus prácticas concretas, en sus modos de hacer teoría

No encajar, ‘cuajar

A lo largo de los capítulos de Peregrinajes, María Lugones profundizará esta noción de interseccionalidad, bajo el uso de dos términos: «entrecruzamiento» y «entremezcla». Las opresiones no solo no están separadas, sino que están entrecruzadas. Y aún más, entremezcladas, indistinguible el punto en dónde se intersectan porque las opresiones no son puras. O, en sus palabras, «no hay pureza en el vínculo entre las opresiones».

Para ejemplificar esto, María Lugones evoca un recuerdo familiar. Su madre cocinando mayonesa. Desdobla la receta en dos perspectivas: «separar. El primer sentido. Voy a separar la yema de la clara, separar un huevo». Rompo el huevo y ahora deslizo la clara en la mitad de la cáscara y la pongo en un bol. Repito la operación hasta que haya separado toda la clara de la yema. Si la operación no ha sido exitosa, entonces queda un poquito de yema en la clara».

Pero hay otra manera de verlo, en un «segundo sentido. Estoy haciendo mayonesa». Coloco la yema en un bol, añado unas pocas gotas de agua, bato y entonces agrego aceite, gota por gota, muy lentamente, mientras sigo batiendo. Si le agrego de golpe demasiado aceite, la mezcla «se separa». Recuerdo las veces que llevaba a cabo esta operación en mis días de niña impaciente. Paraba y le decía a mi madre: «Mamá, la mayonesa se separó». En inglés una diría the mayonnaise curdled, la mayonesa cuajó.

Este ejemplo tiene la apariencia de un acertijo. No hay una manera correcta de verlo, sino solo dar a pensar que el primer sentido, lo exitoso de la operación (de que la receta de la mayonesa «salga bien») es lograr separar por completo la yema de la clara. En cambio, en el segundo sentido, la separación se produce por cuajado. Dada la inestabilidad de la mezcla, los ingredientes se separan y «se cuaja». «La fragmentación sigue la lógica de la pureza. La multiplicidad sigue la lógica del cuajado», define. Su idea de «mestizaje» seguirá el segundo sentido: la separación por cuajado. Una mezcla impura donde siempre queda algo de yema en la clara, algo de clara en la yema.

Reflexiona María Lugones: «Pienso en el intento de control ejercitado por quienes poseen el poder y la mirada categorial e intentan dividir todo lo impuro, quebrándolo en elementos puros (como la clara y la yema de huevo) según propósitos de control sobre la creatividad».

A lo largo de los capítulos de Peregrinajes, María Lugones profundizará esta noción de interseccionalidad, bajo el uso de dos términos: «entrecruzamiento» y «entremezcla». Las opresiones no solo no están separadas, sino que están entrecruzadas

Separa y reinarás

Así como una chicana o una afroamericana no es ni puramente americana, ni puramente mexicana o afro, así como una persona trans puede no definirse ni como varón ni como mujer, no podemos distinguir dónde empieza y dónde termina una opresión-resistencia para trazar los límites de la otra. Son, somos, dice María Lugones, seres «liminales», «habitantes de frontera», que se mueven «entre mundos» múltiples de representación, poderes, hábitos, sentidos.

Retomando la metáfora, considera que «si es una ‘mestiza’, si con su ambigüedad amenaza lo ordenado del sistema, de la realidad esquematizada, si, por su ambigüedad respecto del ordenamiento univoco, resulta anómalo, desviado, ¿puede ser domesticado a través de la separación? ¿Debería separarse a fin de evitar la domesticación? ¿Debería resistir la separación? ¿Debería resistir a través de la separación? ¿Separarse como en la separación de la clara de la yema?».

A estas personas se las discrimina y segrega justamente «por no ser del todo» ni yema ni huevo, por no «pasar por» americanas, del mismo modo que a las personas trans se las puede discriminar por no ser «verdaderas» mujeres ni «verdaderos» varones. Esa operación de verdad, dice María Lugones, es un acto de «pureza» que está a la base del racismo y el pensamiento etnocéntrico.

Ambos operan en conjunto con el objetivo de mantener una cultura sobre otra, buscando, como en el caso de la conquista, que estas relaciones múltiples y diferentes modos de hacer que esos seres trazan «entre mundos», se integren al mundo de la cultura dominante. Pero esto no es más que una muestra de debilidad de poder, porque lo que se intenta con esto es evitar el peligro de no poder mantener a la cultura dominante debidamente unida.

¿Cuál es el primer paso para dominar entonces? Separar. Intentando tabicar la sociabilidad de estos seres múltiples ubicándolos en espacios institucionalmente determinados y controlables: trazando muros, desarmando sus comunidades. Así es como a grandes rasgos María Lugones teoriza el complejo fenómeno de la fragmentación social, que afirma, es lo que articula las múltiples opresiones y los sistemas de dominación de raza, clase y género.

En suma, en su reflexión acerca de su propia condición como mujer de color migrante y en la compañía con otras es donde descubrirá la potencia de esta multiplicidad, de asumir que somos inseparablemente una mezcla y nos entrenamos en el arte de cuajar. Lo que la llevará a redimensionar su noción misma de sujeto: «Abandono la pretensión de que el sujeto esté unificado. En cambio, comprendo a cada persona como muchas personas».

¿Cuál es el primer paso para dominar entonces? Separar. Intentando tabicar la sociabilidad de estos seres múltiples ubicándolos en espacios institucionalmente determinados y controlables: trazando muros, desarmando sus comunidades

Viaje al interior de la mezcla

Moviéndose por comunidades latinas, chicanas, indígenas, María Lugones seguirá cosechando más conceptos que diversifican y ponen en tensión los que encontró durante su recorrido académico. En 1988 funda, junto a un grupo de compañeras, la Escuela Popular Norteña (EPN), en Valdez (Nuevo México). Este lugar, que sigue en pie hoy, se trata de un centro que tiene como principio rector «la idea de que la educación ocurre en comunidad y no solo dentro de los entornos educativos formales», tal como lo describe la cubana Teresa Dovalpage.

La EPN era además de un centro educativo, un espacio de organización comunitaria y de resistencia ambiental. Residente de Taos, esta autora recuerda y recopila testimonios sobre la influencia de María Lugones en las luchas contra la expansión de Ski Valley en esa zona y en lo que se llamó la «guerra contra los condominios». Sostiene: «En aquel momento, la comunidad estaba preocupada sobre los efectos de las aguas residuales de los condominios en el agua y las construcciones que dañaban su sistema de riego local: las acequias». 

Durante un viaje en un país extranjero, una amiga se sorprendió cuando en una de las casas donde se alojaba encontró un paquete de arroz que venía dividido en pequeñas bolsas, para hacer más simple la tarea de calcular porciones individuales. Recordando las grandes comidas con su familia o amigos en su país natal, algo le generó contradicción. Claro que era posible unir varias porciones para hacer una comida de tres o cuatro con el paquete, pero el problema que identificó es que toda la estructura de este producto (su teoría) estaba pensada de manera fragmentada, de forma que la pluralidad no ingrese en él.

Como en el ejemplo del arroz, una comunidad no equivale al agrupamiento o asociación «libre y voluntaria» de individuos, eso puede a lo sumo conformar un grupo o un colectivo, pero la comunidad tal como la piensa María Lugones es justamente la imposibilidad de esto: de separar en porciones. En su análisis, llega a distinguir entre comunidades que son de elección o de lugar, pero en la experiencia de la educación popular se encuentra con lo obsoleto de esta clasificación.

Una comunidad no equivale al agrupamiento o asociación «libre y voluntaria» de individuos, eso puede a lo sumo conformar un grupo o un colectivo, pero la comunidad tal como la piensa Lugones es justamente la imposibilidad de esto: de separar en porciones

Todos los años acudían a la Escuela personas de diferentes comunidades latinas para conocerse y adquirir herramientas para las luchas en sus comunidades locales. Era este sentido, se daba allí «una comunidad entre comunidades», conformado por «gentes» latinas, chicanas, en relación unas con otras.

Allí el intercambio de saberes, de lenguas, de estrategias se daba no por percepción arrogante, sino «viajando a los mundos» de prácticas, de sentidos de la otra. Una comunidad mestiza, una comunidad impura que se concibe y se da a la mezcla de manera constitutiva. Las coaliciones al interior de esta mezcla no podrán ser capturadas tan fácilmente por la fuerza separadora de la fragmentación social. Una comunidad creativamente resistente, donde la teoría es inseparable de la praxis.

Así como María Lugones se niega a pensar «lo que no va a practicar», también escribe como piensa. Por eso la dimensión del lenguaje en este libro es fundamental:

«En algún lado debe estar escondido nuestro yo comunal, aquello que nos hace sentir parte de algo inmenso. Si pudiéramos hacer florecer eso, todo sería distinto. Y eso no florece con palabras, quizás. Eso hay que hacerlo juntas. Si vos me preguntás cómo se hace el chuño [patata deshidratada], no puedo enseñártelo bien con palabras: lo tenemos que hacer juntas».

Notas

1 La entrevista completa está disponible aquí.

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