El 13 de agosto de 2017 el expresidente de Estados Unidos Barack Obama recordaba estas palabras de Nelson Mandela a través de su cuenta de Twitter: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar. El amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario”. Obama, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, el hombre que tanto había aprendido de Mandela (“Él nos mostró el poder de la acción; de asumir riesgos en nombre de nuestros ideales”), tuiteaba ese pensamiento el día que un grupo racista de supremacistas blancos se manifestaba en Charlottesville, Virginia (Estados Unidos). Uno de los manifestantes arrolló con su coche a varias personas y mató a una mujer. Si Mandela hubiera vivido habría recordado, seguro, él mismo esas palabras, que recogió en su biografía El largo camino hacia la libertad, que escribió en la cárcel. Tuvo tiempo, mucho tiempo, para hacerlo. Veintisiete años.
Sueño de libertad

«He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. Siempre he soñado con la idea de una democracia y una sociedad libre en la cual las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Un ideal que quiero ver hecho realidad. Pero, si es necesario, un ideal por el que estoy preparado para morir». Era el 20 de abril de 1964 y Nelson Mandela hablaba así en su discurso ante el tribunal. Su pensamiento y su autodefensa le sirvieron para mantener intacta su dignidad y para legar a todas las generaciones posteriores del planeta una lección de ética y compromiso con los derechos humanos y la libertad, pero no para librarlo de la prisión. Pasó 27 años de cautiverio en la cárcel de máxima seguridad de Robben Island, frente a la costa de Ciudad del Cabo, y en otras dos. Veintisiete años, con sus días y sus noches, con todas sus horas, por defender que las personas de raza negra son iguales que los blancos. La alta traición de la que se le acusó: su lucha contra el apartheid.
Sudáfrica, siglo XX. El régimen oficial de discriminación mantenía separados a los blancos de los negros, literalmente separados: sitios diferentes para estudiar, sitios diferentes para moverse, sitios diferentes para vivir. Y luego, además, estaban todas las prohibiciones a los negros, a los que se les negaba el derecho a casi todo: al voto, a mantener relaciones con blancos y, por supuesto, a casarse… Y sigamos sumando: todo esto en un país en el que la raza blanca era aplastante minoría opresora; el 21% de la población sometía y humillaba al 79% restante.













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