¿Fue Spinoza? «Deus sive Natura»
Era el sábado 30 de julio de 1881. Nietzsche escribía una carta hoy famosa, en la que narraba a Franz Overbeck su tardío descubrimiento del pensamiento de Baruch Spinoza:
«¡Estoy absolutamente asombrado, encantado! ¡Tengo un predecesor, y además de qué clase! Baruch Spinoza me era casi desconocido: que ahora me haya sentido inclinado hacia él ha sido un « acto instintivo».
No sólo su tendencia general coincide con la mía —hacer del conocimiento el afecto más potente—, sino que además me reconozco en cinco puntos fundamentales de su doctrina; este pensador, el más singular y aislado, es el más cercano a mí justo en estas cosas: niega la libertad de la voluntad; los fines; el orden moral del mundo; lo no-egoísta; el mal; aunque las diferencias, naturalmente, son enormes y tienen más que ver con la diversidad de las épocas, de la cultura y de la ciencia.
In summa: mi soledad, que tantas y tantas veces, como ocurre a grandes alturas, me ha dejado sin respiración y ha hecho que la sangre me circulara con fuerza, ahora al menos es una soledad de dos. — ¡Asombroso!».
Difícilmente puede encontrarse un reconocimiento más claro al papel de Spinoza como antecesor de Nietzsche. La paradoja es que, frente al creador de la muerte de Dios, Spinoza afirme, precisamente, que todo es Dios. Spinoza consideró que Dios es la Naturaleza, pero en realidad es mucho más de lo que hoy podríamos llamar «la Naturaleza». Dios es para Spinoza lo que nosotros llamaríamos la totalidad: Dios es el pensamiento, al igual que es el río o el árbol: lo es todo. Ese Dios se manifiesta de formas infinitas, de las cuales el ser humano conoce solamente dos: el pensamiento y la extensión.
Las otras infinitas formas de manifestarse son completamente desconocidas para el ser que somos, porque solo podemos comprender aquellas expresiones que nos conforman: el pensamiento y la extensión, o dicho de manera moderna, la mente y el cuerpo. En Spinoza, Dios deja de ser un ser una entidad independiente del mundo y pasa a serlo todo. Esto produce una primera desactivación del Dios moral; el bien y el mal ya no proceden de mandatos divinos, sino que se constituyen como construcciones humanas, demasiado humanas, como leeremos de Nietzsche.













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