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Las vidas posibles de Safo, poeta en el multiverso

Safo, la gran poeta de Lesbos, sigue siendo una de las voces más fascinantes de la literatura antigua. Abordamos aquí su poesía, concebida para ser cantada; explora la música, el deseo entre mujeres, la memoria y los vínculos femeninos. También su figura histórica y mítica, que continúa inspirando nuevas lecturas sobre el amor, la identidad y el legado de «lo sáfico».

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Ilustración de Safo realizada con Sora (licencia CC).
Ilustración de Safo realizada con Sora (licencia CC).

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El canto y la lira

De todas las cosas que se pueden dar por ciertas sobre Safo, tres son, a mi juicio, las más interesantes. La primera: que era mujer. La segunda: que nació en la isla de Lesbos, en Éreso, durante el siglo VII a. C., probablemente en el año 630, aunque pasó la mayor parte de su vida en la ciudad de Mitilene, además de un posible periodo de destierro en Sicilia, acaso por razones políticas. La tercera y más importante: que cantaba.

Los viejos relatos sitúan su Lesbos como la cuna del canto. En el ensayo Grecorromanas, Aurora Luque rememora a Orfeo, poeta cuya voz venció a la de las sirenas, aunque luego «murió descuartizado por las enfurecidas mujeres de Tracia y su cabeza fue arrastrada por las olas hasta Lesbos, donde la sepultaron». Abono mitológico para la tierra de la lírica, hogar de poetas en el norte del mar Egeo. No en vano, hoy su aeropuerto principal lleva el nombre de Odysseas Elytis, poeta surrealista y Premio Nobel, quien una vez pidió que se le perdonara por hablar de Safo como de una contemporánea suya, pues «en la poesía, como en los sueños, no se envejece».

En el prólogo a su reconstrucción al griego moderno de los fragmentos sáficos, publicado en Grecia en 1984, Elytis dijo que tal vez el milagro de Safo fuera su invención de una forma de escribir «con su propio sistema métrico, su vocabulario, sus diversos secretos», es decir, con ese ritmo suyo tan reconocible

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Ni bosque ni sonido. Vida, fragmentos y máscaras de Safo, de Mariana Gardella (Rara Avis).

El de la música es justamente el don que destaca Anne Carson desde la primera línea del estudio que le dedica en If Not, Winter: «Safo era música. Su poesía es lírica, es decir, estaba compuesta para ser cantada con la lira». En el fragmento 118, vemos cómo Safo se dirige a su instrumento: «Vamos, pues, lira divina / háblame, hazte sonora». En otros versos, menciona el canto y la música, y es común ver una lira bajo sus pies en las esculturas que emulan su presencia por los museos del mundo.

Carson destaca tres invenciones musicales que los historiadores le atribuyeron: un utensilio para pulsar las cuerdas, conocido como plectro; una lira de brazos curvos, llamada pektis; , y también un tipo de escala musical, el modo mixolidio. Toda la música de Safo, advierte sin embargo Carson, se ha perdido para siempre. Quizá por eso los fragmentos de sus poemas que nos han llegado, ya sea a través de papiros o de citas atribuidas en obras ajenas, reflejen de alguna manera parte del verdadero ritmo de aquella voz y de aquel sonido al que entregó su vida.

En el ensayo Ni bosque ni sonido, Mariana Gardella dice que es importante entender que Safo no leía lo que escribía, sino que lo cantaba en público, parada en mitad del escenario, mientras tocaba la lira. «Eso que llamamos poemas eran, en realidad, canciones», insiste Gardella. Para ella, Safo debió ser en sus tiempos mucho más parecida a una Patti Smith que a una Alejandra Pizarnik.

Mariana Gardella dice que es importante entender que Safo no leía lo que escribía, sino que lo cantaba en público, parada en mitad del escenario, mientras tocaba la lira. Para ella, Safo debió ser en sus tiempos mucho más parecida a una Patti Smith que a una Alejandra Pizarnik

Y entonces, ¿para quién o junto a quién cantó Safo?

Sobre la vida social de la griega se ha especulado mucho con el fin de reconstruir de manera ordenada su biografía. Sumados, sus vínculos afectivos, rituales, románticos o familiares parecerían dar como resultado una suerte de multiverso sáfico, cosido con vidas opuestas, cuya compatibilidad, al leerlas siendo conscientes de toda la magia volcada sobre ellas, acaba siendo plausible. Para Luque, todos los materiales de reconstrucción que tenemos a mano han de ser tratados con cautela, pues a los biógrafos del pasado les gustaba repetir fórmulas «sospechosamente uniformes: anécdotas milagrosas, segregación del escritor de su grupo social por exilio, y muerte violenta». Con la griega hemos cantado bingo.

A los biógrafos del pasado les gustaba repetir fórmulas sospechosamente uniformes: anécdotas milagrosas, segregación del escritor de su grupo social por exilio y muerte violenta

Por un lado, contamos con fuentes que presentan a una Safo nacida en el seno de una familia aristocrática. Se ha dicho que su padre fue Escamandrónimo y su madre Cleis, y que tuvo tres hermanos, uno de ellos el adinerado y fogoso Caraxos, comerciante de vinos lesbios, y los otros Lárico y un tal Erigio. Aparentemente, los privilegios asociados al peso político de su familia no duraron para siempre, y por alguna razón desconocida su origen la obligó al exilio en Sicilia. En el plano amoroso, llegó a atribuírsele un marido, Cércilas de Andros, aunque la historicidad de ese matrimonio resulta dudosa, casi tanto como su amorío con Alceo, poeta lírico, su compatriota y coetáneo, que se dirige a ella en algunos de los versos que conservamos. De su supuesto matrimonio con Cércilas, por cierto, hay un dato que la mayoría de las biógrafas contemporáneas sí dan por verdadero, y es la engendración de su única hija, llamada Cleis. Esta aparece en algunos fragmentos, especialmente en el 132: «Tengo una hermosa niña, a las flores de oro / parecida en semblante, mi amada Cleis». Quienes han leído desde la literalidad criminal este poema aceptan que Cleis era una niña rubia, conscientes de que a Safo siempre se la ha descrito morena. Yo tengo la teoría de que en verdad la poeta no dio a su hija el nombre de su madre, sino que, en una fantasía, cantó sobre su madre como si la hubiera gestado ella. Un poema de Ángelo Néstore explora esta imagen en el presente: «Si mi madre supiera que su hijo quiere ser madre / […] encogería las piernas, / se amputaría los brazos, / se partiría la columna, / engulliría una a una sus muelas / y sus sesenta años. / Se haría cada vez más pequeña, / se inventaría un idioma, / balbucearía de nuevo / para ser mi hija». Puestas a transitar el multiverso, ¿por qué no pensar así el nombre de Cleis?

Sea como fuere, en lo relativo a lo romántico, la anécdota más célebre es la que Ovidio heredó de tradiciones anteriores y terminó por popularizar en la «Heroida XV» con su fatal ficción sobre Safo y Faón, un bello y joven barquero del que la poeta caería enamorada y cuyo rechazo la habría conducido a arrojarse al mar en Léucade.

La imagen suicida de Safo no fue sólo una leyenda versionada en la literatura universal, sino también una escena recurrente en el arte. ¿Quién no ha visto a la poeta despeinada, desquiciada, asomada peligrosamente al acantilado, segundos antes de su trágico adiós? Pero, como les decía, Ovidio no inventó este escenario. Antes que él, otros autores, como el comediógrafo Menandro, habían recogido la leyenda del salto desde Léucade como remedio contra los males de amor, incluyendo a la poeta entre sus muchas víctimas. Sobre su muerte real sabemos poco. Según Mariana Gardella, esta «flota, como su vida, en un mar de dudas». No hay fecha exacta ni lugar de sepultura. «Varios siglos después de su muerte», cuenta Gardella, «algunos poetas hicieron el ejercicio de escribir epitafios en su honor. Cavaron con las palabras una pequeña fosa para que su fantasma encontrara por fin un entierro digno». Y entonces cita a Antípatro de Sidón: «Tierra eolia, cubrís a Safo que entre las Musas inmortales es celebrada como una Musa mortal».

Varios siglos después de su muerte, algunos poetas hicieron el ejercicio de escribir epitafios en su honor. Cavaron con las palabras una pequeña fosa para que su fantasma encontrara por fin un entierro digno

Aunque no sepamos cómo ni cuándo falleció Safo, por sus versos podría deducirse que su vida fue larga. En el fragmento 58, al que Luque da el título de «Mi vejez», dice: «Que a tu boca otorgue éxito, / dones hermosos de las Musas, / niñas, la lira amiga / de canto y melodiosa. / Ya la vejez la piel toda… / de negros han pasado a ser blancos mis cabellos, / las rodillas no me llevan / como las de los cervatos / Mas ¿qué puedo hacer yo?». Además del mito de su pronta muerte por suicidio, quizá la consecuencia más persistente de su historia con Faón se encuentre, sin embargo, fuera de la literatura: en la tendencia homófoba de sus traductores y en el empeño de los filólogos y editores posteriores por masculinizarla a ella o por convertir en hombres a las destinatarias de su deseo.

Porque, si vamos a seguir ahondando en sus vínculos para dibujar una mínima biografía, o si vamos a tratar de responder a quién o con quién cantaba, deberemos hablar de una de las marcas más importantes de su lírica: «de la lectura de los poemas se desprende que Safo vivía rodeada de mujeres», dice Luque; «la poesía de Safo es un archivo de nombres», dice Gardella; «la poesía de Safo no es más que la traducción de los sentimientos y afecciones vividas en el seno de ese grupo de alumnas de nombres preciosos: Gónguila, Gurina, Abantis, Atis, Anactoria…», explica por su parte Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina en el prólogo de Safo y sus discípulas. Safo formó parte de un colectivo de mujeres del que pudo ser maestra. Algunos lo llaman secta, otros cofradía, y varios estudios se refieren a su carácter erótico. ¿Qué hacía Safo con aquellas mujeres? ¿Cantaban? ¿Se amaban? ¿Se tocaban? ¿Rezaban juntas? La imaginación vuela, y la dimensión religiosa y ritual de la poesía de Safo se pone en evidencia.

¿Qué hacía Safo con aquellas mujeres? ¿Cantaban? ¿Se amaban? ¿Se tocaban? ¿Rezaban juntas?

Junto con Anne Carson, que escribió sobre la fe safista en Decreación, donde la equipara con las místicas Margarita Porete y Simone Weil, otra de las mayores defensoras de su carácter sacro ha sido la pensadora Jane Hirshfield. La antología Women in Praise of the Sacred, publicada en 1994, sitúa a la griega en un canon que va desde el siglo XXIII a. C. con Enheduanna, hasta el XX d. C. con Marina Tsviétaieva. La característica de los textos seleccionados por Hirshfield es su oscilación entre el himno a las diosas de diversas tradiciones, a menudo las relacionadas con la fertilidad, y la voluntad de evocación o de rezo, con una clara presencia del yo. Safo hace uso de su propio nombre, casi como mediadora de Eros, Afrodita o las Musas: «Pues lícito no es que en la casa de aquellas / que dan culto a las Musas / haya canto de duelo», dice en el fragmento 150; de la misma manera en que Enheduanna se escribió a sí misma como interlocutora de Inanna, la diosa sumeria del deseo sexual: «Yo, Enheduanna, escribo a la reina del cielo / con la pasión y la desventura, escribo en tablillas de fresca greda / el dulce verbo del amor».

Más allá de citarse como protagonista de algunos de sus cantos, Safo escribió ese rosario de nombres femeninos en fragmentos donde estos vínculos aparecen atravesados por Eros, no necesariamente como prueba de su culto, sino como deseo puramente humano. Hubo otras escuelas de mujeres en su tiempo y en su isla, dicen los biógrafos. También ha habido grupos de poetas y activistas que se han reunido, ya muchos siglos después, en forma de homenaje y con su atención hacia lo colectivo como referencia: las mujeres del Templo de la Amistad y el París-Lesbos de 1900, por ejemplo, con Natalie C. Barney y Renée Vivien a la cabeza; el dúo de «safistas» que conformaron Virginia Woolf y Vita Sackville-West a comienzos del XX, rastreable en sus epístolas; el Círculo Sáfico de Madrid, con Rosa Chacel o Carmen Conde entre sus integrantes, reivindicado por Paula Villanueva en El círculo sáfico. Lesbianismo y bisexualidad en el Madrid de principios del siglo XX; o el Grupo Safo durante los años setenta en Buenos Aires, un colectivo de activistas asociado al Frente de Liberación Homosexual argentino, en cuyo seno tradujeron a Kate Millett.

La Safo mítica, pues, es también la Safo «sáfica», valga la redundancia. Es decir, una poeta cuya expresión del deseo de mujer a mujer terminaría convirtiéndola en uno de los grandes referentes históricos del cuerpo lesbiano. Podría resultar anacrónico aplicar sin más a la Safo arcaica nuestras categorías de lesbiana o bisexual; pero también sería difícil ignorar que es la presencia transgresora del deseo homoerótico en sus cantos lo que hizo posible que su nombre adquiriese ese peso en todos y cada uno de los multiversos.

Sobre la autora
Luna Miguel
Sobre la autora

Luna Miguel lee, escribe y edita. Es autora de libros como Leer mata (2022),
Poesía masculina (2021) o Incensurable (2025).

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