¿Sí? ¿No? ¿Sí, son cómplices morales, aunque el voto sea secreto, porque la corrupción ha de ser intolerable en democracia y los votantes de estos partidos demuestran no sólo que como ciudadanos miran para otro lado, sino que con su voto apoyan y legitiman los actos de políticos corruptos, a sabiendas de que lo son? ¿No, no lo son, porque para juzgar y castigar está el poder judicial y, en cualquier caso, la intención del votante en las urnas siempre es la de conseguir un buen gobierno, el mejor posible, independientemente de que los políticos después actúen de manera inapropiada?
«La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos». Muy rotundo el filósofo, físico y matemático francés del siglo XVIII Jean Le Rond D’Alembert en su sentencia. ¿Pero acertado? En la definición de guerra, arte o no arte, seguro que estaremos más de acuerdo, pero ¿en la de política? ¿Lo es? ¿Y los ciudadanos nos dejamos engañar tranquilamente?
El programa La Sexta Columna emitía en abril de 2015 un reportaje -Imputados y queridos por su pueblo, ¿de quién es la responsabilidad de la corrupción?, se preguntaban- en el que daban estos datos: en 2007, de cada 10 alcaldes imputados que se presentaron a las elecciones, siete fueron reelegidos en sus pueblos. Cuatro años después, ganó un 57% de los imputados que se presentaron. En las elecciones municipales del 24 mayo de ese año 2015 se presentaban no sólo imputados, sino también condenados. “La gente te lo pide por la calle”, decía algún candidato a la reelección.













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