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El difícil matrimonio entre democracia y capitalismo

¿Qué falla en la democracia? La pregunta se la hace —y nos la hace— un nuevo libro publicado por Herder Editorial, en el que plantea un debate entre la filósofa Nancy Fraser y los sociólogos Klaus Dörre, Stephan Lessenich y Hartmut Rosa, cuatro de las principales voces de la filosofía política actual. La crisis entre democracia y capitalismo es uno de los elementos que motiva el libro. Este artículo es un texto inédito en castellano: un comentario al de Klaus Dörre, «Democracia en vez de capitalismo, o ¡Que expropien a Zuckerberg!», con el que comienza el libro.

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«Collage» de democracia y capitalismo realizado a partir de los elementos de CanvaDigital, Ana Orlova, sparklestroke y Lana Veter (licencia CC).

«Collage» realizado a partir de los elementos de CanvaDigital, Ana Orlova, sparklestroke y Lana Veter (licencia CC).

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En su respuesta a la pregunta «¿qué falla en la democracia?», Klaus Dörre remarca insistentemente que en la democracia no falla nada, sino que el problema radica en la relación compleja y contradictoria entre la democracia y el capitalismo. ¿Qué ha cambiado al cabo de un siglo de matrimonio entre la democracia y el capitalismo? ¿Por qué en muchas democracias que existen desde hace mucho tiempo, como por ejemplo en Grecia, Estados Unidos y la India, asistimos cada vez con más frecuencia a vulneraciones del Estado de derecho y de las libertades políticas?

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¿Qué falla en la democracia? Un debate entre Klaus Dörre, Nancy Fraser, Stephan Lessenich y Hartmut Rosa (Herder Editorial).

En su análisis de este enigma, Dörre explica que «la democracia como forma de gobierno se está sacrificando en el altar de un capitalismo expansionista que, con vistas a su propio aseguramiento, necesita recurrir cada vez más a prácticas autoritarias».1 Para Dörre, no es que la democracia esté en crisis, sino que actualmente asistimos a la aparición de «democracias desdemocratizadas» o de «no–democracias democráticas», en las que los Estados ya no están obligados a rendir cuentas a sus poblaciones, sino que actúan al dictado de poderes externos.

Esto sugiere que, aunque tenemos formas democráticas (la representación electoral), no tenemos sin embargo una democracia sustancial (en el sentido de un auténtico gobierno del pueblo para el pueblo). Estoy bastante de acuerdo con la posición de Dörre, y por eso voy a centrar mis reflexiones en una perspectiva desde Sudáfrica.

Una mirada a las mismas preguntas desde la perspectiva del sur global, de las periferias del capitalismo, aporta una interpretación algo distinta de los problemas, y ayuda a ahondar nuestra comprensión de las experiencias del capitalismo global y de la democracia, unas experiencias que son contingentes en la historia y en el espacio.

Contradicciones entre la democracia y el capitalismo: una mirada desde la periferia

Aunque simpatizo con la interpretación de Dörre de que la democracia «se sacrifica» a los intereses de la expansión capitalista global, no comparto la idea de que eso es un fenómeno nuevo.2 Lo nuevo es más bien que, ahora, la contradicción entre la democracia y el capitalismo se está experimentando también en los centros del capitalismo.

Durante gran parte del siglo XX poscolonial, en las periferias del capitalismo las democracias antidemocráticas e iliberales han servido para asegurar que la expansión capitalista prosiga bajo la máscara de la política occidental del desarrollo, que supuestamente propicia el gobierno «democrático».

Mientras que los centros del capitalismo apoyaban retóricamente la «democracia» en las periferias, en realidad los Estados y las empresas de los centros del capitalismo intervinieron política y económicamente, de forma oculta o manifiesta, para impedir sistemáticamente que muchos países de la periferia desarrollaran formas democráticas. Por eso podemos hablar de «democracias desdemocratizadas» en Europa o en los Estados Unidos, mientras que en las periferias hablaríamos solo de «democracias antidemocráticas», ya que ni siquiera han podido desarrollar «democracias democráticas».

Mientras los centros del capitalismo apoyaban retóricamente la «democracia» en las periferias, sus Estados y las empresas intervinieron política y económicamente, de forma oculta o manifiesta, para impedir sistemáticamente que muchos países de la periferia desarrollaran formas democráticas

Desde los años ochenta se han aplicado en África más de trescientos programas de ajustes estructurales, que sin excepción han restringido el poder de configuración social del Estado y han debilitado lo social dentro de la sociedad. Los programas de ajustes estructurales no se aplicaron por mandato ni en interés de los electores de esos países. Los Estados africanos eran sitios de tránsito para decisiones que se tomaban en remotos centros de poder.

Las democracias antidemocráticas que recientemente han aparecido en Europa (por ejemplo en Grecia) son una praxis usual en las periferias del capitalismo. En África hay lugares enteros que de hecho viven en «democracias antidemocráticas», ya que «fue[ron] arrojado[s] fuera del proceso de acumulación financiera y, mediante controles burocráticos muy estrictos [por parte de las instituciones de los centros capitalistas], fue[ron] forzados a acatar nuevas condiciones».3

La injerencia de Occidente en África se ha producido de muchas formas, desde ajustes estructurales hasta el derrocamiento de líderes democráticos. Así por ejemplo, el Congo (que hoy se llama la República Democrática del Congo y antes se llamó también Zaire) era en los años sesenta una de las dos principales regiones del mundo de extracción de cobalto —la otra era la Unión Soviética—. El cobalto se emplea para muchos aparatos industriales, como motores de aviones y baterías, y también en el galvanismo.

Dada la importancia del cobalto, los centros del capitalismo no podían permitir que el presidente socialista Patrice Lumumba, que había sido elegido democráticamente, emprendiera una vía que pudiera resultar un desafío para los centros capitalistas. Al cabo de unos turbulentos meses en el poder, Lumumba fue apresado y asesinado en enero de 1961 por un comando de ejecución.

Desde mediados de los años sesenta hasta mediados de los años ochenta, Mobutu, que como jefe del Estado Mayor del ejército había intervenido decisivamente en el asesinato de Lumumba y era apoyado por Bélgica, Francia y los Estados Unidos, se convirtió en un líder títere maníaco y brutal, en una «democracia» con un único candidato. A pesar de su brutalidad, de que vulneraba todos los derechos y de su «democracia antidemocrática», gozó del apoyo irrestricto de los centros del capitalismo.

La falta de «protección frente a la arbitrariedad estatal» incluyendo la de los Estados extranjeros, es desde hace tiempo una realidad en muchos países africanos, empezando con los asesinatos políticos de líderes democráticos y llegando hasta programas de ajustes estructurales aplicados por instituciones internacionales.4

La falta de «protección frente a la arbitrariedad estatal» es una realidad en muchos países africanos, empezando con los asesinatos políticos y llegando hasta programas de ajustes estructurales

Por eso no estoy de acuerdo con la tesis de Dörre de que «la democracia, que inicialmente era una esfera distinta pero relativamente compatible con la ampliación del mercado y la acumulación de capital, se ha convertido en objeto de las apropiaciones del capitalismo financiero», por lo que «ha dejado de ser, incluso en sus antiguos centros, la forma política y estatal preferida, en la que un capitalismo expansivo se puede desarrollar óptimamente».

Las democracias, junto con el alto grado de desarrollo capitalista y el bienestar personal que este acarreó en los centros del capitalismo a mediados del siglo XX, se basaban en una expansión antidemocrática e iliberal en las periferias del capitalismo. Dicho con otras palabras, si para quienes vivían en los centros capitalistas desarrollados la democracia era compatible con la expansión mercantil y con la acumulación capitalista, eso solo se debía a que la contradicción entre la democracia y el capitalismo se había exportado a las periferias, donde esa contradicción se padeció sin paliativos.

Dörre reconoce que la contradicción central es que «la democracia como forma de gobierno no es compatible en igual medida para todas las regiones del mundo ni para todos los sectores de las sociedades capitalistas». Pero hay dos motivos por los que no procede suponer que la democracia es incompatible con ciertas regiones.

En primer lugar, los centros del capitalismo no son tan democráticos como pretenden ser. Con Trump los reversos oscuros del poder se revelaron de forma evidente, pero fueron un rasgo constante de la democracia estadounidense, como muestra el trato dado a los nativos norteamericanos, la resistencia al movimiento por los derechos civiles, el trato antidemocrático dado a los ciudadanos chinos hasta mediados del siglo XX, los campos de internamiento para ciudadanos japoneses en los años cuarenta, las irracionales leyes de inmigración que se aplican a las poblaciones de las periferias, etc.

En los centros capitalistas la democracia era compatible con la expansión mercantil y con la acumulación capitalista porque contradicción entre democracia y capitalismo se había exportado y padecido en la periferia

E incluso los mercados interiores no son tan coherentes cuando se trata de acoplar la democracia con el capitalismo. En su descripción de la fachada de la democracia norteamericana, el politólogo estadounidense Carl Boggs llega a una conclusión similar:

«Dada esta cruda situación antidemocrática, la participación ciudadana, las deliberaciones públicas y el deber institucional de rendir cuentas se han reducido a una farsa vergonzante, y los festejos para celebrar la democracia norteamericana se vuelven más hueros de año en año. Todos los consabidos lugares comunes, que tanto gusta pregonar —democracia, mercados libres, medios independientes, la enemistad del gobierno contra el gran capital—, resultan hoy puras ficciones».5

En segundo lugar, la esencia de la democracia capitalista en los centros del capitalismo exige «democracias antidemocráticas» en las periferias, en las que las poblaciones locales han sido víctimas de una explotación, de una represión y de una opresión desenfrenadas desde la época del colonialismo hasta el imperialismo actual.

La expansión democrática en los centros se produjo a costa de los derechos políticos y civiles en las periferias. La «ocupación de tierras» o «apropiación» tiene por tanto una importancia central no solo para la dinámica del capitalismo, sino también para las «democracias democráticas», de las que gozan los centros del capitalismo. La apropiación representaba una solución espacial y temporal para la inherente contradicción entre el capitalismo y la democracia.

Así que, hasta cierto punto, la democracia siempre «se ha sacrificado en el altar de un capitalismo expansionista». La diferencia con lo que sucede hoy consiste en que los impulsos antidemocráticos se exportaron a las periferias, lo cual permitió que los centros del capitalismo vivieran en la engañosa ficción de gozar de libertades democráticas. Las «democracias antidemocráticas» en las periferias eran el precio que había que pagar por las «democracias democráticas» en los centros capitalistas.

Las «democracias antidemocráticas» en las periferias eran el precio que había que pagar por las «democracias democráticas» en los centros capitalistas

Hoy vemos cómo la contradicción que hay en Europa y en los Estados Unidos se traduce en la deriva de estas regiones hacia «democracias desdemocratizadas», mientras otros muchos países y regiones se encuentran en plena degradación al autoritarismo y, en algunos casos, al fascismo.

El espejismo se sostenía a base de hacer interpretaciones ideológicas del fracaso democrático en las periferias, interpretaciones que alegaban como causas del fracaso los rasgos culturales, la tradición, el patrimonialismo, etc.6 Estas interpretaciones resultaron muy efectivas para desviar la mirada del propio sistema, es decir, del impulso antidemocrático que el capitalismo daba a la democracia, y para centrarla en las deficiencias internas de las culturas «tradicionales» de las periferias.

Estas interpretaciones no son solo eurocentristas, sino que también obvian muchas prácticas altamente democráticas dentro de las culturas «tradicionales» que precedieron a la expansión capitalista o a la forma «democrática» de gobierno. El discurso sobre el desarrollo «fracasado» y el neopatrimonialismo ha servido para fortalecer el mito de que las causas del fracaso radican en las características inherentes a las sociedades precapitalistas africanas,7 y no en el propio sistema.

La bibliografía sobre las políticas del desarrollo ha consagrado este mito, y es una ironía que en él se basen los llamamientos posmodernos a regresar a una «tradición» idealizada. Es una ironía de la historia que en amplias partes de las periferias capitalistas el fracaso de la democracia se deba a que, desde los centros avanzados, los Estados y sus poderosos consorcios multinacionales destruyeran la democracia real, dentro de la cual los Estados promueven el bienestar social y económico de sus poblaciones.

En África nunca estuvieron permitidas la igualdad de derechos ni una soberanía popular de líderes que atiendan a las necesidades de la población. De hecho, para muchos países del sur global las «democracias antidemocráticas» fueron la única forma de democracia que han conocido.

Se produjo un espejismo, a base de hacer interpretaciones del fracaso democrático en las periferias que alegaban como causas la cultura, tradición o patrimonialismo. Estas interpretaciones desviaban la mirada del propio sistema

El mito del crecimiento

Desde mediados del siglo XX el crecimiento económico, que se calcula por el producto interior bruto (PIB) y se basa en un consumo creciente de combustibles fósiles, pasó a ser el criterio por excelencia para medir el «desarrollo». Dörre argumenta que las «legitimaciones [de este] tipo de crecimiento» ya han perdido parte de su antigua credibilidad, porque las personas son cada vez más conscientes de la tensión que hay entre el consumo masivo, la explotación de los recursos y la destrucción del medio ambiente.

Por eso para Dörre «se vuelve a sentir más intensamente lo que la máquina de crecimiento capitalista ocultó durante algunas décadas: el capitalismo expansivo está en tensión con las democracias establecidas territorialmente y ligadas a la fijación de las fronteras del Estado de bienestar nacional».

También aquí podemos sacar muchas conclusiones de la diferencia con la experiencia del sur global. Los efectos destructivos de la máquina del crecimiento solo se pudieron ocultar con éxito en el norte global, en los Estados del bienestar de Europa occidental y en los Estados Unidos, mientras que en el sur global, en las antiguas colonias y en los destacamentos imperiales del capitalismo nunca se lograron ocultar por completo.

De hecho, desde la perspectiva del sur global, en lugares como por ejemplo Sudáfrica la contradicción (sentida como hipocresía) entre el capitalismo libre e ilimitado y las democracias delimitadas territorialmente fue un mito, en el que solo querían creer los habitantes del norte global y los administradores capitalistas en el sur global.

Los efectos destructivos de la máquina del crecimiento solo se pudieron ocultar con éxito en el norte global, mientras que en el sur global nunca se lograron ocultar por completo

El sur global experimentó intensamente esa contradicción cuando la expansión del capitalismo alcanzó el punto en el que se destruyeron los entornos locales, se socavaron las bases vitales tradicionales de las personas y se reclutaron a la fuerza ejércitos de trabajadores mal pagados, lo cual tuvo efectos devastadores sobre las comunidades.

El continente africano ofrece una gran cantidad de ejemplos sacados de las industrias de materias primas, que destruyen todo a su alrededor al tiempo que obtienen gigantescos beneficios para los consorcios transnacionales. Como las comunidades sufrieron durante siglos el expolio de sus entornos naturales, el velo de la legitimidad se fue volviendo cada vez más fino.

Esto nos trae a la memoria los textos de feministas negras y sus impresiones, que son las propias de «marginales en el interior» y en las que se revela un saber nacido de la propia posición social. También Marx se dio cuenta de que las ideas y el conocimiento están determinados por la realidad material, que es la que organiza nuestra manera de entender el mundo.8

Feministas negras como bell hooks y Patricia Hill Collins siguieron desarrollando la idea de que lo que uno sabe guarda relación con la propia posición social, y explicaron que la vida en las afueras de las estructuras del poder dominante, la vida en unos arrabales que, sin embargo, al mismo tiempo se solapan con esas estructuras, ofrece una singular visión de las estructuras básicas de poder.

bell hooks y Patricia Hill Collins desarrollaron la idea de que lo que uno sabe guarda relación con la posición social, y explicaron que la vida en las afueras de las estructuras del poder dominante ofrece una visión de las estructuras básicas de poder

hooks describe cómo era eso cuando creció en una pequeña localidad de Kentucky: «El modo como vivíamos, que era marginalmente, hizo que desarrolláramos una forma peculiar de ver la realidad. Veíamos tanto desde fuera hacia dentro como desde dentro hacia fuera. […] Comprendíamos ambas cosas».9 Hill Collins señala algo similar cuando cita a una mujer negra de 73 años:

«Mi madre siempre decía que la mujer negra es la mula del hombre blanco, y que la mujer blanca es su perro. Lo decía para dejar claro que nosotras hacemos el trabajo pesado y nos pegan, tanto si lo hacemos bien como si lo hacemos mal. La mujer blanca está más cerca del amo, que le acaricia la cabeza y la deja dormir en casa. Pero a ninguna de las dos las trata como si fueran personas.»10

La diferencia es que la mujer negra ve su opresión como lo que es, mientras que a la mujer blanca la ciegan su cercanía al poder y su relativo bienestar. Desde las distintas perspectivas las mujeres tienen percepciones muy distintas del poder y de la opresión.

También los habitantes de las periferias del capitalismo tienen una perspectiva particular, que les permite ver el lado sombrío del poder capitalista, mientras que las personas que viven en los centros del capitalismo están protegidas de esa contradicción. Para muchos ciudadanos de las periferias del capitalismo, el sistema «democrático» y el mantra de crecimiento que propugnan los centros eran una fachada que se usaba para controlar, explotar y oprimir a las periferias.

Así es como los «movimientos de retroceso» que describe Dörre, que resultan de los efectos negativos de la globalización que se notaban en los centros del capitalismo, destaparon los efectos secundarios negativos del sistema. Mientras estos efectos secundarios se produjeran en sitios muy remotos podrían explicarse como insuficiencias de los países del sur global, no como problemas sistémicos que son inherentes al capitalismo y en los que se basan la riqueza y el bienestar de los centros industriales.

Por eso podríamos argumentar que durante más de un siglo la democracia ha sido parte de la mercantilización del mundo. Antes las democracias se usaban para que los mercados se expandieran, y ahora ellas mismas son mercantilizadas. La investigación actual pone el foco en la democracia de mercado, donde se refleja esta nueva fase de la mercantilización.11Lo que quizá se reconozca menos es el hecho de que durante mucho tiempo la democracia sirvió a los intereses del capitalismo expansionista.

Pero esta forma de democracia —la democracia de mercado— es una pseudodemocracia. No podemos ceder al mercado la verdadera democracia, que vincula la igualdad republicana con la libertad y con los derechos. De modo similar a Dörre, tampoco yo veo el problema en la democracia, sino en el modo como la democracia se ha reducido a una mera envoltura en interés del capitalismo expansionista.

Durante más de un siglo la democracia ha sido parte de la mercantilización del mundo. Antes las democracias se usaban para que los mercados se expandieran, y ahora ellas mismas son mercantilizadas

La creación de perspectivas de un futuro emancipador

Hay numerosas pruebas de que el capitalismo neoliberal socava la democracia y destruye nuestra capacidad de llevar una vida digna. Pero no se ven con claridad alternativas viables. El siglo XX está plagado de intentos fracasados de introducir alternativas al capitalismo bajo la bandera socialista, sobre todo en África, Europa del Este, la Unión Soviética, Corea del Norte y China.

Pero, al igual que el capitalismo neoliberal, también los sistemas socialistas centralistas fracasaron en sus intentos de mejorar la calidad de vida de las mayorías sociales. Sin embargo, la falta de modelos prefabricados crea una nueva oportunidad favorable para repensar viejas alternativas emancipadoras y descubrir otras nuevas.

En diversas regiones del mundo se están haciendo muchos experimentos interesantes: sistemas socializados de energías renovables, proyectos de soberanía sobre los alimentos, las semillas y el agua, formas económicas alternativas como la economía solidaria, la reactivación, defensa y ampliación de la propiedad comunitaria, la democratización de la administración comunal, la reconsideración del papel de los partidos políticos e intentos de poner los Estados al servicio del bien común.

Se elaboran teóricamente y se discuten otras ideas, por ejemplo la redistribución universal mediante subsidios universales en forma de ingresos básicos, la supresión de las herencias (que solo estarían permitidas con fines socialmente aceptables, como una vivienda familiar propia, fondos de formación, etc.) o la eliminación del producto interior bruto como índice decisivo del rendimiento económico y su sustitución por la valoración de bienes públicos como la formación y la atención sanitaria, así como el desarrollo industrial basado en las energías renovables.

Hay numerosas pruebas de que el capitalismo neoliberal socava la democracia y destruye nuestra capacidad de llevar una vida digna. Pero no se ven con claridad alternativas viables

A diferencia de Dörre, que opina que la crisis ecológica está asociada con una «desdemocratización simuladora y simbólica», yo veo en la crisis ecológica una plataforma potencial para que la humanidad global se reestructure a fondo a sí misma. La tan citada frase de Marx de que el capitalismo siembra la semilla de su propia destrucción refleja la crisis de los límites ecológicos del capitalismo mejor de lo que lo hizo la tesis del desarrollo avanzado de la clase trabajadora.

Como Dörre explica con toda claridad, las formas de vida (en la producción y en el consumo) de los centros del capitalismo, con sus efectos ecológicos destructivos, no se pueden reproducir en todo el mundo. La Tierra no puede soportarlo. «De ahí se sigue que las decisiones legitimadas democráticamente en los países ricos del norte, que perpetúan la producción y el consumo de lujo, de hecho acaban provocando que los países más pobres y sus poblaciones pierdan toda opción de desarrollo».

En efecto, el nivel de consumo y de producción del norte global hace inhabitable el planeta, ya que la Tierra no puede permitirse el modo de vida del norte global. Lo que el norte global debe comprender es que también él debe cambiar su nivel de consumo. Cuando el mundo sufra los shocksclimáticos, el futuro será un «decrecimiento por desastre».

La respuesta a los crecientes desarrollos antidemocráticos ha de ser más democracia, y no menos. Debemos democratizar la democracia en todo el mundo, y no solo en los centros capitalistas. Dörre cita la idea marxista de la doble posibilidad de la democracia: como forma de gobierno que integra a las clases subalternas en el proyecto hegemónico del capitalismo, y como auténtica inclusión de las masas en el proceso político, una inclusión que podría aprovecharse para una emancipación.

Veo en la crisis ecológica una plataforma potencial para que la humanidad global se reestructure a fondo a sí misma

Las clases trabajadoras en el centro y en las periferias fueron los agentes principales en la ampliación de la democracia (por ejemplo en forma de sufragio universal, de derechos políticos y civiles y de protección de la clase trabajadora), mientras que las élites dominantes fueron las principales valedoras de las «democracias antidemocráticas».

En el centro del camino hacia un futuro emancipador está la necesidad de una democratización de la democracia. Un proyecto para el restablecimiento de la democracia tiene dos dimensiones:

1) Una democracia radical junto con una democracia representativa sustancial, en la que la igualdad republicana sea central para la libertad.

2) Una ampliación de la democracia a los ámbitos social y económico.

En la búsqueda de perspectivas de un futuro emancipador no podemos regresar al fracasado planteamiento socialdemócrata de integración, sino que debemos hallar nuevas vías para reintegrar la economía en las relaciones sociales y para liberar a la democracia de los poderes mercantiles. Una forma más intensa de integración conllevaría la ampliación de la democracia, más allá de lo político, a las relaciones económicas, lo que cuestionaría el régimen de propiedad y las estructuras de los procesos directivos.

Esto debería suceder tanto en un nivel macroeconómico, mediante la democratización de las economías nacionales, como en los ámbitos microeconómicos, en forma de una integración de las formas concretas de producción. De este modo, la actividad económica y la sociedad se integrarían totalmente.

En la búsqueda de un futuro emancipador debemos hallar nuevas vías para reintegrar la economía en las relaciones sociales y para liberar a la democracia de los poderes mercantiles

Aquí es muy aleccionadora la experiencia del estado federal de Kerala en India, pues muestra que el procedimiento democrático y una democracia deliberativa procesual no tienen forzosamente que «arrojar al niño con el agua de la bañera» ni ignorar las clases.

En los años noventa del siglo pasado, la «Campaña de la gente para la descentralización democrática» del Partido Comunista de la India (marxista) institucionalizó procedimientos democráticos y procesos deliberativos, para asegurar que la acción comunal del gobierno atendiera a las necesidades de desarrollo de las clases subalternas.

La campaña hizo que la movilización de la sociedad civil pasara de ser una política de protesta que buscaba la redistribución a ser una política generativa12 que profundiza y amplía las prácticas democráticas y aspira a que las administraciones comunales, mediante instituciones democráticas participativas, se hagan más responsables y den más respuestas a las necesidades locales; también aspira a mejorar el desarrollo económico local mediante la participación democrática, y a fomentar entre los ciudadanos de a pie la capacidad de participación democrática.13

De hecho, con cambios institucionales y esfuerzos de movilización, la campaña amplió la influencia de la sociedad civil sobre las esferas política y económica. La campaña representa un proyecto radical para profundizar la democracia participativa.

Es muy aleccionadora la experiencia del estado federal de Kerala en India, pues muestra que el procedimiento democrático y una democracia deliberativa procesual no tienen forzosamente que «arrojar al niño con el agua de la bañera» ni ignorar las clases

Veinte años después, las instituciones gubernamentales comunales se siguen definiendo por un modelo democrático participativo, pero la democracia ha empezado a burocratizarse y la política macroeconómica limita a un nivel nacional la medida en la que la democracia local puede cambiar la economía.

Hay que abordar estos retos, pero no hay que negar el hecho de que la campaña tuvo mucho éxito, haciendo que las instituciones gubernamentales locales asumieran más sus responsabilidades y que la planificación del desarrollo se hiciera en función de las necesidades locales.

Fue un proyecto político que dio prioridad a los intereses de clases, cimentando los intereses de las clases subalternas con la creación de instituciones democráticas participativas locales. No desvinculó la democracia de lo social, sino que integró el Estado local y la economía local en la sociedad, para hallar nuevas vías hacia un crecimiento económico sin perjuicio del bienestar social y personal.

La experiencia de Kerala corrobora el hecho de que los proyectos emancipatorios de futuro deben ampliar la democracia al ámbito económico, para integrar a la economía en la sociedad. Hay diversas vías por las que se puede democratizar la economía, desde procesos deliberativos macroeconómicos hasta formas de propiedad colectiva en los centros de producción.

La experiencia de Kerala corrobora el hecho de que los proyectos emancipatorios de futuro deben ampliar la democracia al ámbito económico, para integrar a la economía en la sociedad

Otro ámbito es el de los derechos socioeconómicos, que obligan a que el Estado se encargue de garantizar el bienestar social y económico de los ciudadanos. La Constitución transformativa de Sudáfrica establece derechos socioeconómicos ganados tras décadas de lucha, en las que la clase trabajadora, las comunidades, los movimientos de liberación e intelectuales progresistas instaron a implantar una democracia expansiva, en la que el derecho al agua, el sistema sanitario, un entorno limpio, el alimento y la vivienda fueran tareas estatales decretadas por el derecho constitucional.14

A diferencia de lo que ocurrió en la República de Weimar, esto no sucedió para evitar una República de los Consejos, sino para asegurar que después del apartheid el Estado borrara su legado, en el que había desigualdades extremas. Aunque estos derechos están garantizados por la Constitución, solo se plasman mediante la movilización masiva y la lucha. Las luchas son emplazamientos para democratizar la democracia y para crear espacios fuera del mercado.

Las experiencias en las periferias del capitalismo muestran que la democracia es y fue siempre incompatible con el capitalismo. Así que para alcanzar una sociedad realmente democrática no basta con abordar las consecuencias del sistema capitalista injusto, sino que hay que desmantelar sus instituciones principales.

Debemos crear nuevas formas de regímenes de propiedad y de tenencia socializados, abandonar las fuentes de energía fósil y optar en su lugar por sistemas de energías renovables, y democratizar la democracia en las arenas políticas y económicas.

Referencias

1 Klaus Dörre, «Democracia en vez de capitalismo, o: ¡Que expropien a Zuckerberg!», en ¿Qué falla en la democracia? Un debate con Klaus Dörre, Nancy Fraser, Stephan Lessenich y Hartmut Rosa, Hanna Ketterer y Karina Becker (eds.), Barcelona, Herder Editorial, 2023, pp. 27-65.

2 La indicación de que la democracia se sacrifica al capitalismo expansionista no supone negar el hecho de que el neoliberalismo es nuevo, no tiene antecedentes y debilita a la democracia.

3 Klaus Dörre, «Democracia en vez de capitalismo…», op. cit., p. 51.

4 Vishwas Satgar, «Global Capitalism and the Neo-Liberalisation of Africa», en A New Scramble for Africa? Imperialism, Investment and Development, Roger Southall y Henning Melber (eds.), Scottsville, University of KwaZulu-Natal Press, 2009, pp. 35-55.

5 Carl Boggs, Fascism Old and New.American Politics at the Crossroads, Nueva York, Routledge, 2018, p. 307.

6 Pinar Bilgin y Adam David Morton, «Historicising Representations of “Failed States”: Beyond the Cold-War Annexation of the Social Sciences?», en Third World Quarterly 23 (2002), pp. 55-80.

7 Thandika Mkandawire, «Neopatrimonialism and the Political Economy of Economic Performance in Africa: Critical Reflections», en World Politics 67 (2015), pp. 563-612.

8 Karl Marx, «Zur Kritik der Politischen Ökonomie», en MEW 13, Berlín, Dietz, 1981 [1859], pp. 3-160.

9 bell hooks, FeministTheory:From MargintoCenter, Boston, South End Press, 1984, p. vii.

10 Entrevista con Nancy White en Drylongso: A Self-portrait of Black America, John Langston Gwaltney, Nueva York, The New Press, 1980, p. 148, cit. por Patricia Hill Collins, «Learning from the Outsider Within: The Sociological Significance of Black Feminist Thought», en Social Problems 33 (1986), pp. 14-32.

11 Cf. por ejemplo Sheldon Wolin, Democracy Incorporated: Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism, Princeton, Princeton University Press, 2010; Wendy Brown, El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, Barcelona, Malpaso, 2016.

12 El concepto de «política generativa» se refiere a una política constructiva de algo nuevo. Sobre una discusión más extensa de la política generativa, cf. Michelle Williams, The Roots of Participatory Democracy: DemocraticCommunists in South Africa and Kerala, India, Londres, Palgrave Macmillan, 2008.

13 Michelle Williams, «Practising Democratic Communism in Kerala, India», en The Socialist Register: Rethinking Democracy, Leo Panitch y Greg Albo (eds.), Londres, The Merlin Press, 2017, pp. 244-262.

14 Vishwas Satgar, «We Need a Truly Transformative Democracy», en Mail & Guardian, 6 de septiembre de 2013 [último acceso: 6 de marzo de 2023]).

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