Imaginemos la siguiente situación: caminando hacia el trabajo o la universidad pasamos junto a un estanque poco profundo, donde vemos que un niño pequeño ha caído al agua. Parece evidente que se está ahogando. Como el estanque es poco profundo, podemos entrar en él y sacarlo sin ponernos en peligro. El único inconveniente es que llegaremos tarde, nos mojaremos la ropa y probablemente estropeemos nuestro calzado.
¿Qué deberíamos hacer? La respuesta parece tan evidente que hasta resulta extraño formular la pregunta. Lo moralmente correcto es entrar en el estanque y salvar al niño. Si alguien respondiera a la pregunta diciendo, por ejemplo, que sus zapatos son muy caros o que va de camino a una reunión importante, probablemente la consideraríamos una persona terriblemente egoísta… como mínimo.
Este experimento mental se convirtió en uno de los más populares de la filosofía moral contemporánea. Lo recogió el filósofo australiano Peter Singer en un artículo publicado en 1972 titulado Hambre, riqueza y moralidad, escrito en el contexto de la grave crisis humanitaria que atravesaba entonces Bengala Oriental.
El principio moral que plantea el dilema del estanque es el siguiente: si está en nuestro poder evitar que suceda algo malo sin sacrificar nada excesivamente valioso o fundamental para ello, deberíamos hacerlo. A partir de este principio, Singer salta a una pregunta diferente: ¿qué ocurre si el niño al que podemos salvar no está a nuestro lado, sino a diez mil kilómetros?
Agentes y pacientes morales y moral de proximidad
Antes de seguir analizando el dilema del estanque, conviene abordar algunos conceptos habituales de filosofía moral, para ver la profundidad de la idea de Singer, que puede parecer sencilla.
La filosofía moral distingue entre agentes y pacientes morales. Un agente moral es capaz de orientar su conducta considerando que sus acciones tienen repercusiones sobre el resto de los individuos. El paciente moral es el que ocupa el otro lado de la relación: todos aquellos individuos que deben ser tenidos en cuenta y ser objeto de obligación de otros. Generalmente, cuando hablamos del género humano, todos somos, al mismo tiempo, agentes y pacientes morales, porque somos responsables de lo que hacemos al resto y susceptibles de las acciones ajenas.













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