Cuando el 11 de abril de 1961 comenzó el juicio en Jerusalén (Israel) contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS nazis y principal responsable de las deportaciones masivas que acabaron con la vida de más de 6 millones de judíos –y provocaron 15 millones de víctimas si sumamos los que sobrevivieron pero sufrieron el infierno de los campos de exterminio–, el interés y la expectación eran máximos. Por todo. Por la magnitud del delito, por la inmensa crudeza y gravedad de los crímenes, por el secuestro previo de Eichmann por parte de los israelíes, el 11 de mayo de 1960, en Argentina, donde vivía bajo la identidad falsa de Ricardo Klement. «Ich bin Adolf Eichmann», yo soy Adolf Eichmann, les dijo a sus captores. Lo retuvieron durante nueve días, lo drogaron y lo deportaron saltándose las leyes. Tenía dos opciones: morir o ser juzgado en Jerusalén. Y tuvo las dos: primero el juicio, en el que fue sentenciado a la horca, y así murió el 31 de mayo de 1962, en Tel Aviv.
La banalidad del mal
En aquella primavera de 1961 en Israel, con Eichmann sentado ante el juez, estaba Hannah Arendt, siguiendo el proceso como corresponsal de la revista estadounidense The New Yorker. Y allí surgió su banalidad del mal, imprescindible en la historia del pensamiento, en su relato sobre el juicio y la personalidad del acusado que luego acabaría adoptando forma de libro: Eichmann en Jerusalén, al que puso el subtítulo de Sobre la banalidad del mal.
La banalidad del mal, ese concepto que afirma que personas capaces de cometer grandes males o atrocidades pueden ser gente aparente y perfectamente «normal». ¿No nos suena? ¿No nos parece un pensamiento muy vivo, cada vez que aparece un asesino, un maltratador, un violador en las noticias y oímos a sus vecinos diciendo eso de «es increíble, era una persona normal, ¡¿quién lo iba a decir?!». Pensemos, pues, en esas personas «normales» capaces de cometer actos atroces. Y, ya puestos, pensemos más. Pensemos en las personas que no se consideran culpables de forma individual de un mal colectivo, aunque hayan participado o formado parte de alguna manera en él, que piensan que sus actos son solo un insignificante grano de arena, que únicamente obedecen y ejecutan los planes trazados por «los de arriba». Pensemos en los que se ven a sí mismos como un mínimo eslabón sin poder de decisión y, por tanto, sin responsabilidad en una cadena mucho mayor en la que hay otros por encima que son los que deben rendir cuentas y dar explicaciones. Y ahí, en esa obediencia sin reflexionar sobre las consecuencias de los mandatos, en esa forma de trivializar las actuaciones propias que, sumadas, llevan al mal final, en ese pensar «qué más da lo que yo hago si no tiene importancia…», en ese «pero si yo solo soy una persona normal…», ¿hay culpa?













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