La paradoja de la autoexplotación genera lo que Byung-Chul Han denomina «sociedad del rendimiento», un régimen donde las formas de control ya no vienen del exterior, sino que se interiorizan confundiéndose con la propia voluntad.
Del sujeto disciplinario al sujeto de rendimiento
Byung-Chul Han señala un punto de inflexión fundamental en el paso de la sociedad disciplinaria, que ya había sido analizada por Foucault, a la sociedad de rendimiento. Mientras la primera se organizaba en torno a instituciones cerradas (prisiones, fábricas, hospitales o colegios) y se regía por la negatividad del no (prohibiciones, normas, límites), la segunda se define por la lógica del sometimiento, donde el sujeto trata de «realizarse» a través de la productividad.
Los sujetos del rendimiento son emprendedores de sí mismos. Se conciben como proyectos en permanente construcción, y esa construcción ha de darse en forma de disciplinamiento permanente. Pensemos un instante en los criptobros y los influencers «neoestoicos». Su pensamiento está basado precisamente en concebir el cuerpo y la mente como enemigos que hay que disciplinar para ser personas (hombres, generalmente) «de valor». El valor personal se mide por la capacidad de dominar las voluntades, incluso llegando a límites insanos.
Esta transformación implica un cambio profundo en la forma en que se entiende el poder. Ya no puede haber rabia contra el explotador externo, porque este ha generado una forma de dominación inmanente en la que cada sujeto se convierte simultáneamente en amo y esclavo. Han lo expresa así en La sociedad del cansancio:
«El sujeto de rendimiento […] se explota a sí mismo […] voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima».
El poder ya no necesita imponerse, porque el individuo lo encarna.














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