En el contexto actual, vuelven las ideas religiosas. O, más bien, resurgen con una fuerza política renovada. Las promesas de progreso y ascenso social en el norte global están en entredicho, mientras la explotación y la desposesión se intensifican en el sur. Las instituciones liberales pierden credibilidad y las guerras se normalizan. En este contexto el pensamiento religioso y místico «se pone de moda» de nuevo: nuestras sociedades vuelven la mirada hacia lenguajes capaces de ofrecer comunidad y sentido.
Ocurrió ya ante la crisis del liberalismo del siglo XIX, cuando el auge de las doctrinas sociales cristianas pretendían responder a la cuestión obrera, pero sin aceptar el socialismo. Ocurrió también en el periodo de entreguerras, en el siglo XX: este momento, marcado por la crisis económica y el ascenso del fascismo, fue un tiempo de auge de las místicas nacionales y restauraciones espirituales.
Es en este contexto en el que debe leerse al papa León XIV. Su pontificado dialoga con avances técnicos como la inteligencia artificial, pero también con las crisis, las guerras, la polarización política y la desinformación. Su pensamiento, que se desprende de su primera encíclica y su primer año de intervenciones públicas, está atravesado por varias obsesiones: la dignidad humana frente a la técnica, la paz frente a la guerra, la unidad frente a la fragmentación, la verdad frente al relativismo y la opción por los pobres frente a la indiferencia.
El elemento trasversal de su pensamiento es el de continuidad institucional: la Iglesia es, para el papa, la depositaria de la sabiduría moral capaz de orientar al mundo en mitad del caos. Un elemento algo contradictorio, porque aunque León XIV denuncie la desigualdad, la guerra o el poder del dinero, recuperando un lenguaje social, lo hace desde una institución que ha funcionado históricamente como garante del orden.
La inteligencia artificial y la antropología de la fragilidad
Una de las grandes novedades de la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, es su interés por la inteligencia artificial. Para el papa, el avance de la inteligencia artificial dice mucho de cómo entendemos el progreso. La preocupación clásica del pensamiento cristiano se basa en que el progreso técnico no implica necesariamente progreso moral. La humanidad puede aumentar de manera extraordinaria sus capacidades y, al mismo tiempo, degradar su juicio, multiplicar la desigualdad o producir nuevas formas de dominación.
Por eso, la inteligencia artificial no es una innovación neutral. Hay una ética en la inteligencia artificial. Potencia facultades humanas, sí, pero también debilita nuestro sentido de la responsabilidad, introduce sesgos e intensifica la concentración de poder ya existente. Y todo ello con métodos opacos.














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