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REVISTA Nº 16

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Revista FILOSOFÍA&CO | Número 16

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El pensamiento de León XIV: diálogo y comunidad frente a las crisis

El papa León XIV es, a la vez, síntoma y actor de una nueva situación. El orden neoliberal prometía un cierre histórico de las crisis, las guerras y las revoluciones. Sin embargo, vivimos en tiempos convulsos donde ese mismo orden se tambalea. Su pensamiento trata de dialogar con los malestares contemporáneos.

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En la imagen, León XIV mirando a cámara sonriendo.
El pensamiento de León XIV aborda todos los temas actuales. Diseño a partir de fotografía extraída de Wikimedia Commons, con licencia CC BY-SA 4.0.

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En el contexto actual, vuelven las ideas religiosas. O, más bien, resurgen con una fuerza política renovada. Las promesas de progreso y ascenso social en el norte global están en entredicho, mientras la explotación y la desposesión se intensifican en el sur. Las instituciones liberales pierden credibilidad y las guerras se normalizan. En este contexto el pensamiento religioso y místico «se pone de moda» de nuevo: nuestras sociedades vuelven la mirada hacia lenguajes capaces de ofrecer comunidad y sentido.

León XIV
Magnifica Humanitas, de León XIV (San Pablo).

Ocurrió ya ante la crisis del liberalismo del siglo XIX, cuando el auge de las doctrinas sociales cristianas pretendían responder a la cuestión obrera, pero sin aceptar el socialismo. Ocurrió también en el periodo de entreguerras, en el siglo XX: este momento, marcado por la crisis económica y el ascenso del fascismo, fue un tiempo de auge de las místicas nacionales y restauraciones espirituales.

Es en este contexto en el que debe leerse al papa León XIV. Su pontificado dialoga con avances técnicos como la inteligencia artificial, pero también con las crisis, las guerras, la polarización política y la desinformación. Su pensamiento, que se desprende de su primera encíclica y su primer año de intervenciones públicas, está atravesado por varias obsesiones: la dignidad humana frente a la técnica, la paz frente a la guerra, la unidad frente a la fragmentación, la verdad frente al relativismo y la opción por los pobres frente a la indiferencia.

El elemento trasversal de su pensamiento es el de continuidad institucional: la Iglesia es, para el papa, la depositaria de la sabiduría moral capaz de orientar al mundo en mitad del caos. Un elemento algo contradictorio, porque aunque León XIV denuncie la desigualdad, la guerra o el poder del dinero, recuperando un lenguaje social, lo hace desde una institución que ha funcionado históricamente como garante del orden.

La inteligencia artificial y la antropología de la fragilidad

Una de las grandes novedades de la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, es su interés por la inteligencia artificial. Para el papa, el avance de la inteligencia artificial dice mucho de cómo entendemos el progreso. La preocupación clásica del pensamiento cristiano se basa en que el progreso técnico no implica necesariamente progreso moral. La humanidad puede aumentar de manera extraordinaria sus capacidades y, al mismo tiempo, degradar su juicio, multiplicar la desigualdad o producir nuevas formas de dominación.

Por eso, la inteligencia artificial no es una innovación neutral. Hay una ética en la inteligencia artificial. Potencia facultades humanas, sí, pero también debilita nuestro sentido de la responsabilidad, introduce sesgos e intensifica la concentración de poder ya existente. Y todo ello con métodos opacos.

Por eso, el planteamiento de León XIV no se basa tanto en que podamos hacer un mal uso de la inteligencia artificial. Más bien, abre un interrogante antropológico: el tipo de humanidad que presupone y promueve se basa en el rendimiento y la expansión ilimitada, propia de una lógica capitalista neoliberal.

Hoy proliferan todo tipo de delirios transhumanistas y ciberoptimistas. Se nos dice que la finitud de la vida podría llegar a acabarse, que podría no haber ya más enfermedades. Pero somos, nos dice León XIV, vulnerables. Nuestra condición humana está marcada por los límites físicos, por la interdependencia respecto de los demás. Precisamente esta es una de las claves de su pensamiento: nuestra vulnerabilidad no es un defecto, sino condición de posibilidad de nuestro ser.

¿En qué consiste la grandeza humana en tiempos de una inteligencia artificial que parece tener un potencial infinito? Para León XIV está en nuestra capacidad de amar, sufrir, cuidar, reconocer el sufrimiento ajeno y abrirse a una dimensión que trasciende lo cotidiano. Lo de León XIV es una verdadera antropología de la fragilidad.

El papa nos invita a cuestionar los avances como inevitables, que es el enfoque de las grandes empresas tecnológicas. Hay que preguntarse quién paga el precio material de la inteligencia artificial: quiénes extraen minerables críticos, moderan los contenidos, alimentan las bases de datos o sufren precariedad. La inteligencia artificial no flota en una nube etérea, sino que se sostiene sobre infraestructuras, energía, explotación laboral y, sobre todo, decisiones económicas y políticas.

El planteamiento de León XIV no se basa en el mal uso de la inteligencia artificial. Más bien, abre un interrogante antropológico: el tipo de humanidad que presupone y promueve se basa en el rendimiento y la expansión ilimitada

Verdad, democracia y orden moral

Otro eje del pensamiento de León XIV es la defensa de la verdad. La democracia necesita una relación leal con los hechos, en una orientación compartida hacia el bien común. La democracia no se basa en ir a elecciones de vez en cuando, sino en abrir una verdadera reflexión en torno a los objetivos de nuestras sociedades.

Su preocupación conecta con un contexto de crisis de la esfera pública. Hoy dominan elementos como la desinformación o los discursos de odio, que generan pérdida de confianza en las instituciones. Por este motivo, hay encuestas según las cuales los jóvenes cada vez opinan en menor medida que la democracia liberal sea el mejor sistema político posible. Para León XIV, esta crisis responde al surgimiento de sociedades cada vez menos capaces de la deliberación y utiliza la imagen bíblica de la torre de Babel, donde nadie se entiende y no hay un horizonte común.

Si no hay hechos comunes, tampoco puede haber una comunidad política. Porque las comunidades no se rigen por criterios como el de eficacia o utilidad, sino en torno al bien común. Para esta reflexión, el papa se apoya en una tradición que combina referencias bíblicas con filosóficas. Podemos encontrar referencias a autores como san Agustín (el papa es agustino), pero también Hannah Arendt.

De Arendt resuena el concepto de la banalidad del mal. El totalitarismo y la injusticia se alimentan de sujetos incapaces de distinguir la verdad de la mentira y la realidad de la ficción. No es un fenómeno que dependa únicamente de unos pocos fanáticos ideológicos. Frente a esa «torre de Babel» de los lenguajes ideológicos, la palabra (el logos) debe ser capaz de construir y reconstruir los vínculos.

El discurso de León XIV se dirige especialmente a aquellos con el poder de la palabra: políticos, pero también periodistas, sacerdotes, científicos y académicos. Se trata de mediadores sociales, porque narran la realidad y enseñan, educan y predican. Su responsabilidad en este sentido es, por tanto, mayor.

La verdad que defiende León XIV es la reafirmación de la autoridad moral trascendente. La Iglesia aparece como una institución capaz de orientar la búsqueda humana hacia su «verdad más profunda», ofrece un centro al que asirse ante el desorden, dice el papa. La sociedad, opina, necesita un orden moral, jerarquizar los valores y reconducir los deseos.

La reconciliación como horizonte

La paz es una de las palabras más repetidas del pontificado de León XIV. Habla de ella desde su primer saludo público, donde apeló a una paz interior y exterior, «desarmada» y «desarmante». La guerra expresa, para el papa, una ruptura del orden humano. Pero no es una ruptura abstracta: responde a intereses económicos, a la idolatría del dinero y las dinámicas del poder. No se trata de que la guerra sea un concepto moral, sino el resultado de estructuras que están sacrificando vidas humanas en nombre del beneficio de unos pocos.

Su apelación a «nunca más la guerra» trata de desarmar un mundo que ha naturalizado la destrucción como instrumento ordinario de la política. León XIV vincula, además, la paz con la justicia. La paz no es ausencia de conflictos, sino que emana de una sociedad justa. No cualquier orden merece ser llamado paz.

Su horizonte, ante este problema, vuelve a ser el de la reconciliación. Se trata de hablar, negociar y dialogar con todos: esa es una de sus fórmulas centrales. La «unidad» aparece como un remedio frente a la fragmentación de la especie humana, pero también de sus iglesias y credos, y de la propia Iglesia católica.

Esta unidad tiene una dimensión ecuménica, porque León XIV se presenta como continuador del Concilio Vaticano II, una reunión mundial de obispos de la Iglesia católica celebrada entre 1962 y 1965 que actualizó la Iglesia para hacer las misas menos rígidas, pero también para abrirse al diálogo con el mundo moderno, los laicos, con otras iglesias cristianas (ecumenismo) y con otras religiones.

Pero ¿qué unidad busca León XIV? El papa, al elegir su nombre (es suyo real es Robert Francis Prevost), se inscribe deliberadamente en la estela de León XIII, el papa de la Rerum novarum. Esta tradición había nacido como respuesta al avance del movimiento obrero. Su propósito no fue entregar a la clase obrera una herramienta de emancipación, sino más bien evitar la radicalización en clave revolucionaria. La unidad así entendida, por tanto, tal como le señalan seguidores del papa Francisco, mezcla distintas clases: a los explotadores con los explotados.

La paz es una de las palabras más repetidas del pontificado de León XIV. Habla de ella desde su primer saludo público, donde apeló a una paz interior y exterior, «desarmada» y «desarmante»

Pobres, migrantes y cuestión sociales

León XIV concede en su pensamiento y discursos un lugar destacado a los débiles y dolientes; y, en este sentido, a los pobres y las personas migrantes. En esto es percibido como continuador del papa Francisco. Denuncia la indiferencia ante la desigualdad.

Su primera encíclica hace hincapié en el bien común, el destino universal de los bienes y la solidaridad. En torno a la pobreza, León XIV llega a ironizar sobre la supuesta eficacia de la «mano invisible» del mercado. El papa no solo habla de responsabilidades individuales, sino que apela a la dimensión estructural de la desigualdad.

Recuperando a san Agustín, León XIV no habla de los pobres de forma meramente existencial, sino que vincula el cuidado de los necesitados con la naturaleza íntima de la fe: quien dice amar a Dios y no se compadece de los pobres, miente.

La denuncia a la desigualdad busca recomponer una comunidad donde quepamos todos, que acabe con la confrontación permanente a la que están expuestas nuestras sociedades. Frente a la brutalidad neoliberal, la Iglesia entendida en los términos en que la entiende León XIV trata de ofrecer un lenguaje de protección y dignidad. Ofrece consuelo y pertenencia.

Su primera encíclica hace hincapié en el bien común, el destino universal de los bienes y la solidaridad

«Rerum novarum»

Como vimos, la elección del nombre León XIV no es un detalle menor. Remite a León XIII y a la fundación moderna de la doctrina social de la Iglesia. Aquella tradición nació en un momento de ascenso del movimiento obrero, después de la Comuna de París y en plena expansión del socialismo. Su objetivo fue responder a la miseria de las clases trabajadoras, pero también impedir que esa miseria se tradujera en revolución.

Por eso, para León XIV es muy importante hablar de la pobreza y la paz. No es una impostura, sino que forma parte de la tradición a la que se adhiere. Pero quienes quieren ver en los papas un elemento apropiable por una ideología progresista han de tener en cuenta que esta misma tradición, aunque denuncie la injusticia, suele hacerlo para restaurar una comunidad armónica imaginada, no para impulsar la lucha de los explotados contra sus explotadores.

En la encíclica incluye párrafos contra el aborto. León XIV realiza menciones a la igualdad, pero estas conviven con la continuidad de una antropología católica que subordina la autonomía corporal a una doctrina moral externa. El universalismo cristiano encuentra un límite claro en la libertad sexual y reproductiva.

Lo mismo ocurre con las disidencias sexuales. En 2012, Robert Francis Prevost señaló que la «ideología de género» provoca confusión y crea «géneros que no existen». Existen críticas de organizaciones de víctimas de abusos sexuales a la gestión del antes cardenal Prevost en Perú y Estados Unidos sobre el asunto de los abusos en la Iglesia.

Para quienes buscan una salida emancipadora a la crisis contemporánea, la pregunta no es tanto si León XIV dice cosas verdaderas sobre el mundo. Muchas veces las dice. La pregunta es qué hacer políticamente con ellas. Si la desigualdad existe, ¿hay que consolarla, regularla o abolir las relaciones sociales que la producen? Si la inteligencia artificial concentra poder, ¿hay que moralizar su uso o democratizar radicalmente sus condiciones materiales? Si la guerra nace del dinero y la dominación, ¿basta con llamar al diálogo o hay que enfrentar los intereses que la sostienen?

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