- 1 Su vida como retrato del siglo XX
- 2 Su experiencia con la Resistencia francesa al nazismo
- 3 Comunismo, ruptura con el estalinismo y construcción de un pensamiento libertario
- 4 El pensamiento complejo, pertinente o «enciclopedante»
- 5 «El método», su obra clave
- 6 El concepto y práctica de la interdisciplinariedad
- 7 La cultura de masas
- 8 Influencia en Latinoamérica
- 9 La humanidad como problema común
- 10 Sobre la crisis ecológica
1 Su vida como retrato del siglo XX
Edgar Morin vivió más de 104 años (desde 1921 hasta 2026) y su vida atravesó algunos de los acontecimientos que marcaron el siglo XX, aunque nunca dejó de pensar el presente, como muestran sus reflexiones sobre las guerras abiertas en el primer cuarto del siglo XXI.
Nació en París en una familia judía sefardí y vivió desde muy joven el antisemitismo de su época. En la veintena, durante la ocupación nazi de Francia, participó de la Resistencia francesa, algo que marcó su pensamiento filosófico y político. Su propio apellido cambia por la vida clandestina a la que se ve abocado: de Nahoum a Morin.
Como vemos en otros autores que vivieron este momento, como Hannah Arendt, la experiencia del nazismo fue una enseñanza: las certezas pueden derrumbarse rápidamente y esa «barbarie» que el pensamiento liberal siempre ubica fuera de Europa y el Norte global, en realidad está dentro de ese mismo mundo excepcional. Conviene recordarlo en un momento donde las fronteras racistas se intensifican y vuelve a ponerse sobre la mesa el avance de ideas totalitarias.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se vinculó al comunismo, aunque finalmente se separó del Partido Comunista Francés a través de una expulsión. Como parte de su crítica a todo autoritarismo, se aproximó al pensamiento libertario.
Morin vio nacer la sociedad mediática y de masas. Lejos de anquilosarse en la crítica a la modernidad, como hicieron muchos intelectuales, estudió la nueva cultura popular que estaba emergiendo. Más tarde, su «pensamiento complejo» intentó responder a la imposibilidad de comprender el mundo desde un pensamiento aislado del resto.
Durante la segunda mitad de su vida se preocupó por problemas contemporáneos, como la posibilidad de una nueva guerra mundial, la desafección política y, especialmente, la devastación ecológica del planeta. Nunca dejó un problema fundamental de su presente por pensar y eso lo hace un autor con una enorme frescura y actualidad.
2 Su experiencia con la Resistencia francesa al nazismo
Durante la ocupación nazi de Francia, el todavía joven Edgar Nahoum era ya un militante antifascista. Por este motivo, entró en la clandestinidad, para combatir el colaboracionismo del régimen de Vichy y la dominación alemana.
Es en este momento cuando adopta su apellido, Morin, que terminó convirtiendo en su identidad pública. El pensamiento posterior recoge una enseñanza de esta época: el progreso no está asegurado. La historia no avanza de manera lineal hacia la civilización y el progreso no es automático. La barbarie podía surgir en el corazón mismo de la modernidad europea.
Frente a esta verdad, en la Resistencia Edgar Morin encontró la otra faceta de la condición humana: somos capaces de mostrarnos solidarios, valientes y de desarrollar una fraternidad, especialmente entre los perseguidos. Somos capaces de la barbarie y la dignidad del mismo modo y nuestra naturaleza no está determinada por ninguno de los dos elementos.
Su idea de la complejidad, desarrollada más adelante, tiene mucho que ver con esta experiencia. La guerra y la Resistencia le mostraron que los fenómenos no pueden reducirse a una sola causa. Ni la ideología, ni el miedo, ni la simple obediencia o la propaganda sobredeterminan la historia. Pensar bien es resistirse ante las explicaciones simples.
Edgar Morin vio nacer la sociedad mediática y de masas. Lejos de anquilosarse en la crítica a la modernidad, como hicieron muchos intelectuales, estudió la nueva cultura popular que estaba emergiendo
3 Comunismo, ruptura con el estalinismo y construcción de un pensamiento libertario
Frente al desastre nazi, pero también al colaboracionismo de las organizaciones de la socialdemocracia, Morin desarrolló, como muchos otros jóvenes intelectuales europeos de su generación, una adhesión al comunismo. Lamentablemente, el comunismo del momento estaba hegemonizado por los Partidos Comunistas europeos, de corte estalinista, que decepcionaron las expectativas de transformación social de muchos.
Edgar Morin chocó con la rigidez del estalinismo francés, lo que lo alejó de la disciplina partidaria. La ruptura definitiva llegó con su expulsión en 1951. Su libro Autocrítica nace de este problema. En él, trata de comprender lo que le llevó a creer en este horizonte, pero critica los mecanismos que llevaron a tantos militantes a justificar el burocratismo de la dirección del partido. Su intención con este libro era examinar sus propias ilusiones, sin naturalizarlas.
De esta experiencia surge una sensibilidad libertaria, como intento de abrazar la multiplicidad en el pensamiento, y no la verdad dogmática y cerrada estalinista. Todo su pensamiento posterior tratará de alejarse del dogmatismo. La revolución, plantea, rima más con la libertad que con la obediencia.
Para Edgar Morin, somos capaces de la barbarie y la dignidad del mismo modo y nuestra naturaleza no está determinada por ninguno de los dos elementos
4 El pensamiento complejo, pertinente o «enciclopedante»
La defensa del pensamiento complejo es uno de los núcleos del pensamiento de Edgar Morin. Se trata de un tipo de conocimiento que relaciona lo que la educación, la ciencia y las decisiones políticas suelen tener separado. El pensamiento complejo no es una suma de saberes, sino más bien una vinculación profunda entre ellos, que saca a cada disciplina de su ceguera inevitable ante la falta de perspectiva global.
En El método, Morin cuestiona el paradigma de la modernidad que simplifica, divide y reduce el conocimiento, con la excusa de la especialización. La realidad, plantea Morin, está hecha de interdependencias. La vida humana, por ejemplo, no se puede entender solo desde la biología, ni desde la economía, ni desde la cultura solamente, sino desde todos esos ámbitos al mismo tiempo.
En su libro Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Morin reformula esta idea como la necesidad de un «conocimiento pertinente», que no es «exacto», sino capaz de colocar la información dentro de un conjunto significativo. Morin coincide con pedagogos y sociólogos de su época, como Chomsky, al afirmar que el saber enciclopedante, que solo amontona contenidos, no basta. El conocimiento pertinente trata de organizar, conectar, problematizar y criticar. Es cuestionamiento de sí mismo.
La razón moderna, propia del humanismo, busca certezas universales e inmutables. Frente a este enfoque en torno al conocimiento, el conocimiento pertinente trata de ser una reforma del pensamiento que no cierre muchas respuestas. Se trata de reconocer las contradicciones, las ambivalencias, los errores y los azares del saber. La falsa claridad, plantea, es tan peligrosa como la propia ignorancia. Se trata de ver el mundo como un tejido en el que cada parte tiene sentido solo en relación con el todo, y a su vez el todo se transforma por la acción de las partes.
5 «El método», su obra clave
La obra central de Edgar Morin es El método. Se trata de un proyecto intelectual monumental publicado en seis volúmenes, entre 1977 y 2004. Pese a que el nombre puede evocar a una rigidez excesiva, no se trata de un «método» en un sentido estrecho, como técnica investigadora, sino el proyecto de una reforma profunda del conocimiento.
En esta obra, Edgar Morin trató de construir una epistemología que pensara la vida, la sociedad, la cultura, la ética y hasta nuestra propia mente, sin reducirlas a una sola dimensión, tratando de poner en práctica su propuesta teórica.
El punto de partida de la obra es una crítica al conocimiento fragmentado actual. La ciencia moderna produce enormes avances, pero también una inteligencia ciega, porque separa los objetos entre sí, y a estos de su contexto.
En los distintos volúmenes, Morin va desplegando una visión del conocimiento como tejido de relaciones, bebiendo así de ideas contemporáneas en la ciencia como la teoría de sistemas. Nada existe de manera aislada, sino que todo fenómeno forma parte de sistemas abiertos que se transforman constantemente.
Chocó con la rigidez del estalinismo francés, lo que lo alejó de la disciplina partidaria. La ruptura definitiva llegó con su expulsión en 1951
6 El concepto y práctica de la interdisciplinariedad
El pensamiento de Morin es especialmente conocido por constituir una epistemología que llama una y otra vez a la colaboración y al mestizaje de las ciencias y disciplinas científicas. Según su diagnóstico, el avance científico de los últimos siglos se ha producido gracias a (o mejor, a pesar de) una profunda especialización de los científicos, que cada vez saben más, sí, pero de campos intelectuales cada vez más estrechos. Hoy, dice irónicamente Morin, asistimos a una «cretinización de alto nivel» según la cual los expertos solo saben una única cosa muy concreta de un único campo. Esta tendencia epistemológica, que Morin critica hablando de «paradigma de la simplificación», tiene sus raíces en la filosofía moderna de Descartes y en su distinción ontológica entre el sujeto y el objeto. Como leemos en El método:
«Descartes es el primero que hizo surgir en toda su radicalidad esa dualidad que habría de marcar al Occidente moderno, postulando alternativamente al universo objetivo de la res extensa, abierto a la ciencia, y el cogito subjetivo, irreductible primer principio de la realidad».
La distinción entre objetividad y subjetividad abrió el camino a la disección de lo objetivo en distintos ejes: el de la física, el de las matemáticas, el de la biología… Y con eso hemos avanzado sí (negarlo sería deshonesto), pero los grandes problemas de hoy, como el cáncer o la crisis ecológica, no son reducibles a ninguna disciplina (son, de alguna forma, indisciplinados). De ahí que la propuesta de Morin sea lo que hoy se llama interdisciplinar: una forma de acercarse a la realidad que no reduzca su complejidad a una única forma (disciplina) de ver el mundo. En este sentido, en su Introducción al pensamiento complejo, Morin distinguió entre pluridisciplinariedad, interdisciplinariedad y transdisciplinaridad.
La primera tiene que ver con una falsa mezcla de disciplinas, como al examinar un objeto (pongamos un árbol) desde una óptica física y desde una óptica ecológica, sin mezclarlos. La interdisciplinariedad sí que mezcla ciencias, pero a veces solo aplicaciones (como la medicina nuclear) o métodos (como la física matemática). Lo importante, cree Morin, es la transdisciplinariedad, de la que las ciencias ecológicas son una buena muestra: los conocimientos imbrican desde antropología, teoría de sistemas o biología celular sin reducir la complejidad del problema a un único campo.
En su libro Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Morin desarrolla la idea de la necesidad de un «conocimiento pertinente», que no es un conocimiento «exacto», sino uno capaz de colocar la información dentro de un conjunto significativo
7 La cultura de masas
Pero antes del Morin de la epistemología y de lo interdisciplinar hubo un Morin, el sociólogo, que apenas es rescatado en muchas de las retrospectivas que está habiendo estos días debido a su muerte. Es el Morin de los años 60, el Morin que analizaba las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 junto a Castoriadis o el Morin que analizaba la cultura de masas y el cine.
Sobre el cine escribe en El cine o el hombre imaginario, donde lo analiza al estilo de los grandes críticos culturales del siglo pasado: no se parte de que el cine sea un medio neutro, sino que es un medio activo en la conformación de la subjetividad contemporánea. Es decir, el cine no es simplemente unas imágenes que se ponen (y por tanto, no puede reducirse todo al mero contenido de esas imágenes). El cine es, más bien, un dispositivo que conforma nuestra subjetividad, pone a jugar estructurales elementales de nuestra psique (al estilo de la proyección, la identificación, el doble) y, junto a la televisión, conforma una determinada temporalidad de presente inmediato.
Como leemos en su El espíritu del tiempo (Ensayos sobre la cultura de masas), y a diferencia de la tradición crítica encarnada por Adorno y Horkheimer, Morin no cree que el flujo del dispositivo del cine corra solo en un sentido. Como es sabido, tanto para Adorno como para Horkheimer la industria cultural es un mecanismo alienante que naturaliza una y otra vez la ideología dominante. El progreso ha conllevado una sofisticación de la técnica que ha derivado en una cultura claramente antiilustrada, donde las masas ven una película o escuchan una canción y gozan con la ideología que los oprime. Morin sostiene que esto reduce la complejidad del flujo y que también existe un contacto interesante en sentido opuesto. Dos ejemplos: el primero es que la industria cultural realiza películas que capturan deseos e imaginarios que ya están circulando en las masas para poder reconducirlos; el segundo es que el espectador no es únicamente pasivo, también produce una recepción, si queremos, bastarda, que puede adulterar la propuesta ideológica de la película o la canción.
8 Influencia en Latinoamérica
Morin ha tenido siempre una estrecha relación con América Latina. Fue profesor en Chile y ha sido doctor honoris causa por varias de sus universidades. Hizo numerosas visitas y estableció relaciones personales e institucionales duraderas, encontrando en América Latina una receptividad para su pensamiento que en muchos contextos europeos tardó más en llegar. Su presencia en Chile en la década de los sesenta —período de enorme efervescencia intelectual y política en el continente— dejó huella tanto en sus interlocutores chilenos como en su propio proceso de radicalización del pensamiento sobre la condición humana y los límites del desarrollo.
Además, en septiembre de 1998, Morin organizó el Primer Congreso Interlatino por el Pensamiento Complejo, iniciativa que refleja su voluntad de hacer de América Latina, además de un destinatario de su pensamiento, un espacio de coproducción intelectual. El congreso reunió a investigadores y educadores de toda la región en torno a los desafíos del pensamiento complejo aplicado a la educación, la política y la cultura, y fue el germen de múltiples redes académicas que seguirían trabajando en estas líneas.
Por último, en 1999, la UNESCO le encargó Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, que se convirtió en referencia pedagógica mundial, con especial influencia en América Latina y el Caribe. Este texto, pensado inicialmente como un ensayo para debate, se convirtió en uno de los documentos más citados en las reformas educativas latinoamericanas de las primeras dos décadas del siglo XXI. Su llamada a reformar el pensamiento, a enseñar la condición humana, a afrontar las incertidumbres y a cultivar la comprensión entre culturas resonó con fuerza en contextos donde los sistemas educativos estaban enfrentando la necesidad de transformaciones estructurales.
Morin tuvo siempre una estrecha relación con América Latina. En septiembre de 1998, organizó el Primer Congreso Interlatino por el Pensamiento Complejo, iniciativa que refleja su voluntad de hacer de América Latina un destinatario de su pensamiento y un espacio de coproducción intelectual
9 La humanidad como problema común
Uno de los hilos en la obra de Morin es la convicción de que la humanidad (entendida esta como comunidad concreta de destino y no como mera abstracción) constituye el problema político, ético y epistemológico central de nuestro tiempo. No es un humanismo tradicional que afirme sin más la dignidad del ser humano como valor abstracto. El nudo central del problema, según Morin, reside en que la humanidad como especie comparte un destino común —un planeta, recursos finitos, un ecosistema frágil, amenazas globales—, pero como realidad histórica y política está profundamente dividida, fragmentada por naciones, religiones, ideologías, clases, etnias y por modos de pensamiento que impiden la comprensión mutua.
Para Morin, todo ahora es interdependiente, pero todo se encuentra al mismo tiempo separado. La unificación tecnoeconómica del globo se acompaña de conflictos étnicos, religiosos y políticos, de convulsiones económicas, de la degradación de la biosfera, de la crisis de las civilizaciones tradicionales y también de la modernidad. Una policrisis en la que la humanidad no consigue llegar a ser su propio destino. Precisamente esto («una humanidad que no logra ser humanidad») resume el problema que Morin no dejará de elaborar desde El paradigma perdido. La naturaleza humana (1973) hasta La Vía (2011). La humanidad existe como realidad biológica y civilizatoria, pero no ha alcanzado todavía su plena realización como comunidad ética y política.
Así, el pensamiento de Morin nos invita a considerar la posibilidad real de un nuevo mundo basado en el nacimiento de una identidad planetaria, una identidad terrenal en la que nos veamos todos como miembros de un mismo barco, en la búsqueda de lo que él llama la «misión antropológica del milenio».
10 Sobre la crisis ecológica
Como apuntamos en relación con la transdisciplinariedad, Morin dedicó una parte importante de su pensamiento a la cuestión ecológica. Lo ecológico y su problemática es una de las consecuencias más profundas y mejor fundamentadas del pensamiento complejo y atraviesa su obra desde los años setenta hasta sus últimas intervenciones públicas. Pero, para comprender el modo en que Morin piensa la crisis ecológica, tenemos que comprender primero su crítica al paradigma de dominación de la naturaleza que ha acompañado el proyecto moderno occidental.
Para Morin, la crisis ecológica no es simplemente un problema técnico —de emisiones, de recursos, de gestión del medio ambiente—, es la expresión más dramática de un problema de pensamiento. La destrucción de la biosfera es el resultado lógico de un modo de conocer y de actuar que ha separado al ser humano de la naturaleza, que ha convertido la naturaleza en objeto de explotación ilimitada y que ha legitimado ese despojo con una concepción del progreso que identificaba el desarrollo con el crecimiento económico y la dominación tecnológica.
Morin cree que el devenir prometeico de la tecnociencia y su constante anhelo de la conquista absoluta de lo posible ha conducido a la ruina de la biosfera y, por ende, al suicidio de la humanidad. La divinización del hombre en el mundo debe cesar según Morin. No es que Morin sea un tecnófobo, pero sí señala que cuando la tecnociencia se convierte en el motor único e incontrolado del desarrollo, sin ningún principio regulador de tipo ético o ecológico, se transforma en una fuerza de destrucción planetaria. La Tierra es nuestra casa, nuestra patria. Precisamente, Tierra patria es el título del libro que Morin escribió junto a Anne-Brigitte Kern en 1993 y que constituye quizás su reflexión más sistemática sobre la crisis ecológica y sus implicaciones filosóficas y políticas.

















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