Suscríbete
Número 16 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.

·

REVISTA Nº 16

Dosier

Filosofía de la soledad (in)evitable

Vidas conectadas, pero desvinculadas

Dosier — Donna Haraway

Donna Haraway antes del cíborg: reinvención de la naturaleza

Reinventar la naturaleza. Este es el ambicioso objetivo de Donna Haraway. Antes de ser una de las filósofas más citadas por su «Manifiesto cíborg», Haraway era bióloga y primatóloga y centraba algunas de sus reflexiones más interesantes en cuestiones de historia de la ciencia.

0 comentarios

Uno de los principales aportes de Donna Haraway es que la naturaleza debía ser reinventada y no descubierta. Diseño a partir de imagen extraída de Wikimedia Commons (licencia CC BY 3.0) y elementos de Canva Pro.
Uno de los principales aportes de Donna Haraway es que la naturaleza debía ser reinventada y no descubierta. Diseño a partir de imagen extraída de Wikimedia Commons (licencia CC BY 3.0) y elementos de Canva Pro.

0 comentarios

Donna Haraway criticó la forma en que la biología moderna había construido sus objetos de estudio. Pese a que vendía una retórica del descubrimiento, en realidad el cuerpo, el sexo, las especies, la evolución, la raza o la naturaleza misma eran construcciones que respondían a unos determinados intereses políticos y económicos.

Esta primera Donna Haraway no es la de un pensamiento secundario o preparatorio para que el que vendrá sino, por un lado, el punto de partida imprescindible para entender el conjunto de su obra y, por otro lado, una pensadora interesante para profundizar en cuestiones de rabiosa actualidad como el papel de la cooperación y la competencia en la evolución, un tema que desarrollaron otras autoras como Lynn Margulis o Richard Lewontin.

Por tanto, aunque pensemos que lo cíborg nace de la fascinación por la ciencia ficción o el desarrollo tecnocientífico, se trata de una investigación que parte de otra sobre cómo las ciencias de la vida producen y reproducen relatos sobre lo humano y la naturaleza. El libro Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza reúne ensayos escritos por Haraway entre finales de los años setenta y los años ochenta, muchos de ellos anteriores a su célebre Manifiesto cíborg. En estos ensayos vemos un recorrido por sus reflexiones en torno a la biología, la antropología, la historia, el feminismo y la política.

En esos cruces es donde encontramos su tesis de que la naturaleza no es un telón de fondo blanco, puro y ahistórico sobre el que la ciencia arroja luz. Es, fundamentalmente, un campo de disputa, en cuanto construcción narrativa. Es un territorio atravesado por la financiación estatal, los laboratorios que quedan en manos privadas, las expediciones coloniales y las tecnologías militares, así como las jerarquías de clase y patriarcales.

La biología como relato de la sociedad burguesa

La biología moderna vino a superar los viejos relatos religiosos sobre el mundo y el ser humano. Revistió nuestro relato de quiénes somos y dónde estamos de una pátina de racionalidad que lo sacó del terreno meramente mitológico. Pero no por ello hizo desaparecer su función ideológica, como parte de lo que Marx llamaba la «superestructura».

El abandono del feudalismo inscribió a la ciencia, especialmente desde finales del siglo XIX, en la lógica fabril. Incluso sus metáforas empezaron a estar tomadas del mercado y la gestión empresarial. En el primer capítulo de Ciencia, cyborgs y mujeres, titulado «La empresa biológica: sexo, mente y beneficios, de la ingeniería humana a la sociobiología», Haraway plantea que la ciencia no se encarga del conocimiento en abstracto, sino de ella en relación con el poder. La ciencia define el lugar del ser humano en la historia, proporcionando instrumentos de dominación sobre los individuos y el entorno.

La biología moderna no es una acumulación neutral de datos; es una teoría social. Las ciencias biológicas nos hablan de cosas como adaptación, competencia, jerarquía, inteligencia, eficiencia o división sexual del trabajo no para describir procesos naturales, sino para proyectar las relaciones sociales ya existentes, basadas en la organización capitalista del trabajo, la jerarquía patriarcal o el racismo.

Haraway analiza la biología anterior a la Segunda Guerra Mundial y cómo esta tendía a pensar el organismo como una totalidad funcional, jerárquica, integrada, con órganos y funciones ordenados según un modelo de cooperación subordinada. Después, especialmente con el auge de la cibernética, la genética molecular, la teoría de sistemas y la sociobiología, la vida empezó a ser pensada cada vez más como sistema de información, un cálculo de costes y beneficios. La naturaleza pasó a ser narrada con el lenguaje de las inversiones. ¿Cómo pensar que ciencia y productividad capitalista son terrenos aislados?

Uno de los ejemplos más sangrantes que trae Haraway en su obra es el de la psicobiología. En concreto, el caso de M. Yerkes, psicobiólogo estadounidense, figura clave en el desarrollo de la primatología experimental y de los estudios comparados sobre inteligencia y comportamiento. Yerkes desarrolló, en realidad, una ciencia de la ingeniería humana, obsesionada por medir capacidades y clasificar diferencias, con el objetivo de colocar a cada cuerpo en el lugar social que supuestamente le corresponde. Este ejemplo sería un caso aislado o poco relevante si no se hubiera aplicado luego a políticas raciales (racistas) o eugenésicas.

No obstante, la ciencia, dice Haraway, no es pura propaganda. La operación es más sofisticada, porque no se trata de decir, sin más, que lo que la ciencia hace es mentira. Se trata de mostrar cómo las preguntas, los métodos, los objetos de investigación y las metáforas de una ciencia están históricamente situados. Yerkes no falseaba datos, pero los convertía en un paradigma de lo que era o no era «natural» o deseable.

La historia (contingente, mutable, resultado de la relación entre las clases) se convierte en la Naturaleza, con mayúsculas (inmutable, necesaria, eterna). Una ciencia que entiende así «lo natural» se presenta como una mirada neutral que simplemente constata lo que hay, cuando en realidad está participando en la estabilización de un cierto orden social injusto.

La naturaleza pasó a ser narrada con el lenguaje de las inversiones. ¿Cómo pensar que ciencia y productividad capitalista son terrenos aislados?

Neoliberalismo y evolución

El final de los años setenta y los años ochenta, cuando Haraway desarrolla lo más relevante de su pensamiento, coincide con el tiempo de la crisis del Estado del bienestar y la ofensiva neoliberal. Ascienden Reagan y Thatcher, y el trabajo, a nivel internacional, se reestructura. Avanzan las corporaciones transnacionales y la financiarización de la economía, así como la ingeniería de datos y la biotecnología.

En este contexto se abre una discusión sobre qué significa el progreso. Una discusión que hoy, cincuenta años más tarde y con una reactualización de la época de crisis y guerras que veíamos hace más de cien años, sigue abierta. En biología, esta discusión sobre progresar se condensó en el debate sobre la evolución.

El origen de las especies de Darwin fue una revolución científico-filosófica en torno al modo en que los organismos evolucionaban. Con la aparición de esta obra, en 1859, comenzaban a desaparecer las visiones creacionistas según las cuales la vida era una creatio ex nihilo para pasar a una visión más compleja.

La aparición de la genética fue una nueva revolución en este sentido. Con los genes se disipaba una duda sobre cómo eran posibles los «saltos» evolutivos y se hacía hincapié en una variable: la competitividad. A través de este mecanismo podía explicarse que algunos organismos prosperaran y otros no.

El mundo era visto como una «selva» (incluso este término está marcado) donde la ley que imperaba era la del más fuerte. Un relato estupendo para aplicar al terreno de la economía, donde, al más puro estilo de El lobo de Wall Street, los peces grandes se comían a los pequeños y eso era lo «natural». Hoy podemos rastrear esa forma de concebir las relaciones sociales en el pensamiento cripto de determinados sectores de la extrema derecha neoliberal.

Haraway plantea que la evolución fue muchas veces reinterpretada en clave de competencia individual, cálculo estratégico, maximización de beneficios y lucha por la reproducción. El lenguaje del mercado parecía invadirlo todo: los organismos competían como empresas, los genes actuaban como inversores, las relaciones sexuales se explicaban como estrategias de coste-beneficio. La cooperación se reducía a cálculo egoísta a largo plazo.

Su crítica a la sociobiología de E. O. Wilson y al clima intelectual del «gen egoísta» no consistió en negar que exista competencia en la naturaleza, sino más bien en señalar que este principio no es ontológico universal. Este tipo de pensamiento naturaliza tanto el capitalismo que termina pareciendo el único sistema posible por ser el más natural.

Haraway no fue la única en señalar esto. La bióloga estadounidense Lynn Margulis, en su estudio de la evolución celular, insistió en que la competencia no agota la evolución. Margulis defendió la importancia de la simbiosis y de la cooperación en la historia de la vida. Su teoría endosimbiótica propuso que orgánulos fundamentales de las células eucariotas, como mitocondrias y cloroplastos, proceden de antiguas bacterias incorporadas en relaciones simbióticas. Esa hipótesis, inicialmente marginal, acabó convirtiéndose en una pieza central de la biología evolutiva contemporánea.

Margulis desplazó el foco desde la evolución como mera lucha competitiva hacia la evolución como historia de asociaciones, alianzas y co-transformaciones entre formas de vida. Lo interesante es que ninguna de las dos autoras nos propone que es necesario elegir entre una naturaleza competitiva y una naturaleza cooperativa, como si una de las dos fuera «la verdadera», sino entender que ambas producen relatos diferentes sobre la naturaleza, que responden a unos ciertos intereses y que, en todo caso, forman parte de una discusión más amplia que la que se pueda dar en el seno de un laboratorio.

Haraway plantea que la evolución fue muchas veces reinterpretada en clave de competencia individual, cálculo estratégico, maximización de beneficios y lucha por la reproducción

El primate como espejo

Probablemente, si Donna Haraway no hubiera sido bióloga, con especial interés en la primatología, no existiría hoy el pensamiento poshumanista cíborg tal y como lo entendemos. Antes del cíborg estuvo el simio, porque el simio es el animal que Occidente ha utilizado una y otra vez para pensar sus orígenes y fronteras.

Los primates ocupan un espacio especialmente cargado en la imaginación científica moderna, al ser parientes evolutivos y, por tanto, aquellos sobre los que se proyectan preguntas sobre la familia, la sexualidad, la violencia, la maternidad, la cooperación, la inteligencia o el poder.

En su ensayo Visiones primates, publicado en 1989, Haraway analiza cómo la primatología se desarrolla en discusión con el expansionismo colonial y el desarrollo del capitalismo. Los ecosistemas de los primates son siempre presentados como iconos de un lugar ancestral al que nuestra especie pertenece y el comportamiento de las comunidades de simios es visto como un dato que permite entendernos.

Para Haraway, lo más interesante del simio (luego esto lo recolocará en los cíborgs) es que se trata de una «criatura de frontera». Está lo suficientemente cerca de nosotros como para ser un espejo, pero uno que no nos habla directamente de nuestra historia, que tiene que ser reinterpretada.

El chimpancé, por ejemplo, ha sido visto a menudo como nuestro primo más cercano, porque la ciencia de este momento interpreta que sus comportamientos, más competitivos y violentos que los de otras especies de simios, explicaban mejor la tendencia a la guerra de las comunidades humanas. Se trata de un supuesto previo a la recogida de datos, denuncia Haraway. Una prueba más de que la ciencia no tiene nada de neutral.

Además, el conocimiento sobre estos temas siempre aparecía firmado por los grandes hombres de ciencia, pero quienes a menudo hicieron posible esa ciencia fueron numerosas comunidades nativas de los lugares estudiados y las mujeres. Todos tenemos en la cabeza el caso de Jane Goodall, por ejemplo, conocida por sus trabajos de campo con primates, pero Haraway señala que hubo muchas Goodall que no fueron incluidas en el apéndice de ningún descubrimiento científico relevante.

La biología, como todas las ciencias, no es un conjunto de ideas que se lanzan en un vacío material, sino una praxis. Tiene instituciones, regímenes económicos y trabajadores, a menudo invisibilizados. Hacer una ciencia diferente, señala Haraway, pasa también por entender esta dimensión y reivindicarla. Y en la primatología es claro, porque numerosísimas mujeres participaron en los procesos que dieron lugar al pensamiento primatológico contemporáneo.

Para Haraway, lo más interesante del simio (luego esto lo recolocará en los cíborgs) es que se trata de una «criatura de frontera». Está lo suficientemente cerca de nosotros como para ser un espejo, pero uno que no nos habla directamente de nuestra historia, que tiene que ser reinterpretada

Contra la naturaleza

El subtítulo de Ciencia, cyborgs y mujeres condensa el proyecto de Haraway: hay que reinventar la naturaleza. Se trata de desmontar la oposición rígida entre la naturaleza y la cultura y el resto de las dicotomías que atraviesan la ciencia, donde uno de los polos se encuentra siempre subordinado al otro.  

En el pensamiento científico dominante, la naturaleza aparece como aquello que está antes de la sociedad y, por tanto, ha de ser superado por ella. Además, la naturaleza es fija e indiscutible y lo social, político o histórico se puede cambiar y discutir. Haraway ataca esta polarización. La naturaleza, plantea, no es una realidad transparente a la que accedemos sin mediaciones, sino una categoría producida y reproducida en las prácticas científicas y de relación con ella.

Por eso, a Haraway le entusiasman tanto los seres fronterizos: los simios, pero también las mujeres, los cíborgs y demás animales de laboratorio. Se trata de figuras que trastocan las fronteras establecidas previamente; por ejemplo, el simio está en la frontera entre el humano y el animal. Las mujeres están entre la naturaleza y la cultura, porque son demasiado corporales para ser consideradas sujetos y suficientemente humanas como para ser incorporadas, de manera subordinada, al reino del lógos. El cíborg rompe la frontera entre el ser humano y las máquinas.

Haraway desconfía de la operación feminista de reivindicar el papel de la mujer como mediación con la naturaleza, como si esta naturaleza fuera, en sí misma, algo positivo. Se nos dice que las mujeres son pacíficas, cuidadoras y cooperativas, pero ojo, toda apelación a una esencia natural de la mujer puede volver a relegar a las mujeres al lugar que el patriarcado les asigna.

¿Qué hay que hacer con la naturaleza? No se trata de reivindicarla sin más ni de despreciarla como hace la ciencia androcéntrica. Hay que disputarla. No hay que dejarla en manos del biologicismo, de la sociobiología, del mercado, de los expertos militares o de las industrias biomédicas, sino pensar quién la está definiendo y con qué objetivos.

El propósito de objetividad de la ciencia no pasa por borrar de golpe a quienes hacen ciencia, sino en reconocer desde dónde la hacen. Asumir la ubicación histórica y política es lo responsable y permite abordar algo que se desarrolla en otro momento de este dosier: la posibilidad de construir «conocimientos situados».

Haraway se pregunta qué tipo de biología necesitamos para vivir de otra manera. ¿Una biología que naturalice la competencia, la jerarquía, la división sexual del trabajo, la explotación y el control? ¿O una capaz de pensar la interdependencia, la historicidad de los cuerpos, la pluralidad de formas de vida, las relaciones entre humanos y no humanos, y las condiciones materiales de la reproducción social?

Sobre la autora
Fotografía en blanco y negro de Irene Gómez-Olano, hecha por Natalia Lago. La fotografía muestra a una persona joven con el pelo negro corto, tipo "mullet", sin que le caiga por los lados. Mira a cámara con las cejas rectas y tiene una sonrisa ambigua en la cara.
Sobre la autora

Irene Gómez-Olano (Madrid, 1996) estudió Filosofía y el Máster de Crítica y Argumentación Filosófica. Trabaja como redactora en FILOSOFÍA&CO y colabora en Izquierda Diario. Ha colaborado y coeditado la reedición del Manifiesto ecosocialista (2022). Su último libro publicado es Crisis climática (2024), publicado en Libros de FILOSOFÍA&CO.

Deja un comentario