«Tengo que contarle a alguien lo que he hecho para sobrevivir. Necesito que alguien sepa lo que yo sé». En La nación de los extraños, Temelkuran comparte su propia vivencia como exiliada a todos los extraños que la leemos. La periodista turca lleva algo más de diez años viviendo fuera de Turquía y, aunque previamente también había abandonado temporalmente el país para instalarse en Túnez o Grecia, desde 2016 no ha regresado por miedo las represalias que podría sufrir por sus columnas críticas con el Gobierno de Erdoğan.
Este libro aparece después de Cómo perder un país y Juntos, ambos títulos publicados en Anagrama, y funciona como el cierre de una trilogía que recorre las formas de descomposición y reconstrucción de la comunidad política. Si en los títulos anteriores desgranaba cómo se puede perder un país, en este último sugiere cómo construir, a partir de la orfandad común, una nueva nación articulada en torno a la protección de la humanidad —sin importar el pasaporte de los sujetos—.
Desde dónde enunciamos
¿Se puede hablar del miedo, la esperanza y el duelo que envuelven a quien debe abandonar la tierra en la que vive? Esta pregunta, que alguien podría responder con un sí o con un no, adquiere toda su complejidad a lo largo del ensayo de Temelkuran.
Se puede narrar el desamparo que azota a los que huyen de su país por miedo a perder su propia vida, pero conviene fijarse en quiénes y desde dónde lo enuncian. Esta preocupación, que tiene que ver con el lugar desde el que se habla y con quién lo hace, recorre el ensayo La nación de los extraños. La propia autora, periodista e intelectual de éxito, es consciente de que, a veces, ciertas universidades europeas la invitan a contar su experiencia de exilio y a explicar qué sucede en otros lugares —nunca en los nuestros— cuando llega un régimen totalitario y persigue a los intelectuales.
A pesar de que estos países europeos se encuentran al borde del abismo, insiste Temelkuran, «parecen imaginar el fascismo como un tema conceptual de debate, no como un peligro inminente. Es como si albergaran cierta ingenuidad, como una oveja que se interesa por la zoología y creyera que puede observar de cerca a una hiena hambrienta».
El riesgo de que la exposición del dolor producido por la expulsión del propio país –o el desconocimiento del territorio en el que se habita– sea cooptada por las instituciones por las instituciones académicas del país de acogida reside en su capacidad para traducir el dolor en un «jerga pseudopolítica inofensiva destinada a dominar los ambientes intelectuales del mundo». Como recuerda Temelkuran, también Alejandro Magno financió las artes de su tiempo para mayor gloria de su propia imagen.
¿Qué dice de las instituciones europeas —las mismas que dificultan la entrada de personas migrantes en sus territorios— que luego financien exposiciones, conferencias y representaciones teatrales que abordan el duelo de las personas migrantes? ¿No corremos el riesgo de debilitar la dimensión subversiva de ese relato al querer traducirlo a nuestras categorías conceptuales? ¿Qué sucede cuando se plantea como humanitario un problema que es realmente político?
Escribe Temelkuran:
«Sé que a los occidentales aún les gusta imaginar que Europa es un puerto seguro para los intelectuales oprimidos del Sur global, pero eso es darle demasiado crédito a ‘Europa‘, cuando devuelve a miles de personas al mar y las deja morir. […] El exilio es un título de nobleza que suscita una atención inmerecida. Los refugiados indocumentados, que conforman la precaria mayoría de los privados de hogar, ni siquiera tienen la oportunidad de transmitir su nombre para que quede inscrito en sus lápidas, mientras que al exiliado le llueven las preguntas. Por desgracia, muchos de nosotros aceptamos la invitación a pontificar sin pausa sobre nosotros mismos».
Desde esa culpa de la superviviente, Temelkuran escribe un ensayo lúcido que no renuncia a cuestionar el lugar desde el que ella misma escribe. Una periodista de gran reconocimiento que, a pesar de sufrir las mismas trabas burocráticas de los países europeos que la acogen, goza de los privilegios que le proporciona su condición de intelectual —siempre que no se salga del guion tácito, siempre que el oyente pueda sentir lástima y no culpa—.
Así, estas capacidades para mirar desde esa doble posición —hacia su situación de exiliada y, a la vez, hacia los privilegios que acompañan su condición de intelectual— y para rechazar cualquier tentación de caer en la autoconmiseración son algunas de las claves del ensayo de la periodista turca.
Temelkuran escribe un ensayo lúcido que no renuncia a cuestionar el lugar desde el que ella misma escribe. Una periodista de gran reconocimiento que, a pesar de sufrir las mismas trabas burocráticas de los países europeos que la acogen, goza de los privilegios que le proporciona su condición de intelectual
El exilio propio
Uno de los problemas que aborda La nación de los extraños podría formularse con la siguiente pregunta: ¿se puede ser un exiliado sin tener que salir del país de origen? Como le sucedió a la autora de este ensayo, una persona puede residir en su país y sentir que ya no pertenece a él, que fue expulsada simbólicamente cuando el engranaje político propició el tránsito de un sistema democrático a uno totalitario. En esta ocasión no solo hay una pérdida del espacio propio; hay también una transformación del propio habitante en extraño.
La familiaridad del mundo, de la que tanto habló Edward Said, se pierde cuando quienes habitan un territorio se convierten en extraños —porque no se les reconoce como propios, porque se invalidan sus razonamientos o porque se impide que participen en los espacios públicos—. Desde un horizonte ético, Temelkuran insiste en que la falta de reconocimiento y la dificultad de las personas para «mantenerse humanas» producen una nueva comunidad, la de los extraños.
Así, esta nueva figura del exiliado puede surgir de experiencias distintas: no se trata solo de abandonar un país y encontrarse con un espacio de acogida que resulta extraño, sino, más bien, de que la violencia política transforme el lugar en el que se reside hasta hacerlo irreconocible. El exilio, entonces, en un sentido amplio, abre la mirada al situarla en un lugar desde el que es posible contemplar la propia realidad desde fuera, aunque sin abandonarla. Pero conviene recordar que el precio a pagar es altísimo: la pérdida de familiaridad con el mundo.
Lejos de romantizar la condición de exiliado, Temelkuran recoge todo el dolor que produce ese extrañamiento del mundo. Así, el dolor del exilio es el que produce perder algo querido, y esto puede suceder porque haya que abandonarlo, pero también porque se transforme de manera tan radical que ya no quede nada reconocible. Se trata, entonces, de la pérdida de cualquier lugar propio al que regresar —la destrucción, podríamos decir, de una Ítaca perdida—. Así, frente al abandono del hogar, la posibilidad de dejar de reconocerlo se vuelve una condición que involucra también a quienes consideran la condición de exiliado como algo que les ocurre a otros.
El horizonte del extraño elimina esa distancia segura que las instituciones europeas querían mantener con los relatos de los extraños, pues ahora también quienes se creían a salvo pueden encontrarse fuera. La pérdida de las instituciones democráticas y, consecuentemente, la desaparición de un espacio reconocible, puede producirse con mucha más de lo que creemos. Esta es la gran advertencia: nuestro sistema democrático, nuestra realidad, es mucho más frágil de lo que nos gustaría.
Lejos de romantizar la condición de exiliado, Temelkuran recoge todo el dolor que produce ese extrañamiento del mundo. Así, el dolor del exilio es el que produce perder algo querido, y esto puede suceder porque haya que abandonarlo, pero también porque se transforme de manera tan radical que ya no quede nada reconocible
La comunidad de los extraños
Una de las grandes virtudes del ensayo de Temelkuran es su capacidad para crear y ensanchar nuevas comunidades en torno a la esperanza. La nación de los extraños está formada por quienes buscan un nuevo espacio común, lo expulsados de su territorio, pero también, recordemos, por quienes sienten que ya no reconocen el mundo, que no pueden ni quieren normalizar la explotación y el dolor de nuestro presente.
Esta forma de desarraigo ,que se niega a renunciar a la humanidad, permite a Temelkuran hablar de una nueva forma de comunidad, una constituida por los extraños que lo único que comparten es la experiencia de una pérdida y el horizonte de imaginar una sociedad diferente.
Temulkuran advierte que, si bien «los nuevos umbrales de inhumanidad fueron inaugurados en Gaza», el paradigma de lo brutal no tardará en instalarse por todo el mundo. Leemos en su ensayo:
«Nosotros, los extraños que vinimos a esta tierra porque la nuestra fue tomada por el fascismo, somos los que recordamos. Para nosotros no hay duda: la Franja de Gaza, una cicatriz que sangra sin cesar desde hace demasiado tiempo en el mapa del mundo, está ensanchándose hasta convertirse en una gangrena letal que engullirá el cuerpo entero de la humanidad. El nuevo paradigma de la brutalidad se impondrá.
Demasiadas personas perderán sus hogares al final de esta historia; no solo aquellas que hayan visto bombardeadas sus casas. Y todo empezará con la desaparición de una palabra. No será preciso ningún acuerdo explícito Bastará con que, paulatinamente, la gente empiece a evitar esa palabra que ha pasado a considerarse «problemática». Hoy, en Alemania, esa palabra es genocidio; en otros países serán otras».
Frente a esta normalización de la brutalidad, una nueva comunidad, articulada a partir de la resignificación de la palabra exiliado —ahora situada en un horizonte universal—, se despliega como proyecto y no como lamento que exalta la pérdida. La esperanza que surge de la posibilidad de construir una comunidad en la que merezca la pena vivir es lo que resulta fascinante del ensayo de Temelkuran. Al desarraigo, la pérdida y el extrañamiento del mundo, la autora contrapone el vínculo que esta expulsión puede originar; el rechazo, por todos los medios, de la normalización y aceptación de la barbarie.
El yo con el que inicia el ensayo, un yo en reconstrucción, roto y obligado a sobreponerse, reaparece al final del escrito como un pronombre que funciona como verbo: «Algo que a la vez que se construye a sí mismo y es capaz de dar vida». En esa voluntad por abandonar los sustitutivos que fijan al sujeto bajo los rótulos de «víctima», «superviviente» o «exiliada», Temulkuran se reapropia de lo extraño que hay en el exilio y produce esa nueva nación en la que todos podemos habitar.
Irene Ortiz Gala (Madrid, 1990) es doctora en Filosofía y Ciencias del Lenguaje y trabaja como profesora de Filosofía en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Sus líneas de investigación se centran en la filosofía del derecho y la filosofía política italiana. Ha realizado estancias de investigación en varias universidades europeas y latinoamericanas. Desde 2022, es la directora filosófica de FILOSOFÍA&CO. Es autora del libro El mito de la ciudadanía (2024).


















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